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Respirar a Hamlet
I
El mayor logro del poeta -requiérase
actor- es cuando intelectualiza sus emociones para crear
la imagen que así le exige su voz. Halla las formas
que expliquen el hecho de que un actor deba exhibir, noche
tras noche, las características de su personaje.
Sin que eso lo enajene. Para que no sea así, él
debe instrumentar un método flexible cuya aplicación
le permita recrear la estructura de su interpretación
de cada noche, sin que se altere la puesta en escena. De
allí que adquiera una conciencia de sus diferentes
niveles de creación y tracen en él una relación
con la alteridad y una percepción sensible de la
realidad.
La experiencia se le torna como si aquello
fuera un enfrentamiento con el espacio en blanco. Él
lo ocupará con su, ya hemos dicho, corporeidad, al
tiempo, que la corporeidad acopla la respiración:
así Hamlet dependerá, en el marco de su interpretación,
de cómo respira toda la naturaleza de éste,
Hamlet. No se trata, en cambio, de desdoblarse en
Hamlet. Creo estar seguro que este desdoblamiento implica
el ritmo con que, dada la naturaleza de su respiración,
descubre el perfil de su personaje. Siendo así, Hamlet
encuentra en un actor -el personaje halla al actor- un sentido
expresivo diferente de su naturaleza dramática y
veremos a un Hamlet flexible al proceso intelectual. El
actor no buscará el aprecio psicológico, -no
tiene porque hacerlo más fácil- sino los estados
emocionales que, según su criterio, haya en Hamlet,
en la obra dramática propiamente dicha.
El estado emocional que Shakespeare describe
es para nosotros un pretexto, con todo su arcaísmo
poético.
De ser así, ¿tendremos tantos Hamlet
cuantos actores tengamos? Cada actor clasifica las emociones
que dibuja del personaje, sin embargo, éstas coinciden
con Shakespeare en el proceso creador o con lo que tenemos
como imagen literaria de Hamlet. Todo, nos da razón
para decir que el actor debe asumir su carácter de
autor sobre el escenario.
Cuando atraigo a Hamlet de ejemplo
lo hago junto a la imagen que gozamos del espectador: son
múltiples. Todo funciona por medio de una imagen
colectiva de la pieza, cuya representación se traslada
de una visión a otra según su contexto. A
esto se le agrega la visión del director de escena:
diáspora abierta y de una gran riqueza estética.
Con este modelo regreso a las primeras páginas: el
dolor. Esta acepción del dolor se halla en la
complejidad emocional y se delimita en el transcurso de
toda la obra de Shakespeare. Sin embargo, Shakespeare no
escribió con la finalidad de que sentenciáramos
las cosas de manera unilateral. Me atrevo a decir, sin temor
a equivocarme, que la escritura de Shakespeare se entregó
al actor para que percibiera, por ejemplo, el dolor en Hamlet
-según lo hemos definido estéticamente.
O sea: percibir su dramatismo más intenso.
Extrapolando a Hamlet, el dolor implica
una cultura del poder que es negada en el contexto de la
pieza por Hamlet, el personaje. El poder en Hamlet estará
en función de eludir su odio: erradicar el dolor
para vaciar su estado emocional: dejar de ser y entregarse
a una verdad que, al mismo tiempo, dará con el fin
de la historia: representar su amor por el padre, como modelo
emocional, lo cual lo conducirá a la negación
del poder a través de la muerte. Su dolor encuentra
en la muerte una caída hacia el placer. Lo que hace
que los giros emocionales se desplacen hacia el actor, el
cual tendrá que representar, noche tras noche, el
mismo número de emociones. La proeza poética
será hallada cuando adquiera la técnica que
necesitará al expresar la calidez espiritual de un
personaje como éste, en el lapso que el actor asume
la estructura literaria. Y cuando decimos estructura literaria
lo decimos para que pueda entenderse qué texto, con
toda su inclinación poética, tendrá
como lectura el actor.
II
¿Qué define la estructura de Hamlet
que, inexorablemente, nos conduce a ciertos niveles emocionales
y, por consecuencia, establecen las características
de la actuación? Antes de responder, pienso que la
relación se levanta en torno al signo y a la imagen,
a saber, lo que el actor corporiza de un lenguaje complejo,
de la escritura, de la pieza Hamlet.
La textura poética de la palabra, se
complementa con el actor.
Podemos notar diferentes propuestas escénicas
-las hay hasta el cansancio-, en cada una de ellas se verá
hasta dónde llega la estructura poética de
Shakespeare, en cuanto a la exigencia que impone al actor.
Miramos hacia la fuerza dramática de una puesta en
escena en coherencia, si se quiere, con la «textura» del
texto. La dinámica emocional se registra en la figura
dramática que nos ha dejado el legado de Shakespeare.
Y al referirme a Hamlet nos estamos refiriendo a
formas involucradas en la puesta en escena.
Miraremos las relaciones entre lo textual
y la puesta en escena. El actor halla las exigencias en
el mismo entorno de las palabras y no distante a ellas:
el actor define los niveles emocionales en el momento que
clasifica y conceptualiza aquéllas emociones, las
organiza en un cuerpo conceptual. El actor desempeña
su rol de poeta cuando instrumenta las emociones a fin de
crear ese cuerpo conceptual: para Fernando Pessoa, he venido
tratando de decir, el mayor nivel del poeta es aquél
que logra intelectualizar las emociones hasta que adquieren
una figura de sensación. Para Pessoa esto se le denomina
sensacionismo. Ahora si aceptamos el término
para el actor, diríamos, un actor sensacionista.
Lo que quiero decir es que, para una compresión actoral
de Hamlet, el actor puede valerse de esta categoría
estética. Y más que categoría estética
se quiere apresar algunas referencias estéticas para
acoplar líneas expresivas en la estructura del personaje
Hamlet.
Pero la estructura dramática exige
claridad para el actor. Él, aún así
no quiera, debe aceptarse como poeta en cuanto nos dice
Pessoa de lo que debe ser un poeta sensacionista. Ahora,
¿en qué puede servirle al actor esta relación
entre el sensacionismo y la estructura dramática
de Hamlet? Ciertamente Hamlet, en tanto que
indicio poético, propone una corporeidad en el actor.
Esta corporeidad pudiera tener una nueva explicación
con esto del sensacionismo. De acuerdo con lo que
podemos leer en Hamlet hallamos una serie de giros
emocionales que le permiten al actor sentir toda esa poética,
es decir, la muerte de Hamlet puede resultarnos fatal. No
se trata de una apología a la muerte propiamente.
Por el contrario, la muerte es contenida en el entorno de
los giros emocionales. La muerte deviene como proceso liberador.
Hamlet se libera al hallar su realidad, a saber, cuáles
son sus verdaderos sentimientos, la muerte como un hallazgo
de sus propios sentimientos y rendición al padre.
Al brindar tributo al padre (como todos sabemos es lo que
hace Hamlet), le rinde tributo al poder. Es cuando el actor
tendrá la responsabilidad de asimilar la muerte en
su naturaleza simbólica. Con Hamlet el actor se verá
en la necesidad de descodificar la muerte. Esa experiencia
es la que le permite al actor corporeizar toda esta
relación de las emociones. La muerte en el actor
transfiere la poética de Shakespeare en el breve
contexto de esta pieza: las emociones se contienen en la
medida en que Hamlet descubre la muerte: en el hallazgo
de la naturaleza de sus emociones, de sus sentimientos.
Los sentimientos aquí, como quería Fernando
Pessoa, adquieren su expresividad simbólica cuando
el poeta -insistimos, léase actor- pasa de la simple
emoción a una unidad intelectual. Pasa a conceptualizar
la muerte del personaje.
En la medida que pueda conceptualizar la muerte
podrá definir su complejidad sobre el escenario:
la muerte de Hamlet es la síntesis del enfrentamiento
entre el poder y la pasión o, mejor dicho, entre
el poder y la verdad, y más, entre el poder y la
sensibilidad. Hamlet se permite sensibilizar la realidad.
Se complementan sentido y poder. El actor registra las características
de esas emociones. Para él, es un cuerpo homogéneo,
cuando haya conceptualizado este cuerpo de las emociones,
habrá alcanzado un nivel importante. Se valdrá
de las técnicas requeridas sin antes dejar de entender
que las emociones forman parte de una sensualidad orgánica,
impuesta por los sentidos. El cuerpo del actor percibe el
perfil del personaje: en el caso de Hamlet habremos dicho
de la relación entre la sensibilidad y el poder.
Ahora, en el actor todo adquiere una realidad inmediata
sobre la escena. Lo que resuelva en la escena será
resuelto antes en este campo intelectual de las emociones.
De este modo, en la medida que construya aquél cuerpo
homogéneo en una postura escénica habrá
para entonces un Hamlet creado con un sentido del actor.
Esto es, repetimos, conceptualizar el proceso de la
actuación.
Hay que destacar que no necesariamente habrá
tantos Hamlet como actores dispuestos. No. De aquí
que el actor deba intelectualizar sus emociones y cuál
es la lectura que hace de Shakespeare, cómo percibe
las relaciones contenidas, los análisis de cada uno
de sus textos, entre otras cosas. Es cuando puede organizar
intelectualmente la experiencia. Ningún actor clasifica
y organiza emociones de la misma manera. Un actor lo hace
diferente al otro. Una emoción no es igual a otra.
Conceptualiza aquél cuerpo homogéneo o, si
preferimos, la unidad textual. Ésta se decodifica
y la diferencia la establece el nivel con que el actor implementa
este proceso intelectual sobre las emociones. Todos sentimos
pero el actor debe sentir con marcada tendencia al intelecto.
De manera que el texto se corporiza y el actor, sin necesidad
de profundizar en el análisis semiótico, habrá
determinado los diferentes signos hasta que logre codificar
otros sentidos, otros significados.
Máscara, persona en latín
Detrás del artificio, la máscara establece
aquella relación de desdoblamiento del actor con
respecto al espacio creador, se traslada un espacio a otro
hasta su propio límite, lo cual lo impone sólo
el proceso creador. Se explica que la máscara sea
un artificio, pero éste se involucra en al actor
en forma compleja, armándose, el actor, de su unidad
conceptual: invoca, a través de la máscara,
a la palabra. Ahora, si evaluamos bien, para otras culturas
la máscara adquiere una relación de tipo espiritual,
por ejemplo, las sesiones del chamán en otras
etnias.
De algún modo ambos (actor y chamán),
instrumentan la palabra, manipulan su estructura. Sólo
que ahora los fines varían según el contexto.
En uno, el actor, adquiere una noción estética
y, en el otro, más bien religiosa. Hallan personas,
se devuelven en ellas, usando la máscara como recurso,
el cual le permite desplazarse a diferentes planos de creación.
Ahora que de manera doméstica he establecido las
diferencias, la noción estética no debe descuidarla
nadie que se pretenda actor.
A la máscara, en principio le conferimos
una forma plástica, pero es necesario apreciarla
también como figura simbólica. Entonces, alcanzar
ese enlace con la otredad nos entrega un artificio nuevo:
el actor como género estético.
La estética, cabe definir aquí,
halla una posibilidad sensual: el cuerpo. La máscara
es entonces una unidad de separación entre el cuerpo
del actor y el otro, representado en el personaje
de la máscara.
En lo que debemos detenernos es cómo
la otredad se asienta en el actor. Su relación con
el otro adquiere una figura, además de sensual,
respiratoria. Todo procura el ritmo de aquélla
respiración, puesto que le permite al actor establecer
un espacio para el otro, cuando consideramos la corporeidad
del actor, en la que se suma el hecho tan concreto como
es la respiración fisiológica del actor.
Ésta, compone su espacio: el lugar
en el que se expresa con efusividad el otro yo, al
personaje. Determina la respiración, en la sensualidad
de esta experiencia, las formas y contenidos del personaje
que vaya a interpretar. Y, en consecuencia, la respiración
es una mesura de su cuerpo con la abstracción: el
actor se identifica con el universo: el personaje deja de
ser un hecho abstracto. Es otro yo quien se ocupa de él.
Sus contenidos con la realidad sólo estarán
dados por la modalidad de esta respiración, haciendo
que el actor componga las formas expresivas del personaje
al que induce la máscara. Por lo general, la forma
expresiva de la máscara es la que hallará
el actor en su respiración. Entonces máscara
y respiración intimida ese espacio que necesita el
personaje: decirle al público quién es, si
se trata de un hombre o de cualquier personaje de la historia
del teatro. En ocasiones ésas características
del personaje, no corresponden a una caricatura «circense»
del espectáculo. Todo va más allá:
hasta la relación con su otredad. La respiración
es un artificio para el hallazgo de su propia poética.
Su ritmo es decantado por el mismo proceso de abstracción
que se transforma en una condición de creación
para la actuación, cuyo contenidos expresivos le
son dados desde esta respiración, desde afuera hacia
adentro y viceversa. Y no se queda allí, se filtra
una vez que alcanza su espacio interior, en el que el desplazamiento
desde el afuera al interior de la respiración compone
al personaje en una modalidad de la otredad: el cuerpo y
(no)cuerpo del actor. En donde a su vez, representa, en
el mejor sentido de la palabra, a este personaje. Toda esta
sensualidad del espacio creador se adhiere a un sentido
mayor: el escenario. El instante y el espacio escénico
forman parte del actor y, por ende, de la respiración,
creando una indivisible línea de componentes. La
respiración, decíamos, le sirve al actor para
hallar su responsabilidad sobre el escenario, su razón
de ser. Siendo así la respiración centra al
actor en su presencia física, en un orden creativo
y de unidad poética. Pero el feliz término
está en la búsqueda instrumental de su respiración.
Es la búsqueda lo que le da elocuencia,
lo que han llamado inspiración y lo es, por
más, de expiración. El actor suelta
lo aprehendido bajo el aspecto del personaje, de movimientos
o gestos: tomar y soltar, tal cual como se da en la naturaleza
de la respiración. Ahora el gesto físico del
actor le viene de esa respiración. No camina sobre
el escenario sino su otro, su yo poético.
Hasta aquí le hemos entregado una acepción
estética a la respiración, siempre que aceptemos
que ésta no sólo es una experiencia física
imponderable. Sino que, en la medida que el actor halle
su expiración, tendrá, con ello, cómo
expresar una forma de carácter poético, eso
que hemos llamado personaje. Lo que significa que exhalar
es conducir su ansiedad estética a un temperamento
expresivo por medio del cuerpo, haciendo del cuerpo, pensamos,
un instrumento de la palabra. Sujeto a este rigor, el instante
de la respiración es el arquetipo del actor con el
que alcanzará, después de todo, la palabra
y su edificación en el escenario. Al ser abstracto
el procedimiento, el actor interpreta la estructura textual
de todo aquello que congeniará para darle forma sobre
le escenario. A objeto de que la respiración sea
continua, el actor se vale del ritmo propio del personaje.
Aquí es cuando interviene la máscara como
artificio.
Hace falta agregar cuál es la característica
de esta máscara. En principio me estoy refiriendo
a la máscara propiamente dicha, al instrumento físico
que usa el actor. La máscara no facilita al actor
la respiración por sí misma, es al actor quien
artificia el proceso. Puesto que, de ser así, sólo
con usar la máscara sería suficiente. No es
así. Es una unidad compleja entre el actor y la máscara.
Volvemos a decirlo: de expiración. Puede explicar
el placer que tiene el espectador cuando se halla frente
a una excelente interpretación del actor. El espectador
revela el ritmo del actor, con toda su abstracción,
es cuando éste, el espectador, ríe, llora
y finalmente se entusiasma con el personaje al que ve.
El espectador no se identifica con la presencia
física del actor, sino con las condiciones emocionales
o la psicología del personaje, por lo que la máscara
puede ser un elemento más del vestuario. Es el actor
quien le entrega el modo emocional a la máscara.
Mejor: ahora el espectador percibirá la forma de
aquélla respiración, verá al otro
que no es él.
En algún instante ello nos puede servir
para ejemplarizar lo que podría ser la alteridad
en el actor. Nos referimos al hecho de cómo crea
una realidad alterna y simbólica a él. Para
entonces el actor y el espectador están convencidos
de que se hallan ante una nueva realidad, cuyos contenidos
expresivos son descodificados de aquélla abstracción:
de la respiración, de la expiración
del actor.
Cabe decir aquí, que tenemos la posibilidad
de explicarnos las formas corporales de la alteridad en
la que actor se afirma con la máscara, al tenerla
de elemento decodificador de una composición simbólica,
la cual tiene por camino a la respiración. A fin
de cuentas, estamos hablando de que esta energía
de la respiración significa para el actor la naturaleza
de su desdoblamiento. Y haciendo comprender las cosas hasta
donde hemos insistido, los mismos niveles de intuición,
digresión, parodia e irracionalidad poética
se dan a lugar en el actor como en Novalis con la poesía
y en La commedia dell´arte con el teatro, sólo
por nombrar algunos ejemplos.
La respiración, en su alteridad, le
permite al actor crear su unidad poética, representa
para él nuevos significados de emociones o situaciones
llenas de vida cuyo descifrado le dará a la puesta
en escena toda la vitalidad que exige este arte: contar
la historia en la que intervienen los personajes. Adquiere
su sentido poético, puesto que esta respiración
se hace unidad entre lo fisiológico y la determinación
espiritual. El ritmo que nos suministra la respiración
es un ritmo unido al sentido universal, lo cual lo hace
corresponder a la literatura moderma . La respiración
es cadencia hacia una dilatación interior. Etiemble
-cita Octavio Paz- nos explica cómo es placentero
la respiración que nos reclama ciertos versos para
determinadas lenguas, creando deleite a la hora de ser leídos,
disponiéndose en un cuerpo indisoluble entre respiración
fisiológica y placer poético.
Ahora que la lectura del actor es hecha de
manera no verbal, al momento que se instala la máscara,
lo hará desde aquél espacio interior, junto
a todas sus relaciones con el proceso creado, en el mismo
minuto de la escena.
Nos interesa, por ahora, el hecho de la alteridad,
definido como la creación de una estructura simbólica
en el actor. Alineada por los significados que intervienen
en él. Puesto que la máscara adquiere una
indumentaria técnica, es el actor quien le impone
el ritmo. Donde cuerpo, respiración y poética
se suman indivisiblemente. En el caso La commedia dell´arte,
que es cuando se da inicio la alteridad en el teatro, los
personajes están predispuestos a una única
representación, al Arlequín. Pero hay
algo importante: es el actor quien determina el ritmo, su
respiración, desplazando su ánimo hacia una
forma previa de los personajes. Y, paradójicamente,
creándole, a estos personajes de La commedia dell´arte,
una expresión independiente, explicado sólo
por el efecto causado en el espectador. Por ejemplo, el
Arlequín figura el entorno del actor, sin
embargo, es el actor quien disfruta de su respiración
y de su ritmo. La relación del actor con este ritmo
es compleja: si el actor es inexperto en este tipo de experiencia,
puede llegar a ser muy efusiva para él, creando una
situación arrítmica y contraria. Se nos presenta
entonces un «vacío inusual de energía», dispersando
la respiración y el ritmo. Visto así, nos
encontramos ante una situación mediocre porque el
espíritu no interviene.
Entendemos que en La commedia dell´arte
se dispone de una técnica lineal y vertical.
No obstante, no todo termina allí, el actor da y
recibe un ritmo particular, se desdobla hacia un otro yo,
un yo «respirado» en la acepción fisiológica
del término. Cuando el actor respira deja de ser
él, sólo comprenderá que él
interpreta al Arlequín, que impulsa, sin saberlo,
¿sin saberlo?, sus movimientos, sus gestos y que intuitivamente
construye ese personaje que veremos desarrollado en la puesta
en escena.
(1) Poética para el actor, Colección
Piedra sobre Piedra, Latin American Writers Institute. Eugenio
María de Hostos Community College of CUNY
(*) JUAN MANUEL MARTINS,
escritor y dramaturgo venezolano, es director de la Editorial
Ediciones Estival (Maracay-Venezuela).
Ha escrito y dirigido entre otras las siguientes obras:
Terciopelo negro, A la mitad de la iguana,
Tres cabezas muerden mejor que una, Preludio
en tres autoestimas o la vida con Edith Piaf. Entre
sus publicaciones se encuentran: Deseos de casa,
Editorial la Liebre libre; Teatro y Literatura,
Editorial La Liebre libre (Recopilación de ensayos de poetas
como Eliot, Pessoa, O. Paz y Oscar Wilde en torno al teatro);
Poética para el actor, editorial The Latino
Press de Nueva York.
Colaborador de la página literaria Contenido del Periodiquito.
Ha publicado diferentes artículos en la prensa regional,
y extranjera. Colaborador en diferentes programas de mano
de actividades culturales de la región.