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- Todo polaco es periférico -me sopla Pajarito Lernú,
en la mesa del bar La Perla. Estamos sentados en la vereda,
con los pies libres, con el viento, que viene de las huertas
y las quintas, pegándonos en la cara. La plaza principal
enfrente es una macha verde.
Sentada en el monumento a los fundadores hay una chica de 12
años. Pajarito la descubre, y no le saca los ojos de
encima. Se lleva los maníes salados a la boca, y me dice,
guturalmente:
- Ahí tenés un ejemplo, Bicho.
Yo la miro, es una chica rubia, hermosísima, el sol le
pega en la nuca, y la hace mágica. Después, cuando
se mueve y se mete bajo la sombra de los plátanos, advierto
que es la hija de la farmacéutica, y exclamó:
-¡Es la hija de Berson!
Pajarito Lernú pone cara seria. Es la mañana,
apenas las diez, y estamos tomando cerveza desde las ocho. Somos
los parásitos del pueblo, dicen. Cuando la vida empieza,
la vida de todos ellos, nosotros descansamos. Somos de la noche,
la noche nos puede. Y terminamos nuestro día, cuando
es la mañana de ellos, tomando cerveza, observándolos
de qué manera incomprensible nos miran.
- La chica que está bajo la luz del sol, la chica rubia,
la belleza ésa -dice Pajarito-, que puede matar a cualquiera,
mirale los ojos de sacada que tiene, ésa es para Gombrowicz
la inmadurez. Ahora, la hija de la farmacéutica Berson,
que es esa rubia, que tiene un guardapolvo blanco, y podemos
deducir con eso que se escapó del colegio y que está
triste -no sabemos la causa-, pero sí sabemos, porque
es la hija de la farmacéutica Berson y porque está
triste, que es incapaz de matar a alguien, ésa, mi querido
amigo, es la Forma. La Forma es tu exclamación: ¡si
es la hija de Berson!
- Entonces la inmadurez es genérica -le digo enojado,
por el tono prepotente que usa.
- No caigas en el error típico. Forma e Inmadurez son
categorías analíticas que hablan de algo más,
claro que son genéricas, pero actúan en la vida,
en los cuerpos, en las mentes, en los destinos, y lo peor, si
es que hay algo peor que eso, en los deseos de los sujetos sociales,
y disculpame que te lo diga en esos términos tan académicos,
Bicho, pero es así hermano.
Pasa, en ese momento, el auto de los Samudio, haciendo publicidad
a través de los altoparlantes. Hasta que el rumor molesto
no se aleja, no hablamos.
- Lo inmaduro es lo bajo, lo inacabado, lo imperfecto, tengo
entendido -digo- y esa belleza no tiene nada que ver con lo
que dice el polaco éste.
-Pará un cacho, a ver si nos entendemos. Está
muy bien. Polonia y Argentina son dos países inacabados.
Inmaduros. Y la Forma vendría a ser lo que entorpece
la creación. Lo fósil. Lo joven es lo inmaduro.
Pero eso quiere decir que lo joven está lleno de vida.
Gombrowicz escribe en una cultura periférica. Gombrowicz
traduce Ferdydurke al castellano en el café Rex, en grupo,
con cubanos y argentinos. Dicen que esa traducción de
Ferdydurke es justamente la manifestación literaria de
un lenguaje inacabado. Un cocoliche fantástico. El rumor
de todas esas voces, y de las palabras inventadas por el mismo
Gombrowicz
-Te vas por las ramas.
-Mirá, discutir sobre las nociones de Forma y de Inmadurez,
en la obra de Gombrowicz, hablar también de la vida de
Gombrowicz, es como Mentir -dice Pajarito, un poco desorientado,
sin tener muy en claro lo que quiere decir-. Eso es parte de
la lógica de la inmadurez, le dije un día a un
cronista, hablando, precisamente, de Witold -dice Witold
con una soltura, es entonces cuando me dan ganas de pegarle
en la cara-. Te cuento algo, le dije a un joven cronista del
diario La Verdad, en la inauguración de una muestra
del artista Frey, hace seis o siete años. Witold apareció
una tarde en el pueblo. Parece que se había perdido.
Iba a Tandil, y apareció, solo, un día de otoño,
a principios de la década del sesenta, en este pueblo
roñoso. Entonces se hospedó en el hotel Alsina,
que es lo que hacen todos los piojosos cuando llegan. Esa noche
cenó, leyó el diario en la recepción y
salió a caminar por el pueblo. Esto lo contó Witold
Gombrowicz, le dije al joven cronista del diario La Verdad,
en su Diario, por eso lo sé. Witold Gombrowicz caminaba
por un pueblo equivocado, pero había algo que lo hacía
sentir como si estuviera caminando por Tandil. Esa sensación
de desfasaje hace a la Forma, le dije por decir. Antes de entrar
al Club Social, el mismísimo Witold Gombrowicz se para
en la puerta, huele, recorre con la mirada las caras de los
aristócratas rurales, y se va. Cruza la plaza. Pero parece
que un muchacho lo empieza a seguir. Le pasa de cerca dos o
tres veces con un auto último modelo. A la cuarta vez,
pongamos, el muchacho le para al lado y le abre la puerta. Gombrowicz
sube. Esa noche, lejos del pueblo, desde un lugar oscuro y frío,
dentro de un auto empañado - le cuento al joven cronista
de La Verdad -, Witod Gombrowicz tiene sexo con el muchacho
Bunge. El joven cronista del diario La Verdad, abre los
ojos entusiasmadísimo, siente que le estoy contando una
noticia espectacular. Y la publica. El joven cronista del diario
La Verdad es despedido al día siguiente de publicada
la nota, porque no sabe que el dueño del diario La
Verdad es el ahora señor Bunge. En realidad la nota,
si uno la analiza pasado el tiempo, está centrada en
la enigmática figura del "conocido empresario"
que se encamó con Gombrowicz en un otoño de la
década del sesenta. Si uno lee esa nota - y además
está al tanto de las consecuencias que generó
- puede descubrir cuáles son y cómo funcionan
los mecanismos de la Forma - me dice Pajarito Lernú,
mientras yo dudo, no sé si todo eso lo acaba de inventar
o es verdad. Pero después, hundido en medio de un silencio,
siento que no importa si lo acaba de inventar o no, porque descubro
en carne y hueso cómo aprietan los mecanismos de la Forma.
Mi duda y mi ignorancia son los que alimentan a esos mecanismos
que aprietan como tenazas.
- En Ferdydurke - le digo-
- Piglia dice que Gombrowicz es el mejor escritor argentino
del siglo XX. Los inmaduros de Gombrowicz no son inocentes,
son capaces de matar, no hay culpa. No están atravesados
por la culpa, gran represora, gran representante de la Forma.
Eso lo demuestra en La Seducción. Pero antes en La Virginidad,
un relato que aparece en Bakakai.
- Ese lo leí -le digo-. Es lo único que leí
de este polaco. ¿Así que estuvo parando en el
hotel Alsina?
- Hacé este ejercicio mental, Bicho. Fijá la mirada
en un lugar, puede ser objeto o sujeto cualquiera: para ser
más claros, fijá la mirada en el cartel de enfrente.
Qué dice: Despensa Los Tres Hermanos. Ahora olvidate
de Los tres Hermanos, y detenete en la palabra Despensa.
Mirala mucho, repetila, al mismo tiempo, en voz baja, mucho:
despensa, despensa, despensa, despensa, despensa
va a
llegar un momento en que eso que es una palabra se va a ir convirtiendo
en un sonido incomprensible, cada vez más en un dibujito,
y después en un montón de rayas, en garabatos.
¿Qué le pasa a la palabra despensa? A la
palabra despensa no le pasa nada, a nosotros nos pasa.
El sentido parecería que se diluye, la cáscara
que envuelve a la palabra, una determinada forma de ser, se
desgarra, y entonces es cuando la palabra despensa parece
que se nos hunde, que se vuelve un montón de garabatos.
-No sé qué me querés decir con todo esto.
Yo creo - le digo - que muchos hablan de Forma y de Inmadurez
sin saber con claridad de qué carajo hablan.
Pajarito me mira enojado.
- No, pero no lo digo por vos. Ni por el ejemplo que acabás
de dar.
"Sí que lo digo por vos. Ahí está
la Forma, las maneras de quedar bien, pienso, pero cómo
hago. No hay qué hacer".
- No hay qué hacer -le digo.
- ¿Qué?
- Que no hay qué hacer. Es y punto. Hay que aceptarla.
- De qué hablás.
- De la forma, te aplasta, te dobla, hace con vos lo que quiere;
creés que te da libertad, te hace sentir libre, hasta
te da un espacio para que juegues y para que inventes un término:
inmadurez; y después se te caga de risa en la cara.
- ¡Bien, Bicho, por fin entendiste! -dice soberbio Pajarito
Lernú, mientras se acomoda el bigote (que se está
dejando crecer ) con una mano grasosa, y de verdad me hace sentir
un pelotudo.
- Te leo textual: "Siento casi vergüenza. ¿
Adónde me han conducido mis atentados contra la forma?
A la forma precisamente. La he quebrantado tanto, que sin remedio
me he convertido en este escritor cuyo tema es la forma. He
aquí mi forma, y mi definición. Y hoy, yo, individuo
vivo, soy servidor de ese Gombrowicz oficial, que he fabricado
con mis manos". Mis manos son mi verdadera cárcel,
mi propia prisión.
- ¿No seremos muy extremistas? -digo.
- Objetivistas le llaman quienes no entienden nada. Estoy diciendo,
yo, individuo vivo, con mis propias manos levanto una cárcel,
que será mi cárcel.
La chica ahora nos descubre, no deja de mirarnos. Yo me incomodo,
porque la conozco. Ella me vio una vez en su casa, cuando le
fui a pedir a la Berson unos remedios, ella fue quien me atendió
y me hizo esperar en el living de su casa, ella me dio un vasito
de agua mientras esperaba a la farmacéutica; trato de
recordar el momento, supongo que ella también lo recuerda
y sabe quién soy: "Yo soy Bicho Souza, nena".
Pero no puedo hacerme el fuerte.
- Ché, nos mira -le digo a Pajarito.
Ella empieza a caminar sacándose el guardapolvo. Después
se agacha y, gateando, como una beba, empieza a matar hormigas
con los zapatos.
- ¿Vos te la cogerías? - tuerce la boca, hay restos
de sonrisa, de maníes y de excitación en sus labios.
Yo no respondo. No puedo negar que la chica me excita. Pero
voy a cumplir sesenta años.
¿Te acordás de Lolita? - dice ahora desde el nacimiento
de una carcajada que va siendo alimentada por las posibles caras
de los señores de la moral y el respeto, por la reacción
imaginaria, inclusive, de la farmacéutica Berson.
No comprendo su festejo. Me incomoda.
Impulsivamente la chica sale corriendo y grita cuando ve a una
moto pasando delante de la iglesia. La moto larga un estruendo
ronco que se pierde cuando dobla en la esquina de la librería
Quesada. Ella un rato después también desaparece
en esa esquina. No la vemos más.
La luz del día, lechosa y asesina, nos ahoga. Lernú
sigue comiendo maníes, no sé dónde los
mete. Se supone que debo ser yo quien tiene que seguir comiendo,
y no él que es más flaco que un perro viejo.
-Un día de estos -dice- me compro un cuaderno y una lapicera,
y me pongo a levantar una cárcel que me libere.
El pueblo, a esta hora, tiene el sabor y la consistencia de
la mierda.
Son casi las doce.
- Son casi las doce - digo, por decir algo.
(*) Hernán Ronsino nació en Chivilcoy, Provincia
de Bs. As., en 1975. Es sociólogo, egresado de la UBA, y escritor.
Tiene un libro de cuentos inéditos, y actualmente continúa trabajando
en su producción literaria.
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