Literatura

Epígrafes, hipógrafos y dedicatorias
por ENRIQUE G DE LA G (*)

 

A HdeJZA, coleccionista de epígrafes y frases redondas.

Las raíces griegas indican la geografía y el carácter del epígrafe: letras que se escriben en la parte alta del texto. La intención es principalmente estética. Un buen inicio, una frase escogida sagazmente, la referencia a la autoridad son augurios de lo que promete la lectura. Sin embargo, un epígrafe también puede utilizarse como paradoja. Basta una sentencia que contradiga lo que el ensayo afirma o el cuento sugiere. Y es que tanto el ensayo como el cuento admiten frases de apertura. Quizá el epígrafe más famoso de la literatura mexicana sea el que don Alfonso Reyes preparó para su Visión de Anáhuac: "Viajero: has llegado a la región más transparente del aire". Dos características especiales se advierten de inmediato. Primero, que don Alfonso no recurrió a ninguna frase ya hecha sino que él mismo la escribió. Una primera versión la redactó en su conferencia ateneísta Paisaje de la literatura mexicana en el siglo XIX ("Caminante, has llegado a la región más transparente del aire"). En segundo lugar, esta frase intenta describir el escenario natural de Tenochtitlán. Es versátil: funciona como introducción, como hilo conductor y como conclusión. Años después, Carlos Fuentes escribió el título tan conocido, La región más transparente. Conjeturo que se inspiró en Visión de Anáhuac. Se lo pregunté en algún chat pero no respondió, sigo con la duda.

Pero existen otros epígrafes que se distinguen por su origen: aquellas afirmaciones que no han hecho personas reales sino seres literarios. Es lo más fácil del mundo. Basta seleccionar un refrán de Sancho Panza, la acusación de Macbeth o alguna queja de Sherlock Holmes. Inclusive he leído expresiones de Bart Simpson en la esquina superior de articulitos publicados en el periódico de alguna ciudad guanajuatense.

Utilizar un epígrafe de este tipo es un acto literario y estético supremo. Es conferirle autonomía a los personajes imaginados, es emanciparlos de su autor y del libro en el que fueron concebidos.

Algunos autores prefieren, por su comodidad o perezosa asedia, evitar la transcripción de la frase en cuestión. Se limitan a dejar la cita. Una broma grande me jugó Borges cuando releí La intrusa. La primera vez que leí el cuento supuse que hacía referencia al pecado que David cometió con la esposa de Urías. Confiado en mi suposición leí el cuentito con la conciencia tranquila. Días más tarde volví a tomarlo y al encontrarme con la cita (2 Reyes, 4, 26) no soporté la curiosidad. Encontré una Biblia roja en mi casa, busqué el segundo libro de los Reyes y me sorprendió no ver el versículo al que Borges remitía. Aseguré que era un error del editor y revisé numerosas páginas bíblicas. Nada que se relacionara con el tema. Supe entonces que Borges se mofaba otra vez de mí. (No era la primera vez; ya había buscado en la Britannica Encyclopedia la voz Ukbar). Después de varios meses leí una nota de María Kodama; explicaba que 2 Reyes 4, 26 era un invento del ciego argentino.

Lo importante de un epígrafe es la sugerencia que implica. Esta sugerencia se consigue de dos maneras: por la belleza de la sentencia o por la autoridad de quien la pensó. Quizá el récord lo tenga Nietzsche. Siempre es posible leer afirmaciones suyas. La injusticia que se comete es la descontextualización.

Cuando tuve en la universidad una oficina en cuya puerta había una ventanita urdí un juego: transcribía las líneas que más me habían interesado a lo largo de mis lecturas, las imprimía y pegaba en el vidrio. No sólo los visitantes y ocasionales transeúntes se detenían a leer; yo también ganaba privacidad tapando aquel vidriecito con la hoja.

Para mi tesis de licenciatura elegí frases de Javert, Aristóteles y mi profesor Carlos Llano. Estoy convencido de que tres epígrafes son un exceso pero jamás me habría perdonado haberlos desperdiciado. Eran perfectos. En una tesis, además, lo impresionante es lo mejor. Con tres frases conseguía mostrar cierta culturita literaria, que había leído bien a los griegos y que puse atención en clases.

La lectura de la Fenomenología del espíritu no sólo me apasionó (por lo difícil que es y lo poco que entendí) sino que aprendí una novedad literaria: el hipógrafo. El filósofo alemán cierra su denso tomo con dos versos de La amistad de Schiller: del cáliz de este reino de los espíritus / rebosa para él su infinitud.

Pero no sólo se escriben en los renglones celebridades literarias. También se instalan allí las dedicatorias. La más común y la que menos comprendo es A mis padres. En México prácticamente nadie se refiere a sus papás como padres. ¿Por qué en las dedicatorias sí se estila? ¿No es más natural A mis papás o A papá y mamá? Otra dedicatoria que también abunda es A Dios. Creo entender las razones pero descreo del interés divino por el trabajo que se ha presentado. Como si Dios fuese a leerlo... Los religiosos contemplativos nos han enseñado que basta el pensamiento para acceder a Dios; la tinta y la letra de molde sobran.

Uno de mis amigos se dedicó la tesis A mí mismo por lograrlo. Suena fanfarrón y divertido; algunos aseguraron que era pedantería. Y otro amigo A las 28 piezas del dominó. Me consta que la caja con fichas fue su principal compañía a lo largo de los estudios universitarios. No piense el lector que yo completaba la tercia.

Famosa es la dedicatoria que Miguel de Cervantes escribió en el inicio del Quijote al Duque de Béjar. Sospecho que pocos lo recordarían de no imprimirse su nombre en cada nueva edición de la novela. Allí se lee que fue también Marqués de Gibraleón, Conde de Benalcázar y Bañares, Vizconde de la Puebla de Alcocer, Señor de las Villas de Capilla, Curiel y Burguillos. Pero Cervantes parece tener una intención segunda. Que el Duque de marras financie y reciba agradablemente en su protección el libro que le envía, este humilde servicio que el mismo autor le presenta.

Sospecho que la dedicatoria más impresionante que conozco es la que Borges puso en Historia de la noche. Ahora transcribo las letras finales. Por su universalidad y arbitrariedad resulta conmovedora. Si el lector lo permitiera confesaría que la leí mientras manejaba desde la librería hacia casa. Atónito, no pude dejar de mirarla y releerla. No estuve lejos del accidente vial aunque éste no se presentó.

Por el pecado de soberbia del samurai. Por el Paraíso en un muro. Por el acorde que no hemos oído, por los versos que no nos encontraron (su número es el número de la arena), por el inexplorado universo. Por la memoria de Leonor Acevedo. Por Venecia de cristal y crepúsculo.
Por la que usted será; por la que acaso no entenderé.
Por todas estas cosas dispares, que son tal vez, como presentía Spinoza, meras figuraciones y facetas de una sola cosa infinita, le dedico a usted este libro, María Kodama.


(*) Enrique G de la G (Monterrey, México, 1979). Lector y escritor, estudió filosofía. Su tesis versa sobre el objeto de la metafísica aristotélica. Colabora en distintas revistas con ensayos, reseñas y entrevistas. Agradecido lector de Borges, Victor Hugo y Alfonso Reyes. Le gusta Boca Juniors y el futbol europeo


Para contactarse con Enrique G de la G: enriquegdelag@gmail.com


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