Filosofía

Regreso de Siracusa
Por CARLOS YUSTI

El escritor Paul Jhonson con su reaccionario estilo precisó, en uno de sus textos para la prensa, que los filósofos no nos habían servido de gran cosa en este siglo. Para él un filosofo tendría que ser un pensador de inteligencia pura y penetrante que la utilice tanto para buscar la verdad y adquirir sabiduría, como para comunicarla a los demás de manera que nos sirva en la vida y en el trabajo. Como esto parece que no ha ocurrido asegura Jhonson, que en tal sentido hemos recibido un pésimo servicio.

Siempre se busca la utilidad de los Filósofos. Por lo general se anda a la caza del pensador irredento para domesticarlo y darle usos prácticos y productivos; sin tomar en cuenta que el filósofo, como lo define Savater, es un hombre nómada, sin raíces (no sin razón uno de ellos llegó a autoproclamarse ciudadano del mundo e hijo del universo), pero con memoria. Un individuo que ha quemado sus naves y que anda por esos caminos de Dios expresando no una perplejidad, o una interrogante de índole colectiva, sino el asombro y la desazón de quien está un poco solo frente al extenso mundo, asediado de mitos, dioses supersticiones y conocimiento prácticos de índole diversa.

El filósofo no encaja en toda esa practicidad acelerada de sociedad porque él está carcomido por el asombro. Todas las situaciones y los diversos seres, con los que tropieza, le resultan maravillosos y esta capacidad de asombrase con facilidad lo conduce a interrogarse, a plantearse observaciones que buscan desenredar esa madeja que es el universo.

Al filósofo se le exige utilidad debido quizá a esa terrible y odiosa actividad, como escribiera Nuño, que es pensar por cuenta y riesgo. Si el filósofo no se suscribiese a trabajar con las ideas, y con ese fárrago menesteroso de dudas y preguntas aleatorias, que ponen en entredicho las certezas percudidas por el uso de ese gran conglomerado de hombres engañados y satisfechos, sin duda se le dejaría en paz, pero como viene y se mete donde no llaman hay que acosarlo. Y entonces la inevitable pregunta se hace presente: ¿para qué puede servir la filosofía?. Sobre este punto lo escrito por Nuño es tajante ".en el contexto práctico de una civilización más avasallante, obsesionada por la búsqueda de la eficiencia y el éxito, nada tiene de extraño que se le pidan cuentas a la filosofía ( y aún a toda la cultura atendiendo a unos imaginarios resultados y pensando en algunos hipotéticos servicios). En lugar de asediarla, como antes, con los criterios de validez, coherencia o significación, ahora se procede a preguntar insolentemente para que sirve. Como a las cocineras. Pues bien: convendría despojarse de complejos y falsas vergüenzas y asumir y reconocer que justamente servir, como los sirvientes, los paraguas o los ministros, no sirven para nada".

El primer filósofo que trató de buscarles utilidades a sus colegas fue nada menos que Platón, quien tuvo la peregrina idea de los gobernantes fueran pensadores y filósofos o para expresarlo en sus propias palabras: " A no ser que los Filósofos reinan en las ciudades, o que los que ahora se tiene por reyes y soberanos filosofen sincera y auténticamente, identificando filosofía y poder político y de ésta manera se excluyen necesariamente tantos caracteres como hoy se encaminan por separado a la filosofía y en la política, no habrá tregua para los males de las ciudades ni tampoco, según creo, para el género humano."

Desde estas aseveraciones de Platón, son muchos los filósofos que han recorrido el espinoso y siempre decepcionante mundo de la política. La muerte de Sócrates fue más un asesinato político que otra cosa. El mismo Platón salvó el pellejo por poco estando al servicio de un tiranuelo que reinaba en Siracusa. Séneca decidió morir de propia mano cuando se percató, tarde claro, de que Nerón no era más que un tirano con veleidades de músico y poeta. La intervención de los Filósofos en los asuntos políticos no ha cesado desde entonces. Se pueden mencionar a Voltaire, Francis Bacon, Montaigne, Jean Paul Sartre, Ortega y Gasset y un largo etcétera de pensadores, ahogados por los fuegos de artificios del poder político. Quizá el caso más patético sea el de Martin Heidegger. Mario A. Presas ha escrito: " En Heidegger nos encontramos con una curiosa conversión que da lugar a una nueva confusión de la filosofía en aras de la política -y al desprecio de la filosofía en aras de la política- es algo así como si Zaratustra bajara de pronto inspirado de supremo refugio en las alturas de Todnanberg, se comprometiera inequivocadamente con un régimen a todas luces nefasto, y al cabo de unos meses volviera a sus meditaciones sobre el ser . guardando un obstinado silencio sobre esta ráfaga de inspiración en los siguientes años de casi medio siglo". Este silencio posterior es lo que hace de convierte su filiación al nazismo de Hitler en algo vergonzante, sin mencionar su actitud servil al momento de asumir el rectorado de la Universidad de Friburgo.

Heidegger como rector dispuso que tanto estudiantes y profesores antes de iniciar las clases debían saludar de pie y con el brazo derecho en alto y así muchas otras disposiciones que alguna manera lesionaban la dignidad académica. Más que en un rector se convirtió en un propagandista furibundo e intolerante del Nacionalsocialismo.

Karl Jaspers, que fue su amigo cercano en una de las pocas veces que se encontraron en la ciudad de Heidelberg, le preguntó como un hombre tan inculto como Hitler se atrevía a gobernar Alemania. Heidegger le comentó que la cultura no era importante y solo se limitó a hablar de las maravillosas manos de Hitler. Luego de toda la travesía de horror nazi Heidegger volvió a sus especulaciones sobre el ser y guardó silencio. Rüdiger Safranski, quien el año pasado publicó, "Heidegger y su tiempo", dijo en una entrevista que lo sucedido al filósofo fue lo mismo que le sucedió a Platón, quien tenía su politeia y la realizó aliándose con el tirano de Siracusa y apenas pudo salvar su vida. Cuando Heidegger terminó su rectorado encontró a un colega, en el tranvía de Friburgo, el cual le preguntó: "Señor Heidegger, ¿de vuelta de Siracusa?".

Ortega y Gasset aseguraba que la filosofía era antes, filosofar y filosofar era indiscutiblemente vivir. Heidegger vivió su momento y se equivocó . Lo menos que se le puede exigir a los seres pensantes es que no se den malos pasos, que dejen de lado el proyecto comunitario, como excelso arte de convivencia social y política, para asumir el proyecto interesado, mezquino y mediocre de unos pocos. No sin razón Husserl escribió: "En nuestro filosofar somos, por tanto, funcionarios de la humanidad".

Son numerosos los filósofos que han vuelto de Siracusa y ni se hable de escritores, poetas e intelectuales. La lección de todo este asunto es que el poder lo corroe todo. A pesar de ello la filosofía continua siendo el último esfuerzo que nos queda de escepticismo intelectual, para enfrentar un poco las coacciones del poder, la credulidad popular, los nuevos dogmas y los nuevos mitos tecnocráticos.



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