Cuando Hamlet se lanza a hacer el diagnóstico
del presente y dice que el tiempo está desquiciado,
percibimos en sus palabras una verdad incuestionable. La crisis
permanente de la era moderna conmueve nuestras apreciaciones
básicas sobre lo correcto y lo equivocado. Un temblor
agita el mudo subcontinente de lo armónico, lo ajustado,
lo acertado, y socava los fundamentos de todas las posibilidades
de rectitud conocidas.
Lo que funciona ya no es verdad; lo verdadero no encaja;
lo acertado no remedia; lo que se tiene en pie ya no sirve;
y nada de lo que puedan ustedes imaginar resiste. Si se considera
la cuestión más atentamente, se advierte que
esta descripción de la situación corresponde
a la realidad desde hace siglos, por mucho que el siglo xx
pretenda atribuírsela de modo especial. Desde el Sturm
und Drang (*), desde el idealismo, desde el romanticismo,
la modernidad encadena desaciertos. Durante todo este tiempo,
las actividades de los filósofos se centran en la nueva
disciplina, la «crítica de la razón».
Reaccionan con los medios a su alcance ante la nueva situación,
en la que la verdad y la rectitud ya no son lo que eran desde
que la modernidad, con ayuda de la técnica estimulada
por el espíritu de la movilización, ha desatado
en la Tierra fenómenos cinéticos de nueva índole
que traen consigo unos modos desconocidos de correspondencia
y discrepancia. Tanto si el hombre elige para la moderna cinética
mundial la imagen de la avalancha pensante, como la del vulcanismo
secundario, en cualquier caso, provocará con ellas
una reflexión radicalizada sobre las condiciones en
las que cabría la posibilidad de buscar lo correcto.
La filosofía en tiempos volcánicos es inevitablemente
una crítica de la razón. También éste
es un arte que experimenta transformaciones. Hoy no puede
desempeñar su tarea ni a la manera del viejo irracionalismo,
según el cual la razón se funda y limita a sí
misma al modo kantiano, ni al estilo del viejo racionalismo,
por el que se somete a proceso a la razón en nombre
del sentimiento, la voluntad, la fe, etcétera. Frente
a los malos humores actuales sería conmovedor que uno
pretendiera depositar su confianza en el breviario de la razón
de la ilustración clásica o, por el contrario,
se refugiara en las predicaciones románticas de la
totalidad. El vulcanismo civilizador (o nuestra existencia
como avalancha pensante) ha desquiciado muchas cosas, es mucho
lo que se ha torcido, frustrado, malogrado y deformado como
para que alguien pueda esperar que vayan a ayudarle precisamente
unos preparados de la farmacopea de la modernidad. Hoy la
crítica de la razón no puede ser sino una búsqueda
de las causas de las correspondencias y las discrepancias.
De este modo, una crítica radicalizada de la razón
se ajusta a su objeto, que se ha vuelto inquietante.
Cuando nada concuerda y nada cuadra, cuando nada acierta
y nada remedia, llega la hora de los diplomáticos.
Su oficio consiste en hacer algo en las situaciones en las
que ya no hay nada que hacer. (En esto, dicho sea de paso,
han tomado el relevo a los sacerdotes.) En su condición
de técnicos de un arreglo secundario, traen consigo
un concepto de verdad con minúscula que armoniza con
el abrupto paisaje moderno. Por su profesión, se avienen
a la necesidad de considerar verdad aquello sobre lo que puede
haber acuerdo. Sin el incordio de escrúpulos metafísicos,
se abandonan a un concepto secundario de verdad y rectitud
que no se permite opiniones sobre lo que primaria y esencialmente
sería verdadero-correcto-adecuado. En parte por sabiduría
y en parte por resignación, la filosofía diplomática
se reduce a la mínima armonización de voces
disonantes ya una yuxtaposición aproximada de cosas
que no encajan, en el marco de un interés específico
en el acuerdo. Este concepto secundario de verdad de los diplomáticos
responde a la aparición, evidente desde hace generaciones,
de una filosofía secundaria que ya no enseña
conceptos de la vida, sino que ha fundado su escuela en virtudes
intelectuales secundarias, como la claridad, la concreción
del tema y las cualidades mediáticas. Otros aducen
que ello es la señal de que últimamente también
la filosofía se ha hecho adulta y ha superado el vicio
juvenil de cavilar sobre temas trascendentales. y realmente
ahora los filósofos van al despacho por la mañana
como los funcionarios, también ellos han aprendido
a gestionar los problemas que no tienen solución, tan
corteses, pragmáticos, atentos e irónicos como
deben ser las personas adultas o los diplomáticos.
Realmente, el pensamiento conciliador diplomático,
con su deliberado desentenderse de las cosas sobre las que
el acuerdo no es deseable ni viable, es un principio de acción
muy práctico y propio de la adultez. Sustituye las
convicciones por procedimientos -el único caso en el
que el término «proceso civilizador» encaja
realmente-, y resultaría más simpático
todavía si renunciara a arrogarse la razón y
presentarse de forma trascendental y diplomática como
una doctrina verdadera. La idea de consenso no necesita grandes
alardes propagandísticos para proclamar su validez;
podría dejarse de teorías y concentrarse en
la labor diplomática. Puesto que no lo hace, nace la
sospecha de que la filosofía secundaria no está
libre de sentir celos de la desbancada prima philosophia,
y hasta quizás sienta nostalgia del tiempo de la consagración
de las últimas catedrales. De todos modos, mientras
los diplomáticos de la verdad sigan entregándose
a un principesco derroche de teorías, la filosofía
como institución no estará ni muerta ni abolida.
Mientras persevere en su afán por superarse a sí
misma, permanecerá viva. La nueva organización
de su actividad en esfuerzos de autosuperación y tareas
diplomáticas es prueba de una inquebrantable vitalidad,
debiendo entenderse en este caso el atributo de vitalidad
como un cumplido ambiguo y la inquebrantabilidad, casi como
un reproche.
(*)Movimiento de reacción contra la Ilustración
N. de la T.
(1) Texto perteneciente al libro Eurotaoísmo,
editado por Seix Barral en su colección Ensayo