Filosofía

Defensa de la libertad
La conciencia del sufrimiento fortalece al yo (continuación)
Por JESÚS ARGELINA DÍAZ (*)

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La insensibilidad, el embrutecimiento u opacamiento de la sensibilidad, constituye la peor actitud frente al dolor. También el materialista opina que la idea de lo espiritual es un embrutecimiento de la conciencia como reacción irracional, desesperada, a dejarse dominar por el miedo a morir, etc. El materialismo sería una aceptación consciente del problema, pero el materialista no comprende que el problema, así, queda sin solución. ¿Qué solución encuentra el materialista a su propio miedo a la muerte? Ninguna, sólo la orgullosa proclamación de su aparente valentía ante la fatalidad, es decir, su negación de la realidad de que, en su yo, tiene el miedo ineludible a la posibilidad de desaparecer. Esto, en realidad, es locura, pero también una forma de engañarse a sí mismo, de evadirse de una cuestión a la que no se le busca remedio alguno. Es el materialismo el embrutecimiento ante el miedo a morir. El materialismo, no el espiritualismo, es la consecuencia de dejarse dominar por el miedo, reaccionando nerviosamente mediante la negación de la realidad, mientras que la idea de lo espiritual procede de enfrentarse a la realidad de ese miedo con el pensamiento, aceptándolo, admitiéndolo, en lugar de negarlo y reprimirlo como el materialista hace, utilizando ese sufrimiento que la muerte produce como hilo conductor hasta toparse con la cuestión misma de la muerte, y, con el pensamiento, hallarle solución, resolverla. Es decir, descubrir y admitir con humildad, reconociendo el dolor que se padece en vez de narcotizarlo, que la única solución al problema de la muerte es el espíritu, el yo imperecedero, aceptándola como lo más justo y correcto, que nada en el mundo material es capaz de contradecir, refutar, porque pertenece al ámbito de la pura lógica, al que el poder de la fuerza de la materia no puede llegar, por mucho que los materialistas, rabiosamente, se resistan fanáticamente a admitirlo.

Lo que, ante todo, intenta el mal que no conozcamos, a través de la opresión que lo material ejerce sobre nuestra conciencia, es que el mundo material es un plano de renuncia, pues en él ha de renunciarse a la felicidad - que es lo espiritual, lo que está libre de la opresión de la materia -, pero lo disimula ofreciéndonos un sucedáneo de felicidad a través de aquello que produce un efecto placentero en el organismo, para que no busquemos lo que de verdad nos salva, lo espiritual, por dedicarnos a asegurarnos lo que da placer al cuerpo.

Si nos damos cuenta de que el mundo material es dolor, entenderemos que el único remedio a este dolor es lo espiritual, lo que hallamos en nuestro propio interior a través de la conciencia, del pensamiento, para sumergirnos en una dimensión de libertad, apertura y esperanza, pero el mal, que se esconde tras la materialidad, nos impide llegar a esto, haciéndonos creer que el remedio está en la evasión de la conciencia con los placeres corpóreos procedentes del exterior. Con esto no quiero decir que no haya deleite alguno, sino que el mayor deleite deriva de contemplar serenamente, con la conciencia bien despierta, lo que la armonía del universo y del arte más logrado nos ofrece como expresión de la espiritualidad, así como que nada ha de embotarnos la sensibilidad del sufrimiento, igualmente con plena serenidad de la conciencia, derivado de la renuncia que lo material, es decir lo mortal, nos supone en concepto de desprendimiento de cuanto es ajeno al propio yo cuando le toca desaparecer de nuestro lado por una u otra causa.

El materialismo quiere hacernos creer que es todo lo contrario, que lo espiritual es un recurso para evadirse de la cruda realidad sufriente de la existencia material. Sin embargo, esto resulta absurdo desde el momento en que lo espiritual carece de la consistencia para producir el efecto placentero que lo material sí causa. Más bien es lo opuesto, que, como lo espiritual resulta tan insatisfactorio como forma de consolación, mayoritariamente la gente se lanza a por lo material, renunciando a aquello que encuentra inconsistente, intangible, quimérico. Es verdad que en especiales momentos de crisis se recurre a lo espiritual, pero esto no quiere decir que lo espiritual sea un recurso psicológico para evadirse, sino que ha habido un desengaño acerca de lo material y se ha descubierto, o vislumbrado al menos, que la única solución frente a la realidad del mundo es la espiritualidad.

Así pues, la espiritualidad no es una forma de evasión de la conciencia, sino que es el verdadero recurso, la verdadera medicina, la única y verdadera solución, que nos salva del mal que genera el sufrimiento del mundo, pero se lo desprecia porque se cree que el verdadero recurso contra el sufrimiento es la acción material, la búsqueda de la felicidad como placer material, egoísta, lo cual constituye, sin embargo, la auténtica manera de evadirse de la realidad del sufrimiento, que no deja de existir dentro del propio yo, ignorado a causa del desprecio por lo que no es meramente material y no produce el efecto de consuelo deseado.

En realidad, el desprecio al yo, su negación, es la máxima causa de dolor en el ser humano. El fatalismo de la creencia en la inexistencia de un espíritu inmortal, anterior al nacimiento y superviviente a la muerte, es la mayor fuente de sufrimiento de la humanidad, sufrimiento del que intenta escapar, debido a su falta de fe, de confianza en la existencia de uno mismo más allá de la muerte, pasando a depender de aquello que existe fuera de su yo, en lo que es carente de entidad, y es, en realidad, lo ilusorio porque es producto, no de la realidad, sino de la desconfianza de nuestra propia mente hacia la existencia de una realidad espiritual universal como esencia suya. Ciertamente, aunque se manifieste en lo exterior, todo está dentro de nuestra mente como esencia, lo que quiere decir que depende de un cambio dentro de nosotros mismos el que la realidad nos ofrezca un aspecto u otro, pero para cambiar de manera que nos ajustemos con lo verdadero hemos de bucear dentro de nosotros en la búsqueda de la esencia del universo, en vez de creer que todo está en el exterior, que la revelación de la verdad nos va a venir del exterior sin nuestra contribución. Para conocer la realidad hemos de afirmar nuestro yo, y así, necesariamente, descubriremos la realidad del espíritu frente a la ilusión de la materia como fuente de la verdad, que quiere imponérsenos a nuestra conciencia por la fuerza, y no por la razón.

La evasión no procede de lo que es interior, como el materialismo afirma, sino de lo que es exterior, pues, como su nombre indica, evadirse es escapar, y lo primero de lo cual se escapa es de lo que se tiene más cercano, no habiendo nada más próximo a uno mismo que el propio ser.

Con el verdadero espíritu, no con el seudoespiritualismo, que nos aboca a un dogma impuesto supuestamente espiritual, ya no dependemos, como el drogadicto, de nada exterior; ya no tenemos que buscar la evasión de nuestro sufrimiento en el disfrute de placeres externos, corpóreos o sensoriales, con los que la causa del sufrimiento permanece intocada, para incitarnos siempre a evadirnos de nuevo en un ciclo terrible que sólo acaba cuando el mal nos destruye del todo, pues encontramos lo que acaba con el mal que causa el sufrimiento: nuestro yo, la fuerza interior de nosotros mismos, lo que nosotros mismos somos de verdad, con lo cual desaparece el agujero del vacío interior que nos hace desgraciados, esa negación de nuestra existencia íntima con que la tiranía nos domina y nos sume en la desesperación; la desesperación, la angustia de nuestra civilización contemporánea, en donde, generalizadamente, se trata de evadirse de sí mismo, de lo que interiormente no es sino un horrendo vacío de falta del propio ser, de no tenerse a uno mismo, de no existir, como un inmenso miedo que nos conduce a la locura colectiva, a la pérdida colectiva de la conciencia, para entregarnos al desenfreno, al frenesí sensual y al caos destructivo del egoísmo, como en una especie de delirio de odio y crueldad, mientras la angustia, la inseguridad, la inquietud, lo llenan todo.

La vida en el mundo nos incita a evadirnos constantemente, mediante una permanente excitación de los sentidos, en una u otra manera de diversión y distracción, para no aburrirnos, para no quedarnos a solas con nuestro yo, en el recogimiento austero y silencioso de la máxima intimidad, en nuestro auténtico y único refugio de la vorágine del mundo que nos incita al extravío de nosotros mismos. Pero hemos de despreciar todas esas incitaciones exteriores, todas esas causas de preocupación por cosas materiales, baladíes, accesorias. Debemos contemplar el mundo que nos rodea como una película ajena a nosotros, que se desarrolla cual masa de sonidos e imágenes apelotonados hasta desaparecer en el vacío. Todas las cosas del mundo, al final, acabarán extinguiéndose, pero el espíritu no morirá jamás, y por eso no debe quedar prendido de ellas, no debe atarse a ellas, atrapado por la pasión, por la atracción vehemente, como un insecto en el ardiente rutilar de la llama. Por eso, pase lo que pase, no se debe tener miedo, como Cristo dice, de lo que puede hacer perder el cuerpo, sino de lo que tiene poder para que se pierda el alma.

No hay que evadirse del yo sufriente, agredido, negado, sino que se ha de ser consciente de lo que le sucede. El yo no debe renunciar a sí mismo, sumiéndose en la inconsciencia por el hecho de sufrir, por estar sumido en un mundo que le niega por medio de la fuerza; tiene que ser consciente de sí mismo para apartar de sí el mal de lo que ese mundo significa mediante la conciencia de su existencia a través del dolor que produce, pues de otra manera, ignorado, aplastará y dominará al individuo desde su propio interior.

El objetivo del mal es destruir la libertad para dominar al individuo, lo cual consigue introduciéndose dentro de él mediante la inconsciencia producida al escapar el yo de su propia conciencia sufriente, pero el yo debe permanecer libre mediante la conciencia despierta del sufrimiento que el mal produce, gracias al cual es reconocido y extirpado de uno mismo. El mal es realmente vencido cuando se lo saca de dentro de uno por medio de la consciencia, del pensamiento despierto, al precio de darse cuenta del sufrimiento en lugar de ceder al chantaje del mismo intentando escapar de la verdad de su existencia por el adormecimiento de la conciencia con la distracción y la evasión producidas por las cosas exteriores, por las apariencias. Es vencido porque uno se ha hecho fuerte frente a su amenaza en vez de ceder ante ella, hallando así el auténtico remedio dentro del propio ser: la felicidad de la existencia del espíritu, venciendo toda limitación autoritaria, burlando a los hombres armados, a los tribunales, a los inquisidores y a los científicos fatalistas.

Siendo consciente del dolor del yo, en vez de escapar de él, se reconoce el mal que produce ese dolor, venciéndolo porque ya no está dentro del yo: se le ha sacado fuera. El mal produce el sufrimiento desde el mismo interior del ser humano, no ya tanto en forma de catástrofe, accidente, agresión o enfermedad, en el ámbito estrictamente material, sino en forma moral, espiritual, contaminando al individuo desde adentro. Afuera se manifiesta como realidad material, como opresión externa frente a la razón y a la conciencia, pero es adentro donde se lo reconoce en su auténtica condición, como incitación a cuanto es negativo en el pensamiento y en la acción. Ahí, como entidad negativa, sume al individuo en el tormento de lo negativo, destructivo, terrible, antes de manifestarse fuera contra el mundo circundante, pero no resulta evidente para el propio individuo mientras se evade de sí mismo volcándose en lo material, principalmente en el consuelo del espectáculo del sufrimiento ajeno, con el que tiene la ilusión de no estar sufriendo él porque no recibe ningún efecto físico. Sin embargo, el mal está primero dentro de él, produciendo su efecto más sobre su propio ser que sobre el exterior, impulsándolo a la ruina de lo que el mal supone, que primero le impide ser feliz íntimamente y, por último, entrar en el reino de la razón cuando ya no le sea posible contar con la materia para continuar evadiéndose del mal que desde dentro le persigue.

Como un parásito, el mal siempre está intentando poner su perniciosa semilla dentro del individuo, por lo que el yo ha de permanecer constantemente alerta, nunca dormido, nunca distraído, lo que consigue a través de la constante aplicación del pensamiento, de la reflexión, para no caer en el juego de las apariencias con que el mal oculta la realidad para sumir al yo en la confusión, el aturdimiento, la ignorancia, a fin de dominarlo desde dentro mismo de la propia conciencia. Por eso debe permanecer el yo frío y sereno ante cuanto, desde la materialidad, tienta a la impulsividad, a la imprudencia, analizando, sopesando cuidadosamente las cosas antes de lanzarse a la acción en cualquier sentido y precipitarse fácilmente en los peligros del error. Sobre todo, ha de dedicarse a la tarea de conocer, que es contraria a los planes del mal, y que le concede la libertad frente al mismo, empezando con el ejercicio del cuestionar lo que como apariencia se le ofrece desde el exterior. Esto es contrario tanto al materialismo como al seudoespiritualismo, pues uno y otro sostienen que la apariencia, la ilusión, surge del interior, del autoengaño del propio individuo, incitando a desconfiar de éste, o sea, de uno mismo, de modo que, en definitiva, quede uno inerme frente a la ortodoxia que se impone desde una posición de autoridad, pero no es de uno mismo de lo que se debe desconfiar en realidad, sino de no haber cuestionado lo suficiente aquello que desde el exterior se nos ofrece como si fuera verdadero, en último término el propio poder de la materialidad arrogándose la condición de verdad absoluta.

No puede provenir de lo más íntimo de uno mismo, de lo más profundo y esencial, la apariencia, sino de lo que constituye envoltura, encubrimiento, por tanto, de la exterioridad.

Lo fundamental es conquistar, de algún modo, la eternidad como constante presente de la existencia del yo que no se desvanece perdiéndose en el torbellino de las cosas; conquistar la soberanía del yo en lugar de cederla vinculándolo a lo que nos rodea, para lo cual el yo debe mantenerse vigilante, consciente en cuanto hace, expresa, siente, piensa. En todo cuanto experimenta, tiene que mantener el control para que su equilibrio, su paz, su dignidad, no se vean comprometidas. Es decir, tiene que saber qué es lo que realmente está haciendo, pensarlo, meditarlo, para estar seguro de si es en verdad bueno, o no lo es. Ante todo, ha de reconocerse siempre a sí mismo, y no sentirse un extraño que vive como si fuera otro el que actuara, como si la propia vida no le perteneciese a uno y constantemente se escapara como humo que se desvanece en la atmósfera, pareciendo que, en vez de ser uno mismo quien se conduce, es empujado y movido desde fuera igual que una marioneta, mediante unos hilos invisibles, sin poder resistirse, en un estado de ausencia y confusión, de no ser nada, de hallarse mentalmente vacío. Así, siendo consciente, el individuo podrá mantenerse libre, de modo que, conociendo y no ignorando, siempre sepa a qué atenerse para hacer lo más adecuado y no lo menos adecuado, no sólo con respecto a su cuerpo, sino a su condición racional, a su conciencia, a su conocimiento de lo que es justo.

(*) Mi nombre es JESÚS ARGELINA DÍAZ. Nací en Madrid, España, el 29 de abril de 1966, y por lo tanto tengo 34 años. Lo más destacado de mi biografía no son los acontecimientos y logros de carácter académico, profesional y social, pues aún no he publicado obra alguna ni poseo el respaldo de ningún título oficial, sino las peculiaridades de mi desarrollo íntimo, ya que he vivido dedicado - quizás irresponsablemente - a la satisfacción de mis inquietudes interiores, siendo por temperamento bastante refractario a todo lo socialmente establecido y valorado en la actualidad. He seguido, así, una trayectoria autodidacta, y por tanto irremediablemente irregular, pero progresiva a pesar de todos los inconvenientes y de carecer de validación externa en la sociedad. En el ámbito literario, el ensayo "Defensa de la libertad" es mi aportación personal más ambiciosa, y la primera que intento publicar, pero tengo muchos poemas y escritos sueltos intimistas y de opinión, no registrados y ni siquiera ordenados, en espera de un tratamiento adecuado. No obstante, mi interés concreto por el género del ensayo se debe a mi profunda necesidad de reflexionar y de comprender cuanto me rodea, intentando plasmar de la manera más nítida y desnuda mis conocimientos y mis conclusiones cuidadosamente meditadas, si bien no exentas del riesgo natural de la imperfección, pero siempre tratando de arriesgar al máximo posible a la hora de dilucidar una cuestión, con el objeto de aportar algo positivamente transformador, frente a cualquier tentación de conformismo. Tengo en proyecto tres ensayos más sobre el budismo, el taoísmo y el cristianismo, que espero sean de valor.



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