Filosofía

Aguas estancas
Por MARCELO KLEINMAN



No considero imposible que se pueda coincidir aún en la disidencia; con ello me quiero referir a una frase que suele sonar muy bien a los oídos de los infames pero que, sabemos, no es más que kitsch, que mal gusto; digo, esa frase que afirma que los extremos se tocan. Allí se afirma la soberbia del equilibrio supuesto de quien la enuncia: no estar ni con lo uno ni con lo otro es estar con la nada, es ser cero, es ser blanco. Yo quiero ser flecha y ser cifra y hablar de algo esencial, íntimo (¿cómo decir?); quiero hablar de Marx y de Nietzsche. En un lugar en el que hablamos de Fotografía, y por eso también de toda otra manifestación concomitante con ella, me interesa aproximarme a aquel punto, a aquella inflexión en donde al acercarse ellos dos cuando hablan de Arte allí mismo se separan. Lo que me interesa pensar es cómo hablando dos idiomas tan diferentes se puede establecer un punto de intersección entre ellos. Es decir: cómo habiendo partido de lugares tan disímiles, se encuentran, tras lo cual cada uno sigue su camino. ¿Cuál ha sido la magia? ¿Cuáles los intrincados laberintos? A pesar de que buscar lo que Marx dice acerca del Arte es tener que hacerlo con una lupa, sus opiniones, maravillosamente, son bien conocidas, y, creo, calzan bien dentro de su corpus teórico. En cambio, ¿a cuál Nietzsche habré de leer? Encontrar uno solo es una tarea más que complicada: existen tantos y tan contradictorios como libros escritos por él. A nadie se le escapará que para este trabajo liminar me baso en El Nacimiento de la Tragedia.


I
Hablar de Marx y hablar de Nietzsche en un lugar tan pequeño me abochorna y me obliga a hacer ciertas reducciones que entiendo me serán perdonadas. Marx ubica al Arte, como al Derecho, como al Estado, como a toda otra forma ideológica, por sobre la estructura económica de la sociedad: en la conciencia de ella. Para él, la ideología es un fenómeno que remite a un noúmeno. Mucho se ha hablado de esta forma de positivismo, de conductivismo marxiano (pienso en Althusser, en el primer Lenin, pienso en todo el bagaje estalinista), al punto tal que teóricos posteriores lo desmienten y sólo hablan de la determinación en última instancia de la materia sobre la conciencia, aceptando que la base está también, a su vez, influida por todo el enorme edificio superestructural que se levanta por sobre aquella. Ahorraré al lector entrar en la difícil elucidación metafísica del huevo y la gallina; básteme decir que, en lo que nos compete, lo esencial es esto: el Arte, al ser una de las forma ideológicas, muestra, por ello mismo, una visión falseada, sesgada de la realidad, encubridora de ella: dialécticamente, es verdad y mentira a la vez. El Arte, que se mueve dentro de una nebulosa, no es más que apariencia que remite más o menos directamente a las relaciones económicas entre los hombres, imposibilitando ver en él que esas relaciones no son otra cosa que relaciones de desigualdad: la función social del Arte es falsificar la realidad y presentar las cosas de manera distinta a lo que son. El peso del Arte, en la visión marxiana, está en su valor simbólico, esto es, en el hecho de convertirse en re/productor, dentro del plano de la conciencia, de las condiciones materiales de dominación que se suceden en la base y durante la práctica material de la sociedad. Por ello, al suprimir la razones que dan lugar a esta desigualdad, se suprimen, al mismo tiempo, todas las otras formas de la conciencia que se encuentran como ideología y que a la vez reafirman y realimentan la condición desigual. Esto significa que el Arte tenderá a desaparecer en la medida en que lo entendemos hoy, ya que no habría necesidad de aparentar nada. Pero ello no significa que las manifestaciones artísticas desaparecerán sino que simplemente tomarán otra forma: de la forma de la apariencia a la forma de la verdad. Marx aclara que en un futuro estadio de no-desigualdad "no habrá pintores, sino, a lo sumo. hombres que, entre otras cosas, se ocupen también de pintar".

II
El Arte es como el sueño, como la palabra, apariencia, metáfora, metonimia. No puedo decir que lo que soñamos es verdad literalmente, pero literalmente es verdad que soñamos; cuando lo hacemos (¿cuándo no lo hacemos?), el sujeto es uno mismo, y en ese vaho es consciente de su forma fantasmal. Como soñado, el sujeto nada ve sino a través de una neblina, de un velo incesante, en el que se funden y confunden Pasado y Presente, Verdad y Mentira. Allí las cosas son bellas y mesuradas, casi diríamos aguas estancas, razonadas, algebraicas. En ese estado de letargo el hombre intuye que aquello que crea y modela con sus manos ya fue hecho alguna otra vez, sólo que ahora adquiere una faz distinta, como si le hubieran puesto una máscara, como si fuera una metáfora de otra vida. En este estadio del Arte, en el arte apolíneo, esas creaciones suyas no son más que una re/presentación de las cosas que él ansía cuando no sueña; mágicamente, sus obras modifican su vida en el estado de vigilia, proceso contínuo en el que llegado un punto el sujeto no sabe, no atina a comprender, si el sueño es la vigilia o la vigilia es sueño: tal es el mundo fenomenológico de las apariencias en el que se mueven las obras de arte y en el que nunca se conoce la plena verdad: tal es el mundo del hombre en el filo de algo que no es más que una hermosa y gran mentira que permite aletargar la existencia y no percibir el dolor y el horror de que siente al errar dentro de una selva de fuego. En el sueño, el hombre no vive, el hombre actúa.

Para Nietzsche, las creaciones en el estado dionisíaco son representaciones y figuraciones que remiten, análogamente, a un estado primordial de embriaguez y de éxtasis en el que las cosas se unen en todos los vínculos históricos y sociales para conformar una gran Uno; allí ya no hay más dioses ni creaturas, allí ya no hay más esclavos, allí ya no hay más amos, todos se igualan ante la Idea, ya no hay nada que tape sus ojos porque ya todos han comido del árbol, ya todos se aman, y en ese amarse todos se ubican más allá del bien y del mal. Entre el estado apolíneo y el dionisíaco se encuentra la lírica, la poesía, nexo que determina un flujo constante entre el álgebra y el fuego. En lo dionisíaco el hombre no actúa: el hombre vive, y en él el artista desaparece en tanto no importa ya si se dedica a la pintura, a la poesía o a la música, puesto que ellos "son tan sólo caminos hacia la creación artística, ellos mismos no son arte". Al unirse todos en Uno, "el ser humano no es ya un artista, se ha convertido en una obra de arte(...) El barro más noble, el mármol más precioso son aquí amasados y tallados, el ser humano, y a los golpes de cincel del artista dionisíaco de los mundos resuena la llamada de los misterios eleusinos: ¿Os postráis, millones?"

 


Para contactarse con Marcelo Kleinman: kleinmanmarcelo@hotmail.com
Sitio web: http://www.geocities.com/algebrayfuego


Suscríbete a Enfocarte.com y recibe las actualizaciones en tu e-mail



Sumario | Editorial | Plástica | Fotografía | Literatura | Filosofía | Galería | Entrevista | Artículo | Teatro
Home | Agenda | Colaboraciones | Enlaces | Contacto | Archivo

ESCRITORES POR LA PAZ

 

Copyright © 2000-2006 Enfocarte.com /fvp.
Prohibida la reproducción de cualquier parte de este sitio web sin permiso del editor. Todos los derechos reservados.