Especial de poesía húngara

ATTILA JÓZSEF

 


- Volver a Poesía húngara del siglo XX -


Son estas versiones tan sólo una pobre aproximación a la poesía de Attila. Rogamos sean leídas con los reparos necesarios, sin atribuir al poeta húngaro los muchos defectos, sino al realizador de las versiones.

Todas las versiones pertenecen a Fayad Jamís, excepto Fugaces Recuerdos que es de Eva Tóthâ . En las versiones de Corazón Puro, No soy yo quien grita, y Duele mucho, han habido modificaciones parciales a cargo de Lucas Sarasibar, contemplando para ello la traducción directa del magyar al inglés de John Bátki.


No soy yo quien grita

No soy yo quien grita: es la tierra que ruge.
¡Cuidado! ¡Cuidado! ¡El diablo ha enloquecido!
Escóndete en el fondo limpio de los manantiales,
fúndete al cristal de la ventana,
ocúltate tras los fuegos de los diamantes,
bajo las piedras, entre los insectos,
escóndete en el pan recién salido del horno,
oh, tú, pobre, mi pobre.
Con el fresco aguacero fíltrate en la tierra.
Es inútil que sumerjas tu rostro en ti mismo
cuando sólo puedes lavarlo en otros ojos.
Se la delgada arista de una brizna
y serás más grande que el eje de este mundo.

¡Oh, máquinas, pájaros, frondas, y estrellas!,
nuestra estéril madre pide a gritos parir.
Querido amigo, cariñoso amigo,
puede resultarte terrible o maravilloso, pero
no soy yo quien grita, es la tierra que ruge.



Corazón Puro

No tengo ni padre ni madre,
no tengo ni patria ni Dios,
no tengo ni cuna ni sudario,
no tengo ni sombra de amor.

Hace tres días que no como
siquiera un pedazo de pan.
El poder de mis veinte años
se lo venderé al mejor postor.

Y si nadie quiere comprármelo
al diablo se lo ofreceré.
Robaré, puro el corazón,
y, si es preciso, mataré.

Seré atrapado y luego ahorcado.
La santa tierra me cubrirá
y la fatal hierba crecerá
desde mi hermoso y puro corazón.



La hormiga

Una hormiga se ha dormido entre las ninfas.
¡Viento, no las disperses todavía!,
aunque, después de todo, eso no importa.

En el espejo de la arena reclina su exhausta cabecita
y, a su lado, se duerme su pequeña sombra.

Tengo que despertarla con una brizna seca.
Pero mejor sería que regresáramos a la casa
porque el cielo está muy nublado.

Una hormiga se ha dormido entre las ninfas
y la primera gota ya cayó en mi mano.



Helada

En el otoño, el tiempo, vehemente, meditaba,
y ahora pensando nevaría.
En la clara ventana de la dura helada
tamborilea el irritado tiempo.

Este tiempo presente
es el de los generales y banqueros.
Frío forjado, relumbrante
cuchillo-tiempo.

El cielo chorreante está blindado.
La helada perfora, hiende el pulmón
y el pecho desnudo detrás de los harapos.
En piedra de amolar chirría el tiempo.

Detrás del tiempo ¡cuánto pan silencioso
y frío!, y cajas de hojalata,
y un montón de cosas heladas.
Escaparate-vidrio-tiempo.

Y los hombres gritan: ¿Dónde está la piedra?
¿Dónde el escarchado pedazo de hierro?
¡Arrójaselo! ¡Hazlo trizas! ¡Penetra!
¡Qué tiempo! ¡Qué tiempo! ¡Qué tiempo!



Duele mucho

De la muerte,
que te acecha por dentro y por fuera
(asustado ratón, corre a tu agujero),

huyes apasionado
hacia aquella que amas
para que te proteja con brazos, rodillas, y senos.

No sólo sus senos te atraen,
cálidos y blandos; no sólo
la pasión: la necesidad también.

Por eso besan
con la sangre ardiendo en sus venas
todos aquellos que encuentran mujer.

Es una doble carga
y un doble tesoro para el hombre.
Quien ama y no logra hacerse amar,

es tan desamparado
como una fiera herida
sin asilo ni refugio.

Ya no tienes otra salida
aunque bien hubieras podido
matar a tu madre antes del parto.

Pero mira: hubo una mujer
que comprendía estas palabras,
y, no obstante, me echó de su lado.

Así pues, no tengo lugar
entre los vivos. La cabeza me zumba;
mi dolor y ansiedad, son un enredo.

Soy como el niño que,
dejado solo por sus padres,
agita un sonajero entre sus dedos.

¿Qué podría hacer yo
por ella y contra ella?
No me avergüenza imaginarlo

pues el mundo rechaza
a los que el sueño atemoriza
y son cegados por el día claro.

De mí se despoja
la cultura, como de sus ropas
aquel que en amor es dichoso.

¿Pero dónde está escrito
que tenga que sufrir solo
mientras ella me contempla estremecido por la muerte?

Sufre el recién nacido
con su madre en el parto:
el dolor se disminuye al compartirlo.

En cuanto a mí,
el canto doloroso solo me traerá dinero
acompañado por vergüenza y agonía.

¡Socorredme chiquillos!,
que cuando ella pase
revienten vuestros ojos puros.

¡Inocentes niños!,
chillad como si os pisoteasen, por favor,
y decidle: ¡Duele mucho!

¡Perros fieles!,
caed bajo las ruedas
y ladradle: ¡Duele mucho!

¡Mujeres embarazadas!,
abortad vuestra carga,
y lloradle: ¡Duele mucho!

¡Hombres íntegros!
cambiad golpes brutales
y gemidle: ¡Duele mucho!

¡Y vosotros, muchachos!
que os destrozáis por mujeres,
no lo calléis: ¡Duele mucho!

Toros, caballos,
que para uncir al yugo castran,
bramadle: ¡Duele mucho!

Peces mudos, morded
el anzuelo bajo el agua helada
y boqueadle: ¡Duele mucho!

Y vosotros, vivientes,
conmovidos por el dolor,
que ardan vuestros techos y surcos,

y, en torno de su lecho,
calcinados, mascullad conmigo
mientras ella duerme: ¡Duele mucho!

Que mientras viva lo escuche.
Ha rechazado lo mejor de sí misma. Ella ha actuado mal,
y por su comodidad ha despojado de este mundo

el último refugio
de un hombre que trata de esconderse
por dentro y por fuera.



Si tu alma, tu lógica...

Si tu alma, tu lógica,
como un arroyo sobre piedras
fluye charlando
entre cosas y cielos,

palpita la vena, te trae la corriente,
entonces si comprenderás:
ya no necesito la poesía ajena,
¡el poeta soy yo!

En mi jardín maduran
las hojas de tabaco.
La poesía es lógica,
pero no ciencia.



Mis queridos Amigos

Mis queridos amigos que aún recuerdan al loco,
ahora les escribo, aquí junto a la estufa
donde os recuerdo mientras el frío de la noche
de noviembre ha venido a mezclarse en mi alma
a esta lenta tristeza que apenas se disuelve.
Amigos, recordadme, y no sólo entre risas,
pues viví entre vosotros y un día me quisisteis.



Fugaces Recuerdos(*)

Fugaces recuerdos, ¿en dónde desaparecisteis?
Mi corazón, pesaroso, quiere echarse a llorar.
Ya no puedo vivir sin vosotros.
Lo que mis manos tocan no toca ya mis manos.
¿Acaso no soy digno de jugar otro poco?
¡Frágiles mariposas, venid, volad aquí!
Fugaces recuerdos, soldaditos de plomo
que tanto anhelé otrora
y cuyas bayonetas supe enderezar
¡Turcos, bóers, venid, rodeadme aquí!
¡Oh, cañoncitos, formad las baterías!
Tan pesaroso está mi corazón... ¡Ay, defendedme!


(*)Esta poesía fue escrita tres días antes del suicidio del poeta bajo las ruedas de un tren.

 


Attila József I Attila József II Ágnes Nemes Nagy
János Pilinszky Sándor Weöres Lázlo Kálnoky


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