Los muchos ojos de Arturo Rivera
por ENRIQUE G DE LA G (*)

 

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¿Qué hago
yo detrás de los ojos?
Rafael Cadena

A Arturo Rivera se le ve. Pintor, al fin y al cabo. Su oficio es el más noble, qué duda cabe. Sus instrumentos son la mano y el ojo. La vista, en opinión de Aristóteles, es el más noble de los cinco sentidos porque percibe objetos bastante lejanos, a diferencia del olfato o del gusto, ya no se diga del tacto. La vista se excita en la presencia de la luz y el color. La mano es la más clara evidencia de nuestra racionalidad. La mano se distingue de la garra de la misma manera como la boca del hocico. Ya lo escribieron Aristóteles y Hegel. ¿Quiere usted una prueba a favor de la racionalidad humana? Vea su propia mano. Su presencia es signo ineludible de nuestra capacidad para realizar acciones finas de joyería, tan sublimes como la música y tan delicadas como acariciar el rostro de los hijos.

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Y allí está Arturo Rivera, que bien sabe todo esto. Firme, de pie, las melenas desbaratadas. Como aureola un ventilador con aspas de plástico, la barba crecida. Abundante en canas. La frente amplia. "Mucha frente en un rostro es mucho cielo en el horizonte", vislumbró Víctor Hugo. ¿Y los ojos? ¿Y sus manos? Son vivos, son audaces. Lo han visto todo, han palpado el universo entero. Cada trazo exige que la mano siga la trayectoria de la mirada, y la mirada se vierte sobre el surco que la pintura abre. Hay mucho en común entre el pintor y el trabajo campirano, no sólo las manos y los ojos. Atención, sensibilidad extrema, detenimiento, trabajo, humillarse hasta el suelo, levantarse hacia el cielo, el rostro allá, el rostro acá, una pausa y reanudar el trabajo, la tierra fija, la mujer modelando, un centímetro menos, faltó agua, esta temporada nos irá mal, la helada, las lluvias, los tubos de pintura. Arturo Rivera: su apellido recuerda a aquel otro pintor mexicano, Diego Rivera y también el arroyo del bosque.

Arturo Rivera está obsesionado por los ojos. La culpa la tiene Velázquez. Con sus Meninas inauguró una nueva época en la historia de la pintura. Apenas nos dimos cuenta de la conciencia. Estaba tan ausente que ni siquiera nos habíamos dado cuenta de que faltaba. El genio de Velázquez. Por eso Rivera le hizo un homenaje en guache sobre papel hacia 1997. También, a lo Blake, siempre a lo Blake, un simulacro del Saturno de Goya, con acuarela y óleo sobre lino. La mirada del Saturno de Rivera es expresiva, injusta, asesina, justiciera. Aunque se dirige hacia arriba, hacia fuera del cuadro, el espectador no la soporta. Restos de sus hijos escurren por la boca.

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Tiene El veedor un poder especial. Un ojo ve al espectador, a un hombre vendado y a sí mismo en el espejo que no refleja a nadie más. Se forma un triángulo. Los tonos son ocres. La razón es biográfica, como recuerda el pintor a propósito de Tiresias: "Es maravilloso Tiresias. Lo que pasa es que para el pintor en general y en mi caso en particular, el primer lenguaje que aprendí directa, inmediatamente fue el visual. Yo soy voyeurista. Yo no podía hablar a los tres años, me llevaron a un doctor; no hablaba, todo lo señalaba. Éramos muchos hermanos, entonces, me daban lo que señalaba. Hasta parece mentira pero ciertas presencias filosóficas las he tenido por el ojo." No es casualidad. Allí está un testigo: la Historia del ojo.

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Arturo Rivera es deudor de la pintura del Renacimiento: Giotto, Cimabue, Masaccio, Piero della Francesca, Ghirlandaio, Miguel Ángel, Rafael, Leondardo; de la pintura española: Ribera, Velázquez y Goya; de los holandeses: el Bosco, Vermeer y Rembrandt; de Francia: David, Géricault, Delacroix; y de los modernos: Giorgio de Chirico, Francis Bacon y Lucien Freud. Es fácil descubrir sus rastros, incluso siguiendo los títulos: El sueño de Anna Freud, El que procura la justicia (Homenaje a Hieronymus Bosch), el ya citado Homenaje a Velázquez, el simulacro del Saturno. Y las provocaciones literarias: Homenaje a García Lorca, Homenaje a José Guadalupe Posada, el Ecce Homo; e incluso cinematográficas, como en El sueño de Monsieur Hire.

Por la entrevista que le hice sé que Rivera juega a negar sus dos influencias principales: Grecia y el cristianismo. Los títulos son pistas ineludibles: El rapto de las Sabinas, Hefesto (Vulcano) y Afrodita (Venus) - El beso de la noche, Tiresias, Herodes y sus verdugos, La última cena, Angelito, Salomé, el Ecce Homo de nuevo, Jonás y tantos más. En México está presente el crucifijo, El rito siempre me recuerda la desesperación (¿o desesperanza?) de Yocasta, Fuego, de la serie "El rastro del dolor", es un recordatorio de Prometeo. Y sin duda el título mismo de su exposición más importante: Bodas del cielo y del infierno.

Quizá Arturo Rivera termine como Tomás de Aquino. El filósofo escolástico, de rigor lógico, metafísico y teológico, murió comentando el Cantar de los cantares, no el De Trinitate de Boecio o la Metafísica de Aristóteles. Tal vez Arturo Rivera termine despreciando los ojos. Encuentro un presagio en Sin salida, donde oculta tímidamente los ojos de la mujer con unos lentes de sol. ¿Será?


Comentarios a propósito de:
Ernesto Lumbreras
El ojo del fulgor / La pintura de Arturo Rivera
Conaculta
México, 2000


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(*) Enrique G de la G (San Pedro Garza García, México, 1979). Lector y escritor, estudió filosofía. Su tesis versa sobre el objeto de la metafísica aristotélica. Colabora en distintas revistas con ensayos, reseñas y entrevistas. Agradecido lector de Borges, Victor Hugo y Alfonso Reyes.



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