Los diplomáticos: Filósofos en tiempos de escasez (1)
Por PETER SLOTERDIJK
Traducción:
Ana María De la Fuente

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Entrevista a Peter Sloterdijk



Cuando Hamlet se lanza a hacer el diagnóstico del presente y dice que el tiempo está desquiciado, percibimos en sus palabras una verdad incuestionable. La crisis permanente de la era moderna conmueve nuestras apreciaciones básicas sobre lo correcto y lo equivocado. Un temblor agita el mudo subcontinente de lo armónico, lo ajustado, lo acertado, y socava los fundamentos de todas las posibilidades de rectitud conocidas.

Lo que funciona ya no es verdad; lo verdadero no encaja; lo acertado no remedia; lo que se tiene en pie ya no sirve; y nada de lo que puedan ustedes imaginar resiste. Si se considera la cuestión más atentamente, se advierte que esta descripción de la situación corresponde a la realidad desde hace siglos, por mucho que el siglo xx pretenda atribuírsela de modo especial. Desde el Sturm und Drang (*), desde el idealismo, desde el romanticismo, la modernidad encadena desaciertos. Durante todo este tiempo, las actividades de los filósofos se centran en la nueva disciplina, la «crítica de la razón». Reaccionan con los medios a su alcance ante la nueva situación, en la que la verdad y la rectitud ya no son lo que eran desde que la modernidad, con ayuda de la técnica estimulada por el espíritu de la movilización, ha desatado en la Tierra fenómenos cinéticos de nueva índole que traen consigo unos modos desconocidos de correspondencia y discrepancia. Tanto si el hombre elige para la moderna cinética mundial la imagen de la avalancha pensante, como la del vulcanismo secundario, en cualquier caso, provocará con ellas una reflexión radicalizada sobre las condiciones en las que cabría la posibilidad de buscar lo correcto.

La filosofía en tiempos volcánicos es inevitablemente una crítica de la razón. También éste es un arte que experimenta transformaciones. Hoy no puede desempeñar su tarea ni a la manera del viejo irracionalismo, según el cual la razón se funda y limita a sí misma al modo kantiano, ni al estilo del viejo racionalismo, por el que se somete a proceso a la razón en nombre del sentimiento, la voluntad, la fe, etcétera. Frente a los malos humores actuales sería conmovedor que uno pretendiera depositar su confianza en el breviario de la razón de la ilustración clásica o, por el contrario, se refugiara en las predicaciones románticas de la totalidad. El vulcanismo civilizador (o nuestra existencia como avalancha pensante) ha desquiciado muchas cosas, es mucho lo que se ha torcido, frustrado, malogrado y deformado como para que alguien pueda esperar que vayan a ayudarle precisamente unos preparados de la farmacopea de la modernidad. Hoy la crítica de la razón no puede ser sino una búsqueda de las causas de las correspondencias y las discrepancias. De este modo, una crítica radicalizada de la razón se ajusta a su objeto, que se ha vuelto inquietante.

Cuando nada concuerda y nada cuadra, cuando nada acierta y nada remedia, llega la hora de los diplomáticos. Su oficio consiste en hacer algo en las situaciones en las que ya no hay nada que hacer. (En esto, dicho sea de paso, han tomado el relevo a los sacerdotes.) En su condición de técnicos de un arreglo secundario, traen consigo un concepto de verdad con minúscula que armoniza con el abrupto paisaje moderno. Por su profesión, se avienen a la necesidad de considerar verdad aquello sobre lo que puede haber acuerdo. Sin el incordio de escrúpulos metafísicos, se abandonan a un concepto secundario de verdad y rectitud que no se permite opiniones sobre lo que primaria y esencialmente sería verdadero-correcto-adecuado. En parte por sabiduría y en parte por resignación, la filosofía diplomática se reduce a la mínima armonización de voces disonantes ya una yuxtaposición aproximada de cosas que no encajan, en el marco de un interés específico en el acuerdo. Este concepto secundario de verdad de los diplomáticos responde a la aparición, evidente desde hace generaciones, de una filosofía secundaria que ya no enseña conceptos de la vida, sino que ha fundado su escuela en virtudes intelectuales secundarias, como la claridad, la concreción del tema y las cualidades mediáticas. Otros aducen que ello es la señal de que últimamente también la filosofía se ha hecho adulta y ha superado el vicio juvenil de cavilar sobre temas trascendentales. y realmente ahora los filósofos van al despacho por la mañana como los funcionarios, también ellos han aprendido a gestionar los problemas que no tienen solución, tan corteses, pragmáticos, atentos e irónicos como deben ser las personas adultas o los diplomáticos. Realmente, el pensamiento conciliador diplomático, con su deliberado desentenderse de las cosas sobre las que el acuerdo no es deseable ni viable, es un principio de acción muy práctico y propio de la adultez. Sustituye las convicciones por procedimientos -el único caso en el que el término «proceso civilizador» encaja realmente-, y resultaría más simpático todavía si renunciara a arrogarse la razón y presentarse de forma trascendental y diplomática como una doctrina verdadera. La idea de consenso no necesita grandes alardes propagandísticos para proclamar su validez; podría dejarse de teorías y concentrarse en la labor diplomática. Puesto que no lo hace, nace la sospecha de que la filosofía secundaria no está libre de sentir celos de la desbancada prima philosophia, y hasta quizás sienta nostalgia del tiempo de la consagración de las últimas catedrales. De todos modos, mientras los diplomáticos de la verdad sigan entregándose a un principesco derroche de teorías, la filosofía como institución no estará ni muerta ni abolida. Mientras persevere en su afán por superarse a sí misma, permanecerá viva. La nueva organización de su actividad en esfuerzos de autosuperación y tareas diplomáticas es prueba de una inquebrantable vitalidad, debiendo entenderse en este caso el atributo de vitalidad como un cumplido ambiguo y la inquebrantabilidad, casi como un reproche.


(*)Movimiento de reacción contra la Ilustración N. de la T.
(1) Texto perteneciente al libro Eurotaoísmo, editado por Seix Barral en su colección Ensayo




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