El espacio escénico puede construirse
desde cierta representación «nife».
Lo sabemos. En todo caso, es el término que acuño
para explicarme un poco la belleza hallada en una experiencia
como esta en la que el teatro no asimila categoría
alguna. Si por el contrario lo categorizamos como teatro
de muñecos estaríamos otorgándole su
sentido ingenuo pero limitándolo simultáneamente
al uso infantil. Con esto no quiero desistir de la conceptualización
que hace el actor-director (Jo Fröhlich), a la manera
de «Tadeusz Kantor», de su espectáculo.
Es decir, los títeres adquieren un modelo actoral
en el contenido semántico de lo expuesto: la atmósfera
grisácea, otras sepia, a la que se somete la puesta
en escena nos sojuzga hasta el final. La intención
de colocar a los personajes-títeres alrededor de
un ambiente más o menos claro, más o menos
oscuro, define sus signos hacia una unidad mística
religiosa. Si se quiere es un tratamiento con el silencio
de los personajes, diría más bien, con el
uso que se le da a los muñecos.
Los espacios que van determinando momentos
y lugares desiguales de la historia, van creando un sentido
en el espectador. Áreas reducidas para el uso de
los títeres: ventanales, portales y bastidores como
muros que permitirán al actor diferenciar los elementos
con los que desarrollará la historia. Es decir, la
atmósfera oscura intimidaba con el espectador. Sabíamos
lo que estaba aconteciendo a pesar de las limitaciones que
nos daba el hecho de que todo haya sido en alemán.
Nada entendimos, por lo menos para la mayoría de
los que estábamos allí. A pesar de todo, ¿hasta
dónde fue necesario traducir para el público
lo que nos decían? Desde luego que traducirlo, mediante
caracteres en pantalla, sería más ventajoso
para un disfrute completo del texto (lo que nos exige conocer
el autor Georg Büchner). En cambio, Fröhlich,
consciente de esta limitación da rienda suelta a
las técnicas que mejor puede usar. La intimidad alcanzada
con el espacio escénico, elaborado entre el títere
y el actor asume su experiencia poética desde esa
modalidad del lenguaje, o sea, desde la gestualidad de los
muñecos. Su tratamiento aquí encuentra un
lugar íntimo con el espectador. Lo oscuro, en tanto
que fue así la mayor parte del tiempo de la obra,
nos da pautas que nos permite registrar el final: el homicidio,
la muerte de su personaje-títere-mujer. Lo cual se
establece mediante esta figura sígnica de lo oscuro
y de lo claro. Hasta entonces quedamos atrapados y sin que
la butaca nos molestara. El mejor procedimiento para ello
reside en el ritmo que le impone el actor: la diferencia
de lengua es suprimida por todo el uso teatral que nos otorga
aquél con la salida de los títeres: su gestualidad
compone parte de una unidad mayor que es el hecho orgánico
hasta que adquiere un sentido místico para la audiencia.
La muerte se nos justifica, venimos sintiendo un ambiente
lúgubre y aun poético. Creo que por esta razón
se le consigna un carácter orgánico de sentir
el espectáculo y, se distinguió, una suerte
de encierro psicológico. El personaje, Woyzeck,
asciende desde su noción infantil hasta desvelársenos
como loco y asesino, víctima de su propia soledad.
El espacio se ordena con pocos elementos pero nos dice de
la historia y nos sugiere la «locura» de Woyzeck:
la decadencia del personaje-actor nos involucra hasta sentir
propia la historia, vamos cayendo en determinada decadencia
con éste por medio de su gestualidad y del sentido
real que le envuelve, cuando hacemos nuestro sus temores
y pasiones de quien, a su vez, es el titiritero. La madera
del títere, el actor embestido de su indumentaria
militar, el resto de las marionetas, se unifican para convertirse
en aquella experiencia orgánica la cual es expresión
de la otredad y de la ficcionalidad del lenguaje. Lo que
hace innecesario la traducción al español.
La historia así queda definida: la locura como término
de la alteridad, si que quiere, un discurso de tipo expresionista:
sin tapujos y medias tintas: expresionismo puro.
Así que la locura puede ser comprendida en forma
onírica más que como depresión mental,
lo cual nos pone en el terreno de la literatura. Mucho se
nos ha explicado de esa relación entre la locura
y la literatura (aceptando que la locura alude aquí
a la desfiguración de los personajes propios del
expresionismo), aún así, aquí nos interesa
como adquiere su complejidad orgánica para ser sentida
en nuestra condición de espectadores.
Para explicarnos, no se trata de ver un espectáculo
más de títeres, sino de entender a éste
como un recurso actoral. Y fíjese que estoy diciendo
recurso y no instrumento. Es decir, abandona su apariencia
artesanal para adquirir otro nivel: una conceptualización
del uso del títere, uniendo su poética a la
del actor. En nosotros esta experiencia tiene una explicación
literaria antes que espectacular. Es cuando entendemos que
la locura, junto a la muerte, tiene que acontecer, como
sucede, al final de la historia, reconociendo de esta manera
que la intuición y el hecho irracional también
nos sirven de conocimiento: la locura se hilvana con el
hecho creador. De alguna forma, locura y acto creador se
sublevan ante la realidad, lo cual nos permite acceder a
otra naturaleza de esa realidad, a la alteridad, completando
la naturaleza del hombre aun en su forma más deprimida:
el homicidio que no es otra cosa aquí que negar aquellas
otras fisonomías de la realidad y cualquier tipo
de imaginación. Con la muerte del personaje-títere-mujer
en manos de Woyzeck se nos quiere decir que lo «visto»
es un hecho imaginado. De acuerdo, pero creíble,
necesario en el juego de la teatralidad. Y por cierto, muy
Shakespeareano esa manera de hacerlo.
A mi juicio esta ha sido una de las mejores
experiencias de Fiesta! 2001.Vaya esto como ejemplo
para decir que está sucediendo cosas importantes
a pesar del mal gusto de nuestros políticos. Porque
nuestros políticos contemporáneos, de verdad,
y sin que me quede nada por dentro, deberían mejorar
su gusto por el país.
(*) JUAN MANUEL MARTINS, escritor
y dramaturgo venezolano, es director de la Editorial Ediciones
Estival (Maracay-Venezuela).
Ha escrito y dirigido entre otras las siguientes obras:
Terciopelo negro, A la mitad de la iguana,
Tres cabezas muerden mejor que una, Preludio
en tres autoestimas o la vida con Edith Piaf. Entre
sus publicaciones se encuentran: Deseos de casa,
Editorial la Liebre libre; Teatro y Literatura,
Editorial La Liebre libre (Recopilación de ensayos de poetas
como Eliot, Pessoa, O. Paz y Oscar Wilde en torno al teatro);
Poética para el actor, editorial The Latino
Press de Nueva York.
Colaborador de la página literaria Contenido del Periodiquito.
Ha publicado diferentes artículos en la prensa regional,
y extranjera. Colaborador en diferentes programas de mano
de actividades culturales de la región.