Filosofía

Defensa de la libertad
La conciencia del sufrimiento fortalece al yo
Por JESÚS ARGELINA DÍAZ (*)

En absoluto es verdad que la gente no sufra por el hecho de entregarse a la diversión, al placer exterior, al orgullo del poder y de la fuerza. Es más, cuanto más se invierte en divertirse y en aparentar poder y fuerza es porque peor se encuentra uno en su encogida realidad interior y necesita reprimir su sensibilidad evadiéndose. El que exteriormente parece más fuerte es, con seguridad, el más débil de todos; el que por su exhibicionismo parece más afortunado, el más infeliz.

A pesar de toda forma de evasión, la desesperación del yo impedido y aplastado no se acaba mientras la libertad continúe anulándose, precisamente por recurrir a la evasión eludiendo el problema de la falta de libertad del yo, que permanece, así, sin resolver. El drogadicto no deja de sufrir, y de necesitar, por tanto, su droga para apaciguar su sufrimiento, aunque esté disfrutando de su uso, pues éste no elimina el sufrimiento, sino que únicamente lo disimula, produciendo así un efecto de dependencia para escapar de ese sufrimiento que no se tiene el suficiente valor de asumir para hacerle frente y eliminarlo.

El efecto de placer, de disfrute, que el uso de la droga genera, acaba ciertamente de forma temporal con el dolor, pero no por completo porque no acaba con su causa. Es aún peor que enfrentarse directamente al dolor con el objeto de atacar aquello que lo origina, pues quitando temporalmente tal sensación de dolor, que es como una sirena de alarma para que seamos conscientes de que algo va mal, no hace más que disimular el mal que después, cuando el efecto placentero de la droga concluya, volverá a producir más dolor, sólo que no es éste lo que más importa, sino el hecho de que el mal que lo produce, disimulado por la dependencia de la droga, realizará su misión destructiva sin que se lo detenga, debido a la inconsciencia causada por la droga. La dependencia hacia ésta destruye al individuo, pues lo arrastra en contra de su voluntad, anulando su libertad, de modo que lo convierte en un miserable esclavo que no es dueño de sí mismo sino que vive obedeciendo los dictados despóticos de aquello que, desde el exterior, le domina dentro de su propia conciencia, de su yo. De este modo, no puede negarse a las condiciones que le impone, organizar el tiempo según su conveniencia, dirigir su existencia provechosamente, sólo ponerlo todo al servicio de eso que se ha apoderado de él, incluso si le obliga a destruir sus relaciones con los demás, si le lleva a cometer crímenes y ser perseguido por la ley, si físicamente lo aniquila.

Para escapar de su sufrimiento interior, quizás aparentemente motivado por razones externas, es decir, para evadirse de la realidad del mal, tanto en el mundo como dentro de uno mismo, el individuo se ha entregado a una situación de dependencia con respecto a algo que le produce un efecto de placer que disimula su sufrimiento, esa voz de alarma de que hay un mal ante el que se debe reaccionar como individuo, lo que hace que el mal se perpetúe, pero no sólo en el mundo en que se vive, sino, sobre todo, dentro del propio ser, en el yo que ha perdido su independencia y, con ella, su capacidad para reaccionar ante aquello que arremete contra él para destruirlo. Por tanto, el poder responde ofreciendo medios de evasión, de distracción y diversión, para neutralizar al yo mediante la anulación del pensamiento, con que el individuo se resiste a seguir ciegamente los impulsos del exterior. Así, el individuo parece estar disfrutando cuando no es más que un esclavo, alguien cuyo dueño no es verdaderamente uno mismo, no porque, según el derecho, le corresponda ser exteriormente un esclavo, sino porque, interiormente, su yo ha quedado sustituido por la influencia de un poder ajeno, que lo maneja, sin tener que emplear medios físicos, desde su propio pensamiento, o sea, desde su falta de pensamiento, su ignorancia o inconsciencia, para luego utilizarlo como le parezca, igual que la droga, el tabaco, la bebida, el juego, etc., arrastran a quienes dominan hacia su propia ruina, devorándolos prácticamente. Esto es lo que el diablo hace con quienes se le adhieren creyendo, estúpidamente, beneficiarse de él.

El drogadicto es alguien cuyo yo sufre, pero que, siendo incapaz de enfrentarse a su dolor interno, de aceptarlo, asumirlo y resolverlo, no como algo físico, externo, sino en la propia entidad, como un cambio en la actitud de uno mismo para fortalecerse ante lo adverso del exterior y encontrar un camino alternativo a aquél que desde afuera se cierra, busca consuelo, erróneamente, fuera de sí mismo, para pasar a depender del recurso de algo externo al yo, que lo debilita esclavizándolo, anulándolo, cerrando, así, el ciclo de la tiranía como un cepo fatal.

¿Es mejor continuar sufriendo y buscando evadirse del sufrimiento que hacerle frente, pensar en qué lo origina y actuar contra ello buscando solución en la razón? No se debe ir directamente contra el mismo sufrimiento, sino valorarlo como hilo conductor que nos conduzca a aquello que lo produce. Hemos de darnos cuenta de qué está sucediendo, no satisfacernos sólo con narcotizarnos, con evadirnos a nivel físico o mental, con placeres materiales o con el placer anímico del orgullo. En vez de evadirnos, no pensar y reducirnos a la nada interior por el miedo a despertar en la insatisfacción que realmente padecemos, debemos darnos cuenta de todo, mantenernos alertas, tener la conciencia despierta, y no adormecida como si estuviera muerta, o sea, pensar en qué nos pasa realmente, qué sentimos, para reconocer qué lo motiva. No quiero decir que nos entreguemos masoquistamente a un dolor físico, sino que no sumamos en la nada nuestra consciencia, nuestro pensamiento, que sepamos reconocer la realidad con nuestra mente. No se trata de entregarnos masoquistamente al dolor, sino de preguntarnos con una cierta serenidad, con un cierto distanciamiento: ¿a dónde me conduce este dolor, este padecimiento de mi vida; qué quiere decir a mi conciencia?, en vez de tratar de olvidarlo con desesperación, pues así nunca se encontrará la causa que lo produce, la cual continuará, aunque su efecto pase desapercibido por la narcosis y la ilusión.

En medicina, el dolor es un síntoma, un aviso. No se trata sólo de anularlo, sino de estudiarlo, usarlo como signo indicador de un problema interior del cual deriva y constituye manifestación. Sin él, el problema pasaría desapercibido para quien lo tiene y continuaría actuando tranquilamente hasta llegar a su máxima gravedad. El médico, por tanto, ha de actuar sobre ese problema para acabar con el dolor, no al revés: acabar con el dolor dejando el problema, pues el dolor es sólo la apariencia del mal, como su apaciguamiento superficial es apariencia de curación. La solución no es quitar el dolor temporalmente, sino acabar de raíz con el problema, el mal que lo causa.

El sufrimiento no cesa evadiéndose, pasando a depender de una cosa ajena a la propia voluntad, a la propia fuerza íntima, con la que nos hacemos capaces de triunfar sobre la causa de nuestro sufrimiento. Eso hace que dejemos de ser libres, que renunciemos a nuestra individualidad, a nuestro yo, en tanto que ese sufrimiento permanece en el fondo, impulsándonos, precisamente debido a su permanencia, a escapar de nosotros mismos, de la realidad de lo que nos sucede, hacia la nada de lo carente de entidad.

Hemos de entender que cifrar nuestras expectativas en lo exterior es caer en poder de la tiranía, que del exterior procede cuanto tiraniza y oprime, y la única respuesta contra ello es la espiritualidad, la cual nos convierte en ciudadanos de un mundo superior donde el mal no puede llegar, y que, además, desde nosotros se manifiesta, mejorando las condiciones de este mundo por aportarle algo que no es exterior, que no le es propio, o sea, material, sino que hemos cultivado en el jardín de nuestra conciencia al elevarla hacia lo divino que está fuera de este mundo, en un plano accesible desde dentro del propio sujeto, fortalecido contra toda tendencia que trata de hacerle huir de sí mismo anulando su pensamiento a base de hacerlo depender de lo material para que, cobardemente, olvide la realidad del sufrimiento que el mal origina.

Si la auténtica sensibilidad humana, que radica en el pensamiento no sometido por el materialismo, es reprimida para evitar la consciencia de lo doloroso, tampoco nos daremos cuenta de lo bueno, lo que nos capacita para librarnos de la tiranía del mal. Este intenta impedirnos percibir lo bueno, incitándonos a buscar la evasión, pues para llegar hacia lo bueno es necesario pasar por lo malo, para adquirir la felicidad hay que conocer asimismo el dolor. Es decir, que la percepción de lo verdaderamente bueno requiere no anular la sensibilidad que permite captar la realidad con cuanto entraña de negativo, lo cual debe aceptarse como paso previo para enfrentarse a ello adecuadamente.

La cuestión es que si no se acepta lo malo, si se trata de ignorarlo, de insensibilizase ante su existencia, no se podrá concebir lo bueno, entenderlo, para aplicarlo como remedio. Si se cierran los ojos al mal, la causa del dolor, insensibilizándose con respecto a éste a base de placeres egoístas, contra el desarrollo del pensamiento cuestionador de toda apariencia, no se buscará el bien, sino que el mal progresará sin oposición.

Nunca debemos escapar de la realidad presente en que vive el yo, por insoportable que nos parezca, para renunciar al espíritu por el deleite material que nos hurta la percepción directa de la verdad. Cuando nos evadimos de la conciencia del sufrimiento causado por el mal estamos haciendo lo que éste espera de nosotros: traicionar a nuestro propio yo a cambio de la ilusión, de la apariencia de felicidad y de verdad que nos ofrece, en un intercambio o negocio extremadamente ventajoso para él pero muy perjudicial para nosotros, que perdemos la verdad, la conciencia, para recibir sólo mentira. Es el timo perfecto, el de la tiranía, el del tirano, el diablo, al que vendemos nuestro ser interior, convencidos de no estar dando nada por lo que nos parece la verdadera ganancia: las riquezas, beneficios y placeres materiales. Despreciamos nuestro ser interior, el espíritu, porque no lo palpamos con nuestros sentidos corporales. Despreciamos, por tanto, nuestra propia mente, el pensamiento, la individualidad, y, en cambio, damos todo el valor a lo colectivo, grupal, cuantitativo, es decir, aquello que tiene la fuerza frente a la razón. A la razón pura, exenta de fuerza exterior, ni la consideramos. ¿Porqué hacemos esto? Precisamente porque el mundo material es el mal, el reino de la fuerza, el causante del dolor, que, continuamente, nos incita a renunciar a la conciencia, a despreciar lo espiritual por inconsistente e irreal.

El dolor procede de lo material, pues lo material es el efecto del mal como expresión de lo tiránico, de la fuerza bruta opuesta a la razón, al sentido, al derecho, a la verdad, a Dios. Es la obra de la fuerza maligna que se opone a la legitimidad de Dios, que Éste a permitido para dar lugar a la libertad, imprescindible a fin de que exista un aprendizaje de lo que es el bien, un conocimiento de lo que es la verdad. El mundo material, por tanto, no sólo es el reino del mal, sino también la escuela a través de la cual pasamos una vida a modo de lección, que podemos o no aprender. Esta escuela funciona a través del sufrimiento, pues con éste se nos despierta la consciencia de lo que es el mal que lo origina, de que hay una causa maligna para el mismo que debe ser eliminada. Por eso el mal trata de que nosotros lo ignoremos, haciendo que nuestra conciencia se evada de la percepción, de la sensibilidad del dolor, sumiéndonos en la inconsciencia, en la ignorancia.

Cuando hacemos daño a otros somos insensibles, no físicamente, sino mentalmente, en cuanto que seres interiores, morales e inteligentes. Somos integralmente insensibles, desalmados, carentes de corazón. En ese momento nosotros no sentimos el sufrimiento, sino que lo sienten aquellos a quienes lo infligimos. Incluso quizás nuestra maldad nos depare una sensación de felicidad, o, mejor dicho, de placer, ese placer que nos hace ser insensibles, inconscientes de la realidad del mal al no tener consciencia acerca del dolor. Conocer el dolor que el mal causa, sensibilizarnos, nos hace reconocer el mal y solidarizarnos con quienes lo padecen igual que nosotros. Por eso el mal trata de enmascarar la sensibilidad, la conciencia del dolor, es decir, la realidad de su existencia, a base de placeres materiales, egoístas. Por todos los medios intenta que no seamos capaces de reconocer la realidad del mundo material, el sufrimiento que en él impera en forma de necesidad, de lucha por la supervivencia en un entorno hostil a la vida, que constantemente pugna por precipitarla a la muerte que lo material constituye. No quiere que nos demos cuenta de que en el mundo material todos sufrimos de la misma manera, todos estamos expuestos igual al dolor, enmascarando esta realidad con el egoísmo, apelando a nuestro egoísmo con la tentación de las cosas que nos producen placer personal. Apelando a nuestro egoísmo para que gratifiquemos nuestros sentidos, para que nos sumerjamos en el placer, consigue anularnos la conciencia, el pensamiento, impidiéndonos conocer.

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