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Rivera -
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Arturo Rivera es tan buen anfitrión como pintor. No es
sencillo hablar sobre un pintor cuya obra resulta ser tan enigmática.
Uno puede admirar a muchos pintores y encontrar diversidad de
motivos: su estilo o su colorido, su genialidad o su modo de
enseñarnos el mundo. Pero con Rivera a todo esto se suma
una extrañísima atmósfera de amistad y
soberbia. En su caso ésta no se trata de una desbordante
egolatría que lo llevase al infierno dantesco como un
amante del pecado capital. Es, más bien, un modo de ser,
un modo de manifestar con toda la razón, que un pintor
es un pintor, que Rivera es Rivera: "yo no le debo nada
a nadie, a ningún pinche crítico ni a nadie".
Rivera habla con intensidad. Su tono de voz no
es suave. En ocasiones su expresividad, sus gestos, sus manos,
sus palabras, resultan sumamente agresivos, pero qué
importa si puede hechizarnos, emocionarnos, cautivarnos. Puede
decir lo que quiera. No necesariamente tenemos que estar hablando
de su pintura. Tal vez ni siquiera le gusta hablar del tema
o, posiblemente, es un fingidor, un chantajista
un genio.
Abre la puerta y lo primero que nos ofrece es una copa de Möet
Chandon. La sala es acogedora y Ana, su musa, nos ha preparado
unos bocados. Le habrán dicho que los entrevistadores
hablan demasiado. Pero a nosotros no nos interesa hablar. Rivera
tiene la voz. Y puede hablar de lo que quiera sin imaginar que
estamos frente a él tres personas que esperamos respuestas
diversas.
Rivera sorbe y degusta en espera de que alguno
lancé la primera pregunta, quizá lo de siempre
o tal vez una pedante intervención sobre la influencia
de autores como Blake o Bataille en sus pinturas. Antes de que
algo podamos decir, emite su opinión sobre el champagne:
"Está mejor esta chingadera que la que acabo de
tomar en la comida." Enciende su pipa, apaga las luces,
cierra las persianas, enciende unas velas, pone algo de jazz
y se aplasta en un sillón
"Listo, ahora sí
vamos a empezar con la entrevista." Uno de nosotros es
un filósofo con gustos literarios y que últimamente
se ha interesado por algunos temas relacionados con la inquietud
religiosa; otra, es una editora que por algún tiempo
también se ha dedicado al periodismo -por cierto, es
la única que sabe entrevistar-; el tercero, otro filósofo
de profesión, dedicado a la Estética idealista.
Apenas alguien va a hablar y Rivera decide comenzar
platicando su propia versión de la historia del arte.
Rivera, una vez más, puede decir lo que quiera. "Hablemos
de historia". El filósofo esteta, feliz. Rivera
da tumbos verbales, habla como solamente hablan quienes se han
enamorado de la pintura
Sucede entonces que se puede mirar
más allá de los colores, por encima de la pura
representación. Se mira como sólo miran los artistas.
Y que no se pregunte nunca qué ven, porque sólo
ellos saben ver. Y así transcurre el tiempo: del realismo
a la vanguardia, de Courbet a los pintores holandeses, de Kandinsky
a Duchamp. Rivera declara quiénes son sus pintores favoritos:
Andrew Wyeth -el mejor, asegura-, Balthus, Freud, Bacon. Se
detiene a comentar al último: "Bacon nos influenció
a todos en Latinoamérica; es como Caravaggio, quien nunca
inspiró a los italianos y sí a los españoles".
Rivera comienza a dispersarse: Klee, Kandinsky,
los rusos. Prudente interrupción: tu obra, Arturo, tu
obra, ¡qué diablos nos importa lo que piensas de
Klee!, ¿cómo decidiste ser pintor, cuándo
supiste que lo serías? Y la respuesta derrama soberbia
por todos sus labios
parece rabia, pero es el afán
de un ególatra al que le encanta llenarse la boca como
se lo merece: "siempre he tenido el don, es algo con lo
que se nace y que siempre llevas contigo". Sí, sí,
pero ¿en qué momento te diste cuenta? "Cuando
terminé la prepa había dos posibilidades: estudiar
Artes Plásticas en San Carlos o irse a la UNAM a estudiar
arquitectura. Nosotros vivíamos en la colonia Nápoles.
De manera que caminé hasta Insurgentes donde pasaban
los camiones. Había uno que jalaba de norte a sur y te
dejaba en la UNAM; otro de sur a norte que te llevaba a Bellas
Artes. Caminé pues hasta Insurgentes. Y lo decidí
en dos segundos. Casi sin pensarlo atravesé la calle
y tomé la acera oriente, donde pasa el camión
que te lleva a Bellas Artes. De ahí caminé a San
Carlos. No fui arquitecto. Fui pintor, aunque me corrieran de
mi casa".
Fuera de casa -"mi papá me invitó
a salir de la casa"- Rivera aprendió a vivir y a
pintar. No se murió de hambre porque de hambre nadie
se muere. Uno puede no tener nada, ni siquiera un peso para
comer, pero cualquiera, como Rivera, puede comerse los restos
de McDonald's o lo que encuentre por ahí: así
viven los roedores y los gatos callejeros, y no se mueren. "Así
se sobrevive, dice, por eso yo no creo en eso de que la gente
se muere de hambre si estudia tal o cual cosa. Eso es imposible".
Migajas y migajas, uno puede comer migajas. Por cierto, casi
todos los genios han comido migajas. Y eso se puede hacer por
amor al arte, porque se cuenta con agallas para hacer lo que
uno quiere. Y a Rivera, ese genio soberbio, le gusta la pintura:
prefiere pintar a comer, los tubos y el pincel a la mesa y el
tenedor. Que diga lo que quiera: "Había que tomar
una decisión y la tomé. Las cosas hay que hacerlas
o no hacerlas, porque eso de andarse con chingaderas no está
bien".
En San Carlos, Rivera estudió con Rodríguez
Luna. Todos lo conocen. Se trata de un pintor con buena técnica,
trazo fantástico. Es, en definitiva, uno de los buenos.
Como maestro, según cuenta Rivera, no te enseñaba
más que a pintar como él sabía. Pero eso
era lo importante: saber pintar. Los buenos pintores se encerraban
en San Carlos de ocho a ocho. Después, unos tragos, muchos
cigarrillos, un baño de luna por el Centro Histórico.
Basta. Basta de Rivera, basta de hablar de él,
¿por qué no Paul Klee? O mejor, que nos hable
de sus últimos trabajos -una serie de cuadros donde el
tema es Ana, su musa. Pero no. La historia del cristianismo
es historia de santos y herejes, curas y blasfemos. Y otro de
nosotros le pregunta si la simbología cristiana que se
percibe en varios de sus trabajos responde a alguna inquietud
religiosa o si, más bien, intenta escandalizar a sus
espectadores. Consternado. Claro. Esperamos una respuesta grandiosa.
Pero Rivera puede decir lo que quiera: al fin, sabe poco de
literatura y casi nada sobre teología.
Como ya llevamos dos o tres botellas de champagne
-sepa Dios, quien seguramente inventó las matemáticas-,
nos dedicamos a exaltar la amistad. Rivera nos invita a su estudio.
Hay que insistir, es excelente anfitrión y gran conversador.
Tomamos nuestros platitos con botana, las copas -claro- y, antes
de comenzar a subir hacia el tercer piso, donde está
el estudio, comentamos una Salomé que destaca sobre la
chimenea. Es una Salomé desnuda con mallas de prostituta.
Luego nos explica que está remodelando la sala para acomodar
los libros que, los vemos, están en el piso. Ya no caben.
Pero ya pronto quedará terminado el librero. "Y
aquí -señala un vano en el vestíbulo de
la casa- vamos a poner un espejo inmenso". Subimos las
escaleras. Pasamos la oficinita donde está usualmente
su secretaria. Vemos junto a los recuadros de las ventanas que
asoman a la calle tubos de pintura, hasta que nos encontramos
con una angosta escalera de caracol metálica. Subimos.
Rivera sigue contándonos su vida en San Carlos. De pronto,
el panorama se transforma: de la reducida e incómoda
escalerilla llegamos a un amplio estudio con forma de bodega
que tiene un techo de doble altura. A la izquierda, un tapanco
donde está un aparato de música. Bajo el tapanco,
un vasto archivero. "Tiene más de tres mil fotos",
nos explicará más tarde Ana, su musa. En la otra
pared, la del fondo, se ven lámparas, un lienzo inconcluso
y una silla. No es difícil adivinar que allí estuvo
Rivera por la mañana trabajando -pintando lo que quiera.
A la derecha, el inmenso cuadro de La última cena. "Desde
el principio planteó este cuadro como Masterpiece y lo
es, sin duda", escribió Teresa del Conde.
Y siguiendo con las inquietudes religiosas, uno
de nosotros le dice que vio ese cuadro en Bellas Artes y que
le encantó desde el principio. Es fabuloso. El que está
ante nosotros no es el cuadro original. El original está
en Monterrey, en el Marco. Lo que vemos es una foto en tamaño
natural que le tomaron para una exposición. ¿A
quiénes retrataste, quiénes están allí?,
preguntamos. "Pues miren, el Jesucristo es un mimo que
conocí. El que está a la izquierda, en silla de
ruedas, es un sobrino mío que tenía polio. Allá
atrás está Juan Villoro, y éste de acá
(señala a uno barbado que está a la derecha) es
Ortiz Monasterio. Allí está Judas: para reconocerlo
te debes fijar en el muñequito ahorcado que tiene entre
las manos. Atrás de él está el demonio,
¿lo ves? Y esa liebre puede verse como el cordero pascual.
Por eso está rota, destrozada, sacrificada. Y además
forma una especie de cúpula sobre toda la escena. San
Pedro es el viejo que está junto al mimo, y al otro lado
está san Juan. Esta es la última cena de los cristianos,
porque la que vemos tradicionalmente es la de los judíos".
Rivera se vuelve repentinamente hacia un retrato
inacabado: "Esta es Ana -nos explica. ¿Verdad, mi
amor? Es el primer cuadro de la siguiente exposición,
la que me preguntaban allá abajo. Para este retrato estoy
usando tres colores: color base (que no se cuenta), negro, blanco
y ocre." Es imposible mostrarse indiferente ante el retrato.
Allí está Ana para cotejar: impresiona, es casi
una fotografía. Y todo está pintado con tres colores.
Abundan el negro y el ocre. El rostro está definido con
el color base. Perdidas y escasas líneas blancas se dejan
ver entre los pliegues del vestido.
Ana pone música de Beethoven. Pero Rivera
se queja -puede decir lo que quiera- y prefiere escuchar rock.
La luz, a pesar de ser baja, le molesta al pintor. Se pone lentes
oscuros. Nos sentamos en unos banquitos, descorchamos la quién
sabe qué número de botella de Moët Chandon
(que, por cierto, no es Imperial) y seguimos con la entrevista.
Y viene la pregunta pedante, digna de un filósofo académico:
¿cómo te inspiraron Blake y Bataille? "Bueno,
los he leído, pero yo de literatura no sé. Leo
como lee cualquier otro. Sí he leído pero no puedo
precisar las influencias". No somos periodistas, pero de
ellos hemos aprendido a ser insistentes: ¿y la religión?,
dice otro, porque en tu obra abunda la mitología griega
y el cristianismo. "Yo creo que la religión es una
utopía. Es inalcanzable pero es un requisito para vivir.
Sí me interesan esos temas".
¿Será la muerte, un tema tan recurrente
en tu obra, una idea religiosa? Quizá, porque se trata
de la continuación de la vida. ¿Continuación
o interrupción? "Es continuación. Y una prueba
de ello es que sin muerte seríamos incapaces de contrastar
y de darnos cuenta de que estamos vivos. ¿Sí me
entienden?" Afirmamos y entonces decidimos brindar por
la vida y por el arte, por el genio y la magia.
La conversación, informal, continúa
por numerosos derroteros. Se multiplica, avanza o retrocede,
da una estocada, una broma, groserías y humo de la pipa,
brincos desde el banquito, la botella que se vacía, latas
de hace tres días de Diet Coke, historia del arte -Klee,
Duchamp y Bacon-, qué pensará Dios, qué
hiciste ayer, a dónde podríamos ir a cenar, abre
otra botella y hablamos de historia del arte, ¿Blake
o Milton?, vamos al restaurante de aquí atrás
Rivera puede decir lo que quiera.
(1) Entrevista publicada en la revista El espejo de Urania.
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