La noción de cultura es ciertamente vaga y
confusa. Se asocia, en efecto, con el concepto de
libertad, con la representación de dignidad
e incluso con la edificación y manifestación
de la propia identidad: hay quienes dicen que la cultura
nos libera y que el hombre es un animal cultural.
Según la mayoría de los antropólogos,
la cultura perfecciona el estado natural al que estaría
sentenciado el hombre como primate o más precisamente
como mono en condición fetal; la solución
es semejante a un órgano artificial: nos completamos
por obra y gracia de la cultura. A pesar de su vaguedad,
aquello que podemos reconocer como lo más sugestivo
de la idea de cultura, es que su aura, su prestigio,
es tan evidente que no necesita de exactitudes representativas.
Luis Villoro en su libro Estado plural, pluralidad
de culturas define a la identidad cultural
como una representación intersubjetiva,
compartida por una mayoría de los miembros
de un pueblo, que constituirían un sí
mismo colectivo. Más adelante continúa
sobre el tema de la identidad explicando: Los individuos
están inmersos en una realidad social, su desarrollo
personal no puede disociarse del intercambio con ella,
su personalidad se va forjando en su participación,
en las creencias, actitudes, comportamientos de los
grupos a los que pertenece. Esa realidad colectiva
consiste en un modo de sentir, comprender y actuar
en el mundo y en formas de vida compartidas, que se
expresan en instituciones, comportamientos regulados;
en suma en lo que entendemos por una cultura. El problema
de identidad de los pueblos remite a su cultura.
Ahora bien, si tomamos como análisis el fenómeno
de reorganización cultural que se comenzó
a originar con el proceso de globalización,
nos encontraremos que existen efectos o fuerzas opuestas.
Estas fuerzas son llamadas integrativas y desintegrativas,
según se trate de la homogeneización
y la fragmentación cultural respectivamente.
Ambas fuerzas están sistemáticamente
aniquilando las identidades culturales; la primera
por medio de la generalización del ser humano
y la segunda por la omisión de su historicidad.
Es de suma necesidad reformular el concepto homogeneizante
del modelo neoliberal de globalización para
frenar este proceso de destrucción de las identidades
culturales. La globalización de la cultura
también conocida como civilización globalizada
o aldea global deja de lado las tradiciones culturales,
el folclore, las culturas autóctonas para producir,
según conceptos de García Canclini,
un ensamble multicultural que, a mi criterio,
logra solamente una aniquilación de lo característico
y costumbrista de cada región. En otras palabras,
equivocando la noción de globalización
nos acercamos al exterminio de la verdadera esencia
del ser humano; esencia que no es más que la
diversidad y la diferenciación de cada hombre
y mujer sobre la tierra.
Pero no nos olvidemos que el ocaso de los imperios
fue producto, en muchos casos, de la imposición
de una uniformidad de identidades y la estúpida
hegemonía de pensamientos sobre los pueblos
conquistados. Los mandatarios de las grandes potencias
mundiales deberían tener en cuenta que toda
acción puede provocar reacciones que, según
lo demostró en varias ocasiones la historia
de la humanidad, es de igual o mayor trascendencia
que el hecho que las generó.
Quizá sea una utopía (y en todo caso
esta utopía será un regalo para los
lectores de estas páginas) pero es mi anhelo
que los países desarrollados no sigan convirtiendo
el proceso de globalización en la privación
de la identidad de aquellas culturas que les son desconocidas.