Literatura

Segunda entrevista a Yánez
Por IÑAKI AGUIRRE (*)
Coordinación Lucas Sarasibar

 

Enfocarte.com agradece nuevamente a María del Prado Sánchez Butragueño, por su traducción al castellano de esta segunda entrevista realizada a Hipólito Abel Yánez escrita originalmente en euskera.

Nunca creí que volvería ver a Yánez. Nunca imaginé recibir las más de mil cartas que inundaron la redacción de la revista, interesadas en el anciano y su obra. La correspondencia estaba dividida en viejos conocidos de Yánez, admiradores, detractores, y un par de cartas fanáticas que conminaban a la revista a no servir de pantalla a "un viejo fascista". Tanto los unos como los otros -excepto los nacionalistas, claro- sostienen sus posturas con argumentos más o menos sólidos. Como consecuencia del inusitado interés de los lectores, decidí abusar de la amabilidad de Silvia Cárceles Pozo, y le rogué me ayudara a concertar otra entrevista. Ella, como era de esperar, accedió amablemente, e intercedió hasta conseguir el nuevo encuentro.

Muchas de las cartas enseñaron un error de interpretación que me dispongo a corregir:
Hipólito Abel Yánez, está postrado en una silla de ruedas desde 1990; la mutilación sufrida en la guerra sólo lo obligo a colocarse un aparato ortopédico, y a cojear. Es justamente por esta característica de Yánez que podemos descubrir en la literatura del siglo XX varias referencias a su persona en muchos autores, haciendo referencia a él como "el hombre del bastón", o "el hombre del mal paso". Existe una excelente monografía sobre este tema titulada "Las referencias literarias al hombre del bastón. Hipólito Abel Yánez: ejemplo del silencio" escrita por Paula Von Schrebrel, como tesis doctoral en la Universidad de Bonn, y publicada posteriormente en español por la editorial Ideas.

Han descubierto, me informó su enfermera, María, que el tumor cerebral que hace cinco años diagnosticaron a Hipólito Abel Yánez ha vuelto a rebelarse, ocasionándole serios problemas en el habla y en la razón. Sin embargo, debo decir que en las seis horas que estuve a su lado, no he notado ningún síntoma que confirme tan malos augurios. Como sea, si un hombre de noventa y cinco años ha vivido ya bastante, más y mejor lo ha hecho si lleva el apellido Yánez.

"Usted es un sádico", me lanza Yánez mientras ingreso a la sala en la que yace en su silla de ruedas, casi en el mismo sitio en donde hace tres meses lo vi por primera y última vez. "Sucede que ya no estoy nervioso por estar frente a usted", le digo. "Eso es bueno. Al menos, es el principio de algo bueno. Mientras no se transforme en indolencia.", dice Yánez. Ante su mirada impertérrita le comenté la sorpresa que embargo a toda la revista ante tanta correspondencia recibida.

-¿Qué les diría a los lectores que están interesados en su obra?

-Que no pierdan el tiempo.

-El hecho es que por mucho que quisieran no pueden hacerlo porque sus libros son prácticamente imposibles de conseguir. ¿No le parece un poco injusto para con ellos? ¿Una actitud tan generalizada no lo obliga a estudiar su posición? ¿Nunca se planteó que quizás no lleva razón su autocensura?

-Recuerdo cuando el rey distinguió a Unamuno con una importante condecoración. Unamuno, al recibir el premio, dijo: Muchas gracias. El rey glosó sorprendido que era la primera vez que un galardonado se limitaba a formular su agradecimiento, sin agregar, como todos los demás, que no eran acreedores a tales distinciones honoríficas. Unamuno, rápidamente dijo: Sin duda, llevaban razón.
De mi parte debo decir que yo llevo razón al vedar mi obra al público lector… Considero que lo que ha hecho Burlas es un error.

-¿Deduzco que ha tenido la oportunidad de leer la entrevista?

-Sí, he tenido la oportunidad, pero no la he leído. María -una de las dos enfermeras- lo hizo. Fue ella quien me informó acerca de la traición de Burlas.

-¿Tanto le afecta la actitud del editor francés como para llamarlo traidor?

-Yo no he dicho que sea un traidor, si no que me ha traicionado. Es un amigo in pártibus infidélium… Y ya basta de hablar sobre Burlas.

-Muy bien, hablemos sobre porqué tanta gente está interesada en usted...

-¿Le gusta el Patxaran? -pregunta Yánez, interrumpiéndome-. Pues bien, el Patxaran puede gustar por dos motivos, que no necesariamente se excluyen: uno es el sabor, las reacciones de las papilas gustativas ante las propiedades del líquido, y el otro es la consecuencia de su ingestión. Naturalmente, me refiero a la ocasional embriaguez luego de beber más de lo que nuestro hígado puede asimilar. Mis expresiones, ideas y sentimientos, pueden provocar, en la mente y el corazón, sabores interesantes o agradables, como también la atención excesiva de ello puede conseguir determinada embriaguez… Pero, en fin, no creo importante saber porqué las personas están interesadas o no en mis palabras.

-No dudo que no le importa. El problema es que a mí sí, y creo, también a los lectores. Le he formulado esta pregunta porque me interesaría obtener una respuesta

-Si le he restado importancia a la intención de su pregunta, ha sido justamente porque no tengo ánimos, o no considero significativo darle una respuesta. Y vaya aprendiendo, hijo, que cuando el entrevistado decide ignorar algo, usted debe respetarlo, y no ser grosero. Recuerde que está aquí porque yo se lo permito.

-...

-Repito lo dicho cuando entró la casa: Usted es un sádico... Los periodistas sois incorregibles, tenéis esa cualidad de creer ser secretos emisarios del Dios Verdad con la tarea de salvar al mundo de las opiniones, en este caso omisiones, que no creáis adecuadas.

-Como usted diga.

-Vuestra eficacia se resume en lo acontecido con el periódico Moniteur, de París, cuando en marzo de 1815 Napoleón escapó de la isla de Elba. ¿Conoce lo sucedido?

-Lamentablemente, no.

-Pues bien, el Moniteur publicó los siguientes titulares:
09 de marzo: "El monstruo escapó del lugar de su destierro."
10 de marzo: "El ogro corso ha desembarcado en Cabo Juan."
11 de marzo: "El tigre se ha mostrado en Gap. Están avanzando tropas por todos lados para detener su marcha. Concluirá su miserable aventura como un delincuente en las montañas."
12 de marzo: "El monstruo avanzó hasta Grenoble."
13 de marzo: "El tirano está ahora en Lyon. Todos están aterrorizados por su aparición."
18 de marzo: "El usurpador ha osado aproximarse hasta 60 horas de marcha de la capital."
19 de marzo: "Bonaparte avanza a marcha forzada, pero es imposible que llegue a París."
20 de marzo: "Napoleón llegará mañana a las murallas de París."
21 de marzo: "El emperador Napoleón se halla en Fontainebleau."
22 de marzo: "Ayer por la tarde Su Majestad el Emperador hizo su pública entrada a las Tullerias. Nada puede exceder el regocijo universal."
Es bastante gráfico, ¿no le parece?

-Sí, y muy parcial también.

-Sin duda -dice sonriendo-, esa es la cualidad por antonomasia del periodista... Pero no se sienta solo en mi desprecio. Albergo por su profesión la misma repugnancia que por el psicoanálisis y la mayoría de sus pacientes -"miserables-filisteos-solitarios", los llama Yánez en su libro La desesperación del aire-.

-Sé que no lee los periódicos, pero ¿sabe qué es lo que está ocurriendo en el país vasco en estos momentos?

-Sí, existe una prehistórica señorita llamada ETA a quien los señores del mundo no quieren hacer el amor… La señorita asesina como amenaza del destino que les espera a aquellos que se niegan a satisfacerla… Ella no advierte que cada una de las muertes que perpetra aleja a sus potenciales amantes y los induce a intensificar su repulsa. La señorita no comprende que si fuera a la peluquería, maquillara su rostro, y comprara ropa nueva podría conseguir su propósito. Sin embargo, niega esta posibilidad a como de lugar, prefiriendo vivir virgen y amargada, conociendo sólo los falsos orgasmos del poder que le brinda ser una amenaza.

-¿No le parece que esta simplificando el problema?

-La única simplificación es la muerte. La perplejidad de ETA me recuerda a los libros de Kafka, comprendiendo a los personajes de sus escritos como animales sentimentales perdidos en un mundo de símbolos inventados por el hombre, que ellos no pueden entender. La diferencia es que ellos se replegaban en el estupor que esto les causaba, ETA, en cambio, se escandaliza por su incapacidad de comprender esos símbolos y poder jugar con ellos, y sale a matar enferma de frustración y celos a los que sí saben jugar. ETA no desconoce que saber jugar el juego de los símbolos significa tener la posibilidad real de cambiar cualquier realidad. Lo sabe, pero lo niega porque también comprende que eso representaría su desaparición.

-Recordando su decepción con Burlas, ¿qué lugar ocupa en usted la amistad? O mejor dicho, teniendo en cuenta la cantidad y cualidad de sus amistades pasadas, y atendiendo a la forma estrepitosa de rompimiento de muchas de ellas, me urge preguntarle, ¿usted, que casi no cree en nada, sí lo hace en la amistad? Y, ¿por qué las grandes amistades que ha mantenido se quebraron con tanta estridencia?

-Casi nunca creo en la amistad, al menos, no con los seres supuestamente artísticos o intelectuales. Si mis años han servido de algo, ha sido para descubrir la mezquindad de estos hombres, su espantosa ingratitud y deslealtad. Hay que aclarar que mi experiencia ha sido, ciertamente, desgraciada, salvo raros casos. La mayoría de mis antiguas amistades sostenían un egocentrismo y una autarquía revulsiva y en todo sentido tramposa. El traspié con Burlas es uno de las centenas que podría relatarle. Gran parte de estas personas vivían "puliéndose para dentro", si me permite la expresión. Y es en esa actitud que se vuelve difícil mantener una amistad verídica. Esto ocurre con los talentosos y con los mediocres, con la diferencia que al menos el talentoso brinda algo a cambio de su egotismo, y no así el hombre con ínfulas de habilidoso. Que lo que brinde sea verdad o no, es paño de otra tela que no pretendo cortar aquí. En fin, como decía, estas personas, más tarde o más temprano, escupen su ingratitud: el mundo debe girar alrededor de ellos, los sacrificios que uno haga para con ellos son vistos con naturalidad digna de emperadores. Todo lo que no sea adulación o tranquilidad, es considerado por esta clase de seres como terribles tormentos acometidos exclusivamente hacia ellos, no importa que las cuestiones negativas surjan porque sí, por los "accidentes" congénitos a todo devenir. No señor, esta clase de seres, ven todo como un ataque personal, como una batalla privada. Sucede que, en sus reinos miserables, creen que el mundo les pertenece y que la luna gira alrededor de la tierra para que ellos duerman en la quietud de la noche. Y repito, esto es tolerable, quizás, en un espíritu talentoso, pero en uno mediocre y fatuo es simplemente insoportable. Al mismo tiempo, este prototipo de identidades sólo sabe exigir, y nunca se sienten alegres por lo que tienen, cuales semidioses con derechos divinos. En todo caso, es preferible recibir la ingratitud de una dama que de un caballero, de ahí que usted no encuentre en esta casa dos enfermeros.

-Muchos lectores se preguntaban de qué vive usted...

-De la generosidad de mi cuerpo.

-Me refiero materialmente.

-De la generosidad de mis pocos amigos.

-Y cuando era joven.

-De la generosidad de mi familia y de mis amigos.

-¿Qué trabajos ha desempeñado?

-Confeccione una lista de oficios, y en un quinto de ellos yo he participado. Por fortuna, nunca tuve que trabajar por mucho tiempo en algo. No sé qué hubiese sido de mí de haberlo hecho... Lo más apreciable en una persona es la generosidad.

-Picasso era una persona valiosa, y sin embargo era muy cuidadoso con su dinero.

-Porque no dice las cosas por su nombre, Picasso era un miserable… Picasso fue un pintor con mucho talento, o con un talento lo suficientemente particular como para ser reconocido. Él, como todos los genios, es un invento de la cíclica necesidad humana de genios… Eso que está allí -Yánez extiende su brazo enseñándome una pequeña escultura en bronce de una cabra que descansa en un anaquel de su biblioteca- me lo regaló Picasso por medio uno de sus más preciados súbditos... creo que su nombre era Sabartes, no lo recuerdo muy bien… Picasso nunca tuvo amigos, nunca amó completamente, por eso nunca consiguió ser generoso -por supuesto, no me refiero únicamente a la generosidad material-. Bueno, quizás sí amó su reflejo en el espejo y su peculio, nunca lo sabremos. Es un hecho que incluso con sus telas fue mezquino. Una vez tuve la oportunidad de decirle todo esto, a raíz de su avaricia con Brassaï(1), una gran persona. Recuerdo que se le crispo su tosca cabellera, soltó unos cuántos bramidos, y me echó de su casa. Al mes, apareció su secretario y me entregó la cabra... En fin, ha pasado mucho tiempo desde entonces, y muchos Picasso por los museos...

-En una reciente publicación de la obra de José Enora Borsk, el poeta habla extensamente de usted en una especie de diario que llevó mientras estaba internado en una clínica de Granada. En más de una oportunidad se refiere a usted como su Maestro de Irreverencias. ¿Lo recuerda a Borsk?

-Sí…, sí, claro que sí. Era un niño muy frágil. Fatalmente, no sabía -o no podía- disfrutar de la fruición de las cosas. Nunca creyó en las figuras de la vida... Su tiempo se agotó vanamente en la búsqueda del verdadero rostro de la realidad... Aún conservo sus dos libros -el poeta sólo había publicado dos libros, Poesías menores y Y desapareció la noche-... Recuerdo también a su madre, una gran pintora, amiga de Picasso casualmente... No sé qué habrá sido de ella...
Yánez se interesa por la nueva edición de las obras de Borsk, y solicita que le brinde toda la información sobre estos libros a Katixa, su otra enfermera.

-¿Cómo es posible que por este momento de la historia, teniendo la posibilidad de aprender de los errores del pasado, las sociedades continúen cometiendo las mismas inequidades, la misma violencia?

-Es sencillo, seguimos siendo seres humanos, y por lo tanto, somos una masa informe que moldea su figura (ética e intelectual) a raíz del temor. Actuamos "bien" por el temor de actuar mal, porque nos han enseñado que "debemos actuar bien". Respondemos ante tal circunstancia de la manera en que "debemos responder". El honor nace por el miedo al deshonor, la valentía nace por el miedo a la cobardía. Somos una masa informe determinada por la eventualidad de la sociedad que nos ha tocado en suerte, y por los valores que ella sustenta. Somos pobres muñecos procurando estar equivocados; sutileza que tiene como objetivo que nuestro destino no sea tan desconsolador. Pero ni caso, no podemos evitar nuestra íntima realidad: poco sabemos, mucho nos lo enseñan, y la mayoría lo aceptamos hasta el espantoso punto de transformarlo en nuestra esencia. Id a una biblioteca y comenzad a leer los innumerables libros acerca de Moral y Ética. ¿Cuándo tendremos el coraje de reconocer nuestra ausencia de poder? Posiblemente nunca. La vanidad es la única característica que quizás llevemos propiamente en los genes. Las consecuencias de la sociedad son los ajuares con los que obligamos a nuestra desnudez a esconderse (primera y fatal perdida de confianza en nuestra real naturaleza, primera regla del juego que inventamos para hacer entretenida la vida). Anulando nuestra naturalidad confiamos en que el acuerdo universal del baile de máscaras es nuestra verdadera naturaleza… Yo digo, cuando el homo sapiens descubrió el lenguaje, y descifro la lógica del medio -antesala de la razón- cometió el primer error del catálogo sempiterno del que ahora somos involuntarios amanuenses. Sin embargo, no logro concebir otra salida, estoy tan confinado como el resto de los hombres. Si no existiera este juego perverso, ¿qué sentido tendrían las cosas?… De no existir la distribución racional que establece el mundo, no existiría el amor, los anhelos, en fin, el sentido… existiría "otra cosa" que somos incapaces de vislumbrar. Pero, si realmente esa "otra cosa" existiera, no nos llamaríamos seres humanos. Es decir, siendo ésta nuestra constitución, y luego de descubrir la razón, es imposible transformarnos en esa "otra cosa". En este sentido, es claro que nacemos condenados… (Incluso, son ridículas las críticas a la razón, sencillamente porque nacen en la razón, ¿cómo criticar la razón desde la razón? El círculo es perfecto y no contiene una salida.) Por supuesto que para vivir padecemos de una inteligente amnesia que nos permite hinchar los pulmones y despertarnos en las mañanas… Casualmente, creo que fue José Borsk quien escribió, harto ya de tanto embozo espiritual, "Me avergüenza la necesidad de vestirme, no la desnudez".

-Usted ha escrito que "la confianza anula la voluptuosidad vital", y que "la sensualidad nace de la falta de confianza, del delicioso temor que provoca no conocer algo".

-Desgraciadamente hasta en el amor y en el erotismo padecemos los límites históricos de nuestro tísico juego. Cuando no hay secretos ni temores la vida se transforma en un páramo insoportable. Precisamos de ellos como el estómago precisa comida para descubrir su existencia. La ausencia de misterio provoca, invariablemente, hastío. Siquiera podríamos convivir con nosotros mismos. El conocimiento del otro y de uno mismo es imposible, necesario hasta un punto, pero irrealizable, sea porque nuestras entrañas son ineluctables, sea porque conjeturarlas nos ocasionaría una evidencia mortal. Y la necesidad que sentimos por conocernos y conocer a los otros es una necesidad educada que se remonta al principio humano. Sin embargo, nunca alcanzaremos nada de esto. Cuando mucho podremos contener los esbozos de unas cuantas psicologías, no más. Por otra parte, la vida es transformación, tanto más fluida de lo que pretendía Heráclito, y anquilosar esa característica en conceptos forjados en hierro es equivocarse. Generalmente, cedemos a la tentación del poder que otorga el conocimiento, mas en nuestro fuero interno alojamos la certeza de estar ignorando algo. Certeza que, infelizmente, pocas veces nos atrevemos a reconocer porque significaría arrojarnos completamente a lo desconocido, aventura para la cual debemos tener coraje. Por lo demás, nuestra existencia es en tanto es equilibrio. La vida sería una pesadilla si viviéramos en cualquiera de los dos extremos, la vigilia o el sueño.

-Con esta perspectiva, ¿cuál es, entonces, nuestro destino?

-Mentir. Mintiendo somos honestos con nosotros mismos, con nuestra naturaleza. Mentira en su sentido verdadero: ocultación voluntaria de algo que, en realidad, es oscuro e inclasificable. Acaso la mentira sea nuestra verdad más completa. No saber cómo actuar, cómo confesarnos ante tal o cual realidad, cómo escribir... en fin, no saber cómo vivir significa haber tenido el arrojo para aceptar que la vida es un acertijo, y que la respuesta al enigma es siempre variable y nunca acertada en su totalidad. Por supuesto, el pulso vital nos obliga a comportarnos como alegres simios la mayor parte del tiempo: comemos bananas sin chistar, saltamos de un árbol a otro, peleamos o no por el liderazgo del grupo, etcétera. Pero apenas si somos primos segundos de los simios... Cuando queremos imponer una forma de vida, una emoción determinada, una línea de pensamiento, es cuando la melancolía de haber perdido nuestro reino límpido y primitivo nos abrasa. Pocas veces hemos sido capaces de soportar la espontaneidad ante el devenir vital. La desorganización esencial de la espontaneidad siempre se ha golpeado contra la histérica estructura social, cualquiera fuera. Este fantasmagórico orden ha cercenado nuestra naturalidad, colocando rigurosos límites y castigos a quienes se atrevan a no respetarlos. Toda actitud desmedida es censurada con notable eficiencia. Parafraseando a los orientales, puedo decir que, en realidad, somos tigres ávidos de carne fresca, pero nos comportamos como corderos. Y nuestra desdicha es que la historia ha zurcido tan bien nuestro traje de lana que es imposible librarnos de él. Con esto se comprende porqué es psicológicamente correcto castigar la desmedida: imagínese que pasea por el campo y observa un borrego abalanzarse sobre un jabalí y desgarrarlo. La imagen es inaceptable, y con toda justicia usted no titubeará en sacrificar a esa ardi beltza, o mejor, a esa oveja aberrante. Pues bien, eso es lo que sucede a diario en nuestro mundo, el mejor de los mundos posibles... Tal vez en algún momento las sociedades reaccionen, provocando una revuelta (no una revolución) que transforme básicamente el prisma descompuesto de la razón: ideas y no ideologías, diálogos y no aseveraciones. Esa secular concepción de "luchar por un pensamiento" me resulta tan perniciosa como majadera. La revuelta que podríamos avizorar nacería en la conciencia de haber llegado al límite, y en la urgencia de perseguir otro camino. Este nuevo sendero no será apasible pero forzosamente estará hermanado a Eros en vez de a Tánatos, cuestión fundamental si queremos emplear la palabra evolución... Lo sé, mi esperanza es pasmosa.

-Me han dicho que su salud ha sufrido un duro golpe el mes pasado. ¿Teme morir?

-Nunca se vive demasiado, y yo no soy excepción. A veces temo morir. A veces me gustaría mantenerme vivo cien años más. De vez en cuando, la maldita eternidad es asaz tentadora, y yo soy un mortal que disfruta accediendo a ese tipo de acicates.




(1)Brassaï: reputado fotógrafo de origen húngaro que forjó una perdurable amistad con Picasso en la década del ´40, mientras fotografiaba su obra escultórica. Brassaï mantuvo también una íntima amistad con Yánez, siendo testigo de ello un libro escrito por el fotógrafo sobre el escritor vasco, que vio la luz en Francia, en 1959.

(*) IÑAKI AGUIRRE, joven periodista de la revista cultural Zanzíbar, de reciente aparición, editada en Bilbao.



Para contactarse con Iñaki Aguirre: aquiaguirre@yahoo.es


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