Fotografía

¡DIOS MÍO!
Paco Villaverde


 

Cualquiera que actúe dentro de la estructura social es literalmente irreal, inexistente. La que llamamos realidad no es sino una ilusión sobre otra. Una vez separadas las envolturas ilusorias, lo que queda es la nada, el vacío. Hay algo en la naturaleza de la fotografía que produce una experiencia particularmente intensa, en la medida en que conduce a un ir y venir entre la realidad y la ficción. Las relaciones entre fotografía y literatura fueron argumento constante a lo largo de nuestro tiempo. Es una cuestión compleja, una situación no resuelta y ambigua. Cada sesión fotográfica obedece a un nuevo reto. La forma en que se comporta la persona fotografiada frente a la cámara y la respuesta del fotógrafo a esa actitud es lo que constituye la naturaleza del resultado final, la confrontación.

Las imágenes que presenta Villaverde, son patentes a un estado de comprensión, de asfixia, su versatilidad, su capacidad para asimilar y enriquecer prácticamente las distintas facetas y estilos de la fotografía, desde el paisaje urbano al retrato, desde la crónica a la publicidad. Su objetivo parte de una narración visual, búsqueda que se concentra en la geografía de los rostros, en la composición de un pequeño cuadro orquestado, donde rescata‚ al mínimo detalle, su frecuente inmovilidad, espera una tensión ínfima en la mirada, en el gesto de un movimiento que da sentido el careo que intenta escapar a la foto convencional. Rigurosamente monta sus guiones y planifica en su laboratorio sus proyectos, su mirada explora la anatomía humana, descuartiza a sus personajes por los pies, brazos, hombros, senos.

Los personajes que elige Villaverde, son los de todos los días, los que van y vienen por la vereda de enfrente; o los que exhalan profundamente su respiración para ser escuchados, lo anónimo, lo que no pertenece a nadie y es de todos. A través de símbolos religiosos, de poses cercanas al Cristo crucificado, transmuta a estos seres a una atmósfera de pureza irreconciliable. Sus rostros advierten la paz, desesperanzados, la resignación tallada por el dolor. Los gestos no son graves, sino que el dolor ya ha atravesado y pervive en ellos. Hay una protesta de denuncia social en sus fotografías, protesta contra la jerarquía de valores impuesta por la cultura, su revestir no es otra cosa que plasmar la concentración final de este dolor que la sociedad ya no acepta en sus registros. Cuando un personaje se lastima a sí mismo, flagela sus carnes y su rostro ya no transmite dolor, sólo nos quiere