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Cualquiera que actúe dentro de la estructura
social es literalmente irreal, inexistente. La que llamamos
realidad no es sino una ilusión sobre otra. Una vez separadas
las envolturas ilusorias, lo que queda es la nada, el
vacío. Hay algo en la naturaleza de la fotografía que
produce una experiencia particularmente intensa, en la
medida en que conduce a un ir y venir entre la realidad
y la ficción. Las relaciones entre fotografía y literatura
fueron argumento constante a lo largo de nuestro tiempo.
Es una cuestión compleja, una situación no resuelta y
ambigua. Cada sesión fotográfica obedece a un nuevo reto.
La forma en que se comporta la persona fotografiada frente
a la cámara y la respuesta del fotógrafo a esa actitud
es lo que constituye la naturaleza del resultado final,
la confrontación.
Las imágenes que presenta Villaverde, son
patentes a un estado de comprensión, de asfixia, su versatilidad,
su capacidad para asimilar y enriquecer prácticamente
las distintas facetas y estilos de la fotografía, desde
el paisaje urbano al retrato, desde la crónica a la publicidad.
Su objetivo parte de una narración visual, búsqueda que
se concentra en la geografía de los rostros, en la composición
de un pequeño cuadro orquestado, donde rescata‚ al mínimo
detalle, su frecuente inmovilidad, espera una tensión
ínfima en la mirada, en el gesto de un movimiento que
da sentido el careo que intenta escapar a la foto convencional.
Rigurosamente monta sus guiones y planifica en su laboratorio
sus proyectos, su mirada explora la anatomía humana, descuartiza
a sus personajes por los pies, brazos, hombros, senos.
Los personajes que elige Villaverde, son
los de todos los días, los que van y vienen por la vereda
de enfrente; o los que exhalan profundamente su respiración
para ser escuchados, lo anónimo, lo que no pertenece a
nadie y es de todos. A través de símbolos religiosos,
de poses cercanas al Cristo crucificado, transmuta a estos
seres a una atmósfera de pureza irreconciliable. Sus rostros
advierten la paz, desesperanzados, la resignación tallada
por el dolor. Los gestos no son graves, sino que el dolor
ya ha atravesado y pervive en ellos. Hay una protesta
de denuncia social en sus fotografías, protesta contra
la jerarquía de valores impuesta por la cultura, su revestir
no es otra cosa que plasmar la concentración final de
este dolor que la sociedad ya no acepta en sus registros.
Cuando un personaje se lastima a sí mismo, flagela sus
carnes y su rostro ya no transmite dolor, sólo nos quiere
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