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En su cuarto de la rue du Pont de Lodi, Ernesto se balanceaba
entre la miseria y la agonía. De allí que se viese
a sí mismo como una réplica del ser que había
sido, lleno de apetitos, trifulcas de amigos y grandes gozadas
en un París que ya no existía porque había
desaparecido la locura -decía- y nadie recordaba el ejercicio
de la lujuria y la gente ya nada hacía sin los bolsillos
llenos de francos, nadie saboreaba al amanecer el bocado de
una buena aventura.
-No estoy enfermo, hermano. Padezco de una leve postración
del alma -decía y estiraba la mano hacia la mesita de
noche donde seguía la botella de pastis-. Hágame
el favor de salir al pasillo y echarle al vaso un poco de agua
-pedía. Y yo salía al pasillo para enfrentarme
con un árabe que trastabillaba borracho, con una jovencita
que salía del retrete como si nada, como si no hubiera
estado encerrada en medio de un borbotón de porquerías.
Del mal vino había pasado al pastis. Durante un
mes -el tiempo que duraba su postración- Ernesto había
cambiado de gustos. Si antes me pedía que le trajera
un beaujolais, pronto empezó a pedirme que fuera
algo más jugoso. Un Ricard mezclado con agua rendiría
más y lo elevaría a la brillante conciencia del
mundo. Y su mundo no era solamente su cuarto; era la visión
de los quais desde la buhardilla, el Pon Neuf
y cuanto enmarcara el ventanuco que le servía de escape
hacía las calles, ya que en ellas no podía entonces
moverse y nada indicaba que podría hacerlo algún
día.
Había dejado de pintar. Las telas desnudas se arrinconaban,
los pinceles se habían petrificado y él pedía
que le trajera libros, "libros que den ganas de vivir"
-añadía y me reprochaba haberle traído
Luz de agosto de Faulkner. "No dudo que sea una
maravilla la historia de esa jovencita preñada que va
en busca de su hombre y al encuentro con la tragedia" -resumía,
pero no quería saber nada de tragedias del profundo sur
americano. Al día siguiente le traía nuevos libros,
de Boris Vian y René Char porque ya había agotado
todo Céline, libros y un montón de pornografía
que iba guardando como si acumulara la soberbia iconografía
que un día sería útil para sus cuadros,
si es que un día regresaba al mundo de sus cuadros.
-Cuéntame algo más de las amigas y de paso sírvete
un Ricard -decía "las amigas" porque
nada quería saber de los amigos. Sólo salía
del grave mutismo si encontraba un enjambre de generosas, libres
hembritas a su lado, mujeres que excitaban su brillantez y su
gusto por la vida. Por esto quizá dejó de ver
a los amigos. Quería noticias y visitas de amigas pero
éstas se habían perdido. Insistía sin embargo
en esas visitas imposibles porque nada como la presencia de
varias mujeres lo removía hasta el paroxismo. Con nosotros
se aburría, era como si fuésemos el jarabe concentrado
del tedio mismo, lo peor que puede llevar un hombre cuando se
enfrenta a otros hombres aburridos, rencorosos e incapaces de
jugar con el vacío, con esa nada que puede volverse una
aventura plena de esplendor y sobreentendidos.
-¿Vino el médico? Me dijeron que te había
prometido una visita -le preguntaba entregándole los
libros.
-No ha venido y lo mejor es que no venga. Me va a pedir lo imposible.
Y lo imposible era la terminante prohibición de beber
una sola gota de alcohol. Algo, el hígado tal vez, ya
no podía más o se estaba haciendo trizas, pero
Ernesto no transigía.
-No me vengas ahora con médicos. Dime, mejor, cómo
empiezan a portarse las hembritas en esta primavera. Desde esta
ventanita -señalaba al vecindario- las veo como hormigas
y es una pena no tener un largavista. No harían mal en
iniciar una colecta y regalarme uno de esos binóculos
que usaba el general Montgomery en su campaña africana.
Róbense de un museo los binóculos del viejo coronel
Lawrence, sirvan de algo -reía y pedía que le
renovaran el pastis.
No era una broma. Soñaba tener unos binóculos
de campaña, tan sólidos que le permitieran penetrar
a la intimidad del todo París, escurrirse por los cuartos
iluminados y descubrir cuanto quedaba aún de vida. Sugería
que se los pidiésemos al embajador, que le informásemos
que un paisano se moría sin tener unos binóculos
de campaña, pero el embajador no entendería nada
de estos caprichos. Lo mejor sería seguir trayéndole
pastis.
Contaba que seguía soñando con una general promiscuidad
y que eso le daba ánimos para seguir vivo. Nada como
soñar que "el todo París" hacía
el amor sin horarios, que las oficinas quedaban vacías
porque el mundo de sus sueños era una ciudad dedicada
a la más irresponsable fornicación colectiva.
-Vi a Teresa -le conté con el temor de abrir su más
vieja herida-. Raras veces pregunta por ti, pero la verdad es
que sigue estando tan hermosa como siempre.
-No preguntará por mí y el día que me saquen
de aquí con los pies para adelante se tragará
la lengua para no preguntar por mi destino. Las mujeres sanas
no quieren saber nada del hombre enfermo que amaron un día.
Es mejor así, nadie que tenga un poco de decencia se
alimenta con la piedad de los demás- largaba su perorata
rencorosa sin mirarme y entonces se lanzaba a contar todo cuanto
había sucedido entre Teresa y él. Lo hacía
con una rara delectación. No parecía la crónica
de un fracaso sino la recuperación de algo más
exultante y vivo, pese a ser un episodio perdido. Teresa le
había dado cuanto podía darle una mujer, la ternura
y la neurosis, el sexo y la protección, la compulsiva
fuerza de la pasión, todo cuanto ahora le era imposible
recibir en su sucia cama de postrado, muriéndose y sabiendo
que se moría, que de nada valdría conseguir una
cama en el Hotel Dieu, que por otra parte aborrecía,
un miserable hotel de caridad pública a la sombra de
Nôtre Dame.
-¡Hotel de Dios! Cuando usted entra en esos antros de
mierda se imagina lo que será en verdad la morada del
señor -repetía cuando se le mencionaba la posibilidad
de internarlo por unos días. "¿Culpa del
romanticismo?" -concluía y evocaba su única
visita a aquel desvencijado refugio público a donde lo
llevó Teresa con un ataque de apendicitis.
Quedaba aún la botella de Ricard y media hora
por delante antes de que concluyera mi visita. La luz no decaía
en la ciudad y el frío empezaba a remitir. Los días
eran magníficos y las muchachas empezaban a aligerarse
de ropas. Todo esto lo sabía Ernesto y se resistía
a que hiciéramos algo distinto a traerle una botella
de pastis en cada visita. De nada hubiera valido una
gestión hospitalaria. Había roto su tarjeta de
la Seguridad Social y lo que quería era sobreponerse
a la enfermedad, esperar el milagro con aquellas inmensas ganas
de seguir mucho tiempo vivo. A veces sus ojos se iluminaban
de entusiasmo y ponía un aliento extraordinario en la
más tonta de las conversaciones. Preguntaba por los amigos,
sobre la marcha del mundo y se reía al descubrir que
algo se movía debajo de las sábanas, porque seguramente
había estado pensando en una de las viejas amigas y nada
podía hacer para controlar esa erección inesperada.
-Mientras se me pare la picha, habrá esperanzas de vida
-diagnosticaba muerto de risa-. De eso debería darse
cuenta Teresa; nada le costaría venir a darme un polvito.
Teresa no vendría. Acababa de agarrar un salvavidas,
un cadre del Centre National de la Recherche Scientifique.
Vivía en un apartamento chanelizado con sirvienta portuguesa
y casa de campo en Normandía. No quería que peligrase
su futuro. Se negaba al teléfono y decía que ya
no estaba para embarcarse en aventuras. Ahora, rien va plus.
No apostaría a la ruleta y menos si era rusa. Su vida
con Ernesto equivalía a un suicidio. Un apartamento amueblado
y su futuro matrimonio con un cadre, pasaporte francés
a la vista y niños para llevar a Deauville, eso no podía
ser puesto en peligro.
-Déjenla, no le hablen más de mí; tiene
todo el derecho de convertirse en una dama, es una sana aspiración
en toda vagabunda.
-Deberías pensarlo bien, Ernesto -intentaba decirle-.
Un hospital
un médico
haremos una subasta
-¿Pensar qué? No pierdas el tiempo, hermano. Espera
y verás como el verano me pone en forma y vuelvo a pensar
en mí. Esto no es Barranquilla, el calorcito chévere
del Caribe.
No se defendía. Aceptaba hundirse sin dramatismos. Contemplaba
el último de sus cuadros, un recio huracán planeando
sobre una superficie de dunas, y se diría que en esa
obra se concentraba su devoción por la lujuria. Decía
que no estaría mal retirarse después de semejante
hallazgo, pero esperaba que saliera el otro cuadro. No sabía
si era la memoria o un relato olvidado la fuente secreta de
esas pinceladas. Prefería en todo caso tener el cuadro
a medio metro de la cama. También esta obra lo hacía
sentirse vivo. Esperaba conseguir la realización de la
siguiente y por ello se resistía a que buscáramos
comprador, de nada valdría, lo estafarían y seguramente
no podría empezar la tela siguiente, serían almas
gemelas o no serían nada, la siguiente sería una
secuencia indispensable, la conclusión definitiva de
un díptico gigantesco y formidable.
Un día decidimos traerle un bonito regalo recogido en
Beaubourg, una joven y carnosa bretona que a regañadientes
aceptó trabajar a domicilio. Si las amigas no venían
, una puta podría consolarlo. Nada más verla,
Ernesto extendió la mano, cogió la botella de
anisado y se desentendió de la furcia.
-¿Qué se han creído? Para eso -y señaló
una mano con el puño apretado- prefiero la consolación
del self service ¿Qué se han creído?
-y nos obligó a despedir a la puta mientras ésta
pedía a gritos la suma convenida. Tuvimos que darle mil
francos, evitar el escándalo, que viniera la portera
y detrás de ella la policía, que subieran portera
y policías y nos encontraran envueltos en esa densa nube
de hachís. Había que evitarse los asuntos
de comisaría.
-No les pedí que me trajeran una puta -protestó
con voz ronca cuando conseguimos calmar a la bretona. Se sumió
de pronto en un mutismo casi trágico. Miró a Estela
a los ojos, recorrió su cuerpo de arriba abajo e inclinó
el rostro con una inmensa sensación de melancolía.
Estela comprendió de inmediato. "Vete a dar una
vuelta -me dijo-. Busca una nueva edición de Madame
Bovary, lo que sea, pero, por Dios, no vuelvas antes de
una hora." Y aunque nada comprendí en esos instantes,
me largué a las calles a mirar por enésima vez
los puestos de los bouquinistes, la silueta de la Cité,
la grandeza mortecina de Nôtre Dame. Estela había
decidido hacer repentinamente lo que podía hacer después
del incidente con la puta y yo no podía imaginar lo que
sucedería en la larga hora que duró mi ausencia.
Lo sabría al reencontrarme con ella: Ernesto le había
pedido que se desnudara -contaría ella más tarde-
pues sólo quería saber que la carne femenina seguía
allí y con la carne femenina la gratificante intensidad
de un cuerpo joven y humilde. Sólo quería pasar
las manos por las caderas de mi amiga, acariciar sin prisas
sus altos pechos de virgen. Le pidió que se quedara inmóvil
de espaldas y Estela supo que Ernesto se deleitaba mirándola
a la distancia. Estaba sentado desnudo en la cama y quería
saber que la carne femenina seguía en su sitio, que tenia
delante a una joven espléndida y que ésta se ofrecía
sin que mediara la piedad porque él sabía que
ella lo había considerado alguna vez un hombre atractivo
y deseable y ahora la postración del amigo no le impedía
saberse deseada.
También Ernesto había estado con nosotros en la
ronda vespertina que nos llevó de un lado a otro de la
ciudad, un fin de semana a Estrasburgo, otro a Amsterdam, dos
días de parranda en un cuarto sin muebles de la "Mouff",
abrigos llenos de comestibles robados en los monoprix,
los dólares que llegaban y se tiraba la casa por la ventana
porque había plata para sentirse más libres, la
silenciosa marcha del amanecer, las canciones que Ernesto entonaba,
boleros y rancheras nostálgicos, todo esto era nuestro
pasado y Estela parecía rendirle un tributo cuando decidió
quedarse a solas con un Ernesto más deseoso que postrado.
-¿Sabes? Me hizo sentir más bella que nunca -me
dijo cuando salimos de la buhardilla y Ernesto parecía
decirnos que aún quedaba un asomo de plenitud en su vida.
Estela dejó la caja con el pollo asado al lado de la
cama, miró el cuadro que Ernesto no vendería y
salimos al atardecer sin decirnos una sola palabra.
-No se está muriendo -dijo ella cuando entramos a nuestro
apartamento. No quería creer que su enfermedad fuera
tan seria como decían. No era tanto el hígado
o los riñones u otro miserable lugar del cuerpo afectado
por lo irremediable. No se cree en enfermedades tan miserables
cuando uno se enfrenta con un ser que no se queja, que parece
mostrar la perfección del mecanismo, decirnos que algo
más jodido lo devora hasta lo indecible. ¿De qué
se moría entonces si no era cuestión de vísceras?
Algo que no era de tan tremenda vulgaridad lo estaba devorando
y el médico que prometía visita lo sabía,
todos lo sabíamos, también Ernesto lo sabía
y había decidido que lo mejor era enfrentarse vivamente
con sí mismo.
Volvíamos a verlo. A veces yo solo; otras, Estela conmigo.
Fue cuando su rostro recobró la exultación de
otros días. Lo que pudo haberse convertido en rutina
dio un giro imprevisto. Estela aceptó el raro rito de
complicidad que Ernesto le ofrecía. Los detalles no eran
inmediatamente referidos, no cabían, pero Estela se sentía
en el deber de referirlos. No importaba que Ernesto le pidiera
recostarse desnuda a su lado, que se sentara a mirarla extendida
de espaldas e inmóvil en la alfombra exhibiendo las nalgas
o le pidiera sentarse en cuclillas y enseñarle en un
rapto de obscenidad el sexo abierto o que le exigiera acariciarlo
mientras, fingiéndome ajeno a tanta sordidez, daba vueltas
por Saint André des Arts, bebiendo una cerveza tras otra
como si nada ni nadie me esperase, tiempo que aprendí
a dilatar como si así dilatase la complicidad que Ernesto
enriquecía con mi amiga.
-Es curioso -me diría Estela-. No ha querido hacerme
el amor.
Lo decía como si lo esperase o lo deseara, como si Ernesto
no hiciera otra cosa que poner expectativas a las expectativas
de una mujer que años atrás lo había deseado
y buscado inútilmente. Eran los años del hambre
y las picardías, de los mil francos en el bolsillo y
la generosidad con los amigos, la época del ni un sólo
centavo y allá vamos como si nada, como si el mierdoso
dinero nada importara pues seguíamos haciendo exactamente
lo mismo, durmiendo apenas, trasnochando siempre, paseándonos
por la ciudad que habíamos hecho a la medida de nuestra
locura, buscando nada y esperándolo todo, jugando con
la ruleta del azar o haciendo del tiempo un juego de dados en
el que nadie perdería.
Estela sabía que al volver yo llamaría a la puerta.
Descartaba toda imprudencia de mi parte. Cuando esto sucedía,
ya estaba vestida, sentada en la cama armando otro pitillo de
hachís, cama que parecía un amplio reino
de convaleciente que todo lo que espera y lo espera de las visitas.
Pedía otro libro. Vian había sido devorado. Ya
no quedaba nada de Raymond Queneau, "Zazi es la niña
que nunca encontré en estas putas calles", Bel
ami había sido releído porque Maupassant era
de los suyos, putas, sentimientos y pasiones sin límite,
trenes y estaciones y la enfermedad del pobre Guy- enumeraba
Ernesto y pedía que esta vez fuese contra lo acostumbrado
algo de Faulkner, Santuario no estaría mal. Le
traía un Faulkner y un Scott Fitzgerald, todo cuanto
estuviese en la frontera de lo imaginario y lo vivido -exigía
él y cada libro leído era comentado entre pastis
y pastis. Salíamos taciturnos y nos metíamos
en mi apartamento de la rue Saint Jacques, un palacio
-comentaba Ernesto sin envidia. Algo se ganaba, se podía
mantener ese piso. Allí Estela y yo habíamos compartido
durante dos años nuestras vidas.
-Hoy me pidió que le leyera "El tango del viudo"
de Neruda -dijo ella cuando subíamos las escaleras hacia
el tercer piso-. Me dijo que le gustaba eso de oír mear
a una mujer en la trastienda, que le fascinaba la imagen de
esa nativa persiguiendo con un cuchillo de cocina al poeta fugitivo.
Todo podía ser posible y Ernesto le pidió esta
vez a Estela, no lo imposible, sino que aceptara dejarse desnudar
con violencia: le desgarró bruscamente la blusa, le exigió
que se abriera de patas y lo masturbara mientras él largaba
un discurso incoherente sobre el poema de Neruda. Ella aceptó
en parte lo que Ernesto le pedía, salvo ponerse en cuatro
patas y gatear al ritmo del maldito disco que puso, un disparatado
concierto de Stockhaussen.
Nos esperaba. Nos esperaba como tal vez nunca nos había
esperado. Sabíamos que por momentos asomaba en su conducta
una forma de crueldad indeseada, entrometida donde antes había
estado la ternura. No obstante, al día siguiente, pese
a saber que nos esperaba y necesitaba, decidimos pasar la tarde
en Ville d'Avray, distanciarnos de lo que aunque aceptado parecía
a Estela incomprensible. No fuimos a verlo y no tuvimos ganas
de lamentarlo, el día era espléndido y nuestra
intimidad renacía allí donde temíamos haberla
perdido.
Cuando volvimos, Ernesto recibió a Estela con versos
de Eluard. Suis-je autre chose que ta force? -recitó
al sentirnos entrar. Eluard le inyectaba lo que el esperado
médico no le inyectaría, La capital del dolor
era la capital de su angustia. Seguía con el poema, envuelto
en una sucia sábana azul. Se sabía de memoria
Ta foi. No acertaba a mirarme, acaso pensaba que me estaba
jugando sucio o que una mirada afrentaría mi dignidad
de amigo. No repetía el poema para nosotros. Lo hacía
una y otra vez para Estela, acentuando su complicidad. De pronto
temí que no fuera tanto el cuerpo generoso de Estela
lo que él deseara conquistar, sino algo más amenazador
y doloroso, un tronco que flotara por las turbulencias del río
y él asido al tronco antes de la última caída.
Ese día decidí no salir a la calle. Me quedé
en el cuarto viendo como Ernesto jugaba con las sábanas,
bebía pastis y sugería a Estela que le
echara más agua al Ricard. Dos veces se levantó
de la cama y fue hacia el ventanuco y en ambas ocasiones repitió
la misma queja: nada podía ver aunque fuese una limpia
primavera, ni siquiera la alargada silueta del Pont Neuf
o el imponente edificio de la Samaritaine.
-Llegó carta del país -comentó con desinterés-.
Mi mamá espera que vaya a verla en navidad.
No iría en ésta ni en la siguiente navidad. Simplemente
no quería ir a sitio alguno. Le aterrorizaba la idea
del regreso. Cuanto conservaba "del país" era
obra de la memoria y la imaginación. Temía enfrentarse
a la dura obra del tiempo y de los hombres, obra más
lamentable e irrisoria. Sin embargo, recibía las noticias
"del país" con alborozo, aunque se tratase
sólo de desastres. "De eso nos hemos alimentado
siempre, de horrores y desastres"- sentenciaba. "Vete
un rato -me pidió Estela-.Vete, creo que me necesita."
Habíamos pasado una hora en el cuarto. "Prefiero
que te vayas" -repitió mi amiga. Mi réplica
fue una torpe salida de ofendido, contraria a la fingida amabilidad
de siempre. Ya no podía ver cómo Ernesto ganaba
el entusiasmo de Estela, cómo ganaba la esplendidez de
su cuerpo. Me irritaban sus movimientos, la seguridad a ratos
irónica de sus comentarios y cierta arrogancia al esperar
como algo normal la continuación de una relación
que empezaba a volverse enfermiza y tiránica.
-Vete a casa, iré dentro de un rato -me exigió
Estela-. No me preguntes por qué lo hago, te lo ruego.
¿Era posible que Ernesto comprometiera a Estela de esta
forma? Se había ganado parte de su voluntad y ahora,
temía yo, daba pasos hacía otra clase de conquista.
Nada de esto estaba dentro de mis cálculos como no estaba
tampoco el primer asunto realmente sórdido del juego.
Estela llegó al apartamento después de medianoche,
cuando yo ya flotaba en el sopor de tres botellas de Bordeaux
bebidas con ansiedad y rabia. Sentí, al verla avanzar
hacia el sofá, que un giro imprevisto venía a
dar un tinte sombrío a lo que en un comienzo me había
resultado, pese a lo doloroso, aceptable y transparente. Ella
no quiso hacer comentario alguno. Al desnudarse, una hora más
tarde, después de haberla sentido sollozar en el cuarto
de baño, pude saber que el motivo de su desasosiego no
podría ser otro que la escandalosa huella encarnada que
exhibía en la espalda. Antes de meterse en la cama empezó
a llorar y no quiso dar explicaciones. "No puede ser -alcancé
a decir-. No puede ser."
-No puedes entenderlo -me gritó ella-. No puedes entenderlo.
Apagué la luz y seguí escuchando durante un rato
sus sollozos. No sé si durmió. Simuló en
todo caso estar en el más profundo de los sueños.
A la mañana siguiente su espalda enseñaba un repugnante
círculo de hematomas que parecían estar a punto
de romper la fragilidad de la piel. Si Ernesto esperaba que
yo me limitara a ser simple testigo de lo que en adelante sucediera
entre él y Estela, estaba equivocado -me decía,
pero comprendía también que no tendría
fuerzas para impedir que ella se hundiera en una pasión
que de pronto había empezado a ser tan sórdida
como intolerable.
Al mediodía, Estela pudo al fin referirme la experiencia
de la noche anterior: Ernesto había sufrido un ataque
de vómitos. Aunque trató de ocultarlo saliendo
al pasillo, ella se enteró y evitó hacerle preguntas.
Había pasado ya por la violenta reacción de nuestro
amigo, que al no poder sodomizarla porque la resistencia de
Estela fue rotunda, hincó los dientes en su espalda y
la obligó a repetir un repertorio de improperios y obscenidades
que él acompañaba con sollozos de cólera.
"Parece que le sucede a veces" -dijo Estela refiriéndose
a los vómitos.
Pese a todo, por la tarde volvimos a su cuarto. "Presiento
que ha entrado en una crisis de desesperación" -dijo
Estela. Estábamos en el portal del viejo edificio. Yo
hubiera preferido que se callara pero ella insistió en
devolverme a la conciencia de un desenlace tan próximo
como previsible. "Se empeña en pintar un nuevo cuadro
y creo que no podrá conseguirlo."
¡Un último cuadro! Ernesto quería pintar
otra secuencia de su tempestad. Tal vez fuera ésa la
más viva de sus obsesiones. Quería hacerle frente
a la naturaleza tropical que había vivido en su infancia,
a ese desbordamiento intempestivo de violencia y colorido que
también me era familiar, tema que nos había ocupado
en numerosas noches de parranda. No quería pintar un
paisaje más -decía. Era de otra índole
su obsesión. A veces acertaba en la descripción
de algunas pocas imágenes. "No quiero pintar un
paisaje; no me importa que se reproduzca o reconozca la naturaleza;
quiero estar dentro de ella."
-No lo conseguirá -temía Estela-. No podrá
con el tema.
-Si quieres -le dije al entrar en la buhardilla- puedo quedarme
un rato con ustedes.
-Quédate con nosotros -aceptó ella.
La puerta estaba abierta. Ernesto trataba de ordenar las sábanas
de la cama. Cuando estaba fuera de ellas llevaba puesto un amplio
pijama sin botones. Me sorprendió su saludo:
-No quiero saber nada de lo de anoche; lo siento -dijo dirigiéndose
a Estela e ignorándome expresamente-. ¡Maldita
sea! Ni una sola pincelada para continuar este cuadro de mierda.
Señaló con la mano extendida el lienzo que sólo
contenía manchas, un rápido embozo que, en adelante,
debería tomar cuerpo a medida que inventara su textura
y el tema se creara con las formas -empezó a explicarme.
Si lo lograba, quizá sus expectativas no se vieran defraudadas.
Pero temía no poder ir más allá de la voluntad.
Seguía hablando del proyecto, de ese cuadro monumental
que ahora no pasaba de ser un lienzo casi inmaculado.
-¿Prefieres que me largue? -propuse con indecisión.
-¿Quién habla de largarse? Estaba hablando de
este maldito cuadro. Además, si no entiendes eso, no
entenderás nada.
-Ernesto
-medió Estela-. ¿En qué
quedamos?
Se dirigió hacia la ventana y miró hacia el exterior.
-Al fin pude centrar el objetivo -dijo riéndose-. A la
derecha, abajo, hay una cortina transparente. Es un baño.
A las seis y media de tarde una alta rubia oxigenada se baña
y se da masajes en el cuerpo. Sería estupendo tener esos
binóculos, como los del coronel Lawrence de Arabia.
Estaba de buen humor, tanto que se había cuidado de preparar
un café en el hornillo que usaba para calentar el agua
y hervir los huevos, cuando tenía aliento de hacer un
té y freir huevos.
-Hace tres días sueño lo mismo: me traslado a
vivir a un hotel particular, invitado por una vieja aristócrata
que me abandona cada noche y me deja a merced de sus sirvientas;
la gran puta regresa a la mañana siguiente y me echa
a la calle dándome un sobre que no contiene nada.
-Hace una semana soñabas que te invitaban a un crucero.
-¡Maldito crucero! Sí, es cierto. Pero hacía
la travesía en una inmunda bodega llena de refugiados
árabes. ¡Ni los sueños sirven para levantarse!
Servía el café en pocillos de bordes carcomidos.
Y miraba la tela empezada. La vieja, formidable tela realizada
estaba al revés, contra la pared, como si así
evitase poner en la balanza la antigua lucidez con la impotencia
de ahora.
-¿Por qué carajo no puedo? La tengo aquí
-y señaló su cabeza-. Hace días que me
persigue, tengo incluso una idea exacta de los colores, del
montón de colores que sube sobre la crispación
del oleaje, pero ¡mierda!, algo me traiciona en el momento
de coger los pinceles. ¿Me pueden decir qué pasa
en estos casos?
-Tal vez le pones demasiada ansiedad; olvídate de esa
tela por un tiempo, ya saldrá sola.
-¡Por un tiempo! ¿Se puede saber qué significa
"por un tiempo"? ¿Se puede saber qué
carajos puedo entender por tiempo en esta situación?-estalló.
Hubiese preferido dejarlos solos, así sabrían
al menos qué hacer con el tiempo, pero Estela me daba
a entender que, de hacerlo, la abandonaría a la incertidumbre
de un episodio funesto.
Serví el pastis, que Ernesto bebió de un
trago, sin saborearlo. Había transcurrido más
de una hora. Recostado en la cama, parecía distante y
contrariado. De pronto dio un salto y se lanzó hacia
la puerta, tapándose la boca. Instantes después
escuchamos sus vómitos. Regresó pálido
e inseguro y, en adelante, adoptó una actitud sombría
y amargada.
-Prefiero que se larguen -dijo al cabo de unos minutos-. Gracias
por los tragos. Supongo que lo saben, ¿no? No me mientan
ni me compadezcan; sigo pensando que sufro de una leve postración
del alma.
-Quisiera que
-empezó a decir Estela.
-No digas nada, es mejor -cortó Ernesto-. No tienes que
decir nada.
Cuando salimos a la calle pregunté sobre la frase que
había dejado en suspenso. "Quisiera que supieras
que amo a Ricardo" -dijo ella apretándome la mano,
exactamente como si lo estuviera repitiendo a Ernesto. Me besó
largamente.
-¿Es cierto que nunca te ha hecho el amor?
Qué importaba una modalidad u otra, lo habían
hecho de mil maneras, con la ternura y la crueldad, la compasión
y el deseo.
Estela no respondió. Quizá encontró ingenua
e innecesaria mi curiosidad.
Regresamos al apartamento y ella decidió poner música
brasileña. Chico Buarque de Hollanda sonaba como la primera
vez, Construçâo era una pieza bella y dramática,
Estela se afanaba buscando una botella de Jack Daniel's, había
una planta nueva y alta en un rincón de la sala, las
crêpes de jamón y queso eran deliciosas,
una y otra vez la música del brasileño nos encerraba
en una intimidad silenciosa y placentera; Caetano Veloso vendría
después, a la hora de hacer el amor; eran las dos de
la mañana y el whisky se acababa, los ruidos de la ciudad
eran remotos y esporádicos y frente a la cama se mostraba
con elegante, fría nitidez la reproducción de
Modigliani. Habíamos decidido ir al mediodía a
cualquier parte, podría ser la Lorena, por qué
no bajar al sur, a cualquier parte que nos alejara de París
y de la rue Saint Jacques. Dormimos abrazados y yo soñé
que Estela resplandecía de gozo en las dunas de una playa
que milagrosamente se convertía en puerto y que del puerto
zarpaba un barco hacia Cartagena de Indias, que todo era como
si el deseo fluyera armonioso en el sueño. Estela imponía
entonces la presencia del extraño que había subido
en un coche de ruedas tirado por caballos; la Normandía
no era un puerto rodeado de dunas sino un mar agitado que nos
llevaba a cualquier parte porque el hombre de la silla de ruedas
era un rostro conocido, exhibía una hermosa sonrisa y
jugaba a volar con las gaviotas, el Atlántico era el
mar Mediterráneo y yo era felizmente el capitán
del trasatlántico. Soñaba que Estela y yo éramos
dos desconocidos. Soñaba que la amaba.
De no haber sido por el insistente ruido del timbre de la puerta,
habríamos llegado al final del mundo. Miré el
reloj. Eran las seis de la mañana.
-Encontramos su nombre y dirección en esta agenda- dijo
el policía-. Seguramente lo conoce -y enseñó
una foto de Ernesto.
-¿Qué ha pasado?
-No será agradable para ustedes.
Vinieron las formalidades y nuestro desconcierto. Estela se
resistía a subir a la buhardilla de la rue du Pont de
Lodi y sólo un repentino empuje de valor la llevó
a enfrentarse al espectáculo que ofrecía aquel
estrecho cuarto lleno de policías y fotógrafos.
Ernesto había terminado el cuadro. Con no se sabe qué
energía había terminado la inmensa tela, que había
colocado al lado de la anterior. Allí estaba la tempestad
imaginada, la agreste reverberación del color, la insinuación
de formas y, pocos metros más allá, la ventana
abierta de par en par. Abajo, en el patio, revoloteaban los
curiosos. Una sabana blanca cubría el cuerpo de Ernesto
y aquí arriba yo trataba de atenuar el tenue llanto de
Estela. La turbia muerte se interponía entre nosotros
y más turbia aún parecía la suciedad del
cuarto, el denso olor de las entrañas vaciadas. En la
mesita de noche, la botella de pastis con unas pocas
gotas.
Lo más sorprendente de todo eran los dos círculos
rojos que Ernesto había adherido en el extremo inferior
de los dos cuadros. Un último gesto de ironía
reflejado en el cartelito con la palabra ADQUIRIDO puesto
entre las dos telas.
-¿Salimos? -fue lo único que Estela consiguió
decir. Nos habíamos quedado mudos e inmóviles
frente a la pared que sostenía las telas, Estela abrazada
a mí, yo tratando de imaginar la fría entereza
que había conducido a Ernesto al último gesto
de su vida.
(*) Oscar Collazos (Bahía Solano, Colombia, 1942). Narrador,
ensayista y columnista de opinión de El Tiempo
de Bogotá. Entre sus novelas figuran: Morir con papá
(Seix Barral, 1997) y La modelo asesinada (Seix Barral,
2000; Espasa-Narrativa, 2001, Madrid). Adiós Europa,
adiós (2001) es su último libro de cuentos,
al cual pertenece La Soledad del viejo amigo.
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