A Arturo Rivera se le ve. Pintor, al fin y al cabo. Su oficio
es el más noble, qué duda cabe. Sus instrumentos
son la mano y el ojo. La vista, en opinión de Aristóteles,
es el más noble de los cinco sentidos porque percibe
objetos bastante lejanos, a diferencia del olfato o del gusto,
ya no se diga del tacto. La vista se excita en la presencia
de la luz y el color. La mano es la más clara evidencia
de nuestra racionalidad. La mano se distingue de la garra
de la misma manera como la boca del hocico. Ya lo escribieron
Aristóteles y Hegel. ¿Quiere usted una prueba
a favor de la racionalidad humana? Vea su propia mano. Su
presencia es signo ineludible de nuestra capacidad para realizar
acciones finas de joyería, tan sublimes como la música
y tan delicadas como acariciar el rostro de los hijos.
Y allí está Arturo Rivera, que bien sabe todo
esto. Firme, de pie, las melenas desbaratadas. Como aureola
un ventilador con aspas de plástico, la barba crecida.
Abundante en canas. La frente amplia. "Mucha frente en
un rostro es mucho cielo en el horizonte", vislumbró
Víctor Hugo. ¿Y los ojos? ¿Y sus manos?
Son vivos, son audaces. Lo han visto todo, han palpado el
universo entero. Cada trazo exige que la mano siga la trayectoria
de la mirada, y la mirada se vierte sobre el surco que la
pintura abre. Hay mucho en común entre el pintor y
el trabajo campirano, no sólo las manos y los ojos.
Atención, sensibilidad extrema, detenimiento, trabajo,
humillarse hasta el suelo, levantarse hacia el cielo, el rostro
allá, el rostro acá, una pausa y reanudar el
trabajo, la tierra fija, la mujer modelando, un centímetro
menos, faltó agua, esta temporada nos irá mal,
la helada, las lluvias, los tubos de pintura. Arturo Rivera:
su apellido recuerda a aquel otro pintor mexicano, Diego Rivera
y también el arroyo del bosque.
Arturo Rivera está obsesionado por los ojos. La culpa
la tiene Velázquez. Con sus Meninas inauguró
una nueva época en la historia de la pintura. Apenas
nos dimos cuenta de la conciencia. Estaba tan ausente que
ni siquiera nos habíamos dado cuenta de que faltaba.
El genio de Velázquez. Por eso Rivera le hizo un homenaje
en guache sobre papel hacia 1997. También, a lo Blake,
siempre a lo Blake, un simulacro del Saturno de Goya, con
acuarela y óleo sobre lino. La mirada del Saturno
de Rivera es expresiva, injusta, asesina, justiciera. Aunque
se dirige hacia arriba, hacia fuera del cuadro, el espectador
no la soporta. Restos de sus hijos escurren por la boca.
Tiene El veedor un poder especial. Un ojo ve al espectador,
a un hombre vendado y a sí mismo en el espejo que no
refleja a nadie más. Se forma un triángulo.
Los tonos son ocres. La razón es biográfica,
como recuerda el pintor a propósito de Tiresias: "Es
maravilloso Tiresias. Lo que pasa es que para el pintor en
general y en mi caso en particular, el primer lenguaje que
aprendí directa, inmediatamente fue el visual. Yo soy
voyeurista. Yo no podía hablar a los tres años,
me llevaron a un doctor; no hablaba, todo lo señalaba.
Éramos muchos hermanos, entonces, me daban lo que señalaba.
Hasta parece mentira pero ciertas presencias filosóficas
las he tenido por el ojo." No es casualidad. Allí
está un testigo: la Historia del ojo.
Arturo Rivera es deudor de la pintura del Renacimiento: Giotto,
Cimabue, Masaccio, Piero della Francesca, Ghirlandaio, Miguel
Ángel, Rafael, Leondardo; de la pintura española:
Ribera, Velázquez y Goya; de los holandeses: el Bosco,
Vermeer y Rembrandt; de Francia: David, Géricault,
Delacroix; y de los modernos: Giorgio de Chirico, Francis
Bacon y Lucien Freud. Es fácil descubrir sus rastros,
incluso siguiendo los títulos: El sueño de
Anna Freud, El que procura la justicia (Homenaje a Hieronymus
Bosch), el ya citado Homenaje a Velázquez,
el simulacro del Saturno. Y las provocaciones literarias:
Homenaje a García Lorca, Homenaje a José
Guadalupe Posada, el Ecce Homo; e incluso cinematográficas,
como en El sueño de Monsieur Hire.
Por la entrevista que le hice sé que Rivera juega
a negar sus dos influencias principales: Grecia y el cristianismo.
Los títulos son pistas ineludibles: El rapto de
las Sabinas, Hefesto (Vulcano) y Afrodita (Venus) - El
beso de la noche, Tiresias, Herodes y sus verdugos, La
última cena, Angelito, Salomé, el Ecce
Homo de nuevo, Jonás y tantos más.
En México está presente el crucifijo,
El rito siempre me recuerda la desesperación
(¿o desesperanza?) de Yocasta, Fuego, de la
serie "El rastro del dolor", es un recordatorio
de Prometeo. Y sin duda el título mismo de su exposición
más importante: Bodas del cielo y del infierno.
Quizá Arturo Rivera termine como Tomás de Aquino.
El filósofo escolástico, de rigor lógico,
metafísico y teológico, murió comentando
el Cantar de los cantares, no el De Trinitate
de Boecio o la Metafísica de Aristóteles.
Tal vez Arturo Rivera termine despreciando los ojos. Encuentro
un presagio en Sin salida, donde oculta tímidamente
los ojos de la mujer con unos lentes de sol. ¿Será?
Comentarios a propósito de:
Ernesto Lumbreras
El ojo del fulgor / La pintura de Arturo Rivera
Conaculta
México, 2000