Literatura

RESEÑA
por ENRIQUE G DE LA G (*)

 

CHRISTOPHER SILVESTER (ed.), Las grandes entrevistas de la historia (1859-1992), El País / Aguilar, México, 1999, 634 pp.




Brigham Young (1801-1877)


En 1847 los habitantes de Illinois expulsaron a los mormones. Apenas tres años antes Joseph Smith, el fundador de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días, los mormones, había sido muerto a tiros en la cárcel de Carthage. Brigham Young, un antiguo carpintero, se convirtió en el nuevo líder. El los sacó de Illinois y -remedo de Moisés- dispuso que se asentaran en Utah. Junto a un lago de aguas saladas fundaron Salt Lake City. Diez años más tarde, se cuenta, Young pronunció discursos tan violentos y encendidos que un grupo de adeptos suyos, disfrazados de indios, sorprendió a una caravana de ricos inmigrantes. Sus armas hicieron correr a los indios. Momentos más tarde, los mormones, ya sin disfraz, aparecieron. Supieron por boca de los viajeros el intento de robo de los indios. Les ofrecieron ir a Salt Lake City a recobrar fuerzas, garantizando con su custodia la seguridad de todos ellos. Pocos kilómetros habían recorrido, cuando ciento veinte de los inmigrantes fueron asesinados y robados a manos de los mormones. Sólo a siete niños les fue perdonada la vida. La noticia fue aún más escandalosa cuando se supo que Young obstaculizaba el trabajo del gobierno federal. El caso es conocido como la Masacre de Mountain Meadows.

En 1859, Horace Greeley, quizá el periodista más popular de Estados Unidos, llegó a Salt Lake City. Visitó a B. Young y lo que hablaron esa tarde marcó un hito en la historia del periodismo. El New York Tribune publicó una versión escrita de esa conversación. Fue leída en todo el mundo. Y gustó, gustó mucho.

Pero, ¿es Greeley el padre de la entrevista periodística? ¿La genialidad fue suya? Los anglosajones así lo creen. No se conserva ninguna entrevista anterior. Aunque, al parecer, no se ha investigado lo suficiente en la primitiva prensa española, francesa, italiana. La entrevista es una derivación de los procesos judiciales y los interrogatorios. De hecho, hay quien argumenta que la trascripción de una conversación de Rosina Townsend, testigo de un asesinato en 1836, es ya una entrevista periodística. En realidad, tiene todavía mucho de investigación judicial. El propósito de la entrevista es distinto. El English Oxford Dictionary y el Diccionario de la Real Academia coinciden en que es esencial la intención de ser publicada. Si este elemento faltara no puede considerársele entrevista, no en el sentido periodístico del término.

El éxito de la entrevista de B. Young, y de las que le siguieron, primordialmente en días de la guerra civil, se debe a dos factores principales. En primer lugar, las ciudades, incluso los ambientes campiranos, habían mejorado la educación, tanto en calidad como en cantidad. Por otro lado, la entrevista consigue transmitir la ilusión de intimidad con los famosos. Es una intimidad nueva, unilateral, de arriba hacia abajo, no es recíproca. Aquí radica el secreto de la entrevista: más que una serie de respuestas a preguntas concretas, es una conversación. Se parece más a una sobremesa que a una investigación o una encuesta. Tal vez por eso Isaac F. Marcosson sostenía que los hombres "siempre charlan mejor cuando comen". Si se enrarece el clima, si hubiera desconfianzas entre los interlocutores, el trabajo se habrá perdido en gran medida. El entrevistador poco amable no obtendrá lo que pretende sin grandes esfuerzos; pero el que desconoce la labor del entrevistado está absolutamente perdido.

Algunos consideran que las entrevistas son un gran fraude. Argumentan que el interés privativo del periodista es el dinero, publicar algo interesante y atractivo, vender. Cuanto más espectacular y morboso, mejor. Por eso, desde su origen están destinadas al fracaso, porque carecen de seriedad. El entrevistado hará lo posible por ocultarse. Cuestión de pudor. El éxito es imposible. El periodista controla sus preguntas y, en cierta medida, las respuestas. La entrevista parece un discurso parcial, incompleto.


Horace Greeley


Sin duda estos peligros son reales. Han sucedido. Pero es injusta la apreciación. Un parangón: la entrevista se parece al concierto. Está lleno de sorpresas, es una aventura. A la orquesta no le conviene dar un mal espectáculo. Visto desde el otro lado, nadie paga si de antemano sabe que los instrumentos están desafinados. Una entrevista puede acabar en fiasco, pelea o demanda. Es posible pero no es lo que se busca.

El papel del entrevistador depende casi siempre del público que se enfrentará con el texto final. Puede ser traductor. Como el intérprete de idiomas, no basta la traducción literal de las palabras; resultan imprescindibles el tono y la intención. En ocasiones, cuando el lector conoce lo suficiente la trayectoria del personaje, el entrevistador debe limitarse a ser el limpio cristal de un aparador, que permita al lector la sensación de que es él mismo quien conversa.

La entrevista posee fuerza pedagógica. En su inmensa mayoría, los lectores sólo leerán las opiniones de aquellos a quienes admiran. No sólo por conocer rasgos de su vida privada, también para aprender, para otear el camino que los ha conducido al éxito.

En general, las personas destacadas aceptan las entrevistas. Truman Capote señala una vanidosa razón: a todos nos gusta hablar de nosotros mismos. Tennesse Williams señalaba un motivo más oculto: "el ser entrevistado lleva aparejada la ventaja de la autorrevelación. Me veo obligado a articular mis sentimientos y puede que aprenda algo sobre mí mismo. Me hace conocerme mejor, ser más consciente de mi propia desdicha". Pero así como la propia voz, guardada en una grabación, desagrada, no es infrecuente que el texto impreso enfurezca al entrevistado. Por ello, los jóvenes de The Paris Review ofrecían a sus entrevistados la posibilidad de revisar los borradores.

Esto es lo que pretende Christopher Silvester con Las grandes entrevistas de la historia. Nos presenta una colección de conversaciones que destacados en la política, el cine, la literatura o el arte han entablado con periódicos y revistas. Además de presentarnos al líder mormón, Silvester recoge una entrevista con Henry Stanley. Stanley es el explorador que, financiado por el Herald, buscó y encontró en Ujiji a Livingstone. Juntos demostraron que el Lago Tanganica no era el origen del Nilo. Después nos topamos con Robert Louis Stevenson. El escritor escocés asegura que New York es una mezcla de Chelsea, Liverpool y París. Da también pistas sobre la escritura de Dr. Jekyll and Mr. Hyde: la inspiración es insuficiente, es imprescindible el trabajo. Hay páginas donde hablan Marx, Bismarck, Two Moon, Clemenceau, Al Capone, Hitler, Mussolini, Stalin (curiosamente, el único personaje del que se presentan dos entrevistas, una realizada por Emil Ludwig y otra por H.G. Wells), Gandhi, Jruschov, Mao, Thatcher o Hoffa. Los representantes de las letras, el arte o la cultura y el cine son también numerosos: Mark Twain, Kipling, Zola, Wilde, Ibsen, Tolstói, Greta Garbo, Freud, Shaw, Gertrude Stein, Scott Fitzgerald, Zweig, Picasso, Hitchcock, Hemingway, Marilyn Monroe, Mailer, Nabokov, John Lennon, Arthur Miller o Mae West. Aparecen inventores como Marconi o Edison, e intelectuales como Paul Johnson, los presidentes Theodore Roosevelt y Kennedy, o la feminista Cristabel Pankhurst.



Horace Greeley.
Daguerrotipo de Matthew Brady,
c.1850 (Library of US Congress)


El volumen de casi seiscientas páginas reúne ironías, burlas y críticas, referencias e insultos, adulaciones, faltas de respeto y opiniones serias. Cada entrevista es un cuento, de cuatro o cinco páginas, donde la trama es la personalidad de quien habla. Vemos que Paul Johnson es tan prepotente como famoso, por ejemplo, o que Tolstói era amable, sencillo y un tanto inestable en lo emocional. Sin embargo, esto nos introduce en un problema, el de discernir si la entrevista es un reflejo del entrevistado o del entrevistador. W.T. Stead, el periodista que popularizó la entrevista en Gran Bretaña en la década de 1880, muy a menudo quedaba él reflejado. Siempre, casi siempre, es posible manipular al otro para que diga lo que uno quiere escuchar, sostenía.

En cada una de las entrevistas, el editor señala el nombre del periodista y de la publicación que representa y la fecha en que tuvo lugar. Agrega una nota que, además de biográfica, dibuja el contexto, el ambiente en que fue realizada. Las últimas páginas sugieren una extensa bibliografía, útil para el periodista, el investigador y el curioso.

Hay dos o tres detalles que, a mi juicio, habrían mejorado notablemente este título. Adolece del mismo infortunio que presentan todos los textos anglosajones: discriminan las culturas no anglosajonas, se encierran en su idioma. Exceptuando a Emil Ludwig y a alguien más, todos los entrevistadores son de lengua inglesa. Lo mismo puede decirse de las revistas o periódicos donde se publicaron originalmente. El segundo punto: lamento que no haya incluido la fotografía o el retrato de los entrevistados. Estoy convencido de que la lectura de estas páginas se habría enriquecido cotejando las palabras con los rostros y las miradas. Finalmente, me sorprendió no haber encontrado tres nombres: Einstein, el hombre del siglo según Time; Neil Armstrong, el primero en pisar la luna; y el Ché Guevara, símbolo y modelo de muchos durante la Guerra Fría. Las palabras de Babe Ruth, Van Gogh, Duchamp o Gorbachev tampoco hubieran sobrado.

A Christopher Silvester le preocupa el futuro de la entrevista. Le parece que en muchas ocasiones propicia el culto a la banalidad. Como las fotos que venden los paparazzi o las triviales y predecibles respuestas de los futbolistas (exceptuando, sería injusto no reconocerlo, a Jorge Valdano). Por eso nos ofrece esta colección, para que veamos de cerca los comentarios de quienes han influido los últimos ciento cuarenta años, cada uno en lo suyo. Para que revaloremos las luchas, los golpes y tropiezos de los que han construido la historia. Silvester está a favor de imprimir tertulias con los inteligentes, no con las llamaradas de la moda. Estas conversaciones tienen mucho qué enseñarnos.


Artículo publicado en la revista mexicana Este País en el número 119.

(*) Enrique G de la G (Monterrey, México, 1979). Lector y escritor, estudió filosofía. Su tesis versa sobre el objeto de la metafísica aristotélica. Colabora en distintas revistas con ensayos, reseñas y entrevistas. Agradecido lector de Borges, Victor Hugo y Alfonso Reyes. Le gusta Boca Juniors y el futbol europeo


Para contactarse con Enrique G de la G: enriquegdelag@hotmail.com


Suscríbete a Enfocarte.com y recibe las actualizaciones en tu e-mail






- Imprime esta página -

 

Copyright © 2000-2006 Enfocarte.com
Prohibida la reproducción de cualquier parte de este sitio web sin permiso del editor. Todos los derechos reservados.