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Para discutir a Jonas
La obra de Jonas está hoy en el centro
del debate ecológico. Pero Jonas ha tenido una "fama
póstuma" pues, en vida, lo obscureció un
"optimismo tecnológico" muy propio del progresismo
político. Jonas tuvo en vida tres tipos de impugnadores:
los marxistas que creían en el principio utopía
(Bloch), los utilitaristas que ven en la crisis ecológica
sólo un momento pasajero pero que se arreglará
con "más" ciencia y, finalmente, los existencialistas
que sólo consideraban importantes los problemas individuales
y veían cualquier apelación a lo colectivo sólo
el aspecto político (el famoso "compromiso")
pero desgajado de una consecuencia ecológica. Jonas no
pudo ser comprendido porque marxistas, utilitaristas y existencialistas
son producto de la sociedad industrial y él, en cambio,
se siente fuera de esa tradición.
En la obra de Jonas se hallan cuatro elementos
muy poco "modernos", pero que deberían ser
pensados con detenimiento:
- Da muy poca -o ninguna- importancia a la autonomía
moral del individuo, que para él es un espejismo. El
hombre es inseparable del colectivo y su autonomía
siempre es parcial.
- Recupera un elemento que en la modernidad parecía
olvidado: el mal. Recordar su existencia tal vez sea de mal
gusto pero, vista la historia reciente, es una obviedad.
- Centra su ética en la abstención, cuando la
tradición occidental piensa, en cambio, la acción.
- No acepta la idea de la reciprocidad entre deberes y derechos.
Los humanos tienen deberes, especialmente con la supervivencia
de la vida y con los no nacidos, más allá de
la generación presente.
Jonas (contra Nietzsche y contra Bloch) nos obliga
a pensar los limites (siniestros) de la voluntad de poder y
la ingenuidad de una utopía que tal vez, como el aprendiz
de brujo sepa como comienza el conjuro pero finalmente no sabe
culminarlo y nos conduce, por ello, a la catástrofe.
O, por decirlo con Jonas, al "perverso fin".
Ramón Alcoberro
Más próximos al desenlace fatal
Der Spiegel - Profesor Jonas, usted publicó,
hace casi trece años su libro titulado El principio
responsabilidad, en que llama a la humanidad a concienciarse
de su responsabilidad acerca de la naturaleza, sobre la cual
pesa la amenaza de la técnica y de la industria. Trece
años más tarde, ¿el comercio del hombre
con la naturaleza ha mejorado aunque sea un poco?
Hans Jonas - En el trato efectivo del
hombre con la naturaleza, nada ha cambiado, pero por lo menos
la conciencia del hombre ha evolucionado: en 1979, año
en que se publicó mi libro, no se discutía tanto
y no se invocaba tanto la responsabilidad del hombre sobre la
naturaleza como hoy.
S. - ¿En qué ha cambiado
la situación, efectivamente?
H. J. - La situación real sólo
ha podido empeorar. Hasta ahora nada ha sucedido para modificar
el curso de las cosas y, como sea que la situación es
portadora de una acumulación de catástrofes, estamos
hoy más cerca del desenlace fatal de lo que estábamos
hace diez años.
S. - Se podría, pues, enunciar
el siguiente diagnóstico: si bien la facultad de discernimiento
del hombre ha progresado mucho, en cambio la facultad de actuar
en función de ese discernimiento ha disminuido.
H. J. - Es exactamente eso, ha disminuido.
Los hombres no consiguen liberarse de las trabas a las cuales
se exponen, habida cuenta del atentado tecnológico que
han perpetrado contra la naturaleza. La explotación abusiva
de la naturaleza por parte de los hombres, y en particular por
los hombres de la sociedad industrial occidental, se ha convertido
[ha degenerado] en modo de vida.
S. - El agujero en la capa de ozono y
la catástrofe climática amenazan; el aire, el
agua y el suelo se hallan seriamente dañados e incluso
destruidos en gran parte de la tierra. ¿Cómo se
explica que tales señales no inciten a modificaciones
drásticas del comportamiento?
H. J. - Quien no se encuentra directamente
amenazado no se decide a reformar radicalmente su modo de vida.
En cambio, cuando la amenaza se hace apremiante, se actúa
de otra manera, tanto en el plano individual como en el colectivo.
Sólo se huye cuando la erupción volcánica
se ha desencadenado. En presencia de una amenaza indirecta,
el hombre actúa también de manera indirecta, a
veces racionalmente, a veces irracionalmente. Pero las perspectivas
lejanas, especialmente cuando son en primer término las
generaciones futuras las concernidas, no incitan manifiestamente
a los hombres a modificar su comportamiento.
S. - Chernobyl, provocó un trauma
pero de corta duración, tanto que se podría proponer
la siguiente pregunta herética: ¿la humanidad
tendría necesidad de otros Chernobyls?
H. J. - La pregunta no resulta injustificada
en ningún modo, incluso si es cínica y si la respuesta
no puede, también, más que ser cínica.
Podría suceder que el hombre no haya recibido de golpe
una advertencia suficiente y que las reacciones, sin embargo
ya suficientemente dolorosas de la naturaleza torturada, no
lo hayan incitado a la cordura. Y podría suceder que
las cosas empeorasen de manera que el hombre embriagado por
necesidades cada vez crecientes y por la posibilidad ilimitada
de satisfacerlas, regrese a un nivel compatible con la perennidad
del entorno que le es necesario.
Hay que lograr de nuevo un equilibrio, ni que sea poco estable.
Tal vez es demasiado tarde, considerando el número cada
vez creciente de seres humanos, en cuyo caso el crecimiento
de la población tal como se ha conocido hasta ahora deberá
invertirse y tender hacia una disminución de la población
mundial.
S. - Recientemente, se propuso a los espectadores
de un programa de televisión, la siguiente pregunta:
¿se puede todavía salvar la tierra? 75% respondieron
negativamente. ¿No es sorprendente que a despecho de
consideraciones tan apocalípticas, la humanidad continúe
simplemente como en el pasado?
H. J. - ¿Qué significa aquí
"salvar"?. ¿Qué se entiende por "ocaso"?
No es "la tierra" la que está en peligro, sino
más bien la diversidad de sus especies actuales a les
que hacemos sufrir un empobrecimiento espantoso. Desde el punto
de vista de la historia de la tierra, que se cuenta por millones
de años, se trata de un episodio más, pero desde
el punto de vista de la historia del hombre, eso puede significar
el naufragio trágico de la alta cultura, su caída
en un nuevo primitivismo cuya responsabilidad nos incumbiría
teniendo en cuenta la prodigalidad irreflexiva a que nos ha
empujado la inmensidad de nuestro poder.
S.- ¿Qué entiende usted
por primitivismo?
H. J. - Entiendo por tal que llegaran
la miseria, la muerte y el asesinato masivo, y con ello la pérdida
consiguiente de todos los tesoros de la humanidad a los cuales
el espíritu, independientemente de la explotación
de la naturaleza, había contribuido. El espíritu,
en efecto, ha jugado un doble papel maravilloso. Por una parte
ha acrecentado increíblemente la voracidad del hombre,
se ha convertido, precisamente, en el instrumento que nos ha
hecho tan exigentes en lo que toca a nuestras necesidades físicas.
Por otra parte, el espíritu ha creado un conjunto de
valores cultivados por ellos mismos y a través de los
cuales los hombres se esfuerzan tanto en el dominio del arte
cuanto en el del saber o, incluso, en el nivel de las emociones.
Pues bien, hay en ello algo que tal vez resulte desconocido
en el resto del universo. Más que la continuidad biológica
de la existencia humana, lo que está efectivamente amenazado
es su existencia misma, la existencia de esa creación
grandiosa que va de la mano con la creciente destrucción
de las condiciones que la han hecho posible. El aspecto paradójico
de este papel del espíritu en el mundo consiste en que
si toda esa aventura se realizase totalmente en beneficio de
la humanidad, simultáneamente y a la vez, asistiríamos
a la destrucción de las condiciones de la continuidad
de una tal aventura.
S. - ¿Podría el espíritu
ser igualmente culpable de otra proeza cultural, la de una renuncia
libremente consentida?
H. J. - La historia, efectivamente, nos
ha proporcionado ejemplos de ese tipo. Bajo el imperio de una
fe transcendente, que constituye igualmente un acto del espíritu,
ha sucedido que los hombres hayan exigido renunciar a los bienes
más elevados. Muchas doctrinas de salvación propugnaban
en el pasado una hostilidad justificada hacia el cuerpo, hostilidad
que a veces ha contribuido a la edificación de sociedades
enteras. El hecho que hayamos dominado el entorno hasta el punto
de poder autorizarnos tal exceso de consumo, constituye ya por
sí mismo un fenómeno de una novedad radical.
Las culturas precedentes fueron en gran medida estáticas,
prácticamente no sucedía ningún cambio
en siglos. El nacimiento de la ciencia moderna en el XVII representa
un giro cuya significación no siempre se evalúa
en su justa medida. A partir de entonces, se desencadena una
dinámica que acelera de manera absolutamente inaudita
la dominación y la transformación de la naturaleza.
Parece que tal proceso no tenga fin. Nuevas cosas acontecen
sin cesar, se descubren más cosas y se abren nuevas vías
a través de las cuales la satisfacción de las
necesidades humanas se implica a un nivel cada vez más
elevado...
S. -... sin ningún signo visible
de que el hombre haya querido o haya podido poner un término
al contenido de esa evolución.
H. J. - El planeta está superpoblado,
nos hemos extendido demasiado, hemos penetrado demasiado profundamente
en el orden de las cosas. Hemos alterado demasiado el equilibrio
y, con ello, condenado a la extinción demasiadas especies.
La técnica y las ciencias de la naturaleza nos han hecho
pasar del estado de sujetos dominados por la naturaleza al de
dueños de ella. Es esta situación la que me incitó
a trazar un balance filosófico y a proponer la siguiente
pregunta: ¿teniendo en cuenta su naturaleza moral, el
hombre debe tolerar un tal estado de cosas? ¿No estamos,
desde ahora, llamados a una especie de obligación radicalmente
nueva, a alguna cosa que antes no existía, a saber, a
asumir nuestra responsabilidad hacia las generaciones por venir
y del estado de la naturaleza en la tierra?
S. - ¿La filosofía se adentraría
así en un nuevo campo, desconocido hasta ahora?
H. J. - Tiene que hacerlo. Hasta ahora,
todos los esfuerzos morales de la filosofía concernían
a las relaciones de ser humano a ser humano. La relación
del hombre con la naturaleza, nunca había sido objeto
de una reflexión ética. Ahora sí se da
el caso y resulta una novedad en filosofía, pero eso
no significa, de ningún modo, que estemos de una manera
general a la altura que querríamos o que podríamos
otorgar a ese nuevo imperativo moral. Entran aquí en
juego, cuestiones de psicología, de antropología
y de limitaciones globales, cuya comprensión de conjunto
no estoy seguro que podamos lograr en el actual estado de nuestro
conocimiento.
S. - ¿El dilema en que tropieza
su ética de la renuncia no consiste en que una renuncia
a un nivel puramente individual resulta, al fin y al cabo, inútil?
Quien limita su consumo material en provecho del medio ambiente,
sólo se ve a sí mismo como un perdedor, al fin
y al cabo: mientras que la mayor parte de los que se hartan
continúen haciéndolo, el pillaje sobre el planeta
se agravará.
H. J. - No sé en qué medida
los que den ejemplo serán imitados. No tenemos derecho
a suponer a priori que las actitudes se modifican ellas también,
ni que una educación enérgica pueda generar actitudes
de obligación, de pudor, de respecto y de buena conducta.
Podemos simplemente concluir que el modo de vida de los hombres
del siglo XX no nos conviene ya.
S. - ¿Piensa usted que resulta
posible modificar nuestro modo de vida?
H. J. - Es posible, pero no demasiado
probable. Es mucho más probable, en cambio, que sea el
miedo quien que se encargue de ello. Síntomas alarmantes
visibles y tangibles para todos anuncian que la ruina está
muy cerca; dicho de otra manera, es bastante más posible
que el miedo logre lo que la razón no ha logrado y que
llegue a donde la razón no ha llegado. Paradójicamente,
la esperanza reside, desde mi punto de vista, en la educación
a través de catástrofes. Semejantes desgracias,
a tiempo, podrían tener eventualmente, un efecto saludable.
Reflexionando sobre estas cuestiones, que por lo demás
pertenecen al nivel de la suposición, no hay que perder
de vista el hecho de que el hombre es el más sorprendente
de todos los seres, y que nadie puede predecir de una manera
general cómo se comportará la sociedad en algún
futuro, en una situación tal o en una u otra generación.
S. - ¿Quiere usted decir que el
hombre que tanto ha hecho para destruir la naturaleza podría
de repente comportarse de otra manera?.
H. J. - Aunque sea del todo improbable,
no puede, sin embargo, descartarse. Podría suceder perfectamente
que se propague una nueva religión disparatada. Pero
es inútil hacer conjeturas sobre este tema y, por ello,
me limito a afirmar que los presagios de desgracias no son absolutamente
ciertos.
De la misma manera, no se puede dar por supuesto de forma absoluta
que el hombre se vuelva razonable, ni se puede poner completamente
en duda que el genio de la humanidad sabrá descubrir
una dirección de salvación posible para el porvenir.
Es importante dejar abierta esa posibilidad, de manera que no
dejemos escapar una oportunidad tal, suponiendo que se presente,
para ser capaz de venir en socorro, gracias a todas las fuerzas
de advertencia y de exhortación de que disponemos.
S. - ¿Qué pueden hacer las
elites políticas en las democracias para iniciar una
conversión tal? ¿Las democracias no son capaces,
allí donde eso es posible, de ejecutar una política
orientada sobre la renuncia al consumo y sobre la protección
de la naturaleza? ¿Una especie de dictadura económica
ilustrada, en cuyo seno los filósofos fuesen reyes, sería
útil, como exigen numerosos adeptos convencidos del medio
ambiente?
H. J. - Se puede esbozar en abstracto
un proyecto de dictadura dirigido a salvar la humanidad. ¿Pero,
cómo imaginarse que una elite efectivamente altruista
llegue al poder, que siga siendo altruista una vez lo logre
y que su desinterés sea igualmente reconocido? Por mi
parte, eso me supera completamente. Se trata de una especie
de utopía que no puede traducirse en la realidad. En
cambio, puedo imaginarme perfectamente que tengamos que hacer
frente a situaciones mucho peores, que conducirán a acuerdos
fundados sobre compromisos entre potentes grupos económicos,
políticos y sociales: es perfectamente concebible unirse
alrededor de un método que poco o mucho resulte aceptable
tanto para el hombre como para la naturaleza. A eso intentan
llegar las convenciones internacionales cuya meta es fomentar
una renuncia global a la competición salvaje por los
recursos limitados de la tierra.
S. - Las democracias son sistemas de gobierno
con perspectivas a muy corto término y los políticos
no son elegibles más que cada cuatro o cinco años
como máximo: el horizonte no se extiende demasiado más
lejos. En cambio la conservación del medio ambiente natural
exige perspectivas a más largo tiempo. Esa contradicción
hace presentir, de una manera inmediata, que nuestros sistemas
de gobierno democráticos no son demasiado apropiados
para resolver los problemas ecológicos.
H. J. - Tengo la sospecha de que la democracia,
tal como funciona actualmente -y orientada tal como está
a corto plazo- no es la forma de gobierno adecuada a la larga.
¿Cómo podría serlo, por lo demás?
¿Dónde está escrito que la democracia tal
como actualmente existe habría descubierto la solución
apropiada al problema de la sociedad buena?
S. - Un profesor americano, Francis Fukuyama,
ha escrito un best-seller cuyo título es El fin de la
historia y el último hombre, en que explica que las democracias
occidentales constituyen una forma de gobierno definitiva.
H. J. - Cualquiera que ose afirmar que
alguna cosa es válida de una vez por todas no debe, a
priori, ser tomado en serio. En cambio la cuestión de
saber hasta que punto de renuncia a la libertad se está
dispuesto, qué grado de renuncia a la libertad puede
aconsejar el filósofo de manera responsable y ética,
ha de ser considerada en serio. Porqué conviene no olvidar
que la libertad puede existir sólo en la medida que ella
misma se autolimite. Una libertad ilimitada del individuo sólo
puede autodestruirse, por el hecho de no ser compatible con
la de otros individuos...
S. - ¿La renuncia a la libertad
le parece, pues, ineludible?
H. J. - Es de todo punto evidente, y no
pienso que se deba considerar eso como una desgracia. En la
antigua Roma existían leyes que limitaban los dispendios
privados. Se elegían censores que tenían el derecho
de aportar pruebas sobre un tren de vida excesivo, en contradicción
con la moral del Estado, y estaban autorizados a castigar tal
conducta. Se trataba de una considerable injerencia en la libertad
privada, pero en nombre, precisamente, de una autogestión
de la ciudadanía.
S. - Las democracias modernas permiten
al individuo la posibilidad de la felicidad individual "la
búsqueda de la felicidad", como estipula la Constitución
americana. ¿Es usted de la opinión que preámbulos
como ese debieran ser reemplazados por otros que hicieran del
bienestar general y de la conservación de la naturaleza
el objetivo supremo?
H. J. - La cuestión fundamental
que usted plantea, podría formularse de la siguiente
forma: ¿podría ser que la modernidad haya sido
un error que deba ser rectificado? ¿El camino que nos
hemos marcado, gracias a esa alianza entre progreso científico
y tecnológico y aumento de la libertad individual, es
el bueno? ¿La época moderna habrá sido,
desde un cierto punto de vista, un error que no debe proseguir?
El filósofo es absolutamente libre de pensarlo e incluso
de sacar ciertas conclusiones. Pero, saber si será escuchado,
si los hombres serán capaces de operar una giro, tal
es la cuestión con la que continuamos chocando.
S. - Serían pocos quienes se dejasen
ganar para la causa de filósofos que dijesen cosas como
esas.
H. J. - Tal vez mejor. Porqué ¿qué
poder posee el discernimiento? Un discernimiento de ese tipo
sólo es compartido por un número relativamente
restringido de individuos. Para hacer eso, antes habría
que disponer de un conocimiento en profundidad y de una buena
comprensión de las cosas. Se necesita además estar
absolutamente liberado de intereses personales y disponer de
un cierto grado de altruismo y de abnegación en pro de
lo que son, por así decirlo, los verdaderos intereses
de la humanidad.
S. - La cuestión es, pues: ¿cuáles
son esos intereses verdaderos? ¿Quién los determina?
La perspectiva de las nuevas ideologías al servicio de
la salvación de los hombres no es precisamente regocijante.
H. J. - La idea de nuevas doctrinas de
salvación, susceptibles de arrastrar a los hombres y
mediante las cuales todo sea posible -no sólo el ascetismo
sino lo más espantoso- estremece. No tengo respuesta
que aportar a la pregunta de saber cómo se puede apartar
la amenaza que, sin duda, se perfila actualmente sobre el porvenir
del hombre y sobre su relación con el medio ambiente
terrestre. Sé tan sólo que esta cuestión
no debe dejar de complicarnos la vida, que hay que ponerla en
relieve, que no hay que dejar de pensar en ella, y que hay que
contribuir incansablemente a una mala conciencia que socave
el hedonismo inaudito de la cultura de consumo propia de la
modernidad: en ello hay una obligación ineludible. No
hay que preguntarse si eso nos conduce o no a alguna parte:
podría no conducirnos a ningún sitio, pero no
lo sabemos.
El hombre es un ser previsor y dispone, por lo demás,
de la capacidad de robárselo todo a la naturaleza sin
la menor consideración y de la capacidad de meditar sobre
la responsabilidad que tiene hacia ella. Debe y puede otorgar
valor a lo que está a punto de destruir.
S. - Brecht escribió aquello de:
"la comida viene primero, la moral después"
[La Ópera de cuatro centavos]. El diálogo que
mantenemos aquí sobre la renuncia necesaria, ¿no
concierne exclusivamente a los satisfechos y a los hartos? Hablamos
del mundo industrializado occidental; pero los países
del Este luchan actualmente de manera desesperada para lograr
un nivel de vida más elevado; y mejor no hablar del hemisferio
sur, donde los hombres no poseen nada a que puedan renunciar.
H. J. - Los habitantes del hemisferio
sur podrían renunciar ya al crecimiento demográfico.
Pero es del todo exacto que se trata de un diálogo entre
privilegiados y que eso es exactamente lo que convierte en sospechoso
nuestro discurso. Suponiendo que se trate de moderación
y de renuncia disponemos de un gran margen de libertad en los
Estados industriales occidentales, e incluso si esta reducción
afectase considerablemente a nuestro nivel de vida, éste
continuaría siendo relativamente elevado. No tenemos
de ninguna manera el derecho a exigir ninguna renuncia a quienes
viven en la necesidad y sufren hambre, excepto en materia de
procreación, un dominio en que se impone poner límites.
S. - Así que la postura del Papa
en materia de contracepción no debe agradarle en absoluto.
H. J. - Se trata de un crimen contra la
responsabilidad mundial. No concibo como se puede sostener tal
posición. Pero eso pone de manifiesto cuáles son
las irracionalidades, los hábitos, las inercias y las
sinrazones con que debe contar toda política de la humanidad.
Por lo que toca al problema general del crecimiento demográfico,
vuelvo una vez más a la constatación deprimente
de que aunque percibimos el peligro y podemos imaginar de una
manera abstracta cuál es el remedio, somos siempre absolutamente
incapaces de imaginarnos cómo imponerlo en la práctica.
S. - Es obvio que el orden económico
liberal de Occidente se ha visto coronado por un éxito
inaudito. Las economías competitivas se han fijado como
meta el crecimiento, el estancamiento les resulta ajeno por
esencia. Pero el crecimiento del producto interior bruto equivale
de una manera general a destruir y explotar todavía más
la naturaleza.
H. J. - ¿Se me permite preguntarle
por qué no es posible una cierta estabilización
de la sociedad? ¿Por qué el producto nacional
debe crecer siempre, ininterrumpidamente?
S. - En principio, una gran parte de las
empresas vive de eso que se llaman nuevas inversiones, de la
producción de nuevas máquinas y de la construcción
de nuevas fábricas. Por lo demás, una empresa
privada no puede estancarse, excepto si quiere ser absorvida.
Crecer o desaparecer, tal es el sino de la empresa.
H. J. - Imaginemos que tenemos un gobierno
mundial que decide poner un límite al aumento demográfico.
No se comprendería, entonces, por qué la producción
debería crecer continuamente.
S. - Eso sólo es concebible en
una sociedad cuya dirección está centralizada,
y no en una sociedad liberal.
H. J. - Nunca me he hecho pasar por especialista
en ciencias empresariales.
S. - Tampoco pretendemos iniciar un debate
económico, queremos tan sólo señalar que
una reconversión de la sociedad del crecimiento no dejaría
de provocar problemas colosales, suponiendo que un cambio tal
fuese deseado por la mayoría. Pero ni la democracia ni
la economía de mercado no constituyen el marco adecuado
para su ética de la responsabilidad.
H. J. - ¿Pero no se puede suponer
que, por encima de todo, los hombres aspiran a un futuro? ¿Qué
no consideran que su existencia se reduce al consumo? ¿No
hay que tomar en cuenta igualmente una necesidad metafísica
del hombre en la historia futura del homo sapiens?
Desde el principio de la humanidad, ha habido religiones que
la mayor parte del tiempo estaban al servicio de necesidades,
de angustias y de deseos absolutamente terrestres. Pero de la
misma manera siempre ha existido una aspiración superior,
una cosa distinta a la satisfacción óptima de
los estómagos y de los instintos físicos. El orgullo,
el pudor, la ambición de ser reconocido, todo ello supera
el simple deseo de disfrutar.
Se constata, pues, una necesidad de elevar la existencia individual
y de justificarla por alguna cosa, lo que sólo el hombre
es capaz de hacer. Existe un concepto de renuncia, un concepto
de asistencia, un concepto para toda cosa, pero igualmente una
ampliación de la experiencia humana. Todo lo que ha aparecido
en el arte, en la poesía, en la música, e incluso
en la danza, supera lo que el hombre ha podido considerar un
simple concepto de satisfacción corporal.
S. - ¿Qué papel juegan las
elites espirituales en ese proceso? Con el marxismo se ha arruinado
un gigantesco proceso de educación, en el que habían
colaborado numerosos intelectuales. Los hombres de espíritu
estaban implicados en la idea de conducir la humanidad hacia
una sociedad mejor. De momento se constata en los intelectuales
un dolor fantasmal. Un gran proyecto ha fracasado. Hay un sitio
vacante a ocupar. ¿Percibe usted la necesidad de un nuevo
marxismo, de una nueva ideología de gran envergadura?
H. J. - No lo sé. En el caso del
marxismo, la magia hizo que una magna visión utópica
de una sociedad más justa, coincidiera con una promesa
de felicidad completa para todos los individuos, gracias al
dominio creciente de la naturaleza. Además se produjo
la emergencia de una clase que tenía un interés
particular porqué había sido expoliada. Se puso
en marcha un gran impulso ético que no deja de tener
relación con la justicia y que, coincidió con
una promesa material de felicidad. La promesa de felicidad tenía
como verdadero objeto el mejor aprovechamiento material del
mundo, es decir, que precisamente se ha orientado en la dirección
que ahora se revela nefasta.
S. - Hoy podemos ver cómo los hombres
de los países excomunistas habían arrasado la
naturaleza. Se trata de un hecho sin parangón.
H. J. - Sí; ha sido una de las
mayores desilusiones y debo admitir que, por mi parte, también
estoy muy decepcionado. Pensaba que los comunistas eran quienes
mejor sabían tratar respetuosamente la naturaleza, en
la medida que podían controlar la satisfacción
de las necesidades. Podían decretar: se os satisfacerá
en tanto de tanto y no más.
S. - Marx formuló una exigencia:
la filosofía no debe interpretar el mundo, debe transformarlo.
¿Piensa usted que el filósofo, que la filosofía
pueden cambiar el mundo? ¿Qué papel juega hoy
la filosofía? ¿Debe tener un papel de ingerencia?
¿Puede iniciar procesos, gobernar?
H. J. - No; probablemente no. La filosofía
puede contribuir a desarrollar, gracias a la educación,
una sensibilidad hacia las consecuencias a largo plazo que puede
tener la acción humana sobre el delicado equilibrio entre
las pretensiones humanas y la capacidad de producción
de la naturaleza. Puede contribuir, por su reflexión
y por su argumentación, a que iniciativas de salvación
y de conservación de la naturaleza sean puestas en práctica.
Pero los dirigentes empresariales, los políticos y los
científicos tendrán mucho más a decir,
cuando se los consulte, que el filósofo mejor informado.
Sin embargo, el filósofo conservará siempre una
tarea: estar atento a que las medidas con ayuda de las cuales
se intenta evitar el desastrsean humanas, porqué esas
medidas podrían ser tales que se fuese al diablo que
precisamente se quiere salvar.
S. - ¿Qué es lo que podría
irse al diablo?
H. J. - Se trata, en definitiva, de una
cuestión de relación de fuerzas. Si los recursos
de la tierra -el agua, las materias primeras, el aire- se agotasen,
los individuos más fuertes podrían obtener todavía,
mediante la violencia, una reducción de las necesidades
humanas y del número de seres humanos. Esta ley fundamental
y cruel de la evolución en cuya función son los
más fuertes quienes sobreviven, no se debe convertir
en la ley de la supervivencia de la humanidad; sino, nuestra
cultura, la humanidad del hombre, se iría efectivamente
al cuerno.
S. - ¿La tarea de la filosofía
consistiría en formular una nueva filosofía del
hombre?
H. J. - Pienso que la filosofía
debe elaborar una nueva metafísica del ser, en el centro
de la cual convendría meditar sobre el lugar del hombre
en el cosmos y sobre su relación con la naturaleza. Militar
en pro de la paz [ser pacificador], tal debiera ser la utopía
del porvenir, frente a esa utopía político social
del pasado.
S. - ¿No le parece del todo imposible
que algo como un "principio de responsabilidad" se
convierta en un imperativo categórico moderno?
H. J. - Se trata de inculcar al hombre
actitudes vitales menos codiciosas y menos ávidas, pero
tal vez más prometedoras desde otros puntos de vista.
La cuestión no consiste en saber si eso servirá
de algo, sino en si se puede imponer una actitud tal, frente
a lo vulgar, a los deseos de las masas y de las costumbres.
Porqué, por lo que se puede juzgar, la fe en esta materia,
solo puede ser limitada y tenue. Sin embargo, renunciar es la
última cosa que nos podemos permitir.
S. - Sin embargo, se nos hace difícil
imaginar la razón por la cual, por primera vez en la
historia de la humanidad, la disposición a renunciar
voluntariamente al disfrute material, debiera concernir a las
masas.
H. J. - Todavía no hemos captado
completamente la psicología del hombre. No sabemos todavía
cuáles son los resortes de que dispondrá el hombre
cuando se hunda en la necesidad más extrema. Renunciar
a toda esperanza sólo puede precipitar el desastre, mientras
que uno de los elementos susceptibles de retardarlo consiste
en creer que puede ser conjurado.
S. - Al terminar esa entrevista parece,
profesor Hans Jonas, que da usted pruebas de valor y de esperanza.
H. J. - No, ni de valor y de esperanza,
sino que señalo una obligación a la cual debemos
someternos. No se debe valorar primero las perspectivas y, luego,
decidir lo que no se debe hacer, o lo que no. Bien al contrario,
hay que reconocer la obligación y la responsabilidad
y actuar en consecuencia, como si se tuviese una posibilidad,
incluso si uno mismo duda mucho de que exista.
(1) Der Spiegel, Conversación con Matthias Matussek
y Wolfang Keden. 11 mayo 1992. Texto extraído del website
www.Hans-Jonas-Zentrum.de
(*) Agradecemos al filósofo Ramón Alcoberro Pericay
su generosidad al brindarnos esta traducción. El lector
puede visitar su website en http://etpclot.jesuitescat.edu/~37272647
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