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La primera vez que leí a Miguel de Unamuno tenía 17
años. Estaba finalizando el colegio secundario y luego
de una clase de filosofía llegó a mis manos Del
sentimiento trágico de la vida. Recuerdo que
la lectura de este libro me llevó dos noches, pero recién
con varios años y largas vigilias con títulos como La
agonía del cristianismo o Mi religión
y otros ensayos breves logré comprender parte
de la evolución de sus razonamientos. Debo reconocer
que no es Unamuno precisamente un autor que haya ejercido
una excesiva influencia sobre mí; en realidad aquello
que más rescato de su obra es la desmitificación que
hace de los filósofos y su creencia en la irreconciliabilidad
entre la vida y el pensamiento.
Hace unas semanas comencé a releer Del sentimiento
trágico de la vida y me encontré con una afirmación
que no recordaba de mis lecturas pasadas, seguramente
porque no tiene mayor trascendencia en la vasta obra
de este escritor español. En el primer capítulo del
libro Unamuno nos dice "jamás me entregaré de buen
grado, y otorgándole mi confianza, a conductor alguno
de pueblos que no esté penetrado de que, al conducir
un pueblo, conduce hombres, hombres de carne y hueso,
hombres que nacen, sufren, y aunque no quieran morir,
mueren; hombres que son fines en sí mismos, no sólo
medios..."
El texto que menciono fue escrito hace
ochenta y siete años y, al parecer, no he sido el único
que ha omitido este pensamiento, ya que si nos detenemos
tan sólo un breve instante a reconstruir mentalmente
la historia del último siglo podemos notar cuantas veces
nos hemos equivocado en todo el continente, al menos
en aquellas regiones de habla hispana y portuguesa.
En todas las naciones latinoamericanas quienes detentan
el poder son gobernantes que rinden pleitesía a los
grandes poderes económicos aplicando a diestra y siniestra
las instrucciones del Fondo Monetario Internacional
y el Banco Mundial, sin siquiera interesarse en el presente
y futuro de sus pueblos. Pueblos que están constituidos
en su totalidad por "hombres de carne y hueso".
¿Acaso en los distintos gobiernos de facto
que hemos sufrido durante el siglo veinte, en algún
momento se han privilegiado los derechos humanos? Y
además pregunto, en las actuales democracias, ¿hasta
qué punto se está dando una real protección a los ciudadanos?
¿Que el gobierno despoje a sus habitantes de
dignidad, por falta de trabajo, alimento y educación,
no es otra forma de violencia?
Tomemos el ejemplo del "Plan Colombia",
sobre este tema el periodista Jorge Elías de la redacción
del Diario La Nación escribe: "no hay
gobierno latinoamericano que vea con buenos ojos el
Plan Colombia, más allá de los respaldos de cortesía
que ha cosechado. Ni hay gobierno latinoamericano que
no especule con la posibilidad de que el país se convierta
en otro Vietnam (con la victoria, por fin, de los Estados
Unidos). Pero, mientras tanto, prefieren no meterse".
Es verdad que "la intervención en los asuntos de
otro país es una intromisión", pero no llegará la
solución otorgando plenas facultades de mando a los
Estados Unidos y la Unión Europea sobre las vidas de
los latinoamericanos. En determinadas situaciones como
las que se viven en Colombia, donde la gravedad de los
conflictos pueden involucrar a varias naciones del hemisferio,
los gobiernos vecinos - y cuando digo vecinos hablo
de Latinoamérica íntegra - deberían involucrarse proponiendo
planes alternos para preservar la paz en la región.
Se necesitan mandatarios que no sigan sacrificando generaciones
para obedecer a las grandes potencias, y que de una
vez por todas garanticen el bienestar de sus habitantes.
Si no quieren entender los conflictos
regionales, no sugieren soluciones para los procesos
de paz, miran hacia otros continentes desentendiéndose
de las graves dificultades de Latinoamérica entonces
están permitiendo por enésima vez que se violen
los derechos humanos. Están eludiendo la responsabilidad
de conducir "hombres de carne y hueso". Y esta
es la forma más cobarde de violencia que puede ejercer
un gobierno.
/fvp
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