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Los mayas del periodo preclásico tardío, protoclásico
y clásico temprano desarrollaron un estilo artístico
minucioso y muy bien depurado, lleno de signos que representaban
figuras humanas o deidades. Los estudios antropológicos
han revelado que muchos de estos signos están conectados
con las costumbres y creencias que todavía se practican
en muchas comunidades del país. A las figuras aladas
híbridas, encontradas sobre los altares de los templos
mayas, se les atribuía poder y protección. Dichos elementos
son sencillos, sus mensajes son directos y predecibles,
usualmente están alineados en forma simétrica; esta
tendencia estilística no sufrió grandes modificaciones
durante siglos.
A partir de la Conquista y colonización, el mundo maya
se vio obligado a cambiar. Sus tradiciones y costumbres
fueron borradas por la espada. Los dioses antiguos fueron
sustituidos por uno nuevo, los mitos fueron transformados.
Sin embargo, la cultura maya y sus tradiciones resurgieron
en medio de la destrucción de la colonización española.
La fusión de las dos culturas dio paso a la herencia
del arte español. Los indígenas participaron activamente
en la creación del arte colonial que ahora conocemos.
Fueron instruidos para crear esculturas religiosas y
funerarias, con el propósito de adornar las iglesias
de los pueblos conquistados; además, sirvieron como
mano de obra calificada.
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Los cronistas religiosos de la época cuentan que
los cakchiqueles eran muy habilidosos para el arte.
Elaboraban sobre todo imágenes pequeñas para uso doméstico.
Las fachadas barrocas, los retablos neoclásicos, los
altares y las esculturas religiosas que se encuentran
sobre todo en Antigua y en la Ciudad de Guatemala inmortalizaron
nombres como el de Mateo de Zúñiga, Quirio Cataño, Juan
de Chávez, etcétera, pero casi nadie recuerda que las
iglesias de los pueblos poseen una clara presencia del
arte colonial indígena. La pintura indígena de ese entonces
también trataba temas exclusivamente religiosos pero
se entrelazaba con figuras de seres mitológicos y adornos
propias de la cultura maya.
La tradición artística de carácter religioso, impuesta
durante siglos, sigue vigente en la pintura primitivista
o naif. Muchos artistas, si no la mayoría, retratan
su entorno geográfico como fondo o motivo de sus cuadros,
ya que el tema principal de las composiciones está ligado
a la religión.
La necesidad de expresión de estos artistas primitivistas
ha trascendido el carácter emblemático de la pintura
naif, pero se requiere profundizar en ella porque a
simple vista es difícil apreciar la realidad que vive
el indígena.
La clase social dominante del país ha puesto sus ojos
en el arte naif -al punto que ha sido ella quien le
ha denominado ingenua-. Libros de lujo y conferencias
nacionales e internacionales ponen de manifiesto dos
aspectos fundamentales: lo folclórico y lo exótico de
las comunidades mayas que son reflejadas en dicha pintura,
limitando así el discurso artístico a una simple comprensión
de colores y formas que la pintura primitivista refleja,
disminuyendo su valor como obra de arte a un nivel comercial.
La importancia artística no solo consiste en los elementos
anteriores, también hay que tomar en cuenta que el desarrollo
interno de estas pinturas hace eco tanto en sus orígenes
como en el contexto actual que vive el artista indígena.
El impacto de la luz y el color del altiplano y el trópico
guatemalteco permiten una perfecta síntesis en la representación
de una cultura agobiada por el racismo. La lucha por
sobrevivir a los cambios que puedan afectar sus tradiciones
es reflejada de manera impresionante por estos artistas.
Por eso el espectador del arte naif debe dejar a un
lado su conflicto personal de identidad, sólo de esa
manera le será posible poder identificarse con el mundo
indígena, el cual muchas veces puede resultar extraño
e inmóvil, pero es sumamente auténtico.
La representación de lugares que no han sido corrompidos
por la modernidad, es una de las grandes bondades de
este arte que transcurre en sitios fuera de tiempo y
que recurre constantemente a lo mítico.
Es bueno aclarar que el arte naif no solo representa
alegorías propias de la cultura maya. Existen algunos
pintores en Comalapa y Atitlán que se han dado a la
tarea de reflejar escenas del tiempo de la guerra que
asoló a Guatemala durante 36 años, en estos cuadros
los colores parecen opacarse por una espesa tiniebla
que surge como símbolo de la decadencia y muerte que
se vivió en aquellos días.
Vale la pena destacar a dos pintores indígenas: Abraham
Batzún Navichoc 1964- originario de San Pedro La Laguna
y Francisco Tun 1948-1989- de la Ciudad de Guatemala.
El primero sorprende tanto por la técnica como por
la composición de sus cuadros. Al obsérvalos pareciera
que se pierde la perspectiva, y es quizá gracias a eso
que se puede apreciar todos los elementos plasmados
en sus pinturas. Día de venta, La danza de las tinajas
y Entre cafetales, son algunas de sus obras.
Tun, en cambio, nos sugiere figuras legibles de perfiles
determinados, los tamaños y las distancias se vuelven
incalculables y terminan siendo símbolos gráficos, no
necesita de un fondo geográfico colorido sino más bien
amorfo; esto permite que no se pierda el movimiento
y la espacialidad de sus pinturas, logrando así un delicado
ilusionismo plástico. Elecciones y una serie de cuadros
sin título comprenden su obra.
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