Literatura

Entrevista a Hipólito Abel Yánez
Por IÑAKI AGUIRRE (*)
Coordinación Lucas Sarasibar


Enfocarte.com agradece a María del Prado Sánchez Butragueño, por su rápida y brillante traducción al castellano de la siguiente entrevista escrita originalmente en euskera. La redacción le da infinitas gracias por el trabajo realizado. Sabemos, asimismo, que ella desestimará nuestro reconocimiento, argumentando, con su natural bondad, que "no ha sido nada".

Hipólito Abel Yanez
Hipólito Abel Yánez, año 1979

Noventicinco años de vida, un cuerpo desgastado por el tiempo que sólo puede mover la mano izquierda y la mitad del rostro, y una mente y alma teñidas del brío de la juventud y la experiencia de la madurez. Ver a este anciano en una silla de ruedas mientras uno imagina el derrotero que ha tenido su existencia produce una extraña sensación. Hipólito Abel Yánez(1) está a punto de morir, los médicos han pronosticado que cuando mucho podrá prolongar su vida un año más, "doce o dieciséis meses", al menos, eso dice el último informe clínico que él ha enmarcado y colgado en la pared de su sala. El informe tiene cinco años. Desde entonces Yánez ha dejado de existir para el mundo, y se ha enclaustrado dentro de las paredes de su amplia y desvencijada casa al pie de las montañas.

Desde sus ventanas se observa un paisaje virgen, saturado de las bellezas naturales de esta geografía. En este singular hogar no existe la televisión, y los periódicos tienen vedada la entrada. Allí es cuidado por dos diligentes y lozanas enfermeras que lo ayudan con una dulce expresión de amor en sus ojos. "Ellas heredarán todo. Me obsequian diariamente con placeres que una persona de mi edad tendría que olvidar", dice él en tanto la comisura derecha de sus labios ensaya una sonrisa orgullosa. Su voz, ronca por el tabaco y los años, preserva una claridad y fluidez sorprendentes, aunque al comentarle mi impresión él me replica que "nada puede sorprender de un hombre si su corazón aún late; lo sorprendente sería que yo hablara estando muerto. De un ser humano vivo puede esperarse cualquier cosa, somos capaces de generar magnas contradicciones. Esa es nuestra gracia, la única quizás. Nuestro estómago y genitales han condenado a muerte a la lógica".

Hipólito Abel Yánez es el símbolo de quien no ha encontrado un lugar cómodo en el mundo. Nunca, según sus palabras, ha logrado aceptar la organización de la vida, "somos esencialmente aberrantes, el orden es un vano intento -el destino lo confirma- de ordenar lo que no permite ser ordenado. Somos cambio, tengamos el coraje o no de aceptarlo... En este sentido, el psicoanálisis es un subproducto de la íntima laceración que representa el orden -traidor, y por eso letal muchas de las veces-. Sólo comprendiendo que es imposible conocernos, es que nuestro tiempo puede poseer algo de honestidad y veracidad. Conocer es condicionar. Y creer totalmente en el conocimiento o en la visión privada de las cosas es, ni más ni menos, mentirse".

Más allá de las desavenencias que surgieron en la entrevista (algunas, simples bromas, otras, brutal franqueza y errores míos), debo agradecer el honor prodigado por Hipólito Abel Yánez al concedérmela, teniendo en cuenta que desde hace treinta años se niega cruzar palabra con los trabajadores del gremio del periodismo. Ante ello, es imposible ignorar la fundamental ayuda de Silvia Cárceles Pozo, quien con desinterés y generosidad hizo posible la realización de este diálogo. Mi más profundo agradecimiento hacia ella.

(Fragmentos de la entrevista realizada por Iñaqui Aguirre a Hipólito Abel Yánez, editada en la revista Cultural vasca Zanzíbar, edición Nº4)

-¿Qué recuerdos tiene de su amistad con Camus y Sartre?

-No muchos, porque mi memoria no es de las mejores. Fueron dos grandes amigos, como otros que he tenido. Nada había de especial en ellos, excepto, tal vez, cómo dieron forma a sus sentimientos. Pero claro, la diferencia reside, en realidad, en que usted no ha conocido a mis otros amigos... En fin, mi amistad tanto con Camus como con Sartre acabó en el olvido. Fui, supongo, una carga para ellos, y en secreto siempre añoraron la ruptura. La fe que los caracterizaba chocaba con mi ausencia de fe, y eso truncó nuestra amistad al punto de acabarla a los golpes con Camus... Aunque el verdadero motivo de nuestra pelea fue una mujer, una voluptuosa inglesa que vivía en Argel y que nos quería echar el lazo a los dos... En fin, nada extraordinario puedo decirle de estos dos intelectuales, si es eso lo que esperaba.

-Tengo entendido que mantuvo una intensa correspondencia con Duchamp.

-Sí, breve, pero comprometida... Lo mismo que con los otros, nada extraordinario puedo decirle. Pero como veo que quiere que me explaye acerca de alguien le relatarle la vida de otro amigo, Eugene Ale. Este gran hombre aún vive, creo que en los Cárpatos rumanos. Lleva una vida ascética, está incomunicado desde hace quince años. Es hijo de una familia árabe por parte de su padre, italiana por parte de su madre. Las dos familias juntas amasan una riqueza incalculable. Eugene fue educado por importantes maestros, y tuvo de consejeros a Dalí, Cansinos Ansens, Nabokov, y Beckett, por nombrar a unos pocos. Todas estas personas estaban a su disposición, y no por el dinero que obtenían, que era exagerado por supuesto, sino porque este hombre, ya en su adolescencia, era un ser extraordinario. Aplicado, inteligente, humilde, y de una sensibilidad colosal, que sorprendía a propios y extraños. Pero lo más atrayente de él era su calma. Nunca hubo nadie tan amable, parecía pertenecer a otro mundo, demasiado escrupuloso para ser objetivo. "Diría que he podido dialogar con un Santo, si no me avergonzara la palabra" me escribió Beckett desde Estados Unidos cuando supo que Eugene había desaparecido tal vez para siempre. Demás está decir que la tutoría prestada por estos señores se reducía a diálogos amenos y fructíferos. Sólo el eunuco de Dalí, incapaz de ver más allá de su nariz de payaso, publicó una vez un libelo acerca de Eugene, que sus padres, siempre atentos a preservar el anonimato de su hijo, lograron censurar. Luego de cinco años de silencio, él me escribe desde Chile, desde un balneario donde poseía una vieja casona. En su carta me pide disculpas por su desaparición y me ruega comunicarle a los demás su bienestar y sosiego, y como último punto me propone mantener una correspondencia. Nos enviamos cartas durante algo más de treinta años. Descubrimos en ese tiempo una profunda amistad y entonces supe que él era un ser precioso, capaz de encontrar la palabra o metáfora exacta para iluminar momentos oscuros, o pensamientos y sensaciones que no encuentran su cauce. Sus interpretaciones eran de una precisión majestuosa. Y de un momento a otro, sin ninguna razón -o con demasiadas-, dejó de enviarme cartas. Años más tarde me visitó un pintor chileno de origen francés que había venido con el expreso pedido de hacerme llegar una fotografía de Eugene, sin fecha. Se trataba de su retrato. Se lo veía con el rostro severo, y sus ojos pequeños y humedecidos enfrentados a la cámara, como si luchasen por no parpadear. En el reverso de la foto, estaba estampada la frase de Séneca, Si cum hac exceptione detur sapientia, ut illam inclusam teneam, nec enuntiem, rejiciam(2). Ese fue el último contacto que tuve de él. El amable artista chileno me dijo que lo había visto en París, vestido de menesteroso, visitando una exposición en el Louvre. Eugene se le acercó, le dio la fotografía, mi dirección, y le pidió fervorosamente que me la entregara en persona. Fin de la historia, o el comienzo... En fin, si quería algún recuerdo de alguien extraordinario, allí lo tiene.

-¿Qué espera de los aportes de su pensamiento en el futuro?

-Su pregunta es ridícula. Interrogarme sobre las consecuencias de mis reflexiones es tan absurdo como si yo le preguntara por qué utiliza usted una camisa tan ridícula -en referencia a mi camisa de seda blanca con rombos negros-.

-Sin embargo, poco tiene qué ver mi gusto por la ropa con la evolución de su pensamiento.

-¡Ni que lo diga! ¡Imagínese que mis ideas se asemejaran a su atuendo! Aunque el pensamiento humano encuentra más de una similitud con su camisa: estridencia y vulgaridad enmascarada en un lenguaje aparentemente exquisito, caro para el común de la gente.

-Usted ha vivido los acontecimientos más importantes de este siglo, desde un sitio más o menos privilegiado. Desde la guerra civil española, la segunda guerra mundial, el nacimiento y la caída del comunismo, hasta los más grandes movimientos artísticos y filosóficos, y el avance vertiginoso de la tecnología. ¿De qué manera ha ido asimilando todo aquello? ¿Cómo condensó su corazón y mente esa sucesión de realidades?

-De la única posible: enloqueciéndome. La locura -cuando el pensamiento la crea, no cuando la locura crea el pensamiento- es un signo de sanidad y lucidez. En la guerra civil perdí a mis padres y hermanos; también han muerto en mis brazos entrañables compañeros. Además, una bomba destrozó mi pie izquierdo. ( "Soy una escultura de la guerra", Miserias Públicas, pág. 145). En esa guerra acabé de convencerme que la estupidez es la secreta y eterna guía de la inteligencia. Luego, en la guerra causada por aquel bigote mosca con cuerpo de alemán histérico, perdí más amigos y más esperanza. Descubrí por entonces que la humanidad necesita dictaduras y opresión para poder vivir, y que está dispuesta a inventarla si es necesario. Es fundamental para el hombre que algo esté más allá de su individualidad y de su pequeño reino para que la vida encuentre algún sentido. Las atrocidades del poder generan los espacios para que la gente lance sus escupitajos o justifique sus cuitas. Si no existiera ese poder arbitrario y generalmente cruel, la humanidad se ahogaría con sus lapos o moriría por el sentimiento de vacío. Los animales son más libres que los hombres. Nuestro pasado y presente dan clara cuenta de ello. Los límites, la ruptura de esos límites, y la instauración de nuevos, son lo que hace que la vida se prolongue. Luchar contra la injusticia y crueldad del poder, cualquiera sea, es para el hombre un bálsamo. En fin, es su salvación... Claro que también existe lo otro, la tecnología, las profesiones, el arte, y la filosofía. Se vive para conseguir algo. La gente vive para dejar de trabajar algún día, o para trabajar en un mejor trabajo, o para realizar transformaciones de tal o cual magnitud y naturaleza. Gestar una revolución para acabar con determinado poder, pintar un cuadro o concluir un libro para recibir alabanzas por el resultado del tiempo empleado o para quitarse algo de encima o para provocar algo en alguien, predicar una religión para vivir en la paz eterna, conseguir un aumento de aguinaldo para comprar tal o cual cosa, esperar que un equipo deportivo triunfe para sentir un regocijo, etcétera... En fin, todas estas realidades nacen en la misma necesidad humana de conseguir algo, es lo de menos si ese "algo" tiene sentido o no. En verdad, el sentido es generado por el impulso que incita al hombre a realizar "eso". El peligro que conlleva esta realidad es que el homo sapiens generalmente cree demasiado en lo que está haciendo y en lo que quiere, y es allí donde el resto de las coreografías que contiene la vida estallan en mil pedazos, y el hombre se vuelve una caricatura de hombre, o mejor dicho, el hombre se vuelve más hombre que nunca: rata fanática de un sólo sabor de queso. El ser humano se vuelca cada día con más devoción a Tánatos, destinando a Eros a las clínicas psiquiátricas o a la indigencia.

-Tengo entendido que usted no ha salido nunca de España. ¿Es eso cierto?

-He visitado Marruecos, Argelia, Irán, Francia... Inglaterra, Alemania, Noruega, Suecia, Yugoslavia, Macedonia, Grecia... Turquía... Y creo olvidarme de algún otro país.

-¿Cuánto tiempo ha transcurrido desde su último viaje?

-No lo sé, creo que cincuenta años.

-¿Por qué en cincuenta años no ha viajado?

-Sencillamente porque no lo he necesitado. Yo siempre hice las maletas cuando he sentido la necesidad de hacerlas... Un amigo escribió que todos salen de paseo, pero que muy pocos saben qué hacer con él. Pues bien, yo estoy en el segundo grupo. Siempre he preferido transitar por una zona en particular que andar dando saltos sin ningún otro motivo que adosar a mi maleta una nueva etiqueta. Mientras las piernas me obedecieron, diariamente recorría los alrededores. En cada salida siempre he descubierto alguna novedad, en mí o en la geografía.

-¿Cuáles son sus gustos poéticos? ¿Qué autores ha leído con gusto?

-En mi juventud he leído todo lo que caía en mis manos. Autores griegos, italianos, ingleses, españoles, chinos, norteamericanos... He leído todo lo que mi espíritu pudo soportar. En su momento, varios poetas me gustaron. Hoy, no guardo por ellos un recuerdo importante. La poesía ya no me consuela. De ella no puedo extraer nada, como me ocurre con la mayoría de los libros -aunque muchas veces salve ciertas frases-. Desde hace diez años la única lectura que ocupa mi atención es la correspondencia que me envían personas que nunca he visto ni veré. En fin, he perdido la fe en la poesía, y cuando eso ocurre es mejor abandonarla. No encuentro ningún interés en los ejercicios masturbatorios que ejercen la mayoría de los poetas -estos ejercicios son aplicables a la literatura, cualquiera sea el género-. Explorar el lenguaje, crear versos suspicaces o pavorosamente abstractos, me resulta una prueba más de nuestra persistente desesperación.

-Permítame leerle un pasaje de su libro La tragedia del pensamiento...

-No se lo permito.

-En la página 342 usted escribe lo siguiente: "Nuestro corazón es inconmensurable. Que cada persona elija más tarde o más temprano los centímetros de la regla con la que medirá su corazón, no significa que este sea abarcable. La medida del cartabón circunscribe el tamaño, la dimensión, y las posibilidades, no a la inversa. Por supuesto, la primer medida que encarcela nuestro espíritu es el lenguaje. De ahí que el poeta pueda alcanzar cierta relevancia en el mundo: él, en el mejor de los casos, intenta limar los barrotes de nuestra celda común, pretendiendo liberarse, y en consecuencia, liberarnos. Pero con el paso del tiempo, observamos que el hierro se ha vuelto herrumbroso y que continuamos prisioneros. Si el azar así lo quiere, eventualmente nace alguien que quita el óxido de la reja. En este sentido, el poeta puede conseguir que cierta amalgama de vocablos expresen con renovado acierto algún sentimiento o realidad del ser humano. Esto es todo a lo que podemos aspirar. El hierro de los barrotes está forjado ad infinitum. Y nuestra tarea aparenta ser una: ignorarlo."

-Le dije que no le permitía leerlo.

-Recuerda las palabras que acabo de leerle.

-... -Yánez me ignora, y habla con una de las enfermeras acerca del volúmen de la música de Wagner que sale de una habitación y llega hasta la sala en donde se desarrolla este diálogo-

-¿Aún hoy, teniendo en cuenta que han transcurrido 70 años, condena sus escritos de juventud? ¿Es incapaz de extraer algún significado de ellos?

-Qué más significado que el olvido, ¿o acaso le parece insuficiente? ¿Cuando usted defeca se queda observando su secreción o hace correr el agua? Mis escritos de juventud son excremento, y si usted y los que conforman su raza adjetiva y miserable -en referencia a mi profesión de periodista- pretenden encontrar en ellos aromas de rosa multiflor no harían más que confirmar mi opinión. Además, ¿qué es eso de "incapaz"? Incapaz la madre que lo educó para que luego usted ande hurgando con fervor en naderías. A ver, dígame, ¿qué es lo que cree que puede extraerse de esa porquería adolescente?

-Su voluntad de ruptura, los anhelos sutiles de cada una de las palabras, la rigurosidad del estilo, la exactitud del lenguaje... Aquella obra, en general, tiene rasgos que perdurarán en los anales de la literatura, y usted lo sabe.

-Y saberlo me entristece. Me entristece, en realidad, todo lo que usted está diciendo. Me entristece que crea en lo que dice, con una seguridad propia de aquellos insectos que nacen genéticamente determinados para comer x bacteria. Me entristece que necesite creer en eso, y que se haya esforzado en hacer de ello su credo. Me entristece, en fin, su condición de hombre cobarde y esclavo... ¡La literatura!, ¿qué importa perdurar en sus anales? Dígame, ¿qué es lo que tiene que satisfacerme de eso?

-Ahora me dirá que la literatura no significa nada para usted.

-A diferencia de su minúsculo corazón de creyente, el mío ha concebido suficiente sangre para sentir que la literatura, como cualquier otra actividad humana, es un juego, un malicioso juego.

-Pero lo que es inconcebible, porque refuta todo lo que está diciendo, es que usted nunca ha dejado de participar en ese juego. Sus libros continúan reeditándose ...

-¿Y donde reside la refutación? Que yo participe en el juego no significa que deba aceptarlo, o que me alegre "perdurar en los anales de la literatura". Lo que usted no logra entender es que a mí me da lo mismo tener prestigio o no, me da lo mismo figurar en un diccionario de grandes autores o de insignificantes fracasados. Yo escribo porque me sobra tiempo y me faltan opciones, ni más ni menos. Quizá, si fuera valiente -o primitivo- ni siquiera dejaría que mis libros se publiquen o que mi mano manche papeles en blanco. Pero ni caso, escribo y eventualmente publico, aunque eso no sea más que una contingencia.

-Discúlpeme, pero me resulta difícil creerle.

-¿Qué es lo que no cree?

-Que le tenga sin cuidado escribir o no, ser leído o no.

-Lo que usted no cree, porque no quiere creer, porque le resulta espantoso creerlo, es que yo no actúe como usted lo haría en mis circunstancias, o como a usted le han enseñado hacerlo. A usted posiblemente le gustaría que yo le hablara de mis escritos y le comentará algunas citas ingeniosas acerca de la literatura, y unas cuantas palabras acerca del oficio de escribir. A usted le espanta, chaval, que yo no tenga certidumbres ni pasiones, y que no crea profundamente en nada. Lo inaceptable, en cualquier caso, es que yo no admire y venere el regalo de estar vivo. Sucede que vivir, en lo que a mí respecta, es un regalo inmerecido.

-Llegado a este punto, debo plantearle la pregunta: ¿por qué no se ha suicidado usted?

-Ciertamente, no lo sé. Quizás ya estoy demasiado viejo, y quizás la posibilidad del suicidio fue lo que me ha permitido mantenerme en pie, y me ha hecho tolerar la agonía de la vida . O tal vez, por qué no, porque mi suicidio sería darle el gusto a personas como usted. Tal vez porque ese acto lo tomaría usted como la confirmación de su aplomo inconsecuente. Vivo por los deseos de Alguien. Y tal vez ese alguien sea usted, un engolado periodista de una revista destinada a desaparecer.

-Sus palabras son cínicas y estúpidas.

-Si tuviera veinte años menos no dude que ahora su nariz estaría con una bella y dolorosa hemorragia... Pero la violencia que me incita su expresión me permite enseñarle, ahora sí, con un poco de exactitud, su propia estupidez. El hecho que usted se haya preocupado en concertar esta entrevista, y se haya tomado el trabajo de venir hasta aquí, y que hasta haya sentido nervios por estar frente a mí, es estúpido. Es estúpida su imperiosa necesidad de certezas, su invariable espacio de soldado que defiende una causa o una idea sin nunca verdaderamente preguntarse de qué se trata aquello por lo que está dando su vida. Es estúpida su admiración pretérita hacia mí -sé que gracias a mis respuestas ha desaparecido-, su necesidad de admiración se traduce en necesidad de sumisión. Necesita poseer algo por encima de usted, para que de esa manera su vida esté sobre una escalera, para que de esa manera, el subirla, se transforme en el sentido de su tiempo biológico, en la justificación de éste. Usted no sabe definidamente qué es lo que anhela -esta fantasía pertenece a los muertos-, pero sí sabe que aquel hombre o idea que yace al final de la escalera representa lo que usted añora, no importa si ese hombre o idea está sostenida por algo real o verdadero. En realidad, usted evita descubrirlo porque eso significaría encontrarse con la posibilidad de saber que todo lo que ha deseado es inexistente o inválido. Pero, volviendo a la pobre metáfora de la escalera, usted aún no ha descubierto que la escalera posee sólo un escalón. Y, déjeme decirle, su situación me resultaría respetable en tanto dejara a los demás en paz, pero su profesión es una prueba de cuán lejos está de hacerlo, y en el estupor que le otorga su hipocresía ha violentado lo que no debía, y una vez hecho esto, ha sentenciado su identidad a la zona infértil del miedo y la violencia. En fin, sólo es posible admirar a Dios, si es que semejante monstruosidad existe.

-Es posible que me arrepienta de decir esto, pero es innegable su vejez y resentimiento.

-Claro, como si tuviera noventicinco años, ¿no?... Viejo, a veces impotente, y resentido. Y si usted tuviera un poco de imaginación y cojones podría agregar tres docenas más de palabras a mi actualidad: viejo, impotente, resentido, fatigado, hastiado, desesperanzado, dolido, resignado, asqueado, encolerizado, mortificado, paralizado, anonadado, centrífugo, porfiado, poligonáceo, desatinado, trisilábico, golfo, lábil, enervado, babélico, vidrioso, autópsido, allanado, lúgubre, vernáculo, tontivano, mohoso, triste, vejado, paupérrimo, incrédulo, verborrágico, soberbio, melindroso... En fin, vencido ...

-¿Se siente arrepentido por haber realizado esta entrevista?

-¡No, qué va! Nuestra conversación la olvidaré apenas usted termine el café y se vaya por la puerta de entrada. Nunca he creído en el arrepentimiento. Usted volverá a su sitio de trabajo, descifrará la grabación de nuestra charla, y luego escribirá su artículo reprochándose o reprochándome ciertas cosas, o ni siquiera eso. En unas horas concluirá de traspasar la cinta al papel o a un ordenador, y lo entregará a su revista. Y una vez quitado ese lastre se olvidará de mí, y pensará en su próxima labor, o en alguna ninfa, o en su magro salario, o en el sueño que le gustaría tener esta noche o todas las noches hasta que acabe su vida. En cambio yo, como le dije, apenas usted salga por esa puerta se llevará consigo este tiempo que hemos compartido y mis palabras y mi postración, y yo me quedaré inmerso en mi calma diaria junto a mis dos amigas y a una conciencia muy vieja ya como para detenerse en algo que no se nombre presente.

-En lo que respecta a mí, desgraciadamente se equivoca.

-... -Yánez se queda en silencio mirando los pinares a través de la ventana, o mirando nuestro reflejo, o no mirando nada. Me callo durante un minuto que resulta interminable. Ya no se escucha música en la sala, sólo nuestra respiración y el correr de la cinta en la grabadora. Sorbo el café y me incorporo. Los ojos del anciano tienen una expresión que no olvidaré jamás, una mezcla de angustia y desamparo, de libertad y resignación, de ignorancia y cansancio. Yánez espera la muerte con una amarga sonrisa en la comisura de sus labios. Yánez, me atrevo por un segundo a pensar, ya está muerto, y lo que estoy transcribiendo a mi ordenador es una conversación que mantuvimos en el sueño que soñé hoy... Es curioso, cuando termine esto y lo lleve a la revista, saldré con mi novia, que es mi ninfa. A Yánez le debo mi tristeza y su imposible olvido.

(1) Hipólito Abel Yánez, nació en 1905, en el sur de Vizcaya. Autodidacto, entre las obras que lo consagraron, pueden citarse, Novela de una historia perfecta (1924), Apología de mi negación (1930), Breve comentario acerca del desorden (1932), La tragedia del pensamiento (1951), Miserias públicas (1957). El autor no tiene alto aprecio por su producción literaria, poética y ensayística, pero aún así permite esporádicas reediciones de sus libros. Desde 1958 Yánez ha desaparecido del mundo cultural. Sus obras recientes sólo están editadas por el propio autor y es imposible adquirirlas si no es por medio de él. Aún así, uno de sus exclusivos lectores, el conocido editor francés Jean Burlas, hace copias de los libros y los entrega a las bibliotecas de ciertas universidades. Yánez, aparentemente, ignora este hecho. Sus libros recientes son, Homero Sifilítico (1989), Versos indecentes (1990), "A" (1993), El lenguaje de un genio: reseña de Nadie (1996), La desesperación del aire (1999).

(2) "No quisiera yo la sabiduría si me la ofrecieran a condición de callarla y no comunicarla a nadie". (Séneca, Epíst., 6.)

(*) IÑAKI AGUIRRE, joven periodista de la revista cultural Zanzíbar, de reciente aparición, editada en Bilbao.





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