ENCAUZA
POR MI RIBERA las aguas de tus dolores; te daré un caminoflores que
llega hasta dulce vera. ¡Qué diera yo porque fuera de mis manos tu alegría
para hacerte noche y día un vaso de barroamores y que bebas los dulzores
que te da la sangre mía!
VI
Te traigo en la copa de mi mano una voz que canta y dice tu nombre. Para
tus palabras y tus mejillas traigo un corazón de guano que pesa como el
mundo; un pecho, que late por tu vida. ¡Qué corto ha
sido el viaje! Una luna me separa del encuentro. Ayer fui revelado;
ayer la fiebre de tu ser se coaguló en mi sangre. Escucha,
en desnudez de sentimiento, el repetido mundo de alas que te digo: La
piedra que has pisado, el viento que impide que te derrames y todo lo
que tocas está lleno de esta criatura que te digo, está lleno de un beso
que espera como un fondo...
VII
Es dulce estarse hundido por el aire; Saberse por la luz casi apretado. Respirar.
Sonreír. Es muy dulce contemplarse en unos ojos, escuchar las sílabas
que ayer hemos pensado, aceptar en paz la tibieza de otro cuerpo que rozamos,
la dureza de la almohada donde vamos a dormir cuando muramos. (Estarse
satisfecho de estas cosas es una dicha que pocos de los hombres gozamos.)
Y que duro es el latir al comprenderse que somos tan pequeños;
que incapaces de crear siquiera un átomo o de darle origen y fragancia a un
geranio; intentamos definir la mano que nos hizo. (Mas, es dulce estarse
hundido por el aire. Vivir sin ataduras; certeramente siempre amando;
escuchando el vuelo de la sangre a la orilla del cuerpo que adoramos...)
X Hundir mis manos en tu cuerpo de seda
como estrella que hunde su luz dentro del agua. Tú, ciega
palpitación de mis tinieblas, recibe dulcemente esta acogida, que yo no
fuera yo por ser tus manos y no vieran mis ojos sino por tu mirada.
Pero mis palabras no dan para este canto. Son flacas como hojas amarillas,
como culebras argentadas se resbalan. No llegan a ser burbuja transparente
de una playa, no son un pie desnudo y mi pensamiento el zapato que las
calza. Son lejanas. Son lejanas. Son pequeño límite que
anhelo, están en el fondo del pozo en la garganta, están al borde de mis
labios y no estallan! Se me escapan como peces. Como
sombras se me escapan. Como tú me rehuyen las palabras.
XI Hay cuerpos que no deben repetirse Federico
García Lorca Hoy. Tres días después. Martes. Cercado de
ausencia. Carcomido de sombra y nostalgia. Pienso y siento en el olfato
un olor puro a golondrinas. Pienso y siento entre las manos una falta
de beso y de caricia. Fuera de mí, los árboles, en su
quietud, parecen comprender que estoy pensándote. Grito.
Exijo que te acerques. Exijo las mismas golondrinas que había el domingo.
Beso el aire. Busco tu boca para sostener o multiplicar las pocas
ganas que tengo de latir. Ahora, atardeciendo el martes, me ahogo. Tu
pelo negro! Tus mejillas. Tu cuerpo de amor que yo no debo repetir me
llenan la memoria con tres días y obligan a cerrarse mis ojos y mis puños!
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