|
Y tan alta vida espero,
que muero porque no muero.
Santa Teresa
Hace tan solo diez horas que me he dado cuenta de mi horrible
condición. Hasta hace diez horas no sabía todavía
lo que de más horrible puede haber en el mundo. Creía
ser desde hace algunos años un doctor en terribilidad.
Había probado, pensado, imaginado, soñado, todo
lo que hay, que habrá, que podría haber, de más
pavoroso, de más atormentado, de más estremecedor,
de más monstruosamente y alocadamente angustioso. Sabía
las ansias de las esperas nocturnas; la desesperación
de los últimos besos; los temblores de las apariciones
silenciosas; los delirios de las pesadillas; los sobresaltos
de los relojes invisibles que laten en la noche de las horas
eternas; los espasmos de los suplicios imposibles; los gemidos
exasperados de las almas sin asilo; la fiebre errante de los
coloquios demoníacos. Pero no sabía todavía
la cosa más terrible que puede haber en el mundo; no
conocía el suplicio último, el suplicio supremo.
Hace solo diez horas he tenido la revelación, y me parece
ya que han pasado muchas dinastías por la tierra y muchos
soles han dejado el cielo.
Procuraré tener calma. Me esforzaré
por ser claro. Elegiré la fórmula más limpia,
más simple, más natural: Me he dado cuenta
de que no puedo no ser yo mismo. Me he dado cuenta de que
nunca podré -nunca, ¿comprendéis?-,
que nunca podré dejar de ser yo mismo.
Tal vez no me he explicado bastante. Yo quisiera
cambiar. Pero cambiar en serio -¿entendéis?-,
cambiar completamente, enteramente, radicalmente. Ser otro,
en suma. Ser otro que no tuviera ninguna relación conmigo,
que no tuviese ni un mínimo punto de contacto conmIgo,
que ni siquiera me conociera, que no me hubiese nunca conocido.
¡Los cambios y las renovaciones de risa
o en broma los conozco desde hace mucho tiempo! Se trata de
empolvamientos, de desocupaciones, de enjalbegaduras. Se cambia
el mapa de Francia, pero la habitación sigue siendo la
misma; se cambia el color del abrigo, pero el cuerpo cubierto
es el mismo; se cambian de sitio los muebles, se cuelga con
pequeños clavos un nuevo cuadro, se añade una
estantería de libros, un sillón más cómodo,
una mesa más ancha, pero la habitación es la misma;
siempre, siempre, inexorablemente, la misma. Tiene el mismo
aire, la misma fisonomía, el mismo clima espiritual.
Se cambia la fachada, y la casa, por dentro, tiene las mismas
escaleras y las mismas habitaciones; se cambia la cubierta,
se cambia el título, se cambian las orlas del frontispicio,
los caracteres del texto, las iniciales de los capítulos,
pero el libro narra siempre la misma historia, siempre, siempre,
inexorablemente, implacablemente la misma vieja, aburrida, lamentable
historia.
Yo ya estoy cansado de este tipo de cambios y
de renovaciones. iTambién yo algunas veces he barrido
cuidadosamente mi pobre alma! iCuántas veces he dado
un nuevo color a mi cerebro! ¡Cuántas veces he
puesto orden en la confusión de mi corazón! Me
he hecho trajes nuevos, he viajado por países nuevos,
he habitado en ciudades nuevas, pero siempre he sentido, en
el fondo de mí mismo, algo que queda, que queda siempre,
que soy yo, siempre yo mismo, que cambia de cara, de voz, de
manera de andar, pero que permanece eternamente, como un guardián
incansable e inflexible. A su alrededor desaparecen cosas, pero
él no las recuerda; a su alrededor aparecen cosas, y
él no retrocede...
Y ahora estoy cansado de vivir conmigo mismo,
siempre. Hace veinticuatro años que vivo en compañía
de mí mismo. Ahora basta: estoy definitivamente aburrido.
¿Aburrido solamente? ¡Ni soñarlo! Decid
más bien que estoy disgustado, asqueado de este mí
mismo con el que he vivido veinticuatro años, uno detrás
de otro.
Y yo creo, finalmente, que tengo derecho a dejarme.
Cuando una casa ya no nos gusta, podemos mudarnos. Cuando un
instrumento no nos sirve ya, lo arrojamos al agua. ¿Y
acaso mi cuerpo no es una casa, ya sea cabaña o templo?
¿Acaso mi alma no es un instrumento, ya sea hoz o lira?
Sin embargo, no puedo mudarme de mi cuerpo y
no puedo arrojar a un mar cualquiera mi alma. Cada vez que me
aproximo a un espejo vuelvo a ver mi cara pálida y delgada,
con mi boca entreabierta, como sedienta de viento o hambrienta
de presas, con mis cabellos alborotados y volubles como los
de un salvaje, con mis ojos color de estaño crepuscular,
en medio de los cuales se abren las grandes pupilas negras como
madrigueras de serpientes.
Y cada vez que paso revista a mi espíritu
encuentro los queridos, pero habituales conocidos: rostros que
sonríen con desesperada ternura, rostros que lloran con
un poco de vergüenza, rostros misteriosos escondidos por
mechones de cabellos demasiado negros, ya lo lejos ecos de melodías
rossinianas y de argucias de Diderot, de sinfonías beethovenianas
y de versos de Lapo Gianni, de arias de Scarlatti y de apotegmas
de Berkeley, cadencias de flautas que acompañan el baile
de frívolas mujeres blancas; chaparrones de órganos
bajo grandes mosaicos de oro y de violeta, y procesiones de
patricios con vestiduras moradas a través de grandes
salas, vacías y poco iluminadas.
Y muchas otras cosas encuentro y reencuentro
en el alma que quise tanto y que alimentaba con tanta abundancia
y adornaba con tanto lujo. Pero sigue siendo mi alma:
algo de lo que fue está todavía en ella, y nadie
podrá hacer que nunca haya estado.
¿Quién me enseñará,
pues, de todos estos hombres amantes del hogar y de las flores
secas, a librarme de mi cuerpo y de mi alma? ¿Quién
podrá hacer que yo no sea más que yo, y
que me convierta en otro, de manera que ni siquiera recuerde
lo que soy ahora? ¿Quién podrá, hombre
o demonio, darme lo que pido con toda la desesperación
de mi alma furiosa contra sí misma?
Un viejo demonio que ha sugerido, cojeando, un
método viejo: matarme. Pero yo no tengo ninguna confianza
en ese demonio. Le conozco desde hace poco tiempo y tengo motivos
para creer que está de acuerdo con los sepultureros y
con los marmolistas, ya que le he visto varias veces rodar por
los cementerios. Y, por otra parte, ¿de qué me
serviría? Yo no tengo ningunas ganas de aniquilarme,
de no vivir. Yo quiero ser, pero quiero ser algo distinto; quiero
seguir viviendo, pero vivir otra vida. No tengo ninguna simpatía
por el suicidio. Nunca me ha gustado demasiado aquel pobre diablo
de Werther que se mató por no haber encontrado una segunda
muñeca rubia, y no me gustan en absoluto sus imitadores,
los cuales, en general, son todavía más opresivos
que aquel desgraciado sentimental de provincia alemana. Las
pistolas, con sus cañones brillantes que se adelantan
estúpidamente en el aire, me parecen inútiles
como instrumentos de laboratorio; el veneno me fastidia incluso
en las novelas inglesas de intriga italiana, y en cuanto al
ahorcamiento, apenas si lo considero digno de los más
andrajosos de mis enemigos.
No tengo, pues, ningún deseo de no
ser, sino un desesperado y prepotente deseo de ser de
otra manera, de ser otro. Y tengo también
una desesperada voluntad de no ser lo que soy, porque
yo soy de tal manera que quiero lo que nunca podré
tener. Yo quiero no ser yo, porque sé que nunca podré
no ser yo.
Heme llegado al absurdo. Heme llegado al momento
en que nadie puede saber lo que digo y lo que quiero.
Nadie sabrá nunca lo que hay en mí en estos pavorosos
momentos. Nadie, lo que se dice nadie: ni siquiera el más
fino, el más psicólogo, el más stendhaliano
de mis demonios familiares.
Este está aquí a mi lado. Su cara
está más roja, más hinchada que de costumbre,
y bajo su casco de piel de lobo sus ojos entornados y astutísimos
me miran con una tranquilidad embarazosa. Ha visto lo que escribo
y ha sonreído varias veces con satisfacción indescriptible.
Y ahora, en este momento, me dice con voz sarcásticamente
acariciadora:
-Acuérdate, amigo, de aquel médico
que buscaba la mula mientras cabalgaba sobre ella. Esa noche
eres un poco como él. Buscas ser otro. Pero quien tiene
un deseo que nadie tuvo está ya, ante todos los hombres,
en el mejor camino para no ser lo que es. Y tú estás
en este caso, excelente e inquieto amigo. Estás ya en
el umbral de tu alma y acaso -¿quién sabe?-, acaso
salgas de ella, si no te da demasiado miedo la oscuridad que
hay fuera.
Y dichas estas palabras se ha ido con rápidos
pasos, dejando en mi habitación como un vago olor a incienso.
(*) Texto extraído del libro Lo trágico Cotidiano,
incluido en el Tomo I de las Obras de Giovanni Papini, volumen
editado por Aguilar en 1962.
|
Suscríbete
a Enfocarte.com y recibe las actualizaciones en tu e-mail
|
|
|
|