Rosa en mirada
(Entretenimiento para actriz y un público)
de JUAN MANUEL MARTINS (*)

 

¿Quién cuidará? ¿Quién tratará de arrancarme
los gusanos, uno a uno, uno a uno, (...)? Quién
pagará para escucharme el corazón?

Patricia Guzmán
(Ese viejo y muerto amor a la muerte)

PERSONAJE

ROSA, es una mujer con cierta entrada de edad. Aparece en la I ESCENA con cierto descuido en el vestir, su carácter inteligente hace ver que todo aquello es intencional: la madurez del discurso se antepone a su apariencia, preferiblemente de colores grises. Cabe decir, que su maquillaje muestra el abandono de su piel, pero todo debe ser expresado, insistimos, en forma limpia, es una figura más expresionista y apegada a este cuño estético que a un sentido realista del personaje.

Lo cual cambiará según se ostenta en la escena seguida. De alguna manera se querrá exhibir, de acuerdo al director de escena, y como expresa el texto, una contradicción del personaje. En virtud de lo dicho es importante que los elementos escenográficos, en especial un espejo, estén unido por el color azul y coherentes a la condición grisácea del vestuario. Deseamos que la pulcritud del lugar sea una contradicción con las características del personaje, no en mucho. En principio unas paredes, igualmente azules, representan las limitaciones del espacio como línea plástica de fisionomía. Colocando al personaje en una caja azul. A partir de aquí, el director o responsable de escena es libre de todo.

 

Único acto
I Escena

ROSA.- Tiene demasiado pelo... en las cejas... hablo de ti, ¿de quién más?... No, no te asustes ni pienses mal, que se trata de diferentes pelos y de otros placeres o... ¿qué están pensando? ¡No!... nada de eso. Desde hace mucho tiempo que... ¡Uf!...que no sé nada de eso... (Al público) ¿Comprendes, verdad? Porque una puede estar aquí entre su basura y no pensar en nada que no sea la comida del día. Entonces, en el mejor de los casos, pruebas sobras. ¿Cuándo pueden ser, acaso, tres veces al día? Todo depende del estado de ánimo de las personas. O sea: les explico. (Pausa. Se acerca al público) ¡Espera!... sí, tú, espera, ¿qué ves? Creo que no te queda nada de aquí para disfrutar. ¡Ya va! Déjame terminar. Y después vamos... a lo que quieres. Primero, debo recordarte algo: si no tienes comida con que pagarme no obtendrás nada de mí... ¡No te ruborices!, cálmate. Me refiero a los recuerdos. De cualquier manera no se emocionen, como dije, hace ¡Uf!...
(Cambio) Bueno, olvidándonos de malos pensamientos, decía que depende del ánimo de las personas, de cuándo pueden darte dinero, y para que te lo den, tienes que poner distintas caras. Por ejemplo, debes poner un rostro de miseria cuya mirada no es exactamente una mirada de hambre. Les descifro, una vez más, el hambre tiene un rostro y la miseria otro. Me explico, una vez más, el hambre tiene un rostro y la miseria otro... ¿Se dan cuenta? Depende de cómo sea tu necesidad: si es de hambre o si es de miseria... Antes, empezaré con el rostro de miseria, luego con el de hambre... miseria... hambre... miseria... ¡Ah!... ¿cuál de las dos caras te gusta? (Transición) Porque podría cambiar mi rostro, según la penuria. Y esto es útil cuando una tiene aprietos de todo tipo. ¡Inimaginables!... (Transición) ¡Mi bella! Deja de pensar en esas cosas de alcoba Desde el principio me refería a los pelos de las cejas. ¿De acuerdo? Porque, ¡mi bella!... hace... ¡Uf! ¿En-tiendes? ... hace tiempo que....

Si estoy esperando algún pendejo, no será por ser bonita, sino, porque he soportado tantos hombres encima... que ya he perdido la cuenta. Pero se debe, a algo: el no haber comprendido la diferencia entre los pelos, perdón, para ser más educada, entre las cejas. Ya que una tiene que diferenciar un pelo del otro para que no te quedes a pedir. ¿Ves?, como yo... (Cambia de rostro. Mira al espejo) ¿Si espero a un pendejo, acaso, es por qué estoy pidiendo?

Tienes que diferenciar...

Si no diferencias, no sabrás cuáles son los gestos para pedir.

Como vaya la necesidad, irá el gesto... ¿casualmente, notan el tipo de cara que tengo? ¡De hambre!, sí. Pero de un hambre especial. Y saben, ahora, qué tipo de hambre es. ¡Sí!... ¡Ay!... ese tipo de hambre sin que te hace daño. No te fijes en mi apariencia, a la hora de tener que hablar de mí. Aquí, donde tú..., us-tedes, me ven... pertenecí a una clase social (Ríe), disculpen la risa -no resistí la tentación del lugar común-. A veces no sé dónde estoy.
(Pausa. Al público) Continúo con el juego: el hecho de que ustedes me vean aquí, no significa que no tenga buenos modales. Todo lo contrario, he sabido de buenas comidas, de cómo comportarse ¡y de cómo estar entre los mejores lugares!... ¡Ay! y de las malas costumbres... ¡Ni hablar! Bueno, (Ríe) pero las cosas cambian. Todo me pasó por meterte con pelos que no debía. Y así, va pasando el tiempo, cuando te vendes al mejor postor. Hasta que descubren que eres una tremenda... ( Llevándose las manos a la boca) ¡No! no lo digas Rosa, eso también es un lugar común. No, tienes porqué confesarte a las primeras de cambio. Déjale un poquito de misterio a la gente. (Se toca el cuerpo con cierta insinuación) hay en todo y para todos en la viña del señor. Sin embargo, tienes que ser un poco recatada, un poco digna, otro lugar común. Después de todo, las cosas suelen ser como están pensando. Y es fácil de entender: primero buscas al incauto, que tenga una apariencia adecuada. O sea, miras la ropa que lleva la ropa. Porque la ropa nos dice, ustedes saben... cuánto dinero carga. Claro, una no debe mostrar lo que realmente quiere de él. Las mujeres somos muy dignas y de respeto -otras dicen que eso es una putería-. Pero ¡soportar un hombre durante mucho tiempo! es una cuestión de dignidad. No de... putas. Insisto: tengo mi manera muy digna de comparar los «pelos». Tienes para seleccionar. Una tiene que mirar muy bien, no vayan a abusar de ti. Pero tú allí, mosca, pendiente de que nadie quiera hacerlo... Miren bien: una se acerca al hombre, con mucha delicadeza, con algo de tacto. ¡Mostrándote cómo somos las mujeres!: muy pulcras, muy dignas, muy decentes. ¿De qué otra manera podemos acercarnos, sino con toda la dignidad del mundo? ¡Fíjense! Cómo hago yo, y así, no se lamentarán de abusos.

Las mujeres, nos portamos bien, (Ríe) -suena algo ridículo, ¿verdad?- Sobre todo yo que soy tan decente. La cosa es en serio. Soy madura como para que me confundan con una adolescente. Ahora, si quieres asumir lo que he dicho, ¡acércate al hombre con prudencia! Miren bien si lleva corbata o no. ¡Que no sea una corbata de cajero! sino, una muy diferente, por su puesto, la del gerente del banco. Porque la cosa debe ser con el gerente... Ya dije... soy una mujer decente: cuanto más cerca estés del gerente, más virtuosa te notas y eres algo más espléndida contigo.
¡Entonces!... entonces... te le aproximas... poco a poco, bueno -con mucha puntería-. Hasta que al fin, luego de una calma espera, te mire él y te mire con toda la mala intención: con ¡morbosidad! En ese momento ¡ya lo tienes atrapado! Es completamente tuyo, para ti solita. Y tú respondes, discretamente, desde luego, con una mirada similar. Viéndolo de arriba abajo. Sobre todo te detienes en el saquito... tú sabes, allí en el medio de las piernas... (Jugando) Te fijas detenidamente... ¡Ah!... Con mucha moderación. Eres, recuerda, una mujer limpia, ¡prístina! Una vez que lo hagas, sabrás que lo tienes en tus redes. Empezarás con una conversación doméstica, sin que pierdas tu objetivo: ¡que te mantenga! ¡Ese es el gran placer! Porque nosotras, también, a nuestro modo, los mantenemos. ¿Qué le mantenemos? ¡Ay!... Pare usted de contar señora... Y es cuando, al ver el «bultico», te das cuenta que el vestir tiene mucho que ver con el amor. Se los digo, porque que el estar aquí, esperando al pendejo que les dije, para conseguir la comida del día, no significa que no conserves mis gustos y mi moral en alto. ¡Coño! Aquí dónde tú me ves, con esta facha de última moda, tengo todas las necesidades de cualquier mujer mortal: las ganas de ver los mejores bulticos. Y eso es lo que estoy esperando. Sepan, entre otras cosas, que por estos lares pasan de todo tipo de «bulticos» y de todos los tamaños, para todos los gus-tos. Sin embargo, una tiene que recatarse, mostrarse muy tranquilita. ¡No te vayas a delatar! Tienes que hacerlo con disimulo. Te lo vengo diciendo... con moderación, ¿de acuerdo? Moderación... disimulo.

Te lo tomas con calma. Te fijas directamente a sus ojos -para que ellos sigan creyendo que nosotras las mujeres sólo nos fijamos en el alma y en el corazón a través de los ojos-. Es bueno que lo crean así. Es decir, que te crean ¡inocentona!... y, que tu dependes de ellos. A los hombres les encanta creer que dependemos de ellos. Es así cómo debes pensar antes de posar tu mirada en la cremallera... (Transición) ¡Vamos! tú sabes lo primero que vemos en un hombre... ¡No te sobresaltes, ni te inquietes!... Es muy normal lo que estoy hablando, muy sencillo, ¿no crees? (Cambio. Al público) A ti creo tenerte... muy cerca, de verdad muy cerca y enseguida me doy cuenta del final de esta historia. (Cambio. Se dirige a un espectador) Si me tiene un poco de paciencia les echo el cuentico. Mira, lo que me va suceder contigo -al igual que con aquél hombre-, si sigo viéndote la cremallera como te la estoy viendo, es el fin del mundo... de lo más divino. Voy a explicarme: todo se inicia de lo más agradable. Desde ese momento me sonríes, unas cuantas miradas de complacencia. Una invitación cordial a un buen restaurante, con cena elegante y todo. Al principio, te mostrarás como buen macho. Tratarás de ponerme mano -con la excusa de un regalo en la otra mano-. No sé, imagino que lo harás bajo la mesa de una noche romántica, llena de velas y regalos ocasionales. El poder de tu regalo lo muestras junto a tu capacidad viril de tu mano. (Desfalleciendo, con movimientos acompasados) ¡Ay!... comienzo a sentir tu mano fría a la altura de mi rodilla y, con mi sonrisa de satisfacción por tu regalo, la vas colocando cada vez más cerca de los mus-los. Un buen tiempo te detienes allí, justo cuando te digo «que no debiste tomarte la molestia en hacerme un regalo tan caro» -realmente es una baratilla, ¡porque cómo son de pichirres los hombres!- y... ¡ah!... sigues, por ahora, sobre mis entrepiernas... muy despacio... (Transición) Cada uno de tus dedos... des-pacio muy cerca de mi vagina. Cuando dices: «fue poco lo que me costo». ¡Ay!.. «¿qué te sucede?» -dices entretanto-. No nada... «Puedes continuar»... y tú extrañado, me recuerdas: «¿continuar con qué?, como si no supieras qué está sucediendo... ¡Ah!... pero eso no importa: ante tanto placer y una sin que la toquen durante tanto tiempo. ¡Mi niña! Allí no vale nada, sólo que te alivien. (Cambio) Pues aquello continuará de lo más eterno, de lo más placentero. Sus manos dentro de la cavidad del placer, moviendo sus dedos al compás de mi jadeo, poco a poco. Y tú, afirmándome, de lo más irónico con los comensales: «es una manera de enlazar nuestra amistad». ¡Caray! con toda su mano metida y él pensando en la amistad. Aquello (Ríe a carcajadas) me provocaba toda la risa del mundo. Entre risa y jadeo iba pasando la cena en aquél bello restaurante... (Cambio. Expresa movimientos acompasados como si estuviera cerca del coito) ¡Ay!, aquello era tan divino... Ah... Pero no se entusiasmen mucho porque las cosas siempre empiezan así. De lo más bonito... (Cambia. Ríe) Y cada vez que «gozábamos» de una cena especial, él colocaba sus manos para dar inicio a un nuevo coito. Una y otra vez. Hasta la próxima. A su tiempo, teníamos demasiadas cenas especiales, hasta que aquello se hizo rutina. Las cenas especiales, nada tenía de especial. La mano bajo la mesa era más insípida y arisca... (Ríe con cierto tono de locura) Una manos en la vagina que variaron en dolor. Ya que la mano bajo la mesa no la colocaba entre mis piernas, sino en la ¡cara de un coñazo! Cuando no sentía el jadeo cotidiano que podía satisfacerlo. ¿Qué podía hacer? Esperar que, para entonces, no existieran los coñazos. Incluso, él había sustituido la cama por la mesa. El amor por los golpes. Pues, te acostumbras a la mano frente a tu cara.

Tomas una salida. Vas al gimnasio.

Entre buscar el lugar en la calle, los golpes y la rutina de la cocina -porque en ello acabar el amor-. Terminas, sin pretenderlo, hallando experiencias extrañas aquí en la calle... (Cambia, parece no querer contar un secreto) No encuentro otra razón para estar aquí que no sea sino para las experiencias extrañas. ¡Y vaya que son extrañas! De lo más extrañas. (Se pasea entre el publico. Busca a alguien) La crisis del país es como el amor, insisto, extraño, confuso...

(Transición) ¡Es más, basta! Estaba aquí porque buscaba desesperadamente montarle cacho a él. Ya, ya lo dije. Le monte cacho. Pero no como están pensando. O sea, con un joven tierno y con-ciente de sus palabras, con tiempo para escucharte. ¡No! Era joven, sí, pero, ¡carajo!, mientras escuchaba tenía que alimentar su olor a caña clara. Por cada botella que le daba me escuchaba una horita más. Todo lo hacía cuando había decidido irme de tanta mano fría debajo de la mesa. Y no sé, aquí estoy. Contagiada de una manera de ser «puta».

Entre la huida y la confusión: «una dejadita». Por lo menos ya no llevo coñazos. Me encuentro acá buscando mi silencio. Sí señores a cambio de una botella de agua clara... me ha echado todo un baño de sudor ese borracho... bueno, y después de una botella de agua clara, cualquier borracho se acerca. Por esa causa imagínense cuántos vienen por ti. Claro, es como se diría: ¡divino!...

Estarán pensando qué sucede cuando he conseguido «caballito frenado». Aquellas sudaderas eran paradisiacas. A más botellas, ¡mejor era el jadeo! Una botellita, un jadeo. Una botellita, un jadeo. Un jadeo, una botellita. Consideras que una está aquí esperando caridad de la gente. Y no todo es cómo lo pintan. Una aguarda muchas cosas, una botellita, por ejemplo... Y es que esa botellita puede significar muchas cosas. (Transición) Quiero decir que ellos, ustedes, no sé, buscan algo en la botella, entre la mierda. Sí, no se asusten. Todo es una mierda. ¿Qué es que no sea mierda? ¿Una botella, una sudadita? Desde luego, esto no es Lo que el viento se llevó o la Esclava Isaura. Es la oportunidad para que me puedan escuchar, o de que encuentre una botella. ¡No se asusten caballeros! Por ahora la cosa no es con ustedes... tómenselo con calma. Sólo tengan un poco de paciencia. Sé que se preocupan. No se preocupen por mí, por el contrario, encuentren en ustedes lo que necesitan. Lo que por una parte, buscan en lo otros. Es decir, que pese a mi fracaso como socióloga, yo me encuentro muy feliz entre botellas y malos olores. ¿Cuál otro beneficio tienes entre tanta belleza? En lo que a mí respecta, no quiero otra opción. Encuentren la manera de oír (Ríe) -otro lugar común- sus almas. ¿Por qué no pueden hacerlo? Porque no han tenido el tiempo suficiente. Al encontrarte abandonada, hallas un nuevo sentido al silencio. Al no tener nada contigo la realidad se figura de modo sencilla. Sólo lo elemental te complementa: una botellita y un jadeo. No, ¡no se rían! Estoy hablando en serio. Debo tener un momento de seriedad, ¿no creen? Encontramos en los demás lo que no hallas en ti. Traten, hagan el esfuerzo. Sólo es cuestión de contemplar hacia dentro. Mirar el cuerpo en su vientre, sin que la mirada sea distante. ¿Cuánto cuesta detenernos dentro?

 

II Escena

ROSA se va cambiando de atuendos, entre una escena y la otra, hasta aparecer como una mujer diferente, para sorpresa del público, ésta es una actriz que jugaba y resulta ser, que su apariencia cambia por la de una completamente bella. Las luces entran con lentitud, en relación con el texto y al juicio del director de escena.

ROSA.- Entre las fisuras camina el dolor. He allí la complicación: detenernos en el lugar más difícil de la vida. Al momento que no entiendes por qué has llegado hasta aquí, sólo sabes que estás aquí. Ocupando el lugar más despreciable. El territorio que todos odian es tu cotidianidad: ¿quienes aman a las prostitutas, a los homosexuales, a los de poca? A ese lugar pertenezco sin ver atrás. A ninguna parte de la vida. En algún lugar que en nada pueda importar. Me conformo en el dolor. Para que el polvo sea el rechazo de los otros. Y tomas la transparencia del aquel otro lado de la muerte. Allí figuras el sentimiento en un tiempo de un viento. Es cuestión de mirar hacia el tiempo de tu naturaleza. Al mirar muy dentro caerías en cuenta de que tienes algo del pecado. Hasta cuándo puedes oír del pecado, debes tomar el cuello de la arena y ver lo poco que queda de ello. Y la noche voltea su mirada al término de su recorrido. Viéndole bien, se trata de tomar el descanso necesario. A estas alturas sólo me queda la botella el jadeo ya le he perdido. No me queda otra que decirles buenas noches. He perdido la botella. (Cambio) ¡Que fastidio con este personaje! todo lo que he tenido que hacer para aprenderme este libreto. Tenerlos aquí a ver qué opinan ustedes. No sé qué pudo parecerles. Pero lo disfruté. Me queda poco tiempo para el ensayo y espero que al director le guste la propuesta. Como puede ver, lo he venido trabajando, ensayando. Si así les parece, esto es un camerino. Es aquí donde he ensayado. Muchas de las cosas no están de acuerdo con mi personalidad. Pero allí están dichas. ¿Qué les parece mi maquillaje? ¡Ah!... si tienen algo que decirme pueden hablar conmigo después del ensayo. Claro, buenas noches. (Sale)

Final de acto

 

(*) JUAN MANUEL MARTINS, escritor y dramaturgo venezolano, es director de la Editorial Ediciones Estival (Maracay-Venezuela).
Ha escrito y dirigido entre otras las siguientes obras: Terciopelo negro, A la mitad de la iguana, Tres cabezas muerden mejor que una, Preludio en tres autoestimas o la vida con Edith Piaf. Entre sus publicaciones se encuentran: Deseos de casa, Editorial la Liebre libre; Teatro y Literatura, Editorial La Liebre libre (Recopilación de ensayos de poetas como Eliot, Pessoa, O. Paz y Oscar Wilde en torno al teatro); Poética para el actor, en preparación con la editorial The Latino Press de Nueva York.
Colaborador de la página literaria Contenido del Periodiquito. Ha publicado diferentes artículos en la prensa regional, y extrajera. Colaborador en diferentes programas de mano de actividades culturales de la región.


Para contactarse con Juan Manuel Martins: estival@etheron.net
Sitio web: http://littheatrum.cjb.net


Suscríbete a Enfocarte.com y recibe las actualizaciones en tu e-mail




Visita Littheatrum


Sumario | Editorial | Plástica | Fotografía | Literatura | Filosofía | Galería | Cine | Teatro
Home | Agenda | Colaboraciones | Enlaces | Contacto | Archivo

 

 

Copyright © 2000-2006 Enfocarte.com /fvp.
Prohibida la reproducción de cualquier parte de este sitio web sin permiso del editor. Todos los derechos reservados.