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A veces, en el curso de los acontecimientos, cuando el dibujo
del tiempo se convierte en un torrente fangoso y la historia
inunda nuestros sótanos, las personas serias tienden
a reconocer una correlación entre el escritor y la comunidad
nacional o universal; y los mismos escritores empiezan a preocuparse
por sus obligaciones. Me refiero al escritor en abstracto. Aquellos
que podemos imaginar concretamente, sobre todos los de cierta
edad, están demasiado pagados de su talento o demasiado
resignados a la mediocridad para interesarse por las obligaciones.
Ven muy claramente, a media distancia, lo que el destino les
promete: la hornacina de mármol o el nicho de yeso. Pero
tomemos a un escritor que sí se asombra y se preocupa.
¿Saldrá de su concha para inspeccionar el cielo?
¿Y sus dotes de mando? ¿Tendrá, debería
tener, don de gentes?
Es conveniente, por numerosos motivos, mezclarse
de cuando en cuando con la multitud, y debe ser bastante tonto
o miope el autor que renuncia a los tesoros de la observación,
el humor y la compasión, cualidades que el autor puede
adquirir profesionalmente manteniendo un estrecho contacto con
sus semejantes. Además, para esos autores desorientados
que andan buscando a tientas temas morbosos, puede ser una buena
cura dejarse seducir por la apacible normalidad de sus pueblitos
natales, o conversar en apostrófico dialecto con los
necios hombres del terruño, suponiendo que existen. Pero
en general, yo recomendaría la muy denigrada torre de
marfil, no como prisión del escritor sino sólo
como dirección estable, provista naturalmente de teléfono
y ascensor por si a uno le apetece bajar un momento a comprar
el periódico de la tarde o pedirle a un amigo que suba
a jugar una partida de ajedrez, cosa esta sugerida en cierto
modo por la forma y la textura de la morada. Es un lugar fresco
y agradable, con un inmenso panorama circular, y cantidades
de libros y de aparatos prácticos. Pero antes de construirse
uno su torre de marfil debe tomarse la molestia de matar algunos
elefantes. El preciso ejemplar que pretendo capturar para beneficio
de aquellos que pueden estar interesados en ver cómo
se hace es, casualmente, una increíble mezcla de elefante
y de caballo. Se llama: sentido común.
En el otoño de 1811, Noah Webster, abriéndose
paso decididamente entre los de grado C, definió el sentido
común como "un sentido corriente bueno y saludable...
exento de prejuicios emocionales o sutilezas intelectuales...
el sentido de los caballos". Es una opinión bastante
halagadora para el animal, ya que la biografía del sentido
común ha pisoteado a varios genios bondadosos cuyos ojos
se habían deleitado en el temprano rayo de una luna demasiado
prematura perteneciente a una verdad demasiado prematura; el
sentido común ha coceado los cuadros más encantadores
porque su bienintencionada pezuña consideraba un árbol
azul como una locura; el sentido común ha impulsado a
feas pero poderosas naciones a aplastar a sus hermosas pero
frágiles vecinas cuando éstas se aprestaban a
aprovechar una ocasión, brindada por un resquicio de
la historia, que habría sido ridículo no aprovechar.
El sentido común es fundamentalmente inmoral, porque
la moral natural de la humanidad es tan irracional como los
ritos mágicos que se han ido desarrollando desde las
oscuridades inmemoriales del tiempo. El sentido común,
en el peor de los casos, es sentido hecho común, por
tanto, todo cuanto entra en contacto con él queda devaluado.
El sentido común es cuadrado mientras que las visiones
y valores más esenciales a la vida tienen siempre una
hermosa forma circular, son tan redondos como el universo o
los ojos de un niño cuando asiste por primera ve al espectáculo
del circo.
Es instructivo pensar que no hay una sola persona
en esta clase, ni en ninguna clase del mundo, que en determinado
momento espacio temporal histórico no hubiese muerto
allí y entonces, aquí y ahora, a manos de una
mayoría con sentido común movida por una justa
ira. El color del credo, la corbata, los ojos, los pensamientos,
las costumbres o la lengua de uno tropezaría indefectiblemente
en algún lugar del espacio o del tiempo con la objeción
fatal de una multitud que detesta ese tono particular. Y cuánto
más brillante y más excepcional es ese hombre,
más cerca está de la hoguera. Stranger
[extraño, extranjero] rima siempre con danger
[peligro]. El humilde profeta, el mago en su cueva, el artista
indignado, el pequeño escolar inconformista, todos comparten
el mismo peligro sagrado. Y puesto que es así, bendigámosles,
bendigamos al monstruo; pues en la evolución natural
de los seres, el mono no se habría convertido en hombre
si no hubiese aparecido un monstruo en la familia. Cualquiera
cuya mente es lo bastante orgullosa como para no formarse en
la disciplina lleva oculta, secreta, una bomba en el fondo del
cerebro. Y sugiero, aunque sólo sea por diversión,
que coja esa bomba particular y la deje caer con cautela sobre
la ciudad modelo del sentido común. La explosión
producirá un fulgor, y muchas cosas curiosas aparecerán
bajo esa luz brillante; nuestros sentidos más raros y
excelsos suplantarán durante un instante a ese personaje
vulgar y dominante que atenaza a Simbad por el cuello en el
combate de la lucha libre entre el yo adaptado y el yo interior.
Estoy haciendo una mezcla triunfal de metáforas, pues
ésa es la razón de ser de las metáforas
cuando siguen el curso de sus conexiones secretas... lo cual,
desde el punto de vista del escritor, constituye el primer resultado
positivo en la lucha contra el sentido común.
La segunda victoria se produce cuando la fe irracional
en la bondad del hombre (a la que esos absurdos personajes fraudulentos
llamados Hechos se oponen con tanta solemnidad) se convierte
en algo más que el tambaleante fundamento de las filosofías
idealistas. Se convierte en una verdad sólida e iridiscente.
Es decir, la bondad pasa a ser un elemento central y tangible
del mundo de uno mismo, mundo que al principio resulta difícil
identificar con el mundo moderno de los editores de periódicos
y otros brillantes pesimistas, estos os dirán que resulta
cuando menos ilógico celebrar la supremacía del
bien en una época en que algo llamado Estado policíaco,
o comunismo, trata de transformar la Tierra en cinco millones
de millas cuadradas plagadas de terror, estupidez, y alambre
de espino. Y pueden añadir que una cosa es brillar en
el propio universo particular y otra muy distinta tratar de
conservar el juicio en un mundo de edificios que estallan en
medio de la noche entre rugido y aullidos. Pero en el mundo
que proclamo como hogar del espíritu, con su decidida
e inquebrantable falta de lógica, los dioses de la guerra
son irreales. Y no lo son porque no consigo imaginar (y eso
es decir mucho) que tales circunstancias puedan incidir en un
mundo hermoso y encantador que sigue su curso con placidez,
mientras que sí puedo imaginar muy bien que mis compañeros
de sueños, los miles que van por la tierra, siguen estas
mismas normas irracionales y divinas en las horas más
tenebrosas y deslumbrantes de peligro físico, de dolor,
de polvo y de muerte.
¿Qué representan exactamente estas
normas irracionales? Representan la supremacía del detalle
sobre lo general, de la parte que está más viva
que el todo, de lo pequeño que el hombre observa y saluda
con un amable gesto de su espíritu mientras la multitud
alrededor es arrastrada por un impulso común hacia un
objetivo común. Yo me descubro ante el héroe que
se lanza al interior de una casa en llamas y salva al hijo de
su vecino; pero le estrecharé la mano si arriesga cinco
preciosos segundos en buscar y salvar, junto con el niño,
su juguete preferido. Recuerdo la historieta en la que un deshollinador
se caía en del tejado de un edifico alto, observaba en
su caída un cartel con una palabra mal escrita, y mientras
caía se iba preguntando por qué a nadie se le
había ocurrido corregirla. En cierto modo, todos estamos
sufriendo una caída mortal desde lo alto de nuestro nacimiento
a las losas del cementerio, y nos vamos maravillando con la
inmortal Alicia ante los dibujos de la pared. Esta capacidad
de asombro ante fruslerías -sin importarnos la inminencia
del peligro-, esos apartes del espíritu, esas notas a
pie de página en el libro de la vida, son las formas
más elevadas de conciencia; y es allí, en ese
estado infantil y especulativo, tan distinto del sentido común
y de la lógica, en donde sabemos que el mundo es bueno.
En este mundo divino y absurdo de la mente no
prosperan los símbolos matemáticos. Su interacción,
por muy delicada y obediente que sea imitando las circunvoluciones
de nuestros sueños y los quanta de nuestras asociaciones
mentales, no puede expresar una realidad totalmente extraña
a su naturaleza, en particular si tenemos en cuenta que el principal
placer de la mente creadora es el predominio concedido a un
detalle incongruente eb apariencia sobre una generalización
aparentemente dominante. Una vez rechazado el sentido común
junto con su máquina calculadora, los números
dejan de turbar la mente. La estadística nos da la espalda
y, ofendida, no deja. Dos y dos ya no son cuatro porque no hace
falta que sean cuatro. Si sumaban cuatro en el mundo lógico
y artificial que hemos dejado, se debía a una mera cuestión
de hábito: dos y dos solían sumar cuatro de la
misma manera que los invitados a una cena esperan sumar un número
par. Pero yo invito a los niños a un picnic al tuntún
y a nadie le preocupa si dos y dos son cinco o cinco menos algo.
En determinada etapa de su desarrollo, el hombre inventó
la aritmética con el fin puramente práctico de
conseguir algún tipo de orden humano en un mundo gobernado
por dioses que, sin que el hombre pudiera evitarlo, devastaban
sus sumas cuando se les antojaba. Aceptó ese inevitable
indeterminismo llamado magia que ellos introducían de
vez en cuando, y procedía con serenidad a contar las
pieles que habían trocado en rayas de tiza sobre la pared
de su cueva. Puede que se entrometiesen los dioses; pero al
menos él estaba decidido a seguir un sistema que había
inventado con el propósito expreso de seguirlo.
Luego, al transcurrir los miles de siglos, retirarse
los dioses con una jubilación más o menos adecuada,
y volverse los cálculos humanos cada vez más acrobáticos,
las matemáticas trascendieron su estado inicial y se
convirtieron, por así decir, en parte natural del mundo
al que meramente se habían aplicado. En vez de basar
los números en ciertos fenómenos en los que encajaban
por azar, porque nosotros mismos encajábamos en las estructuras
que percibíamos, el mundo entero se fue basando gradualmente
en los números, y nadie parece sorprenderse ante el extraño
hecho de que la red exterior se haya convertido en esqueleto
interior. En efecto, excavando un poco más profundamente
en cierta región próxima a la cintura de Sudamérica
un afortunado geólogo puede descubrir un día,
al chocar su pala contra un metal, el fleje de ecuador. Hay
una especie de mariposa en cuyas alas posteriores una gran mancha
redonda imita una gota de líquido con tan misteriosa
perfección que la raya que cruza el ala se desvía
ligeramente al atravesarla; esta parte de la raya parece desviarse
por refracción, como si se tratase de una auténtica
gota globular y estuviésemos viendo dicha raya a través
de ese líquido. A la luz de la extraña metamorfosis
experimentada por las ciencias exactas desde lo objetivo a lo
subjetivo, ¿qué puede impedirnos suponer que un
día cayó una gota de verdad, y que se ha conservado
de alguna manera, filogenéticamente, como lunar? Pero
quizá la consecuencia más divertida de nuestra
extravagante creencia en el ser orgánico de las matemáticas
es la manifestada hace unos años cuando un astrónomo
decidido e ingenioso se le ocurrió atraer la atención
de los habitantes de Marte, si los había, trazando unas
líneas luminosas de varias millas de longitud, de manera
que formasen algún teorema geométrico, con idea
de que, al comprobar nuestros conocimientos sobre el comportamiento
de los triángulos, los marcianos concluirían que
era posible establecer contacto con los ¡oh inteligentes
telúricos!
Llegados a este punto, el sentido común
vuelve furtivamente para susurrar con voz ronca que, me guste
o no, un planeta y un planeta hacen dos planetas, y que cien
dólares son más que cincuenta. Si yo replico que
tal vez el otro planeta resulte ser un doble, o que como es
sabido, una cosa llamada inflación puede hacer que cien
sea menos que diez en espacio de una noche, el sentido común
me acusará de sustituir lo concreto por lo abstracto.
Sin embargo, este último es otro de los fenómenos
esenciales del mundo que os invito a examinar.
He dicho que el mundo era bueno; y la "bondad"
es algo irracionalmente concreto. Desde el punto de vista del
sentido común, la "bondad" de un alimento,
pongamos por caso, es tan abstracta como su "maldad",
ya que el sano juicio no puede percibir estas cualidades como
objetos tangibles y completos. Pero cuando realizamos ese giro
mental necesario, que es como aprender a nadar o hacer cambiar
súbitamente la trayectoria de una pelota, nos damos cuenta
de que la "bondad" es algo redondo y cremoso y hermoso
y sonrosado, algo con delantal limpio y cálidos brazos
desnudos que nos ha criado y nos ha dado consuelo; algo, en
una palabra, tan real como el pan o la fruta aludidos en el
anuncio; los mejores anuncios son creados por individuos astutos,
conocedores de los métodos que ponen en marcha los cohetes
de la imaginación; su saber es el sentido común,
comercial, utilizan los instrumentos de la percepción
irracional para fines totalmente racionales.
En cambio la "maldad" es una desconocida
para nuestro mundo interior; se sustrae a nuestra comprensión;
la "maldad" es en realidad carencia de algo, más
que una presencia nociva; y al ser abstracta e incorpórea,
no ocupa un espacio real en nuestro mundo interior. Los criminales
son por lo general personas sin imaginación, ya que si
ésta se hubiera desarrollado, aunque sea siguiendo la
mediocre línea trazada por el sentido común, les
habría impedido hacer el mal revelando sus ojos mentales
el grabado de unas esposas; por otra parte, la imaginación
creadora les habría inducido a buscar una salida en la
ficción y a hacer que los personajes de los libros realizasen
de forma más completa y profunda lo que ellos sólo
podrían hacer en forma de chapucería en la vida
real. Faltos de verdadera imaginación, se conforman con
banalidades imbéciles tales como verse conduciendo por
Los Angeles un fastuoso coche robado al lado de una rubia fastuosa
que les ha ayudado a destripar al dueño. Sin duda, esta
realidad puede convertirse en arte cuando la pluma del escritor
conecta las corrientes necesarias; pero, en sí mismo,
el crimen e el triunfo de la vulgaridad, y cuanto más
éxito tiene, tanto más idiota parece. Jamás
admitiré que el oficio del escritor consista en mejorar
la moral de su país, en señalar ideales elevados
desde las enormes alturas de una tribuna callejera, administrar
los primeros auxilios escribiendo libros de segunda categoría.
El púlpito del escritor está peligrosamente cerca
de la novela barata, y lo que los críticos llaman novela
fuerte es generalmente un penoso montón de lugares comunes
o un castillo de arena en una playa populosa: y no hay nada
más triste que ver deshacerse su foso fangoso cuando
se han ido los domingueros y las frías olas empiezan
a roer las arenas solitarias.
Hay, no obstante, una mejora que, sin querer,
todo auténtico escritor aporta al mundo que le rodea.
Cosas que el sentido común tacharía de banalidades
insustanciales o exageraciones grotescas e irrelevantes, la
mente creadora las utiliza de tal forma que vuelve absurda la
iniquidad. El convertir lo malo en bufón no es objetivo
prefijado en vuestro auténtico escritor; el crimen es
una farsa lastimosa tanto si el recalcarlo ayuda a la comunidad
como si no; por lo general sí ayuda, pero ése
no es el objetivo directo o el deber del autor. El guiño
del autor al advertir el labio colgante e imbécil del
asesino, o al observar el dedo índice rechoncho de un
tirano profesional explorando un agujero productivo de la nariz
en la soledad de su suntuoso dormitorio, ese guiño castiga
a vuestro hombre más certeramente que la pistola de un
conspirador solapado.(...)
(...) Un loco es reacio a mirarse en el espejo
porque el rostro que ve no es el suyo: su personalidad está
decapitada; la del artista, en cambio, está incrementada.
La locura no es más que el sentido común un poco
enfermo, mientras que el genio es la mayor cordura del espíritu;
y el criminólogo Lombroso, cuando trató de descubrir
las afinidades entre el loco y el artista, se embarulló
al no percibir las diferencias anatómicas entre una obsesión
e inspiración, entre un murciélago y un pájaro,
una ramita seca y un insecto en forma de rama. Los lunáticos
son lunáticos porque han desmembrado, de forma completa
y temeraria, el mundo que nos es familiar; pero no tienen o
han perdido el poder necesario para crear un mundo nuevo tan
armonioso como el anterior. El artista, en cambio, desconecta
lo que quiere, y al hacerlo es consciente de que una parte de
sí mismo conoce el resultado final. Cuando examina su
obra terminada se da cuenta de que, cualquiera que sea la lucubración
inconsciente implícita en su inmersión creadora,
el resultado final es consecuencias de un plan preciso que estaba
contenido en el shock inicial, como se dice que el desarrollo
futuro del ser vivo está contenido en los genes de su
célula germinal.
El paso del estadio disociativo al asociativo
está marcado por una especie de estremecimiento espiritual
que en inglés se denomina grosso modo inspiration.
Un transeúnte silba una tonada en el momento exacto en
que observamos el reflejo de una rama en un charco que a su
vez, y simultáneamente, nos despierta el recuerdo de
una mezcla de hojas verdes y húmedas y una algarabía
de pájaros en algún viejo jardín y el viejo
amigo, muerto hace tiempo, emerge súbitamente del pasado
sonriendo y cerrando su paraguas mojado. La escena sólo
dura un radiante segundo, y la sucesión de impresiones
e imágenes es tan vertiginosa que no podemos averiguar
las leyes exactas que rigen su reconocimiento, formación
y fusión -por qué este charco y no otro, por qué
este sonido y no otro-, ni la precisión con que se relacionan
todas esas partes; en ese momento, una sensación mágica
nos estremece, experimentamos una resurrección interior,
como si reviviese un muerto en virtud de una pócima centelleante
mezclada a toda velocidad en nuestra presencia. Esta impresión
se encuentra en la base de la llamada inspiración, ese
estado condenable para el sentido común. Pues el sentido
común subrayará que la vida en la tierra, desde
el percebe al ganso, desde la lombriz más humilde a la
mujer más bonita, surgió de un limo carbonoso
coloidal activado por fermentos, al tiempo que la tierra se
iba enfriando servicialmente. Puede que la sangre sea el mar
silúrico en nuestras venas, y estamos dispuestos a aceptar
la evolución al menos como fórmula modal. Puede
que los ratones del profesor Pavlov y las ratas giratorias de
Griffith deleiten a las mentes prácticas; y puede que
la ameba artificial de Rhumbler llegue a ser una mascota preciosa.
Pero repito, una cosa es tratar de averiguar los vínculos
y las etapas de la vida, y otra muy distinta tratar de comprender
la vida y el fenómeno de la inspiración.
El ejemplo que he puesto -la tonada, las hojas,
la lluvia- supone un tipo de emoción relativamente simple.
Es una experiencia familiar a muchas personas que no necesariamente
son escritores; otros, sin embargo, no se molestan en observarla.
En el ejemplo, la memoria desempeña un papel esencial,
aunque inconsciente, y todo depende de la perfecta fusión
del pasado y el presente. La inspiración del genio añade
un tercer ingrediente: el pasado, el presente y el futuro (nuestro
libro) se unen en un fogonazo repentino; de este modo percibimos
el círculo entero del tiempo, que es otra forma de decir
que el tiempo deja de existir. Sentimos a la vez que el universo
entero penetra en nosotros y nosotros mismos nos disolvemos
en el universo que nos envuelve. El muro de la prisión
del ego se desmorona de repente, y el no-ego irrumpe
desde el exterior para salvar al prisionero... que danza ya
en el aire libre.
La lengua rusa, aunque relativamente pobre en
términos abstractos, define dos tipos de inspiración:
vostorg y vdokhnovenie, que pueden parafrasearse
como "rapto" y "recuperación". La
diferencia entre una y otra es sobre todo de intensidad; la
primera es breve y apasionada, la segunda fría y sostenida.
Hasta ahora me he estado refiriendo a la pura llama de vorstorg,
al rapto inicial, que no se propone ningún objetivo consciente
pero que es importantísimo a la hora de conectar la disolución
del viejo mundo con la construcción del nuevo. Cuando
llega el momento y el escritor se pone a escribir su libro confiará
en la segunda y serena clase de inspiración, en la vdokhnovenie,
compañera fiel, que ayuda a recuperar y reconstruir el
mundo.
La fuerza y originalidad implícitas en
el primer espasmo de inspiración son directamente proporcionales
al valor del libro que el autor escribirá. En el extremo
inferior de la escala un escritor de segunda fila puede experimentar
un ligero estremecimiento al observar, digamos, la íntima
conexión entre la chimenea humeante de una fábrica,
un lilo desmedrado en el patio y un niño de cara pálida;
pero la combinación es tan simple, el triple símbolo
tan evidente, el puente entre las tres imágenes tan gastado
por los pies de los peregrinos literarios y por las carreteras
de las ideas estereotipadas, y el mundo que surge de esa interrelación
es tan parecido al normal y corriente, que la obra de ficción
puesta en marcha tendrá necesariamente un valor modesto.
Por otro lado, no pretendo insinuar que el impulso inicial de
una gran obra sea siempre consecuencia de algo visto, oído,
olido, gustado o tocado por un artista de pelos largos durante
sus vagabundeos sin rumbo. Aunque no debe desdeñarse
el cultivo del arte de trazar en uno mismo súbitamente
diseños armoniosos con hebras muy separadas, y aunque,
como en el caso de Marcel Proust, la idea actual de una novela
puede surgir de sensaciones tales como la de notar cómo
se deshace una magdalena en el paladar o de un enlosado desigual
bajo nuestros pies, sería precipitado concluir que la
creación de todas las novelas ha de tener como fase una
especie de experiencia física glorificadora. El impulso
inicial puede revelar tantos aspecto como talentos y temperamentos
existentes; puede ser la serie acumulada de varios shocks
prácticamente inconscientes o una combinación
inspirada de varias ideas abstractas sin un fondo físico
definido. Pero de una forma o de otra, el proceso puede reducirse
incluso a la forma más natural del estremecimiento creador:
una imagen súbita y viva construida en un relámpago
de unidades desemejantes que son aprehendidas instantáneamente,
en una explosión estelar de la mente.
Cuando el escritor emprende su obra de reconstrucción,
la experiencia creadora le dice lo que debe evitar en determinados
momentos de ceguera que doblegan de vez en cuando incluso a
los más grandes, cuando los duendes gordos y verrugosos
del convencionalismo o los astutos trasgos llamadores "llenadores
de lagunas" tratan de trepar por las patas de su escritorio.
El llameante vostorg ha cumplido su misión y la
fría vdokhnovenie se pone las gafas. Las páginas
todavía están en blanco, pero hay una sensación
milagrosa de que todas las páginas están ahí,
escritas con tinta invisible y clamando por hacerse visibles.
Si quisierais podríais desarrollar cualquier parte del
cuadro, pues la idea de secuencia no existe en realidad por
lo que se refiere al autor. La secuencia surge sólo porque
las palabras han de escribirse una tras otra en páginas
sucesivas, del mismo modo que el lector debe tener tiempo para
recorrer el libro, al menos la primera vez que lo lee. Tiempo
y secuencia no pueden existir en la mente del autor porque ningún
elemento temporal ni espacial habían gobernado la visión
inicial. Si la mente estuviese construida con líneas
opcionales y si un libro pudiera leerse de la misma manera que
la mirada abarca un cuadro, es decir, sin preocuparse de ir
laboriosamente de izquierda a derecha y sin el absurdo de los
principios y finales, ésta sería una forma ideal
de apreciar una novela, porque así es como el autor la
ha visto en el momento de su concepción.
De modo que ahora está preparado para
escribirla. Tiene la estilográfica llena, la casa está
tranquila, el tabaco y las cerillas a un lado, la noche es joven...
y nosotros le dejamos en su grata ocupación, salimos
furtivamente, cerramos la puerta, y al marcharnos, echamos de
la casa al monstruo ceñudo del sentido común que
subía pesadamente a gimotear que el libro no es para
el público en general, que el libro nunca se... Y entonces,
antes de que ese falso sentido común profiera la palabra
v-e-n-d-e-r-á, tendremos que pegarle un tiro.
(*) Fragmentos extraídos del libro Curso
de literatura europea, Ediciones B, 1997.
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