La crítica teatral podría apropiarse de cierta
estructura lingüística, pensándolo bien,
el estructuralismo (entendiéndolo desde el factor
comunicacional), nos otorga herramientas de análisis
que organizan, en la interpretación, una relación
más objetiva con el lector-espectador, puesto que
se vale del hecho comunicacional: determina cómo
se nos exhiben los signos y su manera de valorar y clasificarlos
para el público. Desde luego, uno que otro análisis
carece de rigor, en algunas ocasiones, no son sino impresiones
académicas, pero cuando el análisis -aunque
parezca paradójico- se desprende del rigor académico,
surgen nuevas posibilidades de lectura en todos aquellos
que intervenimos en el quehacer teatral, incluyendo a los
críticos. Tendríamos con nosotros, si nos
apegamos a este criterio, elementos de "valor"
sobre una determinada puesta en escena, sin que el "juicio"
subjetivo intervenga. Siendo así, la crítica
es creativa y fructuosa en el proceso. El otro extremo,
es aquella crítica que recoge las querellas de algún
escritor -cuando se trata de un escritor en el mejor de
los casos- que lo invitan a cenar para que, después
de tanto coqueteo diplomático, "haga una buena
crítica de aquél u otro espectáculo"
o, como suele suceder muchas veces, alguien que tiene "acceso
a la prensa", pero sin nociones de lo que debería
ser una critica teatral propiamente dicha. Y se impone como
crítico (¡vaya atrevimiento!).
Ahora, debemos establecer la diferencia entre
noción e idea. Porque lo primero le otorga más
racionalidad, en cambio, la idea se define sobre lo subjetivo
e ideológico y un actor, a objeto de que crezca en
su labor, necesita conocer y descifrar los signos de aquello
que comunica y cómo lo comunica: es un hecho concreto,
real y hasta fisiológico: la reciprocidad que establece
el actor -y fíjese que he dicho actor, no director
ni dramaturgo- con su público requiere ser explorado
racionalmente y no, por el contrario, subjetiva e ideológicamente.
Es necesario arrancar desde esta primicia
cuando la "diatriba" teatral está abarrotada
de tanta improvisación. Lo que no quiere decir que
esta instrumentación de análisis sea rígida
e inalterable. No, muy diferente a lo que puede pensarse,
varía como todo proceso creativo. Lo que tenemos
que hacer es evitar "dormirnos" en complacencias
y querellas a la hora de expresar el registro de un montaje,
lo cual podría ser enriquecedor para todos, si se
toma con la seriedad y humildad inexcusable. En mi caso,
pocas veces he asumido la condición de crítico
teatral y si, como nos sucede, conocemos el hecho teatral
desde "adentro" (desde el actor), sabemos de antemano
que este rigor es necesario: ¿cómo podemos
ser tan arrogante como para decirle a un actor que su trabajo
ha sido malo, sin darle una respuesta estructural y de análisis
a sus deficiencias. Con qué seriedad nos tomará
éste?
Ahora que, mediante una crítica racional,
puede notar dónde está sus limitaciones, éste,
el actor, hallará nuevas vías que encaminen
el desarrollo de la puesta en escena, beneficiándose
el director en el medio del camino entre la crítica
y el resultado final de su montaje.
Sin querer detallar en los pormenores, debemos
decir que la semiótica nos da elementos invalorables
en la racionalidad del instrumento teatral. Una propuesta
más científica (para usar una expresión
de los estructuralistas), y menos ideológica: de
nada sirve al actor (y a todos los que estamos metidos en
las tablas), saber cuáles son los gustos temáticos
o estilísticos de éste, el crítico,
o si le gusta o no un a obra de teatro. Sin embargo, sí
le interesa al actor, el cómo han determinado la
objetividad de su realidad actoral. El estructuralismo es
un gran aliado, pero hagamos de esas estructuras de análisis
algo accesible para todos. Eso dependerá de la tolerancia,
del sentido de humor y, sobre todo, de la humildad del crítico.
En nuestro país la crítica ha abandonado este
camino, con algunas excepciones importantes, que vimos reaparecer
en una columna como es la de Rubén Monasterios en
el marco del XIII Festival de Teatro de Caracas. Y seríamos
injustos si no recordamos los artículos de Leonardo
Azparren Jiménez: ¡viva la polémica,
hasta la victoria!....
(*) JUAN MANUEL MARTINS,
escritor y dramaturgo venezolano, es director de la Editorial
Ediciones Estival (Maracay-Venezuela).
Ha escrito y dirigido entre otras las siguientes obras:
Terciopelo negro, A la mitad de la iguana,
Tres cabezas muerden mejor que una, Preludio
en tres autoestimas o la vida con Edith Piaf. Entre
sus publicaciones se encuentran: Deseos de casa,
Editorial la Liebre libre; Teatro y Literatura,
Editorial La Liebre libre (Recopilación de ensayos de poetas
como Eliot, Pessoa, O. Paz y Oscar Wilde en torno al teatro);
Poética para el actor, editorial The Latino
Press de Nueva York.
Colaborador de la página literaria Contenido del Periodiquito.
Ha publicado diferentes artículos en la prensa regional,
y extranjera. Colaborador en diferentes programas de mano
de actividades culturales de la región.