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El sol de junio dardeaba sus rayos ardientes sobre la llanura.
La hierba estaba mustia. La savia de los campos parecía
haberse secado, el trigo era escaso, las espigas completamente
achaparradas.
Las espesuras de azulejos y de campanillas se esparcían
en los senderos resquebrajados.
Hacia mediados de mayo habían caído algunos cortos
chubascos; luego, ni una gota más de agua.
La llanura de Baragan cobraba un aspecto desolado. No lejos
de allí, el Ialomitza serpenteaba calmosamente entre
márgenes calcinadas, dirigiéndose hacia el Danubio.
Intermitente, el relincho ahogado de algún caballo atravesaba
el aire sofocante. El cielo estaba límpido y azul. En
el horizonte, del lado del pantano, en los confines de Baragan,
una sola nube se dibujaba en su avance hacia los segadores.
Petre Magaun interrumpió el trabajo. Al erguirse, su
osatura rechinó. Una ligera brisa que venía del
este le abollonaba sobre la espalda la camisa empapada en sudor.
La pintura verde del mango de la hoz había desteñido
en su palma derecha. Clavó la hoz sobre una gavilla,
y con ambas manos arrancó un puñado de plantas
rastreras. Frotó vigorosamente la planta entre las palmas,
pero la pintura verde se había introducido en los pliegues
y era difícil sacarla. Desde la frente el sudor le chorreaba
sobre las mejillas, corría por el mentón y caía
sobre la camisa de tela.
Petre Magaun era corpulento, seco, con largo cuello de avestruz.
Una tira de esparto le ceñía la cintura. Trabajaba
con los pies desnudos. Los pantalones, remangados hasta las
rodillas, le descubrían una ancha cicatriz en la pierna
derecha, cuya pantorrilla había sido rozada por un obus,
dejándola semejante a un trozo de madera carcomida.
A su lado trabajaba Ana. Su vientre redondeado casi le llegaba
al mentón. Se movía con dificultad; sus pasos
parecían los de una oca cebada. Caminaba con las piernas
separadas y, de tanto en tanto, dejaba oír débiles
gemidos.
Al igual que Petre, no llevaba zapatos. Sus manos eran anchas
y agrietadas. Alzaba con precaución un puñado
de trigo en su mano izquierda, y con la derecha cortaba las
espigas lentamente.
Llevaba sobre la cabeza un pañuelo amarillo cuyas extremidades
había anudado sobre la boca, para que no le molestase
el polvo que se levantaba de la paja removida y de la tierra
seca. De tiempo en tiempo iba a extenderse sobre los rastrojos,
como una bestia de carga abrumada de fatiga. Entonces, las lágrimas
le brotaban de los ojos y su vientre mostraba una deforme protuberancia.
Petre Magaun miró con preocupación a su mujer.
La vio terriblemente gruesa; cuando se agachaba, la nariz y
el rostro parecían entrarle en el vientre. Luego de cortar
un puñado de trigo se enjugaba los ojos con la punta
de su pañuelo. A Petre le pareció que iba a llorar.
Le preguntó:
-¿Estás llorando, Ana?
No hubo respuesta.
-Pero dime, ¿lloras?
Ana apoyó las manos sobre las rodillas y enseguida las
pasó, con esfuerzo, sobre los muslos y caderas. Sus movimientos
hinchaban aún más su vientre. Se quitó
el pañuelo que le cubría la boca y lo anudó
en lo alto de la cabeza.
Jadeando respondió:
-¿Llorar? ¿Por qué?
-Me pareció que llorabas.
-No. Lo que pasa es que me siento muy pesada. No sé por
qué me siento tan pesada hoy. Como si fuera mi primer
embarazo.
El buey de Lisandru Lucea se aproximó desde el linde
del campo, lentamente, con las patas trabadas. Lanzó
una mirada oblicua, dispuesto a entrar en el trigal.
Magaun se precipitó sobre él, jurando, y lo golpeó
con el revés de la hoz.
-¡Bestia maldita! ¿Quieres pastar en mi campo,
bendito sea Dios? No tengo más que cien medidas de tierra...
¡No tengo más que este pedazo!
La voz de Lisandru Lucea -que también estaba segando,
poco más allá- se hizo sentir:
-Eh, eh, don Petre. No golpees a mi buey. Mándamelo de
vuelta.
De nuevo el silencio se extendió sobre la llanura. Petre
Magaun siega encarnizadamente, recogiendo con avidez gruesos
mazos de espigas. En cambio, Ana camina penosamente. Siempre
se queda detrás de su marido, de modo que cuando Petre
la ha aventajado en mucho, éste debe volverse en su ayuda.
Se callan. Luego Petre estalla en juramentos, cuando su hoz
se enreda entre las zarzas. Ana parece no oír; se contenta
con volver la cabeza hacia él y suspirar con fuerza,
como a pesar de ella. Sus ojos están tristes y desmesuradamente
grandes.
Un silencio amargo planea sobre Baragan. Parecería que
vibra en el aire, bajo el esplendor del sol. La tierra arde.
Las cañas de trigo lastiman. Las hojas del maíz,
prematuramente amarillas, se encogen formando embudos. No obstante,
los campesinos trabajan. No se ve más que sus espaldas:
avanzan encorvados a través de los trigales. Siegan.
Cuando se alzan, escrutan el cielo. Abejas golpetean con sus
alas las espigas inclinadas.
Del lado del pantano se dibuja una mancha blanca, una nube tan
ligera que parece un rastro de humo, a punto de disiparse.
La sequía se extiende, insidiosa como una enfermedad.
Se la siente en el azul opaco del cielo, en el mugido de las
bestias, en cada tallo y en cada espiga, en la tierra abrasada.
Se propaga, sorda, pesada como la muerte, embebiéndose
las aguas y la vida.
Nuevamente Ana ha ido a tenderse sobre los rastrojos.
Petre Magaun la mira y observa el movimiento de su vientre que
palpita rítmicamente. Se dice: "Qué vida,
esta pobre Ana... Parir, parir como un animal, al azar, una
criatura después de otra". Le pregunta:
-¿Para cuándo es tu parto?
-Ya no me acuerdo bien. Creo que todavía no es. Tal vez
dentro de una semana.
Extendida de espaldas, sonríe mirando al cielo.
-Bueno. Levántate. Debemos apurarnos.
Y Ana se levanta. Trabaja con dificultad. Con torpeza manipula
los tallos y deja tras de sí una estela de espigas. Petre
las recoge, pacientemente, mientras lía las gavillas.
Al cabo dice:
-Vale más que vayas hasta la carreta a descansar un poco.
A la sombra tendrás menos calor. Esa criatura te pesa,
ya lo veo. No es por hablar, pero si nace en el campo todo el
pueblo lo comentará.
-iBah! La gente... No hay como yo para dar a luz en el campo.
Yo sé que los hombres se reirán. Pero nosotras,
nosotras hacemos los niños acá o allá,
donde estemos cuando el dolor llega, no importa dónde
sea. Es Dios quien señala la hora, no los hombres.
Se enjuga el sudor del rostro con la punta de su pañuelo,
arregla con cuidado el delantal sobre el vientre y se va. La
tierra le quema las plantas de los pies. Ana es casi tan alta
como Magaun. Camina a grandes pasos guardando el equilibrio
dificultosamente. La sombra sigue sus talones, desmesurada y
deforme, sobre los rastrojos hirsutos cuyas puntas doradas nubla.
Rápidamente, Ana va a extenderse al abrigo de la carreta,
donde, sin embargo, la sombra es escasa. La mitad del cuerpo,
a partir de la cintura, le queda al sol. Un dolor agudo la atiesa
¿será un signo de que el alumbramiento se aproxima?
Ya ha dado a luz así, una vez. Era en otoño, en
la época de la cosecha de maíz, bajo la llovizna...
Este dolor, intermitente, la angustia. Con tal de que no suceda
ahora... Un sudor abundante y frío le hiela los riñones.
Entonces, enloquecida de dolor, agarra la rueda de la carreta.
Con la mano libre ha atrapado tan fuertemente los rastrojos
que los arranca de tierra.
Se mantiene inmóvil, los ojos clavados en el cielo, la
respiración suspendida.
Allá arriba, en las profundidades del azual, dos alondras,
semejantes a dos puntos minúsculos, se persiguen... Cantan.
Sobre la tierra, en el maizal, canta otra ave. Ana piensa que
hubiera debido extenderse sobre la estera de junco que se encuentra
a su lado. Pero no osa moverse y se queda así, yaciendo
sobre la tierra desnuda.
Una rana, húmeda y saltarina, se aproxima hasta su rostro.
Se detiene, mira a Ana fijamente y abre su bocaza. Sus ojos
son redondos y su pecho manchado y palpitante.
Repugnada, Ana quisiera espantarla, pero los dolores la hostigan
sin darle respiro. Se repliega sobre sí misma entre gemidos
y su mano se aferra con más fuerza aún a la rueda
de la carreta. Después, sus rodillas se estremecen bruscamente
y tiene la impresión de que le arrancasen las piernas
a la altura de los muslos.
Una sensación de frescura sucede a esta sacudida, una
alegría intensa inunda su corazón y hace brillar
sus ojos cargados de lágrimas. Suelta la rueda de la
carreta y sacude la tierra que se le ha pegado en la palma de
la mano.
Cuando se alzó sobre sus rodillas, Ana tenía los
ojos turbios y cercados de grandes ojeras. Con las manos temblorosas
y exangües se inclinó para recoger al niño
que se agitaba en los rastrojos.
Tierra y briznas de paja habían quedado pegadas en la
carne rojiza del recién nacido. La madre se levantó,
y alzando su niño hacia el sol, lo palmeó varias
veces. Se oyó un grito... Apasionadamente Ana estrechó
la criatura contra el seno y le besó la cabeza.
Quitó la paja y la tierra que lo ensuciaban, se arrancó
el delantal, que plegó como una mantilla, y rápidamente
puso al niño en la carreta, sobre la cual extendió
la estera de juncos para hacerle sombra.
Luego, como si nada hubiera sucedido, se arregló la falda
y se dirigió hacia su marido para continuar a su lado
el trabajo.
Petre Magaun estaba empapado, como si acabara de darse un baño
en el río. Tras de él docenas de gavillas yacían
en desorden. La atmósfera se había vuelto agobiante.
La tierra había tomado tintes violáceos.
Se hubiera dicho que un incendio quemaba la llanura de Baraban.
Ana se aproxima a Petre, pero éste se halla absorbido
en su trabajo. Hoz en mano, ella se mantiene erguida y espera
que él hable. Magaun continúa segando sin descanso,
ávidamente. Con un golpe seco corta las espigas recurvadas
sobre el filo de la hoz.
-Petre -dice Ana-, óyeme, Petre. He dado a luz.
Sin alzarse, Magaun vuelve los ojos hacia ella.
La mujer habla con una voz extinguida. Siente gusto a ceniza
en los labios.
-iSí, Petre, he dado a luz!
La hoz cae de las manos de Petre. Se levanta.
-Ya me sucedió una vez, en otoño, un día
de llovizna. ¿Qué quieres que haga?
Petre quisiera decir algo, jurar por todos los santos, pero,
resignándose pronto, vuelve a tomar la hoz, corta nuevas
gavillas de trigo y pregunta:
-¿Es un varón?
-Sí, un varón.
Su cuello de avestruz se alarga y su boca se ensancha con una
risa silenciosa.
Dice:
-¿Por qué has vuelto?
-Ya se acabó. Ahora me siento liviana.
Allí está de nuevo segando, pero muy atrás
de Petre que se apura como si los lobos le mordiesen las plantas
de los pies. Las espigas cosquillean su mentón bañado
en sudor, donde alguna briznas han quedado pegadas.
Un viento ligero y cálido ha comenzado a soplar desde
el este y arrastra en turbiones verdezuelas y flores de cardo.
Petre, cada vez que deja en el suelo la gavilla, lanza una mirada
furtiva hacia Ana: no tiene más el delantal y la falda
está sesgada. Apenas si puede sostener las espigas en
la mano. La hoz le tiembla. Al verla así, Petre siente
una tristeza desgarradora: Ana acaba de alumbrar su octavo hijo
y héla ahí que ha vuelto a su lado, a trabajar.
Bruscamente, Ana se alza, los ojos azorados. Hoz en mano, dice:
-Petre, me siento mal de nuevo. Me voy.
-Vete. No debes volver por aquí. Quédate cerca
del niño. Cuida que las hormigas no le suban mientras
duerme. Tápalo bien.
De nuevo Petre se ha quedado solo. Ana, con los labios descoloridos,
se dirige tan rápido como puede hacia el límite
del campo, allá donde está la carreta con el niño.
No bien llega al sitio, los mismos dolores, más violentos
esta vez, le desgarran las entrañas. Asustada, se tiende
cerca de la rueda. Un muchacho se aproxima a ella, con una botella
bajo el brazo, sin duda para pedir agua. Apenas la ve así,
se echa a correr dando tropezones.
El buey de Lisandru Lucea ha penetrado en el campo de Petre
y revuelve con suS cuerpos una parva. Ana se dice: "Si
Petre estuviera aquí para verlo".
El dolor le contrae el cuerpo. Aférrase nuevamente a
la rueda de la carreta. Un gemido. Después un alivio
inmenso, definitivo. Siente un gritito. Se levanta enseguida
y alza de entre los rastrojos, sonriente, al segundo niño.
En el aire tórrido de junio los gemidos de las dos criaturas
resuenan en los campos. Atenta, Ana presta oído a la
respiración todavía irregular del segundo.
Dos mariposas revolotean alrededor de ella. Atemorizada, hace
un gesto para espantarla, estrechando al niño contra
su pecho.
La noticia de que Ana, la mujer de Petre Magaun, acaba de dar
a luz dos varones recorre rápidamente el campo. Varias
comadres improvisadas surgen como por milagro y lavan a los
recién nacidos con agua de los pozos, y luego, arrancando
una tira de algodón rojo del dobladillo de sus faldas,
les atan el cordón umbilical.
Interrumpiendo su tarea Petre se acerca a su mujer. Asombrado
por el corrillo que se ha formado alrededor de ella, ha sentido
una vaga inquietud. Apoyado en el pértigo de la carreta
deja errar sus miradas sobre los campos, se diría ajeno
a lo que pasa alrededor de él. No lejos de allí
sus caballos, atados por un ronzal, dan vueltas en redondo y
lamen los rastrojos aplastados bajo sUS cascos. Soplan ruidosamente
levantando nubes de polvo.
-Petre, se les puede contar los huesos a tus matalones -dice
Antonio Lungu, con los codos apoyados contra la carreta-. Si
no llueve, nos moriremos todos de hambre.
Petre se acerca:
-Es difícil aguantar -dice-. Tengo siete hijos, y con
los recién nacidos, son nueve; y con nosotros dos, somos
once bocas para alimentar. Claro, los dos chiquitos comerán
poco por un tiempo. Pero quedamos los otros nueve, de cualquier
manera. Y yo no tengo más que cien medidas de tierra.
Ni siquiera he pagado el diezmo, ni los impuestos.
-Bueno, apúrate, si no uno de estos días vendrán
a tomarte todos tus trastos. ¿Sabes lo que les pasó
a los otros? Les han sacado todo, hasta las mantas.
-¿Qué quieres que haga? Es muy fácil decir
"Apúrate".
-Vende algo.
-¿Vender qué? No tengo nada para vender.
Bruscamente, el cielo se ha cubierto de nubarrones grises que
vienen desde los pantanos situados en los confines de Baragan.
Se han encontrado con nubes más negras todavía,
pero menos altas, que se abatían sobre el Danubio.
El sol, velado en parte por los nubarrones, ha perdido su esplendor.
El calor es todavía agobiante y pesa sobre toda la extensión
de los campos.
Sin embargo, ya se sienten, en ramalazos, corrientes de brisa
fresca.
El trueno retumba y las nubes descienden aún más,
pero la tierra sigue ardiendo bajo la planta de los pies.
-Me voy, Petre -dice Antonio-. Va a llover.
Ana se ha quedado sola en la carreta, con sus dos niños
en brazos. Sentada sobre un lecho de gavillas que las campesinas
le han preparado para amortiguar las sacudidas del camino, se
encuentra como encaramada, más alta que los barandales.
Así suspendida parece la Virgen María.
El trueno muge cada vez más frecuentemente. Las primeras
gotas de agua caen, gruesas y pesadas. Petre desata los caballos
y los unce rápidamente. Mete su traílla en la
carreta y lanza un último vistazo para ver si no ha olvidado
nada.
-¿Estás bien ahí arriba, Ana?
-Sí. No vayas demasiado rápido.
Los caballos empiezan a caminar sin necesidad de que Petre los
azuce. Petre está contento: "Han sentido la tormenta.
Por eso se apuran".
Del lado del pueblo la lluvia es aún más densa.
Corre, levantando polvo, y se extiende sobre la llanura, con
rapidez, parecida a una cortina de perlas. Los caballos relinchan
y levantan las orejas. Petre ha desplegado la estera y la extiende
a manera de tienda sobre Ana y los niños.
Al comienzo impalpable como el aliento de la brisa, la lluvia,
igual que una nube de finas gotitas, pronto forma ráfagas
y corre desmelenada, desencadenada sobre Baragan. Petre también
se abriga bajo la estera, pero sus piernas quedan al descubierto.
Ana hace a sus niños un segundo abrigo con su propio
cuerpo, inclinándose sobre ellos. Los tiene sobre las
rodillas y los estrecha en sus brazos. A cada sacudida de la
carreta grita: "Despacio, Petre, despacio", y alzando
con precaución a los niños, los mira llena de
inquietud.
Los caballos avanzan con un trote sofrenado y la lluvia hace
subir desde el camino un fuerte olor a tierra mojada.
El agua chorrea en los senderos, corre en las zanjas. Las hierbas,
los cardos, las hojas de bardana, las matas de cicuta, lavadas
y vivificadas se alzan a los costados del camino. Los rastrojos,
tan pisoteados, tan mustios, alzan sus dardos como cepillos.
El agua penetra a través de la estera mojando el heno
y la paja. Ana se ha curvado sobre sus hijos. De tiempo en tiempo
aproxima los labios a las narices de los niños, para
ver si viven todavía. Hilillos de aire tibio le acarician
los labios: respiran.
Petre ha salido de bajo el toldo. Prefiere afrontar la lluvia.
Lanzando una mirada a Ana advierte que sus ojos están
cargados de lágrimas. La lluvia le ha adherido el pañuelo
a la cabeza, y tiene el rostro arrugado y lívido.
Magaun siente también que algo húmedo y caliente
le moja los ojos. Pero no sabe si llora o si es la lluvia que
resbala sobre su cara.
A los costados del camino los campos negrean, embebidos en agua,
y parecen correr bajo la lluvia que borbotea, espumosa. iQué
endebles son esos caballos, bajo los harneses demasiado grandes
golpeando sus flancos mojados! Ya van al trote; sin embargo,
Magaun los azota con el mango del látigo. A cada golpe
sigue un brusco salto de la carreta. Inquieto, Magaun vuelve
la cabeza hacia atrás, para ver si Ana se queja. Pero
Ana no dice nada, desde hace un rato.
A lo lejos cae un rayo, desgarrando el cielo por el lado de
Oriente.
Bajo las flechas de la lluvia torrencial el pueblo parece muerto.
Las ruedas húmedas dejan escapar su chirrido; la carreta
da una vuelta brusca, franquea el portal, luego se detiene en
un patio.
Magaun salta prestamente a tierra. Una bandada de muchachos
acaba de salir de la casa y se alinea junto a la carreta. Los
chiquillos saben bien que bajo el toldo se encuentra la madre,
pero no pueden comprender por qué tarda tanto en bajar.
Petre corre hacia el extremo del patio y grita:
-Eh, papá Basilio, prima María, vengan rápido.
Ayúdenme a bajar a Ana de la carreta: acaba de dar a
luz en el campo.
Los vecinos acuden, con los pies desnudos, la cabeza protegida
con bolsas de arpillera. Las dos hijas mayores de Ana se acercan.
Lloran, no sabiendo lo que ha ocurrido. Petre se mete de nuevo
en el fondo de la carreta y saca a los niños, uno después
de otro. Los pasa a la prima María, quien los estrecha
contra su pecho, los cubre con el chal y los lleva rápidamente
hacia adentro. Ana, luego de haber pasado todo el tiempo reclinada
sobre los pequeños, se ha puesto rígida. La extienden
al lado de los niños, en la cama próxima a la
ventana.
Los siete niños lloran, asustados. Temen entrar a la
casa. Unos se quedan sobre la terraza, otros junto a la puerta.
Están muy sucios y visten andrajosamente.
Petre, sin prestarles atención, deja que se desgañiten.
Por momentos una imagen obsesiva se presenta a su espíritu:
la comida de cada día, con nueve bocas, siempre hambrientas,
que es necesario alimentar. Y pronto serán once.
Sí, ha llovido: pero no por eso será más
fértil su retazo de tierra. Para los que tienen más
de cien hectáreas y las hacen trabajar por sus siervos,
todo es distinto...
Profiriendo juramentos sale otra vez a la lluvia para desuncir
los caballos. Luego deja que vagabundeen por el patio.
Una pata, perdida, lanza graznidos desesperados. Petre siente
una puntada de dolor en la pierna herida. Los dos vecinos, Basilio
y María, están en el umbral, con la cabeza cubierta
por bolsas:
-No te preocupes, Magaun. iSon varones, por suerte!
Petre quisiera responder, agradecerles, pero no tiene tiempo,
pues los vecinos ya están en la calle. La lluvia ha ido
amainando. Y sólo caen, espaciadas, algunas gotas. Las
hojas de las acacias tiemblan, turbando el reposo de los gorriones
en sus nidos.
Los siete chiquillos de Magaun han vuelto a alinearse frente
a la casa. Ana asoma la cabeza tras el ventanal: su rostro se
ha puesto pálido como un cirio. Petre está Solo
en medio del patio, suS grandes pies desnudos plantados en el
fango de esta lluvia de junio. No siente ningún deseo
de entrar. Uno de suS caballos relincha. Petre tiene la impresión
de que este grito del animal hambriento cobra forma y contornos
y se queda colgado en las acacias del camino, ante los ojos
de sus hijos.
Magaun sale del patio para ir a lo de Antonio Lungu, deseoso
de saber si los agentes fiscales han venido durante el día
y qué se han llevado.
No ha dicho nada a Ana ni a sus hijos. Saliendo del patio, nuevos
relinchos franquean la empalizada. Atontado, Petre avanza por
el camino, pero seguido por esos relinchos que él "ve"
colgados de las acacias. Se dice, obsesionado pero tratando
de comprender: "¿Quién diablos ha 'visto'
jamás gritos colgados de las ramas de los árboles?"
La tarde desciende lentamente, con pasos afelpados. El cielo
clarea. El sol poniente dibuja flores de púrpura sobre
los vidrios de las casas aldeanas.
(1)Traducción de Alberto Paganini. Sobre la versión
francesa de Valentín Lipatti. Texto extraído del
libro Narradores Rumanos, Editorial Alfa, Montevideo,
Uruguay.
(*) Alexandru Sahia nació en 1908 y murió en 1937.
Pese a esa muerte prematura (no tenía treinta años),
ha sido considerado como el líder de toda una promoción
de jóvenes escritores comprometidos. Hábil y decidido
en el ejercicio de la función periodística, Sahia
mostró desde sus comienzos una abierta militancia izquierdista
(Nueva era). Su producción no fue abundante, pero
obras como Rebelión en el puerto, La usina
viviente y Lluvia de junio, han sido estimadas como
ejemplos clásicos de una literatura de inspiración
proletaria.
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