Desgraciadamente, hasta hoy es
casi imposible conseguir material en castellano de la poesía
húngara, excepto por dos excelentes libros que
sólo habitan unas pocas bibliotecas y que, por tanto,
están vedados al público lector en general. Es
por ello que Enfocarte.com se honra en ofrecer a
sus lectores una pequeña muestra de la poesía
húngara del s. XX. Son cinco los poetas que presentamos,
cinco voces de lo más destacado de la poesía
húngara. Enfocarte.com aporta ahora tan
sólo una miscelánea del inagotable (y tristemente
desconocido) genio poético magyar.
Anhelamos que el lector disfrute los fecundos y ricos resultados de una
tradición poética que vio su nacimiento
allá por el s. XIII.
Debemos agradecer la
inestimable ayuda de Katalin Szurovszky, agregada cultural de la
Embajada de Hungría en España, esta posibilidad.
Sin su diligente ayuda habría sido imposible contar hoy con
Attila József, Ágnes Nemes Nagy, János
Pilinszky, Sándor Weores, y Lázlo
Kálnoky. A ella, pues, nuestro más sentido
agradecimiento.
Transcribimos el himno
húngaro -traducido por Éva Tóth y S.
Hernández Rivera- escrito por el poeta Ferenc
Kölcsey (1790-1838), considerando que es una
introducción inmejorable a la compleja historia
húngara, forjadora de uno de los pueblos más
apasionantes de Europa.
Bendice al Húngaro, Señor, que la abundancia sea
consigo; que halle tu amparo protector cuando se enfrente al enemigo;
que deje atrás su adverso hado, y vea su trigo al fin maduro
este pueblo que ya ha pagado por su pasado y su futuro.
A los
Cárpatos condujiste nuestros ancestros, y, a su luz,
horizontes nuevos nos diste en la sangre de Bendeguz. Y donde la
corriente pasa del Tisza y del Danubio, has hecho perpetuar a la noble
Casa de Árpád, por siempre en nuestro pecho.
Tú
convertiste en mar dorado las mieses de nuestra llanura y del Tokaj has
destilado la vid en su esencia más pura. Por ti nuestra
enseña llameó sobre el turco fortín
agreste y a Viena en su empuje arrolló de Matías
la negra hueste.
Pero cuando
nuestros pecados te hicieron tronar de furor, nos llegó en
tus rayos sagrados la pena, el llanto y el dolor. Primero enviamos te
plugo, del Mongol los dardos acerbos; después, del turco
bajo el yugo, esclavos fuimos más que siervos.
¡Cuántas
veces, sobre el montón de nuestros muertos Insepultos, de
Osmán la ciega presunción nos llenó de
oprobio e insultos! ¡Y cuántas, desdichada
Hungría, tus propios hijos convirtieron en una
fúnebre y sombría el mismo seno en que nacieron!
Por más
que el fugitivo huyera, la cruel espada hasta él
llegó, sin que patria encontrar pudiera en la tierra que lo
engendró. En la montaña o en el llano hay en sus
labios sólo hiel. A sus pies, de sangre un pantano; un mar
de llamas sobre él
Aquí
entre estos muros, en donde antes reinaba la alegría, ahora
el infortunio se esconde, ayes se escuchan noche y día. La
libertad se extingue; muere la patria entre espinas y abrojos. Ahora es
su canto un miserere, un río de lágrimas sus
ojos.
Piedad del
Húngaro, Señor juguete de encontrados vientos.
Tíéndele un brazo protector, haz que terminen sus
tormentos. Que quede atrás su adverso hado y vea su trigo al
fin maduro este pueblo que ya ha pagado por su pasado y su futuro.