"Lector apacible y bucólico,
sobrio e ingenuo hombre de bien,
tira este libro saturnal,
orgiástico y melancólico.
Si no has estudiado retórica
con Satán, el astuto decano,
¡tíralo!, no entenderías nada,
o me creerías histérico.
Mas si, sin dejarse hechizar,
tus ojos saben hundirse en los abismos,
léeme para aprender a amarme;
alma singular que sufres
y vas buscando tu paraíso,
¡compadéceme!... Si no, ¡te maldigo!
(1)
Hombre/animal, ser desgarrado
Los escritos de Baudelaire revelan la condición
de la naturaleza humana que, urgida en instancias contrapuestas,
indefectiblemente deviene en un brutal y agudo desgarramiento:
"Existen en todo hombre, y a todas horas, dos postulaciones
simultáneas: una hacia Dios y otra hacia Satán.
La invocación a Dios, o espiritualidad, es un deseo de
ascender de grado; la de Satán, o animalidad, es un gozo
de rebajarse" (2) y, preso de esa cruel antítesis,
de esa esencia escindida, el hombre queda confinado a un doloroso
letargo que acaba por inmovilizarlo. Esta tensión de
la complejidad del alma humana emerge en toda su obra como producto
de su experiencia personal azotada por el irresistible poder
del mal que toma forma en los placeres efímeros que atenazan
su voluntad, juego de fortalezas y debilidades, de sumisiones
y rebeldías, de excesos que provocan enfermedades, de
placeres que despiertan castigos.
 |
Satán encarna la esencia de la rebeldía y de la
autoafirmación, el radicalmente culpable y vencido por
el poder de Dios, aquel con quien el poeta se siente identificado
en su intimidad a quien reza desde su desesperación;
en ultima instancia sería el complemento de Dios si la
totalidad del universo no estuviera desgarrada por la tensión
del dualismo absoluto. Paralelamente Dios no es el Cristo evangélico,
no es Amor, sino más bien el Dios del Antiguo Testamento,
del Sinaí, el que aniquila ciudades pecadoras. Ambas
divinidades se necesitan mutuamente y despiertan en el hombre
idénticos sentimientos ambivalentes de temor y veneración.
Para Baudelaire las exigencias morales, "el
bien", no se configuran como imperativos abstractos, racionales
y universales sino que se identifican con la necesidad de ser
mandado, castigado o querido; una moral rígida, convencional,
sujeta a la inalterable jerarquía de las relaciones interpersonales
y sustentada por quienes se sienten débiles y desamparados.
Baudelaire odia esa moral, como a las personas que la encarnan,
pero en ningún momento cuestionará la legitimidad
de sus exigencias. Y este es el nudo donde yace la contradicción,
aceptación/rechazo, que impregna sus sentimientos morales:
por un lado, la moral forma parte del paraíso infantil,
un refugio contra la soledad y la clave de hallar un sentido
al dolor pues quien sufre, según esta lógica,
es porque lo tiene merecido; pero por otro lado su rechazo y
la violación a las normas le permite ser el foco de atención,
entendiéndolo como un deseo de que se interesen por él.
El poeta se siente culpable y considera que es imposible ahogar
el remordimiento que además está en relación
directa con el carácter irreparable de la falta cometida,
pero no busca disculpas. En la realización del mal persigue
el intento afirmar su singularidad y su rebeldía, e inmediatamente
esta necesidad de ve reforzada por el deseo de ser castigado
y de obtener perdón: sólo la consumación
del mal, con relación a la vida desordenada y excitada
artificialmente, con hacer el coito sin amor, con la relación
homosexual, con la sordidez, puede poner en marcha el proceso
que conduce al castigo y al perdón, lógica que
encierra una tendencia masoquista en la urgencia punitiva. Pero
también el remordimiento, fuente de dolor, ejerce un
efecto lenitivo al hacer soportable el sufrimiento que es más
refinado, más sutil, más espiritual en el individuo
moderno, a consecuencia de la radical insatisfacción
de sus deseos, y por ello mismo infinitamente agudo e hiriente.
Sus ansias de ir mas allá le impiden disfrutar en plenitud
de aquello que obtiene:
"Fortuna singular, en la que el
fin es móvil,
y, no estando en parte alguna, ¡puede hallarse en
cualquiera!,
en la que el Hombre, cuya Esperanza no le abandona nunca,
¡corre siempre alocado para encontrar descanso".
(3)
El desgarramiento que experimenta el poeta en
la escisión moral que existe entre el bien y el mal envuelve
la figura de la mujer bajo la dicotomía ángel/animal
al tiempo de ser el objeto de su amor y de su odio y a la que
indefectiblemente se encuentra encadenado a ella por vínculos
indestructibles, división radical que mina toda posibilidad
de comunicación auténtica y sincera capaz de equilibrar
y apaciguar al individuo. Por un lado la mujer ejerce una tendencia
irresistible que arrastra al hombre al abismo de las voluptuosidades,
ahogando su inteligencia y sus ansias de elevación, anulando
todo posible esfuerzo y privándolo de su voluntad, pero
por otro lado es el ideal que purifica y exalta con su encanto
inaccesible, una promesa de felicidad vislumbrada desde la soledad
idealizadora del hombre y que, por lo tanto, puede ser revestido
de todas las gracias que la imaginación sea capaz de
concebir.
La identificación del mal con el contacto
sexual y del bien con la idealización de la relación
absolutamente casta y espiritual queda expresada en sus palabras
cuando afirma que "la voluptuosidad única y suprema
del amor radica en la certidumbre de hacer el mal, y
que tanto la mujer como el hombre saben de nacimiento que en
el mal se encuentra toda voluptuosidad" (4), sentencia
que denota la incapacidad para mantener relaciones sexuales
placenteras y maduras. No faltan autores que sostienen que Baudelaire
era impotente y que su placer en la materia quedaba relegado
al voyeurismo y la masturbación, por ejemplo Sartre escribió
que "el acto sexual propiamente dicho le inspira horror
porque es natural y brutal y porque es, en el fondo, una comunicación
con el Otro: 'copular es aspirar a entrar en otro, y el artista
no sale jamás de sí mismo'. Pero existen placeres
a distancia: ver, palpar, respirar la carne de una mujer. Sin
duda alguna, son los que se concedía. Era mirón
y fetichista precisamente porque estos vicios alivian la voluptuosidad,
porque realizan una posesión desde lejos, simbólicamente
hablando". (5)
La compleja sensibilidad de Baudelaire puede despuntarse,
al menos en un principio, de las traumáticas vivencias
acaecidas en el seno familiar que modelaron su perfil psicológico:
a los seis años fallece su padre y a los veinte meses
su madre contrae segundas nupcias, hecho que nunca perdonó
por considerar una "traición", luego las sucesivas
estancias en los internados escolares, con graves problemas
de conducta, debieron suponer una profunda represión
afectiva al punto de anclarlo en un estadio infantil no superado
en sus cuarenta y seis años de vida. Ante esta experiencia
recurrió alternativamente a toda clase de conductas histéricas
con el objeto de llamar la atención, sublimando la más
insuperable y dolorosa soledad, al considerar que era el estado
propio del genio y del elegido y tratando de ver obsesivamente
en toda mujer a la madre cuyo cariño ansiaba. Quizás
esta oscura relación con su madre permita inferir su
incapacidad para unir sexo y amor y su gusto y horror hacia
la afición por la prostitución, el amor comprado.
Su inclinación hacia la prostituta, la
desarraigada y proscrita que se rebela contra la forma no sólo
burguesa sino contra la 'natural' forma espiritual del amor,
la que destruye las bases mismas de la organización moral
y social del sentimiento, la que se mantiene fría y distante
en las tormentas de pasión como espectadora de la lujuria
que despierta, aquella solitaria y apática en los momentos
de embriaguez, denota la identificación del artista sobre
la base de la comprensión de los sentimientos que involucra
aceptar monedas a cambio de la confesión pública
de sus secretos más íntimos:
"Para tener buenos zapatos ella
ha vendido su alma;
mas el buen Dios se reiría si, cerca de esta infame,
presumiera de tartufo e imitara la altanería,
yo que vendo mi pensamiento y que quiero ser autor".
(6)
Y mas aún, "el amor es el gusto
por la prostitución. No existe placer noble que no pueda
ser referido a la prostitución". Para él
amar es salir de uno mismo, tomar partido por la generalidad
y entregarse a todos. Por eso el arte es prostitución,
y "el ser mas prostituido es el ser por excelencia,
es decir, Dios, supuesto que es el amigo supremo para cada individuo,
ya que es el receptáculo común, inagotable amor".
(7) Nuevamente el antagonismo bien/mal que en este plano se
traduce en la contraposición mujer-ángel-madre/mujer-bestia-amante
parece indicar que la fuerza del mal es más potente que
la atracción del bien, preponderancia evidente al ser
el equivalente de la urgencia sexual. La atracción al
bien es más débil, es el cobijo de la mujer-ángel
que busca el descarriado tras haber saboreado el fruto prohibido,
la calma subsiguiente al castigo y al perdón, y el autor
rechaza todo goce carnal con esta mujer idealizada puesto que
sería una especie de incesto.
La identificación del deleite sensual con
el dolor espiritual, la vinculación placer-castigo, el
orgullo y la humillación, la culpa y los remordimientos
que acarrea el gozar, emergen indiscutiblemente como resultado
de la condena moral del erotismo, por lo tanto ninguna mujer
concreta podría satisfacer las ansias del poeta.
La moral del dandy
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El dandysmo es la expresión de un estado personal que,
mediante la elaboración de una apariencia refinada y
elegante, pretende provocar un sentimiento íntimo de
superioridad, triunfo de la diferencia individual sobre la masificación
urbana, del aspecto único e intransferible sobre la odiosa
repetición, encarnación de la protesta contra
la rutina y la trivialidad de la vida burguesa. Socialmente
materializa la rebeldía contra la moral del utilitarismo
liberal y burgués e individualmente constituye una coraza,
una máscara que en el atuendo excéntrico del dandy
oculta y protege la intimidad del peligro que supone la mirada
ajena. La adopción pública de esta actitud, ese
"pathos de distancia" del que habla Nietzsche, le
permite a Baudelaire paliar el horror que siente a la comunicación
con el otro, a manifestar su honda inseguridad, a exponer su
corazón dolorido que agudizaría aún más
su miseria, revistiendo su profunda soledad de un distanciamiento
prudente, enmascarando su sed de cariño con una frialdad
quejumbrosa y extendiendo una tierra de nadie infranqueable
vedando las llagas de su alma; actitud que sin duda implica
un esfuerzo de creación, de superación y de mantenimiento
constante de una imagen original y provocadora, ascesis que
en la frialdad afectiva que exige reviste su aspecto más
doloroso y cuyo rigor mental constituye una "gimnasia
propia para fortalecer la voluntad y disciplinar el alma".
(8)
El dandy es un ser sin ambiciones, sin propósitos
ni fines: lo que realmente le interesa es la íntima superioridad
e independencia, la carencia práctica de objetivos, el
desinterés por la vida y la acción, llevar la
existencia indolente y perversa de un animal aristocrático
de lujo y ocio, inútil. Y en efecto el fondo de esta
idea reside en el horror que le provoca al dandy la posibilidad
de servir de instrumento a los fines de un tercero y de que
su actividad espiritual, desinteresada y por capricho, pueda
ser retribuida materialmente, ya que obtener un rédito
económico por su producción literaria se le antojaba
como una especie de prostitución.
Pero el viraje moral conferido por la ética
protestante calvinista al capitalismo que determinó que
el mundo moderno se justificara en función del trabajo
y del ejercicio profesional, que la cultura moderna sea la cultura
del trabajo y que condenaba la dilapidación del tiempo,
configurando así el "ethos burgués",
constituyó un escollo insoldable para el ocio improductivo
que propugnaba el dandismo considerando además que en
el principio de eficacia residía una de las mas altas
virtudes éticas. El esfuerzo laboral incesante adquirirá
un carácter compulsivo y psicopatológico ya que,
como señala Fromm "el individuo debe ser activo
para poder superar el sentimiento de duda y de impotencia. Este
tipo de esfuerzo y de actividad no es el resultado de una fuerza
íntima y de confianza en sí mismo; es, por el
contrario, una manera desesperada de evadirse de la angustia"
(9). Y Baudelaire saborea la amargura del tedio que produce
la falta total de actividad, lucha contra la abulia que le produce
la depresión y valora la voluntad por encima de cualquier
facultad. Sostiene que, mas allá de la espontaneidad
creadora y de la inspiración, los atributos del artista
son el esfuerzo, la dedicación tenaz, el dominio de una
técnica, la exactitud de la expresión, la pulcritud
de la obra; en realidad Baudelaire amaba el trabajo.
Enmarcado en la crisis de la identidad rousseauniana
entre naturaleza, razón y bondad, el dandismo supone
lo natural como abominable y vil y manifiesta una preferencia
por lo elaborado, el adorno. Para Baudelaire existe una congruencia
indisoluble entre mal-natural y bien-artificial ya que el primero
se realiza siempre sin esfuerzo, espontáneamente y contrariamente
al segundo que es el producto de un arte, es artificial, no
natural: "La mayoría de los errores relativos
a lo bello nacen de la falsa concepción del siglo XVIII
relativa a la moral. La naturaleza se tomó en ese tiempo
como base, fuente y tipo de todo bien y de toda belleza posibles.
La negación del pecado original tuvo no pequeña
parte en esta ceguera general de esa época (...) El crimen,
cuya afición ha contraído el animal humano en
el vientre de su madre, es originalmente natural. La virtud,
por el contrario es artificial, sobrenatural, puesto que han
sido necesarios en todas las épocas y en todas las naciones
dioses y profetas para enseñarla a la humanidad animalizada,
y puesto que el hombre, solo, hubiera sido impotente para descubrirla.
El mal se hace sin esfuerzo, naturalmente, por fatalidad; el
bien es siempre el producto de un arte" (10). La naturaleza
no sólo no lo seduce ni le provoca ningún tipo
de curiosidad sino que además le parece vil y abominable.
La espiritualidad está del lado de la cultura ciudadana
y de esos paraísos artificiales, cuyo encanto radica
justamente en su carácter artificial, de modo que tanto
el foco de interés como el radio de acción quedan
circunscriptos a la gran ciudad.
El spleen o 'el tedio de vivir'
El spleen es una angustiosa melancolía
devastadora que paraliza la voluntad, asfixia el alma, embota
los sentidos y ahoga los deseos de superarse, de crecer. No
es la manifestación de tristeza por un motivo concreto
sino mas bien la enfermedad característica del ocioso
sensible y lúcido, el 'tedio de vivir' del que habla
Valéry, que se manifiesta en el individuo exento de una
obligación laboral sometida a un horario por la necesidad
de asegurarse la supervivencia, de ahí su carácter
crónico, y el hecho de ser un sentimiento aristocrático;
cuando todo se vuele insípido y toda distracción
pierde su aliciente, cuando la disposición ante el único
encanto verdadero de la vida, el juego, es la inerte indiferencia
ante la posibilidad, eso es el spleen. Desde las profundidades
de semejante sentimiento la alegría banal del hombre
común, del vulgar de los mortales, resulta irritante
y provoca una suerte de desprecio hacia esa felicidad trivial.
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Los nuevos bohemios parisienses de la metrópolis decimonónica
sobreviven intoxicados por esa bilis negra causante de la depresión
y la tristeza. Inmersos en esa masa urbana anónima y
despersonalizada, bajo el peso del aburrimiento y para quienes
la excesiva alegría es un símbolo de frívola
vulgaridad, "son los antepasados, por línea directa,
de los existencialistas franceses de la posguerra, y, en cuanto
tales, ya sufren los efectos de la modernidad: el tedio, la
náusea, la incomunicación, la soledad, el ser
para la muerte, la existencia sin sentido, la ausencia de esperanzas,
el absurdo y la angustia" (11). Ante este cuadro el
horror cobra reveladora significación porque implica
una sacudida que, como una descarga eléctrica, logra
poner en movimiento inesperadamente al cuerpo y alma inmovilizados
trillando la tristeza en destellos de angustia amainando el
dolor.
Sin embargo el spleen se manifiesta a los ojos
de Baudelaire como una toma de conciencia de la condición
humana porque en el estado emocional de dolor se agudiza la
lucidez que le permite captar la imposibilidad de ser feliz:
ser radicalmente insatisfecho, sin perspectivas, condenado a
una decadencia progresiva que culminará con la muerte.
Y este dolor es, además, creciente con el tiempo pues
la belleza se marchita, la capacidad de esfuerzo disminuye,
la inteligencia se obnubila y la lucidez decrece. "Hay
algo más grave que los dolores físicos -escribe
Baudelaire-: es el miedo a ver como se debilita, decae y
desaparece en esta horrible existencia llena de conmociones
la admirable facultad poética, la claridad de ideas y
la capacidad de esperanza que constituyen en realidad mi capital".
(12)
"¡Reloj!, dios siniestro,
espantoso, impasible,
cuyo dedo nos amenaza y nos dice: "¡Acuérdate!"
Los vibrantes Dolores en tu corazón lleno de terror
se clavarán pronto como en una diana; (...)
Tres mil seiscientas veces por hora, el Segundo
susurra: ¡Acuérdate! -Rápido con su
voz
de insecto el Ahora dice: Yo soy el Antes,
y he chupado tu vida con mi inmunda trompa! (...)
Acuérdate que el Tiempo es un ávido jugador
que gana sin hacer trampas, ¡en todo lance!, es
la ley." (13)
Nada definitivo puede hacerse contra el carácter
irreversible del tiempo, idea obsesionante para el poeta, al
punto de esbozar la idea de que si existiera el paraíso éste
no podría consistir sino en una vuelta hacia atrás en el tiempo,
en un reencuentro con los seres queridos que han muerto, en
un retorno a la inocencia de la infancia. El cielo es la vuelta
al pasado, el rejuvenecimiento imposible.
"Escuchad esas voces, fascinantes
y fúnebres,
que cantan: '¡Por aquí, los que queréis
probar
el Loto perfumado! Aquí se recolectan
los frutos milagrosos que ansía vuestro espíritu!;
¡veníd a emborracharos de la rara dulzura
de esta tarde constante que nunca tiene fin!'
Su acento conocido nos descubre al espectro,
allí están nuestros Pílades tendiéndonos
sus brazos.
'Si quieres refrescar tu corazón, ven nadando a
tu Electra!'
dice aquélla cuyas rodillas besábamos antaño."
(14)
Ante esta coyuntura los medios que dispone el
poeta para luchar contra la irreversibilidad del tiempo y en
el intento de recuperar el paraíso del que nos arrojó
su transcurrir, son por un lado el evocar los aromas impresos
en la memoria, rememorar los perfumes de los cabellos, del cuerpo
de la amada marcados a fuego en la fibra íntima de su
ser, pero también de los objetos y lugares, intención
que va mucho mas allá de un simple fetichismo de los
olores:
"Así el recuerdo embriagador
revolotea
por el aire enturbiado; los ojos se cierran; el vértigo
se apodera del alma vencida y la lanza con las dos manos
a un abismo oscurecido de miasmas humanos;
la transporta al borde de un abismo
secular,
donde, como Lázaro ungido desgarrándose
el sudario,
se pone en movimiento en su despertar el cadáver
espectral
de un antiguo amor, rancio, encantador, sepulcral."
(15)
Y por otro lado el crear poesía, una suerte
de brujería que permite eternizar lo que describe, que
redime lo que toca al espiritualizarlo en el trabajo constante
del autor de ajustar la realidad a las exigencias de la rima
y la métrica. Y como nada debe quedar fuera del paraíso,
la labor del poeta es ilimitada: la miseria, la muerte insignificancia,
el crimen, el horror, la marginalidad, en fin la diversidad
de aspectos que revelan la condición humana deben ser
salvados de la vacuidad del tiempo en una labor que vivifica,
vigoriza y rejuvenece.
Sin embargo Baudelaire sabe que, pese a todo,
la empresa está condenada al fracaso "el Tiempo
se come la vida y el oscuro Enemigo que nos roe el corazón
crece y se fortalece con la sangre que perdemos"(16):
la poesía, como el resto de los paraísos artificiales,
sólo logra sumir al sujeto en un estado de embriaguez
en el que el transcurrir del tiempo resulta menos doloroso,
más llevadero.
Los paraísos artificiales y la transgresión
temporal
Baudelaire se habría iniciado en el consumo
del hachís entre los años 1841 y 1842, época
en la que se independiza alquilando un pequeño apartamento
con la pretensión de convertirse en un joven dandy y
desconcertar a la burguesía, por lo que su interés
por la droga se reduce a una mera curiosidad o al deseo de seguir
una moda, al tiempo que descubre que la gran "placidez
espiritual" que proporcionaba era el precio de la infecundidad
artística y el aislamiento social. Hacia 1845 cae en
sus manos 'Confesiones de un inglés comedor de opio',
de Thomas de Quincey, quedando impresionado por el hecho de
que un helenista respetable se atreviera a dar a conocer públicamente
a la conservadora sociedad inglesa sus íntimas experiencias:
verídico testimonio desgarrador de la fuerza de voluntad
que implicaba sobreponerse a las ataduras de la droga.
Aunque el poeta nunca llegó a consumir
opio en grandes cantidades, sí lo hizo en forma frecuente
movilizado, muchas veces por los agudos dolores intestinales
y neuralgias que padecía a consecuencia de una sífilis,
probablemente contraída en su temprana juventud, y que
combatía con preparados de la sustancia, láudano,
digital, quinina y bellardina.
Cuando en 1857 relee la obra de De Quincey, junto
a su continuación y profundización sobre el tema
en 'Suspiria de profudis', ya se encuentra enriquecido por su
propia experiencia personal a partir de la que reconoce que
la droga representa una tentación demoníaca
cuya innegable fascinación deberá resistir
toda voluntad angélica y, basándose en
ambos libros -concebidos por el inglés a los 37 y 71
años respectivamente y que, por lo tanto, abarcan la
casi totalidad de su vida- Baudelaire lleva a cabo lo que hoy
denominaríamos un "estudio longitudinal a largo
plazo" en el que expone la voluptuosidades que provoca
el opio acompañado por los angustiosos y terroríficos
sueños que arrastran a su uso prolongado y creciente.
Pero durante los doce años que median entre
ambas lecturas el autor ha descubierto a Edgar Allan Poe y se
aboca a la traducción intensiva de sus escritos. La admiración
que experimenta hacia su persona y producción literaria
lo mueven a identificarse con sus desdichas y solidarizarse
con su proceso de autodestrucción al considerarlo una
respuesta al mercantilismo de su país; y es este aspecto
sombrío y demoníaco del prototipo de personalidad
que se destruye a sí misma, alcohólico y consumidor
ocasional de opio que muere en 1847 durante una crisis de deliriums
tremendus, aquello que lo induce a la reflexión en
torno a los abusos de las drogas.
Entre 1857 y 1859 ya ha esbozado su proyecto de
Los paraísos artificiales que consta de una parte abocada
al hachís, corrección y ampliación de un
trabajo anterior, y una segunda parte articulada a sobre el
estudio del opiómano inglés.
Con motivo de dar una serie de conferencias en
Bruselas sobre el libro en cuestión Baudelaire esbozó:
"No quise hacer una obra de pura fisiología,
sino sobre todo de moral. Quise demostrar que los buscadores
de paraísos se labran su propio infierno, lo preparan,
lo buscan con un éxito cuya previsión quizá
les aterraría" (17). En efecto, el libro
es el resultado de una larga y profunda meditación en
torno a lo efímero del placer, al sufrimiento, la certidumbre
de los castigos y el poder de voluntad, terror acompañado
de una innegable fascinación, ambigüedad característica
de la producción baudeleriana. Horror que por un lado
constituye "un oasis en medio del desierto del tedio"
(18) , pero por otro lado puede servir de correctivo moral en
la catarsis de elementos que aventa el sortilegio de la tentación.
 |
"Los vicios del hombre constituyen la prueba de su ansia
de infinitud" (19) y si el adicto al hachís
o al opio es condenable moralmente se debe a la falsedad del
ideal que persigue: el querer suplantar a Dios, que concede
la dicha al hombre como una gracia especial, en el intento
de erigirse en dador de su propia felicidad. "No es
de asombrar -concluye- que el pensamiento final
y supremo que surge del corazón de este soñador
sea: '¡Me he convertido en Dios!'", tentación
superlativa del hombre y núcleo definitivo de toda acción
de rebeldía. Convertirse en Dios roza el infinito
en la frontera de lo posible, pues si bien en el estado
de embriaguez se accede al vertiginoso vacío del solipsismo
es, sin embargo y pese a todo, un estado intermitente, un tránsito
temporal que demuestra el carácter del paraíso:
artificial. El viaje constituye la transgresión permitida
sólo con el fin de demostrar su imposibilidad ya que
en el retorno a la tierra, la huella -remordimiento, resaca,
castigo, o simplemente sed- es la evidencia de lo permanentemente
imposible. "Si se abordara la auténtica transgresión,
la divina, no habría viaje de vuelta; el Paraíso
de verdad es puro presente, y por lo tanto incompatible con
la memoria". (20)
El paraíso de la droga es artificial
en el sentido de falso porque su evasión del tiempo
es absolutamente ilusoria. El autor describe cómo percibe
en la embriaguez la dilatación temporal, cómo
los minutos se le antojan eternidades, y lo primero que irrumpe
en la conciencia durante el regreso es el reloj dando brutalmente
la hora con fúnebre acento, la reaparición del
tiempo con su reinado soberano de recuerdos, angustias, pesadillas,
temores, espasmos, neurosis. Y si no se diese este despertar
el embriagado accedería a una locura irremediable, se
habría perdido en cuanto hombre, y por lo tanto, el verdadero
paraíso constituye justamente su salvación:
el retorno. Enumerar las sucesivas fases que atraviesa en el
estado de embriaguez permite dilucidar el espléndido
atractivo que despliega el hachís sobre el autor que,
incurriendo en una especie de idolatría, mistifica el
espejismo de la tan mentada 'auténtica felicidad': maximización
de las capacidades sensoriales, aumento de la imaginación,
autoconfianza extrema, ausencia de inquietudes morales, sensación
de poder, rechazo de todo lo que podría dañar
la autoestima, etc. Sin embargo, nada produce la droga que no
estuviera en el sujeto que la consume sino más bien una
potenciación de las facultades y características
propias que en sujetos refinados y de perfil similar al de autor
-esto es: un espíritu culto, sensible, angustiado por
remordimientos, excéntrico según los cánones
convencionales, de gran agudeza sensorial, nervioso y abúlico
alternativamente, amante del arte y de las cuestiones filosóficas-
lo elevan a momentos de placidez y armonía con la naturaleza,
con los demás hombres y consigo mismo que en su vida
ordinaria sólo experimenta en fugaces y escuetas ocasiones.
En la transfiguración de lo natural a lo artificial el
artista accede a un estado de ánimo donde el ideal estético
se halla hermanado a la plenitud creativa y quien disfruta de
ella lo ve todo como una novedad, a modo de Augusto Bedloe,
personaje de un relato de Poe, cuando por efecto del opio siente
que hasta las cosas más insignificantes del mundo despiertan
en él un extraordinario interés.
Y el artista podría crear sus obras más
hermosas en este estado a no ser porque la droga, simultáneamente,
lo sumerge en una inmovilidad e impotencia quedando confinado
a los límites de su goce solitario y estéril,
que en el uso prolongado mina su fuerza de voluntad, prueba
contundente de la inherente contrariedad de los presuntos paraísos;
pero además comete el error de creer haber eliminado
definitivamente el dolor que furtivamente se introduce en sus
sueños convirtiéndolos en pesadillas: "muy
pronto empezó a ver en sueños mientras dormía,
lo mismo que concebía su imaginación cuando estaba
despierto. (...) Si Midas convertía en oro cuanto tocaba
y se sentía martirizado por este irónico privilegio,
el opiófago confería inevitablemente realidad
a todos los objetos de su fantasía. Cada noche tenía
la impresión de que descendía indefinidamente
a unos tenebrosos abismos, más allá de toda profundidad
conocida, sin esperanza alguna de volver de nuevo a la superficie.
E incluso, después de despertarse, seguía sintiendo
una tristeza y un desaliento cercanos a la aniquilación."
(21)
La sombría beatitud que caracteriza a
la última fase de la embriaguez del opio está
más relacionada con una lánguida placidez que
con la alegría que se manifiesta con la risa, de ahí
que De Quincey advierta que el opiómano nunca se ríe.
En cambio en la primera etapa de la embriaguez con hachís
la risa estalla en carcajadas hirientes a modo de tendencia
destructiva que alcanza el corazón mismo de la moral,
pues cuestiona su carácter grave y solemne. En
efecto, la risa y el llanto son, entre otras cosas, descargas
de la tensión nerviosa que produce la vida en comunidad.
Esa risa involuntaria que estalla a modo de espasmo incontrolado
o manifestación nerviosa desvanece la máscara
de las buenas formas sociales que obligan a reprimir todo lo
que atenta contra la pacífica convivencia, de
ahí que Nietzsche apuntalara que la risa es un síntoma
de haber recuperado la inocencia, instinto primitivo del hombre-animal
no normalizado bajo el peso de la moral de las buenas costumbres
que aflora una vez que el individuo se sitúa más
allá del bien y el mal y descubre la endeblez y la vacuidad
de las creencias sociales. La reacción de la risa que
irrumpe incidentalmente como respuesta nerviosa a la casualidad
pertenece entonces a la misma categoría que la reacción
del terror. Baudelaire traduce esta dimensión absurda
y contradictoria de lo trágico y lo cómico entrelazados
en irrompible vínculo cuando dice: "la risa es
satánica y por lo tanto profundamente humana. El hombre
es la consecuencia de la idea de su propia superioridad; y,
en efecto, como la risa es esencialmente humana, es esencialmente
contradictoria, es decir, signo a la vez de una grandeza infinita
y de una infinita miseria, miseria infinita con relación
al Ser absoluto de quien posee un concepto, grandeza infinita
con relación a los animales. La risa se origina en el
perpetuo choque de esos dos infinitos. (...) El sabio por excelencia,
el Verbo Encarnado, no rió jamás. A los ojos de
Aquel que lo sabe todo y que todo lo puede, lo cómico
no existe." (22)
Cabe entonces la pregunta de si existe, según
el autor, la posibilidad de un paraíso natural para
el hombre. A partir de lo expuesto precedentemente y en alusión
a la ética del dandy y su afición por la cultura
ciudadana, el paraíso no podrá ser nunca un jardín
que no haya brotado y florecido bajo el esfuerzo y el cultivo
del hombre. Y es que Baudelaire está convencido de que
esta vida es un valle de lágrimas en el que no tiene
cabida el jardín del edén y por lo tanto éste
habrá de definirse de modo negativo: será siempre
el lugar donde no se está, el tiempo donde
no se vive: "el tiempo presente se reduce a un
punto matemático, e incluso ese punto matemático
perece mil veces antes de que hayamos podido afirmar que había
nacido. En el presente todo es finito, pero también ese
finito es infinito en la velocidad de su carrera hacia la muerte.
Sólo en Dios no hay nada finito, no hay nada transitorio;
en Dios no hay nada que tienda hacia la muerte. En consecuencia,
para Dios, no existe el presente. El presente es el futuro para
Dios, y en aras del futuro sacrifica el presente del hombre.
Por eso obra mediante el terremoto. Por eso actúa por
medio del dolor.(...) La tierra, nuestro planeta, la morada
del hombre, necesita la sacudida; y el dolor resulta más
necesario aún, porque es el instrumento más poderoso
de Dios; sí, el dolor es indispensable a los misteriosos
hijos de la tierra." (23)
NOTAS
(1) Epígrafe para un libro condenado,
Baudelaire, C., Las Flores del Mal, EDIMAT LIBROS, Madrid, 1998
(2) Mi corazón al desnudo y otros papeles íntimos,
Baudelaire, C., Colección Visor de Poesía, Madrid,
1983, pág. 47
(3) Poema nº 149: "El viaje", en Las Flores...,
ob. cit., pág. 227
(4) Mi corazón al desnudo..., ob. cit., p. 18
(5) Baudelaire, Sartre, J.-P., Alianza, Madrid, 1984,
pág. 51
(6) Uno de los primeros poemas de Baudelaire, no incluído
en Las Flores del Mal, recogido de W. Benjamin en Iluminaciones
2 (Baudelaire), Taurus, Madrid, 1972, por Enrique Lopez
Castellon en su estudio preliminar de Las Flores...,
ob. cit. pág. 28.
(7) Mi corazón al desnudo..., ob. cit. págs.
15 y 59.
(8) Sartre, ob. cit. pág. 87.
(9) El miedo a la libertad, Fromm, E., Paidós,
Buenos Aires, 1964, p.123.
(10) Elogio del maquillaje, en El pintor de la vida
moderna, Baudelaire, C., Obras Completas, Aguilar,
México, 1961, pág. 690
(11) Lopez Castellón, ob. cit., pag 43
(12) Recogido por Sartre, ob. cit. pág. 109.
(13) Poema nº 102: "El reloj", en Las Flores...
ob. cit., pág. 172.
(14) Poema nº 149: "El viaje", en Las Flores...
ob. cit., pág. 232. Según la leyenda quien comía
la raíz del loto olvidaba su vida anterior. Pílades
fue primo, amigo y consejero de Orestes, personifica la amistad.
Electra, hermana de Orestes que se casó con Pílades,
personifica a la esposa o mujer amada ya muerta. El sentido
del párrafo es que los amigos ya muertos nos llaman desde
la otra orilla.
(15) Poema nº 53: " El frasco", en Las Flores...
ob. cit. pág. 131
(16) Poema nº 11: "El enemigo", en Las Flores...
ob. cit., pág. 98
(17) Recogido de Los paraísos artificiales, Barcelona,
1981, p. 169 por Enrique Lopez Castellón en su estudio
preliminar de Baudelaire, C., Los paraísos artificiales,
El vino y el hachís y La Fanfarlo, EDIMAT LIBROS,
Madrid, 1994, pág. 15.
(18) Poema nª 149: "El viaje" parte VII, en Las
Flores..., ob. cit., pág. 231.
(19) Poema del hachís, en Los Paraísos...
ob. cit., pág. 63.
(20) Conocer a Baudelaire y su obra, Azúa, F.
Dopesa, Barcelona, 1978, pág, 62.
(21) Torturas del opio, en Los paraísos...
ob. cit. pág. 175.
(22) En De la esencia de la risa y en lo general de lo cómico
en las artes plásticas, II, Baudelaire C, en Obras...,
ob. cit., pág, 601.
(23) Extraído de Suspiria de profundis de Thomas
de Quincey por Baudelair. Incluido en Visiones de Oxford,
en Los paraísos... ob. cit. pág. 224
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