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"¿Dónde está nuestra España?
¿Dónde queda? ¿Qué han hecho de
ella?...". Éstas fueron algunas de las preguntas
que asaltaron a Max Aub tras su visita a España en 1969
y que plantea en su libro La gallina ciega. Un texto que refleja
la tristeza y la incertidumbre de un intelectual que debe abandonar
su país, al que no reconoce a la vuelta. Pero, ¿qué
pensaría hoy?
Cuando Max Aub viaja a España después
de treinta años y siete meses de exilio, su vuelta no
es un regreso. Nadie le espera en Ítaca: anónimo
como cualquier forastero, se acerca a su antigua mansión
y escucha el ladrido recriminador de los perros. "No sólo
treinta años -nos dice-. Hace más: el tiempo multiplicado
por la ausencia". El país que dejó no es
ya el destruido física y moralmente por la guerra civil
ni el yermo descrito magistralmente por Gregorio Morán
en su estudio sobre el ocaso de Ortega. El cambio operado a
comienzos de los sesenta lo presiente de lejos, sin las anteojeras
que imponen los credos e ideologías. Aub no vio, como
yo, el efecto conjugado de la emigración de dos millones
y pico de obreros y campesinos al Eldorado europeo y de la irrupción
masiva del turismo en una España cerrada hasta entonces
al exterior y aislada por el régimen con una especie
de cordón sanitario. Mis reflexiones sobre esa mutación,
expuestas brevemente en abril de 1964 en el ensayo 'Examen de
conciencia' (El furgón de cola, Ruedo Ibérico,
París, 1967), fueron juzgadas derrotistas y heréticas
por el PCE de Carrillo y por quienes vaticinaban el derrumbe
inminente del franquismo por la lucha revolucionaria de las
masas. España había perdido la aureola nostálgica
de una causa noble pero perdida y se transformaba en algo que
no había previsto el bando vencedor ni el vencido. Mi
novela Señas de identidad refleja esta conciencia
escindida entre el ser y el deber ser, entre la España
que fue y la que confusamente aspiraba a ser. El "ayer
se fue, / mañana no ha llegado" de Quevedo que se
cita en el libro cifra mi estado de ánimo ante aquel
giro inesperado y la nueva etapa histórica que se abría
a todos.
Pero la ausencia de Max Aub era más larga
y más dramática que la mía. Él había
vivido el heroísmo de la guerra y el derrumbe de las
esperanzas puestas en la República, y el precio que pagó
por ello fue, como sabemos, muy alto. Perdió, pero no
se arrepintió ni le doblegaron. Pasó por los campos
de concentración de Daladier y del régimen de
Vichy y vivió la amargura del exilio en el México
posterior a Cárdenas. Allí le conocí en
1962, lúcido mas no pesimista ni desengañado.
Mi aproximación a su obra fue gradual y un tanto desordenada.
Contribuí al éxito de la traducción de
Josep Torres Campanals en Francia, pero no leí
La gallina ciega cuando hubiese debido hacerlo, esto
es, en 1971, en el momento de su edición por Joaquín
Mortiz. Inútil decir cuán profundamente lo siento.
La cólera, pasión, tristeza, rebeldía que
destila el libro eran muy similares a las mías. Pero,
¿cómo, de qué forma tan justa y casi portentosa
pudo captar Max Aub la realidad inhóspita del país
en esta etapa bisagra: la de una España que tenía
muy poco que ver con la soñada por el exilio republicano
ni con la forjada en la posguerra por el general Franco y los
suyos? La gallina ciega se presenta como el diario de
una estancia de 74 días en la Península, pero
es mucho más que esto: un documento excepcional de un
escritor comprometido, sí, mas para quien los problemas
políticos son problemas morales y cuya clarividencia
le convierte en un testigo del fuste de un Jovellanos o un Blanco
White. A momentos, mientras avanzaba en la lectura de la obra,
imaginaba lo que habría escrito el segundo si en lugar
de quedarse para siempre en Liverpool hubiese decidido viajar
aun brevemente a España durante la regencia de María
Cristina de Borbón. Max Aub lo hizo y todos debemos agradecérselo.
Las etapas de su recorrido -Barcelona, Valencia,
Madrid, Zaragoza...- son reseñadas a vuela pluma, pero
con una precisión y agudeza que entremezclan ironía
y desgarro, observaciones cáusticas y la expresión
a la vez digna y dolorida de una incicatrizable herida moral:
como resume Aznar Soler en el excelente prólogo a la
edición de 1995, Aub "se debate dramática
y dolorosamente entre su memoria histórica y la realidad"
que contempla. "España, observa gráficamente
Aub, se metió en un túnel hace treinta años
y salió a otro paisaje". Y, ¡vaya uno! Incluso
para quien se hubiera ausentado solamente diez años,
desde fines de los cincuenta hasta la fecha de su viaje, el
cambio operado en las grandes ciudades y a lo largo del litoral
mediterráneo habría sido también espectacular
y desconcertante. El "milagro" económico se
había llevado a cabo con un sistema político que
negaba la existencia de otras libertades que las de enriquecerse
y medrar.
"España ha dejado de ser romántica:
ya no es la de ¡victoria o muerte! o si quieres, la de
¡no pasarán!, sino la de la mediocridad mejor o
peor; es la España del refrigerador y la lavadora...".
Aub describe minuciosamente en su diario esta
"España nueva, híbrida", con el afán
"de divertirse, de buen vivir, el destino del turismo,
de los biquinis, de las minifaldas, de los bares" y en
donde las librerías están casi siempre desiertas
y las terrazas de los cafés atestadas. "Chistes,
chistes y fútbol". Como en la ex Unión Soviética,
el chiste inocuo es la válvula de escape que contribuye
al afianzamiento del sistema y crea en quien lo suelta y lo
escucha una ilusión de libertad (en Moscú, en
1965, los escritores oficiales me contaron decenas y decenas
y apenas si recuerdo uno. Las hablillas y el vodka a granel
formaban parte de la estrategia global de continuidad de los
mandamases).
Los compatriotas con quienes se cruza Aub en
las calles de la ciudad en la que se crió, "hablan
alto, toman vermut, cerveza, vino, juegan a la lotería,
se apasionan por el fútbol y lo demás les tiene
sin cuidado, como no sea la salud". Y ¿la política?
¿El recuerdo de la huelga de Asturias? ¿De las
luchas de Comisiones Obreras en el cinturón industrial
de Barcelona? "Nadie se queja -escribe- ni se puede quejar.
Para mayor diversión pueden hablar mal del régimen
cuando les dé la gana y donde quieran. Escribir sería
otra cosa. Pero, aquí, ¿quién escribe?".
El diagnóstico frío de la metamorfosis
encubre no obstante un sentimiento de dolor que aflora a menudo
a la superficie del texto. Estas irrupciones del escritor que
se forjó durante los años esperanzadores de la
República y asiste a la desertización ética
y cultural causada por el franquismo confiere al libro una dimensión
dramática, de sobrecogedora verdad:
"¿Dónde está nuestra España?
¿Dónde queda? ¿Qué han hecho de
ella?... Esto que veo, España, es la realidad. Lo que
pienso que es... no es la realidad... Aquí no es que
no haya libertad. Es peor: no se nota su falta".
Tales juicios, por duros e injustos que hoy nos
parezcan, venían de alguien cuya vida y obras encarnaban
el ejercicio de aquélla y no había sufrido por
tanto la terapéutica de obediencia y silencio a la que
fue sometida la población española desde el llamado
Año de la Victoria. Las nuevas generaciones podían
imaginar lo que era la libertad -y la ejercían ya en
el ámbito de su vida privada- pero no habían vivido
con ella, por lo que no podían añorarla. Estas
diferencias de perspectiva explican la frecuente incomprensión
de los españoles del interior respecto a los del exilio
y la tentativa más o menos lograda de marginarles a partir
del pacto de olvido -borrón y cuento nuevo, como diría
Julián Ríos- que abrió el cauce a la transición.
A la conciencia de esta dicotomía entre
la nueva libertad en el espacio individual y el apartamiento
mayoritario de la esfera pública (la acción ejercida
por publicaciones como Triunfo, Cuadernos para el Diálogo,
Por Favor y Cambio 16 no se manifestaría sino años
más tarde) se agrega el legítimo sentimiento de
tristeza de Max Aub ante la ignorancia casi general de su obra
novelesca y teatral así como la de otros exiliados de
su maltratada generación:
"¿Cómo es posible que nadie, nadie,
me haya dicho una sola palabra acerca de mis novelas?... Que
ningún periodista [se acercara] a preguntarme: '¿Usted
estuvo aquí con Hemingway?' '¿Usted estuvo aquí
con Malraux?' '¿Qué hizo Dos Pasos durante la
guerra?".
Y a la salida de la elegante recepción
en casa de Laín con la crema de la intelectualidad evocada
en la letra del chotis de Agustín Lara, comenta: "Nadie
me pregunta por nadie. Nadie manifiesta el menor interés
por verme otro día, por preguntarme acerca de lo que
sea. Les tiene sin cuidado. Esperaba algunas preguntas referentes
al residuo de españoles emigrados, sus hijos o México.
Ni una palabra".
Tal vez la página más conmovedora
del libro sea aquélla, correspondiente al 29 de septiembre
de 1969, de su paseo solitario y nocturno por las calles desiertas
de Madrid, en las que sus lágrimas son idénticas
a las que derrama Larra, pues escribir en España es llorar.
Lágrimas sobre sí, pero también sobre el
país "usurpado", el que fue antes de la gran
matanza y que ya no volverá a ser.
La gallina ciega abunda en reflexiones
sobre los escritores del 98 (Baroja, anárquico, de derechas
y antisemita; Ortega: "¿Qué rebelión?
¿Qué masas?... Los que se rebelaron fueron los
militares") así como en bocetos y semblanzas de
la generación que creció y "fue educada contra
sí misma" en el muermo interminable de la posguerra
(Gil de Biedma, más informado y lúcido que los
restantes, opina Aub; Ángel González, cuyo ideal
estriba en "dar clases en Estados Unidos durante seis meses
y pasar aquí el resto del año, escribiendo, viendo
a los amigos, y bebiendo..."; Carlos Barral: "Sentado
en la mesa de su despacho parece el Pachá de los libros.
Aire protector y Gran Justicia, dictamina infalible").
Más desolador es el retrato de quienes vivieron, como
él, la guerra y vueltos del exilio se convirtieron en
fantasmas de sí mismos (Antonio Espina, Juan Gil Albert,
cuya recuperación, por obra de Gil de Biedma, se inició
algo más tarde). Sus amigos y conocidos de antes, más
o menos adaptados al clima de asfixia intelectual reinante,
son evocados también con cariño e indulgencia:
Vicente Aleixandre, generoso y cordial; Dámaso Alonso,
académico acomodaticio y agresivo con los homosexuales,
pero autor de Hijos de la ira en el Madrid siniestro
de los cuarenta; Francisco Ayala, digno y leal a sus ideas.
Los arrepentidos del franquismo (Laín) y los impenitentes
(un esperpéntico Luys de Santamarina que despotrica de
la novela de Sánchez Ferlosio) son retratados de forma
incisiva pero con elegancia. Los párrafos que dedica
a Américo Castro constituyen un espléndido homenaje
a quien tuvo la inteligencia y el valor de sacudir los fundamentos
míticos de nuestra cultura y cuya obra sólo ahora
empieza a ser comprendida cabalmente en España con la
resurrección a veces sangrienta de los nacionalismos
("aquí debieran haberle recibido en andas, bajo
palio, aquí debían de haberle pedido, de rodillas,
que enseñara a tanto ignorante. Y nada. La enorme mayoría
ni siquiera sabe que está y vive en Madrid Américo
Castro").
En otro orden de cosas, sus observaciones irónicas
sobre el entonces director general de Cultura Popular y hoy
dirigente del PP (¡siempre con el pueblo!) Carlos Robles
Piquer no tienen desperdicio. La visita de Max Aub a España
-este "turista al revés" que viene "a
ver lo que no existe"- provocó, como era de esperar,
los ataques biliosos de Emilio Romero y ¡oh divina sorpresa!
de Francisco Umbral. Con esa mezcla tan carpetovetónica
de superioridad e ignorancia que le caracterizan, este último
pontifica sobre "los brujos que llegan tarde" -pues
ahí están ya ellos, los ahijados de Juan Aparicio
y demás lumbreras del régimen-, y cuyo retorno,
dice, "nos los trae desembrujados". Quienes sostienen
contra toda evidencia documental la existencia de dos Umbrales
(el franquista de ayer y el progre de hoy) deberían
leer, como nos invita el prologuista de La gallina ciega,
los juicios perentorios que le endilga, en 1994, desde su trono
literario de plástico: "Max Aub era un señoruco
que ni siquiera era español sino un viajante de comercio
suizo que llegó a España y se quedó. Su
prosa es lo que puede esperarse de un viajante de comercio suizo".
Si comparamos estas líneas fétidas con las que
escribían los también castizos plumíferos
del régimen sobre la diputada socialista judía
Margarita Nelken en plena guerra civil hallaremos la continuidad
ideológica soterrada que va del fascismo puro y duro
del bando vencedor a la supuesta progresía de hoy.
Para comprender el designio primordial de Max
Aub al componer La gallina ciega hay que leer el párrafo
en el que especifica lo que "debe leerse en filigrana a
través de todas las hojas" del libro: la evocación
del que llama el Guerrero invencible:
"Aquí está presente quien quiso ser marino,
fue cadete del Alcázar toledano, teniente en El Ferrol,
capitán marroquí en 1915, comandante a los 23
años; dio el Tercio con él y a poco fue teniente
con él. Matamoros no le llamaban, pero lo fue. Coronel
por méritos de guerra, general a los 33 años,
la República le dio ocasión de ejercer su talento;
aplastó en 1934 las sublevaciones de Asturias y Cataluña;
preparó la suya... Venció... Durante más
de 30 años supo llevar a España por el camino
del silencio y la ignorancia. Nunca le importó la palabra
dada. Fue un político verdadero y quedará de él
recuerdo imperecedero. No por nada su monumento se llama Valle
de los Caídos".
Yo tuve la suerte de redactar su elogio fúnebre
en noviembre de 1975. La cicatería del destino no se
lo permitió a Max Aub; pero pensaba en él y en
quienes mantuvieron heroicamente hasta el fin, como él,
la fidelidad a los principios por los que generosamente lucharon
al escribir mi In memoriam. La vida de Aub fue truncada
por la derrota de la República y la saña de los
vencedores la persiguió hasta la tumba e incluso hasta
ultratumba. Recordarlo ahora es un deber elemental de justicia.
¿Qué pensaría Aub de la
España boyante del nuevo milenio? ¿De este país
de nuevos ricos, nuevos libres y nuevos europeos que en cifras
macroeconómicas va a más y culturalmente a menos?
¿De esa sociedad desmemoriada, satisfecha de sí
misma, que premia la mediocridad porque se reconoce en ella?
Si en 1969 juzgaba con amargura, pero con justeza, una europeización
"basada en la ignorancia" y en la adopción
mimética de la cultura de diseño y de la trivialidad,
¿qué diría hoy de esa España "olvidadiza,
inconsciente, lejana de cualquier rebeldía", en
donde la mayoría de los que manejan la pluma se limitan,
como dice José María Ridao, a poner letra a la
música nacional? Nuestro parnaso, tan finamente captado
por Aub gracias a su condición de "apestado",
reitera sus ciclos y los perfecciona. "Ahora los pillos,
más pillos; los aprovechados, más aprovechados;
los callados, más herméticos. ¿Quién
dice en voz alta lo que piensa". Y añadiría
yo: y ¿quién lo escribe? Lo que observaba Blanco
White sobre el hábito nacional del disimulo mantiene
su esterilizadora vigencia.
El paisaje al otro lado del túnel no cesa
de transformarse. Todo va bien en la España de Aznar,
pese al terrorismo de ETA y los dramas de la inmigración.
Los medios de transmisión del pensamiento más
reductivo y basto machacan su mensaje en millones de hogares
a lo largo del día. La vida literaria y cultural es un
escaparate de figurones y una arrebatiña de listos. La
lógica empresarial convierte a los escritores en periodistas,
de ordinario insulsos, y a los periodistas en escritores que
paren regularmente obras de arte. Las diferencias se borran
y, en razón de la ausencia de valores, todo vale. Como
observó Aub, "la mayoría de los que escriben
no son escritores. Por eso se enfadan cientos contra tan pocos".
España entró en la modernidad en
los años sesenta de la mano de Franco y los tecnócratas
del Opus Dei: el país así creado conserva las
huellas y paga el peaje de aquel periodo de tutoría.
Los rasgos más llamativos de la modernidad importada
conviven con los del caciquismo político o empresarial
y el más rancio casticismo. Y, ante tan extraordinaria
mixtura, cabe preguntarse, como el autor de La gallina ciega:
¿debemos alegrarnos?
En unas notas escritas en el avión que
le devuelve al exilio definitivo, todavía sobre territorio
español, Max Aub pone un rayo de luz al relato de su
descorazonador retorno a Ítaca:
"No puedo ser pesimista porque de esta general ignorancia
petulante saldrá siempre una minoría que
se dé cuenta de lo que sucede en el mundo y escriba,
aun en español, poemas como los mejores nacidos en otros
idiomas. La inteligencia no tiene remedio".
La reedición de La gallina ciega,
de Max Aub, preparada por Manuel Aznar Soler, fue publicada
por la editorial Alba en 1995.
(1)Artículo de Opinión aparecido en el periódico
EL PAIS, en el mes de agosto.
(*) JUAN GOYTISOLO nació en Barcelona en 1931, se exilió
en París en pleno franquismo, cuando apenas tenía
25 años, y fue asesor literario de la prestigiosa editorial
Gallimard. Al tiempo que publicaba novelas como Señas
de identidad, Reivindicación del conde don Julián
o Coto vedado, Juan Goytisolo dio clases en varias universidades
de Estados Unidos. Se instaló después en Marraquech,
donde tiene su domicilio habitual desde hace años, aunque
pasa temporadas en Francia y en España sin olvidar sus
constantes viajes para dar conferencias. Ha escrito varias novelas,
pero Goytisolo también ha prodigado sus ensayos, como
el reciente De la Ceca a la Meca, y sus libros periodísticos
como su Cuaderno de Sarajevo, en el que narra su estancia
en la asediada capital bosnia donde se convirtió en uno
de los escasísimos intelectuales occidentales que vivió
de cerca el drama de la antigua Yugoslavia. Ha nadado siempre
a contracorriente en el mundo de la cultura. Es prácticamente
el único escritor español que habla árabe
y defendió y defiende, contra viento y marea, la marroquinidad
del Sáhara español. Estos apuntes de su vida y
de su obra dan idea de que Juan Goytisolo es uno de los escritores
más inclasificables del panorama literario.
Otras obras de Juan Goytisolo son: El furgón de cola;
Juan sin Tierra; Disidencias; Makbara; Crónicas sarracinas;
Paisajes después de la batalla; Contracorrientes; Coto
vedado; En los reinos de taifa; Las virtudes del pájaro
solitario; La cuarentena; Argelia en el vendaval; El sitio de
los sitios; Paisajes de la guerra con Chechenia al fondo; Las
semanas del jardín. Un círculo de lectores;
y su último libro Pájaro que ensucia su propio
nido.
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