|
- Leer Soñando
a Durero -
- Leer Toledo, mito y deseo -
Toledo. ¿Cómo representarnos ese mundo que se nos escapa,
no porque sea inaprensible, sino porque al contrario tal vez
haya demasiado por aprender? Sus críticos y comentaristas
ni siquiera están fundamentalmente en desacuerdo. Usan
más o menos las mismas palabras: el absurdo, la contingencia,
el deseo de conquistar un lugar en el mundo, la imposibilidad
de mantenerse en él, la desesperación, la angustia
y la risa, la burla y la máscara, el erotismo y el pintor
que abre un sentido nuevo a la ligereza de la ironía
que sin embargo, no debe engañarnos.
Toledo. Cuántas imágenes, alegorías,
símbolos, signos, gramáticas ficcionales y míticas
cuyos desarrollos extraordinarios nos presentan sus obras, evocan
la sola mención de su nombre. Pareciera que cuando rememoramos
su nombre éste se transmuta en una incesante actividad
creadora que cambia y se transforma, la imagen misma de Proteo
que está en continuo movimiento y que jamás se
repite pero que descansa sobre una verdad original, aquella
sobre la que respira el mundo del artista, de la que brotan
sus raíces más profundas, haciendo posible su
continuo florecimiento. Por ello, con motivo de la retrospectiva
que se ha montado en la White Chapel de Londres, y que
ahora se presenta en el Museo Nacional Centro de Arte Reina
Sofía, tendríamos que remontarnos de una manera
inevitable a esas fuentes originales, ver esta obra como una
consecuencia natural, que afirma la fragmentación de
su pintura, porque toda su obra es un fragmento; de sus trabajos
de papel, sus esculturas, de los múltiples objetos variados
con los que nos ha regalado su arte, el arte de Francisco Toledo.
Habría que decir, sin embargo, que
la obra de arte no remite inmediatamente a alguien que la habría
hecho. Cuando ignoramos todo de las circunstancias que la han
preparado, de la historia de su creación y hasta el nombre
de quien la hizo posible, entonces la obra se acerca a sí
misma. Esa es su dirección verdadera. Esta exigencia
que se expresa en ese superlativo que es la obra maestra. La
obra maestra no reside en la perfección, tal como esta
palabra reivindicada por la estética lo hace suponer,
ni en la maestría, que pertenece al artista, y no a la
obra. Valéry dice bien que la maestría es lo que
permite no terminar nunca lo que se hace, como en el caso específico
de Toledo. Sólo la maestría del artesano concluye
en el objeto que fabrica. Para un artista como Toledo, la obra
siempre es infinita, no terminada y, por eso, porque es, porque
es absolutamente, este acontecimiento singular se revela como
no perteneciendo al dominio de la realización. Es de
otro orden.
En los primeros cuadros de este artista oaxaqueño
es posible ver todavía los rasgos de las tendencias que
seguirá su propia obra. El pintor se volvía hacia
las diferencias de lo insólito, que de una manera inmediata
mostraban y afirmaban su particular fisonomía. Pero también
desde ese instante parecía verlas con una mirada distinta.
Trasladadas a tela, éstas tomaban un significado nuevo,
revelándose como medio de un lenguaje incipiente, pero
absolutamente propio y que buscaba sus puntos de apoyo en otras
bases, trataba de encontrase dentro de otra tradición,
más amplia y general, sin perder contacto con la realidad
circundante que hería su sensibilidad. Toledo era consciente
de la gran tradición plástica occidental y se
dirigía de una manera natural hacia ella. A partir de
esa conciencia empieza a crecer y desarrollarse su obra, pero
su secreto no se encuentra tan sólo en ella.
Todo gran artista se halla en una relación ambigua con
la tradición. No puede hacerla a un lado, dejar de utilizarla,
en tanto que es su continuidad la que traza las constantes,
los puntos de referencia y relación, los puntos que la
hermanan asegurándole sus posibilidades de comunicación
y dentro de una línea de desarrollo; pero, al mismo tiempo,
su mismo impulso a la creación total tiende a destruirla
e invalidarla, abriendo en ella una brecha que lo conduzca a
esa inocencia dentro de la que espera encontrar las imágenes
originales, su propia voz, su propia mirada, el centro oculto
de las cosas del que espera hacer nacer a su arte. Sólo
dentro de esta doble relación la obra de Toledo se realiza
a sí misma. Por esto las obras auténticas, como
las de Francisco Toledo, rompen de manera irrecusable con el
pasado y simultáneamente aseguran su continuidad. Tienen
la independencia de todo lo naciente, pero también ese
aliento del oscuro humus de la tierra. Esa obra nos orienta
hacia el fondo de oscuridad que no pensamos haber designado
llamándolo elemental, porque no es naturaleza, ya que
la naturaleza es siempre lo que se afirma como ya nacida y formada,
que René Char sin duda interpela cuando dice "tierra
móvil, horrible, exquisita", que Hölderlin
llama Tierra Madre, la tierra cerrada sobre su silencio,
la que es subterránea y se retira a su sombra y a quien
Rilke se dirige así: "Tierra, ¿no eres lo que
en nosotros quiere renacer invisible?", y que Van Gogh
llamara más claramente: "Estoy unido a la tierra."
Pero estos nombres míticos, poderosos por sí mismos,
son extraños a lo que nombran.
La naturaleza del mundo pictórico de Toledo
podría definirse como una búsqueda de un extraño
y paradójico secreto. En el Tigre con Sarampíón
de 1959, en La fiesta del señor Santiago de 1969
o en Tres avispas también de ese año, Toledo
nos "dice" lo que está ahí, siempre,
pero ahora taumatúrgicamente, son otra cosa, nos lo revela
en lo extraordinario de lo cotidiano: el hombre que defeca un
pez, el pez que vomita un león, el león un cocodrilo
y el cocodrilo un lapin. La camisa que parece danzar
alrededor de este sueño y las tres avispas que deambulan
ociosas en búsqueda de su destino. O quizá, el
mundo es absorbido por la cultura del culo abierto en el que
todo lo que sale vuelve. Por ello podemos decir que casi
desde sus primeras obras, para Toledo, la pintura tiene como
fin revelarnos la otra cara de la realidad, la que no queda
en la superficie de las apariencias, sino que las penetra, concibiendo
el mundo como un misterio vivo y abierto que el artista debe
apresar. Esta búsqueda es la que liga a Toledo con otro
aspecto de la tradición oaxaqueña. Hölderlin
decía que toda obra de arte es un ritmo único,
designa esa misma región donde todo está afuera,
pero como impenetrable y cerrado: "Cuando el ritmo se
convierte en el único y solo modo de expresión
del pensamiento, sólo entonces hay poesía. Para
que el espíritu se vuelva poesía, debe llevar
en sí el misterio de un ritmo innato. Sólo en
ese ritmo puede vivir y hacerse visible. Y toda obra de arte
no es sino un solo y mismo ritmo. Todo es ritmo. El destino
del hombre es un solo ritmo celeste, como toda obra de arte
es un único ritmo." Y ese ritmo es lo que encontramos
en los bestiarios de Toledo, aquellos chapulines de Migraciones
II o su Zoología fantástica en honor
a Borges, o las acuarelas de la serie Insectario I e
Insectario II, hasta "la mierda de la luna"
(metzcuícatl).
Gracias a ese ritmo su pintura destruye y continúa el
arte y el pensamiento mágico mítico de México
de una manera ambivalente y vital. Todo lo puesto en las telas,
en las esculturas que realiza de materiales tan arduos como
el bronce o en el sencillo papel, en los objetos que construye,
todo le da un carácter religioso a su creación;
pero esa religiosidad está regida y minada por la razón
y la inteligencia de una sensibilidad atenta a la tradición
y a la memoria de su pueblo. Por ello, en lugar de representar
los mitos como una materia muerta de la que sólo queda
la imagen exterior sin ninguna comunicación verdadera
con la realidad, Toledo trata de reinventarlos, dándoles
nueva vida, creándolos otra vez a partir de las exigencias
de la realidad. Al tomar como tema la vida cotidiana, la vida
de la naturaleza en sus formas más humildes, pequeñas
e insignificantes para la mirada cotidiana, Toledo busca lo
sagrado contenido en ella y su búsqueda nos conduce a
la naturaleza misma de lo sagrado, consiguiendo que la realidad
inmediata sea la que se haga mítica y se salga del tiempo.
Así, Toledo no es en ningún
momento, ni al principio de su obra ni durante la evolución
posterior, un pintor de la pintura. Sus cuadros no se satisfacen
con la mera creación de formas que semejan a la naturaleza
desde la que parte; pues el pintor sabe que sólo convirtiendo
cada obra en un objeto cerrado, que se basta a sí mismo,
puede llevarnos a la penetración profunda de la realidad.
Cada cuadro implica la creación de un orden propio, regido
por sus propias leyes dinámicas, fluidas, movientes y
por ello mismo, paradójicamente, fragmentaria.
Las campamochas, los grillos, los humildes
pero terribles mosquitos, los alacranes, las hormigas que se
transmutan en libélulas y libélulas que se transforman
en conejos, tortugas y bestias milenarias que Toledo ha pintado,
cumple por completo la exigencia no de reproducir (si es válido
el término); la vitalidad de los cuadros se encuentra
en otra parte: principalmente en su propósito de transformar
mediante el dibujo, los materiales, las texturas, y ese inaudito
manejo del color en el que se sobreviven las tradiciones pero
que, en su elaboración, Toledo nos demuestra su cada
vez mayor dominio de los medios expresivos. En las obras la
tradición heredada de maestros como Braque, Picasso,
Cezanne, especialmente en lo que se refiere a la comprensión
del espacio plástico o a la grafía de Michaux,
se transforma muy pronto en un lenguaje absolutamente personal:
el estilo, la marca, el rostro y el rastro; las huellas de la
voz y del silencio, toda una geografía de luz y sombra
que muestran a las claras que el uno no es sino el reflejo del
otro y reflejo de un todo invisible, toda esa cadena de metamorfosis,
ese crecimiento metódico de la distancia que nunca se
da como finita pero que se profundiza indefinidamente de manera
necesaria mediante la transformación de la poderosa imaginería
del exilio de las cosas.
En esta geografía pasional de la naturaleza
la pintura se convierte en una forma de dominar una realidad
amenazadora sometiéndola a un orden estricto en el que
aún ahí se da sitio libre a la pintura misma,
espacios en donde se deja la tela intocada, porque eso basta
para que el vacío, la irrealidad, invada el cuadro. El
sentido del espacio en esas primeras obras de Toledo está
en relación directa con los mismos objetos que la integran
como en El laberinto de 1964, o en la xilografía
La jarra de 1969. A pesar de que éstos están
voluntariamente despojados de todo valor como referencia directa
mediante ese proceso de elaboración que les resta individualidad,
ninguno de ellos aparece en las obras de manera casual. El artista
los ha escogido para que expresen la realidad superior que él
desea comunicar porque parte de ellos. Son los que pueden conducirlo
a esa nueva invención de los mitos mediante la cual volverán
a adquirir en el arte su verdadero sentido, adquirirán
la realidad de que carecen y que se traduce en la alegría
del arte. Porque legítimamente, en Toledo, el entendimiento
mítico consiste en ese propósito de descifrar
el sentido del mundo, de la realidad cotidiana que nadie ve
porque la mirada ha sido aprisionada, y de la propia existencia
personal por medio de su constante confrontación con
las grandes preimágenes míticas acarreadas por
la tradición que vive en nosotros de una manera inconsciente
unas veces, consciente otras, pero que también debe acompañarse
de la creación de nuevas imágenes sacadas de la
sustancia más densa, profunda y significativa de la propia
vida: lo maravilloso cotidiano.
¿En qué medida ha tenido conciencia
Toledo de la analogía de esa diligencia con el movimiento
por el cual la obra tiende a su origen, a ese centro en que
sólo ella podrá cumplirse, en búsqueda
del cual se realiza y que, alcanzado, la hace imposible? ¿En
qué medida compara la prueba de sus insectos, de las
tortugas centenarias, de la liebre, de esa suerte de leones,
bestias eróticas con la manera en que él mismo,
a través del arte, trataba de abrirse camino hacia la
obra y, por la obra, hacia algo verdadero? ¿Pensó con
frecuencia en la frase de Goethe: "El artista se procura
todo lo posible postulando lo imposible"? Es sorprendente
esta evidencia.
Cuando el Prometeo de Goethe, el Goethe de
la afirmación titánica, exclama: "¿No
has acaso realizado todo sola, llama sagrada del corazón?",
este "realizado todo" es la evidencia apasionada
que la intimidad opone a los reproches de la preocupación
por realizar. La soberanía entonces no tiene reino. Arde
en la soledad de lo sagrado. Es la pasión del corazón
que realiza todo, abierta al fuego que es la esencia y el movimiento
de todo. Esta omnipotencia que tiene por símbolo a los
Titanes desterrados en las profundidades del Tártaro
porque su deseo insaciable no es la negación activa del
tiempo y del trabajo, sino el tormento y la rueda ardiente de
la repetición, esta omnipotencia es la que en este instante
vela sobre el arte, el arte de Francisco Toledo.
- Leer Soñando a Durero -
- Leer Toledo, mito y deseo -
|
Suscríbete
a Enfocarte.com y recibe las actualizaciones en tu e-mail
|
|
|
|