Teatro

Entre rones y críticas
de JUAN MANUEL MARTINS (*)

 


La crítica teatral podría apropiarse de cierta estructura lingüística, pensándolo bien, el estructuralismo (entendiéndolo desde el factor comunicacional), nos otorga herramientas de análisis que organizan, en la interpretación, una relación más objetiva con el lector-espectador, puesto que se vale del hecho comunicacional: determina cómo se nos exhiben los signos y su manera de valorar y clasificarlos para el público. Desde luego, uno que otro análisis carece de rigor, en algunas ocasiones, no son sino impresiones académicas, pero cuando el análisis -aunque parezca paradójico- se desprende del rigor académico, surgen nuevas posibilidades de lectura en todos aquellos que intervenimos en el quehacer teatral, incluyendo a los críticos. Tendríamos con nosotros, si nos apegamos a este criterio, elementos de "valor" sobre una determinada puesta en escena, sin que el "juicio" subjetivo intervenga. Siendo así, la crítica es creativa y fructuosa en el proceso. El otro extremo, es aquella crítica que recoge las querellas de algún escritor -cuando se trata de un escritor en el mejor de los casos- que lo invitan a cenar para que, después de tanto coqueteo diplomático, "haga una buena crítica de aquél u otro espectáculo" o, como suele suceder muchas veces, alguien que tiene "acceso a la prensa", pero sin nociones de lo que debería ser una critica teatral propiamente dicha. Y se impone como crítico (¡vaya atrevimiento!).

Ahora, debemos establecer la diferencia entre noción e idea. Porque lo primero le otorga más racionalidad, en cambio, la idea se define sobre lo subjetivo e ideológico y un actor, a objeto de que crezca en su labor, necesita conocer y descifrar los signos de aquello que comunica y cómo lo comunica: es un hecho concreto, real y hasta fisiológico: la reciprocidad que establece el actor -y fíjese que he dicho actor, no director ni dramaturgo- con su público requiere ser explorado racionalmente y no, por el contrario, subjetiva e ideológicamente.

Es necesario arrancar desde esta primicia cuando la "diatriba" teatral está abarrotada de tanta improvisación. Lo que no quiere decir que esta instrumentación de análisis sea rígida e inalterable. No, muy diferente a lo que puede pensarse, varía como todo proceso creativo. Lo que tenemos que hacer es evitar "dormirnos" en complacencias y querellas a la hora de expresar el registro de un montaje, lo cual podría ser enriquecedor para todos, si se toma con la seriedad y humildad inexcusable. En mi caso, pocas veces he asumido la condición de crítico teatral y si, como nos sucede, conocemos el hecho teatral desde "adentro" (desde el actor), sabemos de antemano que este rigor es necesario: ¿cómo podemos ser tan arrogante como para decirle a un actor que su trabajo ha sido malo, sin darle una respuesta estructural y de análisis a sus deficiencias. Con qué seriedad nos tomará éste?

Ahora que, mediante una crítica racional, puede notar dónde está sus limitaciones, éste, el actor, hallará nuevas vías que encaminen el desarrollo de la puesta en escena, beneficiándose el director en el medio del camino entre la crítica y el resultado final de su montaje.

Sin querer detallar en los pormenores, debemos decir que la semiótica nos da elementos invalorables en la racionalidad del instrumento teatral. Una propuesta más científica (para usar una expresión de los estructuralistas), y menos ideológica: de nada sirve al actor (y a todos los que estamos metidos en las tablas), saber cuáles son los gustos temáticos o estilísticos de éste, el crítico, o si le gusta o no un a obra de teatro. Sin embargo, sí le interesa al actor, el cómo han determinado la objetividad de su realidad actoral. El estructuralismo es un gran aliado, pero hagamos de esas estructuras de análisis algo accesible para todos. Eso dependerá de la tolerancia, del sentido de humor y, sobre todo, de la humildad del crítico. En nuestro país la crítica ha abandonado este camino, con algunas excepciones importantes, que vimos reaparecer en una columna como es la de Rubén Monasterios en el marco del XIII Festival de Teatro de Caracas. Y seríamos injustos si no recordamos los artículos de Leonardo Azparren Jiménez: ¡viva la polémica, hasta la victoria!....

(*) JUAN MANUEL MARTINS, escritor y dramaturgo venezolano, es director de la Editorial Ediciones Estival (Maracay-Venezuela).
Ha escrito y dirigido entre otras las siguientes obras: Terciopelo negro, A la mitad de la iguana, Tres cabezas muerden mejor que una, Preludio en tres autoestimas o la vida con Edith Piaf. Entre sus publicaciones se encuentran: Deseos de casa, Editorial la Liebre libre; Teatro y Literatura, Editorial La Liebre libre (Recopilación de ensayos de poetas como Eliot, Pessoa, O. Paz y Oscar Wilde en torno al teatro); Poética para el actor, editorial The Latino Press de Nueva York.
Colaborador de la página literaria Contenido del Periodiquito. Ha publicado diferentes artículos en la prensa regional, y extranjera. Colaborador en diferentes programas de mano de actividades culturales de la región.


Para contactarse con Juan Manuel Martins: estival@etheron.net
Sitio web: http://littheatrum.cjb.net


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