Arturo Rivera, habla (1)
por PILAR BUSTAMANTE, ENRIQUE G DE LA G Y LUIS XAVIER LÓPEZ FARJEAT

 

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Arturo Rivera es tan buen anfitrión como pintor. No es sencillo hablar sobre un pintor cuya obra resulta ser tan enigmática. Uno puede admirar a muchos pintores y encontrar diversidad de motivos: su estilo o su colorido, su genialidad o su modo de enseñarnos el mundo. Pero con Rivera a todo esto se suma una extrañísima atmósfera de amistad y soberbia. En su caso ésta no se trata de una desbordante egolatría que lo llevase al infierno dantesco como un amante del pecado capital. Es, más bien, un modo de ser, un modo de manifestar con toda la razón, que un pintor es un pintor, que Rivera es Rivera: "yo no le debo nada a nadie, a ningún pinche crítico ni a nadie".

Rivera habla con intensidad. Su tono de voz no es suave. En ocasiones su expresividad, sus gestos, sus manos, sus palabras, resultan sumamente agresivos, pero qué importa si puede hechizarnos, emocionarnos, cautivarnos. Puede decir lo que quiera. No necesariamente tenemos que estar hablando de su pintura. Tal vez ni siquiera le gusta hablar del tema o, posiblemente, es un fingidor, un chantajista… un genio. Abre la puerta y lo primero que nos ofrece es una copa de Möet Chandon. La sala es acogedora y Ana, su musa, nos ha preparado unos bocados. Le habrán dicho que los entrevistadores hablan demasiado. Pero a nosotros no nos interesa hablar. Rivera tiene la voz. Y puede hablar de lo que quiera sin imaginar que estamos frente a él tres personas que esperamos respuestas diversas.

Rivera sorbe y degusta en espera de que alguno lancé la primera pregunta, quizá lo de siempre o tal vez una pedante intervención sobre la influencia de autores como Blake o Bataille en sus pinturas. Antes de que algo podamos decir, emite su opinión sobre el champagne: "Está mejor esta chingadera que la que acabo de tomar en la comida." Enciende su pipa, apaga las luces, cierra las persianas, enciende unas velas, pone algo de jazz y se aplasta en un sillón…"Listo, ahora sí vamos a empezar con la entrevista." Uno de nosotros es un filósofo con gustos literarios y que últimamente se ha interesado por algunos temas relacionados con la inquietud religiosa; otra, es una editora que por algún tiempo también se ha dedicado al periodismo -por cierto, es la única que sabe entrevistar-; el tercero, otro filósofo de profesión, dedicado a la Estética idealista.

Apenas alguien va a hablar y Rivera decide comenzar platicando su propia versión de la historia del arte. Rivera, una vez más, puede decir lo que quiera. "Hablemos de historia". El filósofo esteta, feliz. Rivera da tumbos verbales, habla como solamente hablan quienes se han enamorado de la pintura… Sucede entonces que se puede mirar más allá de los colores, por encima de la pura representación. Se mira como sólo miran los artistas. Y que no se pregunte nunca qué ven, porque sólo ellos saben ver. Y así transcurre el tiempo: del realismo a la vanguardia, de Courbet a los pintores holandeses, de Kandinsky a Duchamp. Rivera declara quiénes son sus pintores favoritos: Andrew Wyeth -el mejor, asegura-, Balthus, Freud, Bacon. Se detiene a comentar al último: "Bacon nos influenció a todos en Latinoamérica; es como Caravaggio, quien nunca inspiró a los italianos y sí a los españoles".

Rivera comienza a dispersarse: Klee, Kandinsky, los rusos. Prudente interrupción: tu obra, Arturo, tu obra, ¡qué diablos nos importa lo que piensas de Klee!, ¿cómo decidiste ser pintor, cuándo supiste que lo serías? Y la respuesta derrama soberbia por todos sus labios… parece rabia, pero es el afán de un ególatra al que le encanta llenarse la boca como se lo merece: "siempre he tenido el don, es algo con lo que se nace y que siempre llevas contigo". Sí, sí, pero ¿en qué momento te diste cuenta? "Cuando terminé la prepa había dos posibilidades: estudiar Artes Plásticas en San Carlos o irse a la UNAM a estudiar arquitectura. Nosotros vivíamos en la colonia Nápoles. De manera que caminé hasta Insurgentes donde pasaban los camiones. Había uno que jalaba de norte a sur y te dejaba en la UNAM; otro de sur a norte que te llevaba a Bellas Artes. Caminé pues hasta Insurgentes. Y lo decidí en dos segundos. Casi sin pensarlo atravesé la calle y tomé la acera oriente, donde pasa el camión que te lleva a Bellas Artes. De ahí caminé a San Carlos. No fui arquitecto. Fui pintor, aunque me corrieran de mi casa".

Fuera de casa -"mi papá me invitó a salir de la casa"- Rivera aprendió a vivir y a pintar. No se murió de hambre porque de hambre nadie se muere. Uno puede no tener nada, ni siquiera un peso para comer, pero cualquiera, como Rivera, puede comerse los restos de McDonald's o lo que encuentre por ahí: así viven los roedores y los gatos callejeros, y no se mueren. "Así se sobrevive, dice, por eso yo no creo en eso de que la gente se muere de hambre si estudia tal o cual cosa. Eso es imposible". Migajas y migajas, uno puede comer migajas. Por cierto, casi todos los genios han comido migajas. Y eso se puede hacer por amor al arte, porque se cuenta con agallas para hacer lo que uno quiere. Y a Rivera, ese genio soberbio, le gusta la pintura: prefiere pintar a comer, los tubos y el pincel a la mesa y el tenedor. Que diga lo que quiera: "Había que tomar una decisión y la tomé. Las cosas hay que hacerlas o no hacerlas, porque eso de andarse con chingaderas no está bien".

En San Carlos, Rivera estudió con Rodríguez Luna. Todos lo conocen. Se trata de un pintor con buena técnica, trazo fantástico. Es, en definitiva, uno de los buenos. Como maestro, según cuenta Rivera, no te enseñaba más que a pintar como él sabía. Pero eso era lo importante: saber pintar. Los buenos pintores se encerraban en San Carlos de ocho a ocho. Después, unos tragos, muchos cigarrillos, un baño de luna por el Centro Histórico.

Basta. Basta de Rivera, basta de hablar de él, ¿por qué no Paul Klee? O mejor, que nos hable de sus últimos trabajos -una serie de cuadros donde el tema es Ana, su musa. Pero no. La historia del cristianismo es historia de santos y herejes, curas y blasfemos. Y otro de nosotros le pregunta si la simbología cristiana que se percibe en varios de sus trabajos responde a alguna inquietud religiosa o si, más bien, intenta escandalizar a sus espectadores. Consternado. Claro. Esperamos una respuesta grandiosa. Pero Rivera puede decir lo que quiera: al fin, sabe poco de literatura y casi nada sobre teología.

Como ya llevamos dos o tres botellas de champagne -sepa Dios, quien seguramente inventó las matemáticas-, nos dedicamos a exaltar la amistad. Rivera nos invita a su estudio. Hay que insistir, es excelente anfitrión y gran conversador. Tomamos nuestros platitos con botana, las copas -claro- y, antes de comenzar a subir hacia el tercer piso, donde está el estudio, comentamos una Salomé que destaca sobre la chimenea. Es una Salomé desnuda con mallas de prostituta. Luego nos explica que está remodelando la sala para acomodar los libros que, los vemos, están en el piso. Ya no caben. Pero ya pronto quedará terminado el librero. "Y aquí -señala un vano en el vestíbulo de la casa- vamos a poner un espejo inmenso". Subimos las escaleras. Pasamos la oficinita donde está usualmente su secretaria. Vemos junto a los recuadros de las ventanas que asoman a la calle tubos de pintura, hasta que nos encontramos con una angosta escalera de caracol metálica. Subimos. Rivera sigue contándonos su vida en San Carlos. De pronto, el panorama se transforma: de la reducida e incómoda escalerilla llegamos a un amplio estudio con forma de bodega que tiene un techo de doble altura. A la izquierda, un tapanco donde está un aparato de música. Bajo el tapanco, un vasto archivero. "Tiene más de tres mil fotos", nos explicará más tarde Ana, su musa. En la otra pared, la del fondo, se ven lámparas, un lienzo inconcluso y una silla. No es difícil adivinar que allí estuvo Rivera por la mañana trabajando -pintando lo que quiera. A la derecha, el inmenso cuadro de La última cena. "Desde el principio planteó este cuadro como Masterpiece y lo es, sin duda", escribió Teresa del Conde.

Y siguiendo con las inquietudes religiosas, uno de nosotros le dice que vio ese cuadro en Bellas Artes y que le encantó desde el principio. Es fabuloso. El que está ante nosotros no es el cuadro original. El original está en Monterrey, en el Marco. Lo que vemos es una foto en tamaño natural que le tomaron para una exposición. ¿A quiénes retrataste, quiénes están allí?, preguntamos. "Pues miren, el Jesucristo es un mimo que conocí. El que está a la izquierda, en silla de ruedas, es un sobrino mío que tenía polio. Allá atrás está Juan Villoro, y éste de acá (señala a uno barbado que está a la derecha) es Ortiz Monasterio. Allí está Judas: para reconocerlo te debes fijar en el muñequito ahorcado que tiene entre las manos. Atrás de él está el demonio, ¿lo ves? Y esa liebre puede verse como el cordero pascual. Por eso está rota, destrozada, sacrificada. Y además forma una especie de cúpula sobre toda la escena. San Pedro es el viejo que está junto al mimo, y al otro lado está san Juan. Esta es la última cena de los cristianos, porque la que vemos tradicionalmente es la de los judíos".

Rivera se vuelve repentinamente hacia un retrato inacabado: "Esta es Ana -nos explica. ¿Verdad, mi amor? Es el primer cuadro de la siguiente exposición, la que me preguntaban allá abajo. Para este retrato estoy usando tres colores: color base (que no se cuenta), negro, blanco y ocre." Es imposible mostrarse indiferente ante el retrato. Allí está Ana para cotejar: impresiona, es casi una fotografía. Y todo está pintado con tres colores. Abundan el negro y el ocre. El rostro está definido con el color base. Perdidas y escasas líneas blancas se dejan ver entre los pliegues del vestido.

Ana pone música de Beethoven. Pero Rivera se queja -puede decir lo que quiera- y prefiere escuchar rock. La luz, a pesar de ser baja, le molesta al pintor. Se pone lentes oscuros. Nos sentamos en unos banquitos, descorchamos la quién sabe qué número de botella de Moët Chandon (que, por cierto, no es Imperial) y seguimos con la entrevista. Y viene la pregunta pedante, digna de un filósofo académico: ¿cómo te inspiraron Blake y Bataille? "Bueno, los he leído, pero yo de literatura no sé. Leo como lee cualquier otro. Sí he leído pero no puedo precisar las influencias". No somos periodistas, pero de ellos hemos aprendido a ser insistentes: ¿y la religión?, dice otro, porque en tu obra abunda la mitología griega y el cristianismo. "Yo creo que la religión es una utopía. Es inalcanzable pero es un requisito para vivir. Sí me interesan esos temas".

¿Será la muerte, un tema tan recurrente en tu obra, una idea religiosa? Quizá, porque se trata de la continuación de la vida. ¿Continuación o interrupción? "Es continuación. Y una prueba de ello es que sin muerte seríamos incapaces de contrastar y de darnos cuenta de que estamos vivos. ¿Sí me entienden?" Afirmamos y entonces decidimos brindar por la vida y por el arte, por el genio y la magia.

La conversación, informal, continúa por numerosos derroteros. Se multiplica, avanza o retrocede, da una estocada, una broma, groserías y humo de la pipa, brincos desde el banquito, la botella que se vacía, latas de hace tres días de Diet Coke, historia del arte -Klee, Duchamp y Bacon-, qué pensará Dios, qué hiciste ayer, a dónde podríamos ir a cenar, abre otra botella y hablamos de historia del arte, ¿Blake o Milton?, vamos al restaurante de aquí atrás… Rivera puede decir lo que quiera.


(1) Entrevista publicada en la revista El espejo de Urania.

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