Balthus en 1991
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Su pintura siempre tuvo un toque de locura aristocrática.
Una inclinación aleatoria sobre lo clásico.
Había una luz erótica, inquieta, en sus
cuadros. Tensado en un clasicismo autodidacta
imprimió a su pintura un ritmo personal. Muchas
de sus dibujos y cuadros están cargadas de una
tensión sensual algo insana, poseen como una
atmósfera surrealista, miteriosa, a pesar que
el tema, trivial por lo demás, sea una calle
con personas, una sala de estar con chimenea o una niña
desnuda frente al espejo. En buena cantidad de sus cuadros
una constante: nínfulas, Lolitas, niñas
a punto de estallar en mujeres. Se llamaba Balthazar
Klossowski de Rola y fue conocido en el mundo del arte
como Balthus.
Iba a cumplir 93 años. Había abandonado
la clínica en la que llevaba hospitalizado algunos
meses. Regresó a su chalé de Rossiniére,
en el cantón Suizo de Vaud. Murió tranquilo
en su cama con un solo deseo en su alma: pintar.
Balthus Joven
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Nació el 29 de febrero de 1908. Su infancia
y juventud transcurrió en París en un
barrio situado entre el Odeón, el Luxemburgo
y la famosa iglesia de Saint-sulpice. Sus padres Erich
y Elizabeth Dorothée Klossowski se esmeraron
para educarlo (también a su hermano Pierre, figura
excepcional de la literatura) en un ambiente refinado
e intelectual. Balthazar y Pierre tuvieron mucho contacto
con artistas y escritores de la talla de Pierre Bonnard
y Rilke. Además Erich Klossowski era un reconocido
pintor y crítico de arte oriundo de Polonia.
Su esposa Elizabeth estuvo bastante cercana a Rilke,
con el que mantuvo una fluida correspondencia y en la
cual mezcló pasión y crítica
hacia el poeta y su poesía. Los hermanos se criaron
también en un contexto policultural ( francés,
Suizo, Polaco, Inglés y Alemán) que fue
determinante en su formación y que decidiría
sus carreras artísticas.
Balthus comenzó a pintar desde muy niño.
Luego que su gato murió se propuso recordarlo
pintandolo. Realizó una docena de dibujos y acuarelas
de su mascota. A pesar de esta temprana inclinación
por la pintura Balthus no fue a ninguna escuela de arte.
Su educación artística fue un vuelo en
solitario visitando el Louvre y copiando a pintores
clásicos como Piero della Francesca, Coubert
o Poussin. También acompañaba a su padre
cuando este visitaba a los artistas en sus estudios.
La víctima
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Ya de adolescente, y con un claro objetivo de convertirse
en pintor, se vio de pronto en el ojo del huracán
de la vanguardia pictórica. El cubismo, el fauvismo
y el surrealismo daban sus primeros pasos. Balthus fue
siempre reacio a los movimientos vanguardistas. Le gustaba
el surrealismo por sus hallazgos de lo real y lo soñado.
Del impresionismo le fascinaba a luz. Lo que realmente
le gustaba (e iba a influenciar su trabajo pictórico)
eran los maestros clásicos del 300 al 400. Esta
inclinación subrayada por los pintores clásicos
fue una manera elegante de ignorar a los pintores contemporáneos.
La partida de cartas, 1948-50
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Entre sus amigos podemos mencionar a Antonin Artaud.
Para él Balthus dibujó los figurines del
montaje teatral Cenci. También están Derain
y un joven español que pinta llamado Miró,
quien posó en largas sesiones con su hija Dolores,
mientras Balthus lo pintaba con la perversidad callada
y misteriosa que siempre caracterizó su trabajo.
Aunque su primera exposición se realizó
en la galería que dio el espaldarazo a los pintores
surrealistas su pintura nada tenía que ver con
el surrealismo. No obstante se le tachó como
surrealista. Lo cierto es que la pintura de Balthus
volvía a las raíces clásicas mientras
el surrealismo hacia tabla rasa a una pintura que consideraba
apolillada y anacrónica. El primero que defendió
a Balthus de este malentendido fue Artaud que escribió:
"La pintura de Balthus es una revolución
irrebatiblemente dirigida contra el surrealismo, mas
también contra el academicismo en todas sus formas.
Más allá de la revolución surrealista,
más allá de las formas del academicismo
clásico, la pintura revolucionaria de Balthus
alcanza una especie de misteriosa tradición".
Y Artaud no se equivocaba la pintura de Balthus
retomó elementos clásicos y los revalorizó
desde una óptica simplificada, limpia y sin demasiado
ruido estilístico.
Los desnudos realizados por Balthus, teniendo como
modelo a su primera esposa Antoinette von Wattenwyl,
acentuaron su crisis matrimonial. Su esposa estaba escandalizada
y furiosa al verse en las paredes de las casas de sus
amigos aristócratas. La ruptura fue inevitable.
Balthus realiza algunos viajes, acepta un cargo que
su amigo Malraux le ofrece y en un viaje a Japón
conoció a Setsuko Ideta a la cual tomó
como asistente, alumna, modelo y esposa.
Balthus con su esposa y una de sus hijas
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La pintura de Balthus es un viaje a la figuración
más vaporosa que realista, más mágica
y de ensueño que minuciosa y objetiva. Es una
travesía a luz y al silencio como elementos del
conocimiento interior; es un recorrido apacible por
la sensualidad desnuda y volátil de la adolescencia
y la pubertad. Con enorme perspicacia el pintor español
Antoni Tapies escribe: "Era un pintor figurativo,
pero no en el sentido fotográfico. La suya es
una figuración que recuerda a los anuncios pintados
de cine o los cartelones de feria. Fue, además,
un artista que se mantuvo al independiente y al margen
de movimientos. Era algo que también me gustaba
de él porque, pese a que su obra puede relacionarse
con el surrealismo, nunca quiso mantener ninguna disciplina
de grupo".
Estudio para lección de guitarra, 1934
La rue, 1933
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A pesar de su predilección de pintar niñas
desnudas, con esa marcada impudicia inocente propia
de la niñez, Balthus le da un sentido religioso
a su actividad. No religiosidad de un beato, sino de
un artista capaz de captar lo terrible, erótico
y espléndido de la belleza. En una oportunidad
le dijo a su esposa: "Hablé con Dios. Me
dijo que aún tengo que seguir con la tarea que
me encomendó. Debo seguir pintando, tengo mucho
que hacer". Tenía para ese momento 91 años.
Esta óptica de la obra como una tarea espiritual,
como una práctica de hondo significado subjetivo
permite desechar los tópicos recurrentes en torno
a su obra y su morbo aciago y misterioso por las jovencitas.
Críticos y espectadores ven algo perverso en
ese universo poblado de nínfulas con poses inocentes
y bañadas con una luz extraña que presagia
lo peor. Con razón Camus veía en las figuras
femeninas de Balthus un erotismo negligente ya que al
pintor "no es el crimen lo que interesa, sino la
pureza". Acerca de sus retratos de muchachas, el
artista afirmó en una entrevista al Herald Tribune:
"Las niñas son las únicas criaturas
que todavía pueden pasar por pequeños
seres puros y sin edad. Las lolitas nunca me interesaron
más allá de esta idea". A Balthus
le interesa la pureza no desde la beatitud, sino desde
su capacidad negativa. La pureza como acción
corruptora, como entidad amenazadora, atávica;
como fuerza para sacar a la luz nuestras oscuridades
más intimas para luego purificarnos. Mirar un
cuadro de Balthus es purificarse. Balthus aseguraba:
"Las niñas para mí son sencillamente
ángeles y en tal sentido su inocente impudor
propio de la infancia. Lo morboso se encuentra en otro
lado". Lo escrito por Vicente Molina Foix es irónico,
pero bastante puntual: "Balthus no llegó
a pecar, y estoy seguro de que era, como le gustaba
a él decir, un pintor religioso. ¿No es,
al fin y al cabo, la religión el ejercicio de
una mirada fija y persistente a un punto inalcanzable?
El culo misterioso de las niñas".
Balthus en 1995
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Plegar su pintura al surrealismo a rajatabla es una
tarea fatua y equivocada. La pintura de Balthus es clásica
en muchos aspectos. Si algo surrealista poseen sus pinturas
es esa luz plana, esa atmósfera de límpida
espiritualidad. Por lo demás su pintura es diametralmente
opuesta a la estridencia surrealista. Su pintura es
sosegada, llena de silencios y en las que muchas sutiles
sugerencias nos asaltan como espectadores. Hay laboriosidad
en su pintura, genialidad a fuerza de trabajo. Según
su esposa Balthus era bastante meticuloso. Un cuadro
le llevaba con facilidad meses o años o como
ella explica en una entrevista: "Cada pintura de
Balthus es como una larga novela, el resultado de una
larga experiencia y de una búsqueda perpetua".
Con respecto a su ritmo de trabajo dijo: "Es muy
madrugador. Cuando se despierta pide un desayuno ligero
y si la luz es buena lo toma en su taller. Luego se
pone a pintar hasta 17 horas. En época de invierno
la nieve da una luz blanca bellísima, luminosa,
nacarada, entonces la aprovecha toda. Cuando empieza
a trabajar se queda absorto, no habla, se mete dentro
de su mundo y es ahí donde se realiza como autor.
Luego viene a tomar el té, también en
silencio. No deja nunca de trabajar, cuando charlamos
lo hacemos en torno a sus cuadros..."
Las menores pintadas por Balthus me remiten a la Lolita
de Vladimir Nabokov. El libro está lleno de sugerencias
y sutilezas como la pintura de Balthus. Ni las Lolitas
de Balthus ni las de Nabokov me resultan seres heréticos.
Tienen algo de ángeles sobrevolando nuestro oscuro
deseo, nuestra pulpa terrenal de voyeristas. En lo personal
me parece bastante malsana esa luz de sus cuadros, ese
mediodía que presagia fatalidades sexuales. Esa
luz inspiró un poema de Octavio Paz del que copio
algunos versos:
Desnudo adormecido
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La luz abre los pliegues de la sábana
y los repliegues de la pubescencia,
arde en la chimenea, sus llamas vueltas sombras
trepan los muros, yedra deseosa.
La luz no absuelve ni condena,
no es justa ni es injusta,
la luz con manos impalpables alza
los edificios de la simetría.
La luz se va por un paisaje de reflejos
y regresa a si misma:
es una mano que se inventa,
un ojo que se mira en sus inventos.
La luz es tiempo que se piensa.
El arte no es una actividad inocente aunque pinte niñas
virginales, en apariencia apacibles, y en Balthus lo
vulgar y lo sublime tuvo su razonado equilibrio, su
meditada pincelada.
La pintura de Balthus es una experiencia visual del
deseo, el silencio y la pureza. Es una anotación
intimista sobre la belleza y sus riesgos. Apartado y
solitario produjo su obra. El oropel de la fama y el
éxito (sus cuadros se cotizaron a elevados precios)
no lo apartó de su misión. Su obra es
un pacto luminoso con el silencio y con los deseos ocultos
que de manera comprensible nos pierden. Trasmitir que
la belleza y la inocencia encierran peligros insospechados
fue la gran lección de la obra de Balthus.

Busto de mujer joven
(1960)
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Niña delante de la chimenea
(1995)
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La muchacha
(1957)
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