Literatura

El ojo del amo (1)
de ITALO CALVINO (2)
Traducción de Aurora Bernárdez

 

-El ojo del amo -le dijo su padre, señalándose un ojo, un ojo viejo entre los párpados ajados, sin pestañas, redondo como el ojo de un pájaro-, el ojo del amo engorda el caballo.
-Sí -dijo el hijo y siguió sentado en el borde de la mesa tosca, a la sombra de la gran higuera.
-Entonces -dijo el padre, siempre con el dedo debajo del ojo-, ve a los trigales y vigila la siega.
El hijo tenía las manos hundidas en los bolsillos, un soplo de viento agitaba la espalda de la camisa de mangas cortas.
-Voy -decía, y no se movía.
Las gallinas picoteaban los restos de un higo aplastado en el suelo.
Viendo a su hijo abandonado a la indolencia como una caña al viento, el viejo sentía que su furia iba multiplicándose: sacaba a rastras unos sacos del depósito, mezclaba abonos, asestaba órdenes e imprecaciones a los hombres agachados, amenazaba al perro encadenado que gañía bajo una nube de moscas. El hijo del patrón no se movía ni sacaba las manos de los bolsillos, seguía con la mirada clavada en el suelo y los labios como silbando, como desaprobando semejante despilfarro de fuerzas.
-El ojo del amo -dijo el viejo.
-Voy -respondió el hijo y se alejó sin prisa.
Caminaba por el sendero de la viña, las manos en los bolsillos, sin levantar demasiado los tacones. El padre se quedó mirándolo un momento, plantado debajo de la higuera con las piernas separadas, las grandes manos anudadas a la espalda: varis veces estuvo a punto de mezclar de nuevo puñados de abono.
Una vez más el hijo iba viendo los colores del valle, escuchando el zumbido de los abejorros en los árboles frutales. Cada vez que regresaba a sus pagos, después de languidecer seis meses en ciudades lejanas, redescubría el aire y el alto silencio de su tierra como en un recuerdo de infancia olvidado y al mismo tiempo con remordimiento.
Cada vez que venía a su tierra se quedaba como en espera de un milagro: volveré y esta vez todo tendrá sentido, el verde que se va atenuando en franjas por el valle de mis tierras, los gestos siempre iguales de los hombres que trabajan, el crecimiento de cada planta, de cada rama; la pasión de esta tierra se adueñará de mí, como se adueñó de mi padre, hasta no poder despegarme de aquí.
En algunos bancales el trigo crecía a duras penas en la pendiente pedregosa, rectángulo amarillo en medio del gris de las tierras yermas, y dos cipreses negros, uno arriba y otro abajo, que parecían montar en guardia. En el trigal estaban los hombres y las hoces moviéndose; el amarillo iba desapareciendo poco a poco como borrado y abajo reaparecía el gris. El hijo del patrón, con una brizna de hierba entre los dientes, subía por los atajos la pendiente desnuda: desde los trigales los hombres ya lo habían visto subir y comentaban su llegada. Sabía lo que los hombres pensaban de él: el viejo será loco pero su hijo es tonto.
-Buenas -le dijo U Pé al verlo llegar.
-Buenas -dijo el hijo del patrón.
-Buenas -dijeron los otros.
Y el hijo del patrón respondió:
-Buenas.
Bien: todo lo que tenían que decirse estaba dicho. El hijo del patrón se sentó en el borde de un bacanal, las manos en los bolsillos.
-Buenas -dijo una voz desde el bacanal de más arriba: era Franceschina que estaba espigando. Él dijo una vez más:
-Buenas.
Lo hombres segaban en silencio. U Qué era un viejo de piel amarilla que le caía arrugada sobre los huesos. U Pé era de edad mediana, velludo y achaparrado; Nanín era joven, un pelirrojo desgarbado: el sudor le pegaba la camiseta y una parte de la espalda desnuda aparecía y desaparecía con cada movimiento de la hoz. La vieja Girumina espigaba, acuclillada en el suelo como una gran gallina negra. Franceschina estaba en el bacanal más alto y cantaba una canción de la radio. Cada vez que se agachaba se le descubrían sus piernas hasta las corvas.
Al hijo del patrón le daba vergüenza estar allí haciendo de vigilante, erguido como un ciprés, ocioso en medio de los que trabajaban. "Ahora", pensaba, "digo que me den un momento la hoz y pruebo un poco". Pero seguía callado y quieto mirando el terreno erizado de tallos amarillos y duros de espigas cortadas. De todos modos no sería capaz de manejar la hoz y haría un triste papel. Espigar: eso sí podría hacerlo, un trabajo de mujeres. Se agachó, recogió dos espigas, las arrojó en el mandil negro de la vieja Girumina.
-Cuidado con pisotear donde todavía no he espigado -dijo la vieja.
El hijo del patrón se sentó de nuevo en el borde, mordisqueando una brizna de paja.
-¿Más que el año pasado, este año? -preguntó.
-Menos -dijo U Pé- la helada de febrero. ¿Se acuerda de la helada de febrero?
-Sí -dijo el hijo del patrón. No se acordaba.
-Fue -dijo la vieja Girumina- el granizo de marzo. En marzo, ¿se acuerda?
-Cayó granizo -dijo el hijo del patrón, mintiendo siempre.
-Para mí -dijo Nanín- fue la sequía de abril. ¿Recuerda qué sequía?
-Todo abril -dijo el hijo del patrón. No se acordaba de nada.
Ahora los hombres habían empezado a discutir de la lluvia y el hielo y la sequía: el hijo del patrón estaba fuera de todo ello, separado de las vicisitudes de la tierra. El ojo del amo. El era sólo un ojo. Pero, ¿para qué sirve un ojo, un ojo solo, separado de todo? Ni siquiera ve. Claro que si su padre hubiera estado allí habría cubierto a los hombres de insultos, habría encontrado el trabajo mal hecho, lento, la cosecha arruinada. Casi se sentía la necesidad de los gritos de su padre por aquellos bacanales, como cuando se ve a alguien que dispara y se siente la necesidad del estallido en los tímpanos. Él no les gritaría nunca a los hombres, y los hombres lo sabían, por eso seguían trabajando sin darse prisa. Sin embargo era seguro que preferían a su padre, su padre que los hacía sudar, su padre que hacía plantar y recoger el grano en aquellas cuestas para cabras, su padre que era uno de ellos. Él no, él era un extraño que comía gracias al trabajo de ellos, sabía que lo despreciaban, tal vez lo odiaban.
Ahora los hombres reanudaban una conversación iniciada antes de que él llegara, sobre una mujer del valle.
-Eso decían -dijo la vieja Girumina-, con el párroco.
-Sí, sí -dijo U Pé-. El párroco le dijo: Si vienes te doy dos liras.
-¿Dos liras? -preguntó Nanín.
-Dos liras -dijo U Pé.
-De las de entonces -dijo U Qué.
-¿Cuánto serían hoy dos liras de entonces? -preguntó Nanín.
-No poco -dijo U Qué.
-Caray -dijo Nanín.
Todos reían de la historia de la mujer; el hijo del patrón también sonrió, pero no entendía bien el sentido de esas historias, amores de mujeres huesudas y bigotudas y vestidas de negro.
Franceschina también llegaría a ser así. Ahora espigaba en el bancal más alto, cantando una canción de radio, y cada vez que se agachaba la falda se le subía más, descubriendo la piel blanca hasta las corvas.
-Franceschina -le gritó Nanín-, ¿irías con un cura por dos liras?
Franceschina estaba de pie en el bacanal, con el manojo de espigas en la mano contra el pecho.
-¿Dos mil? -grito.
-Caray, dice dos mil -dijo Nanín a los otros, perplejo.
-Yo no voy con curas ni con "civiles" -grito Franceschina.
-Con militares, ¿sí? -grito U Qué.
-Ni con militares -contestó y se puso a recoger espigas de nuevo.
-Tiene buena piernas la Franceschina -dijo Nanín, mirándoselas.
Los otros miraron y estuvieron de acuerdo.
-Buenas y rectas -dijeron.
El hijo del patrón las miró como si no las hubiera visto antes e hizo un gesto de asentimiento. Pero sabía que no eran bonitas, con sus músculos duros y velludos.
-¿Cuándo haces el servicio militar, Nanín? -dijo Girumina.
-Hostia, depende de que quieran examinar otra vez a los eximidos -dijo Nanín-. Si la guerra no termina, me llamarán a mí también, con mi insuficiencia torácica.
-¿Es cierto que América ha entrado en la guerra? -preguntó U Qué al hijo del patrón.
-América -dijo el hijo del patrón. Tal vez ahora podría decir algo-. América y Japón -dijo y se calló. ¿Qué más podía decir?
-¿Quién es el más fuerte: América o Japón?
-Los dos son fuertes -dijo el hijo del patrón.
-¿Es fuerte Inglaterra?
-Eh, sí, es fuerte.
-¿Y Rusia?
-Rusia también es fuerte.
¿Alemania?
-Alemania también.
-¿Y nosotros?
-Será una guerra larga -dijo el hijo del patrón-. Una guerra larga.
-Cuando la otra guerra -dijo U Pé-, había en el bosque una cueva con diez desertores -y señaló arriba, en dirección a los pinos.
-Si dura un poco más -dijo Nanín- yo digo que nosotros terminaremos metidos en las cuevas.
-Bah -dijo U Qué-, quién sabe cómo irá a terminar.
-Todas las guerras terminan así: al que le toca, le toca.
-Al que le toca le toca -repitieron los otros.
El hijo del patrón empezó a subir por los bacanales mordisqueando la brizna de paja hasta llegar a Franceschina. Le miraba la piel blanca de las corvas cuando se inclinaba a recoger las espigas. Tal vez con ella sería más fácil; se imaginaría que le hacía la corte.
-¿Vas alguna vez a la ciudad, Franceschina? -le preguntó. Era un modo estúpido de iniciar una conversación.
-A veces bajo los domingos por la tarde. Si hay feria, vamos a la feria, si no, al cine.
Había dejado de trabajar. No era eso lo que él quería; ¡si su padre lo viera! En vez de montar guardia, hacía hablar a las mujeres que trabajaban.
-¿Te gusta ir a la ciudad?
-Sí, me gusta. Pero en el fondo, por la noche, cuando vuelves, qué te ha quedado. El lunes, vuelta a empezar, y te fue como te fue.
-Claro -dijo él mordiendo la brizna.
Ahora había que dejarla en paz, si no, no volvería a trabajar. Dio media vuelta y bajó.
En los bacanales de abajo los hombres casi habían terminado y Nanín envolvía las gavillas en lonas para bajarlas cargadas sobre las espaldas. El mar altísimo con respecto a las colinas empezaba a teñirse de violeta del lado del ocaso. El hijo del patrón miraba su tierra, pura piedra y paja dura, y comprendía que él sería siempre desesperadamente ajeno.


(1) Extraído de Por último, el Cuervo, libro que reúne los relatos escritos entre 1945 y 1949.
(2) ITALO CALVINO: escritor italiano (Santiago de las Vegas, Cuba, 1923- Siena, 1985) . Interviene en la guerra partisana y se licencia en letras en la universidad de Turín. Fue una figura fundamental en el debate cultural de la posguerra, sobre todo con sus reflexiones sobre la escritura. Durante algunos años su obra alterna un plano realista puro -testimonio de ello es El ojo del amo- con otros de ficción fabulosa. A partir de 1952 ambos planos se confunden, adquiriendo una nueva dimensión narrativa en donde realismo y fantasía conforman un mundo nuevo, irónico, que, sin perder los asideros reales, se eleva a la concepción poética. Sus principales obras son: El sendero de los nidos de araña (1946), crítica a la democracia cristiana italiana la trilogía Nuestros antepasados, considerada con justicia su obra cumbre y compuesta por El vizconde desmediado (1952), El barón rampante (1957) y El caballero inexistente (1959), La entrada en guerra (1954), Marcovaldo (1963), para "niños", Las ciudades invisibles (1972), El castillo de los destinos cruzados (1973), Si una noche de invierno un viajero (1980), esta obra puede justificarse tan sólo por su título, uno de los mejores, quizás, de la literatura; Punto y aparte (1983), y Palomar (1983), su última obra, de carácter autobiográfico. En 1956 publicó una transcripción de cuentos de todas las regiones italianas con el título Cuentos italianos. Escribió también, el ensayo ¿Por qué leer a los clásicos? Después de su muerte fueron publicadas las Seis propuestas para el próximo milenio, recopilación de ensayos sobre literatura de gran claridad y lucidez.



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