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Era buena gente a pesar de todo. Aún hoy
recuerdo con placer el sonido de sus pasos pesados que entonces
resonaban en mi somnolencia. Acostumbraban hacer las cosas con
exagerada lentitud. Si alguno necesitaba frotarse los ojos levantaba
la mano como si se tratara de un peso muerto. Sus bromas eran
groseras pero afables. A sus risas se mezclaba siempre un carraspeo
que, aunque sonaba peligroso, no significaba nada. Siempre tenían
en la boca algo que escupir y les era indiferente dónde
lo escupían. Con frecuencia se quejaban de que mis pulgas
les saltaban encima, pero nunca llegaron a enojarse en serio
conmigo: por eso sabían, pues, que las pulgas se multiplicaban
en mi pelaje y que las pulgas son saltarinas. Con esto les era
suficiente. A veces, cuando estaban de asueto, algunos de ellos
se sentaban en semicírculo frente a mí, hablándose
apenas, gruñéndose el uno al otro, fumando la
pipa recostados sobre los cajones, palmeándose la rodilla
a mi menor movimiento y, alguno, de vez en cuando, tomaba una
varita y con ella me hacía cosquillas allí donde
me daba placer. Si me invitaran hoy a realizar un viaje en ese
barco, rechazaría, por cierto, la invitación;
pero también es cierto que los recuerdos que evocaría
del entrepuente no serían todos desagradables.
La tranquilidad que obtuve de esa gente me preservó,
ante todo, de cualquier intento de fuga. Con mi actual dentadura
debo cuidarme hasta en la común tarea de cascar una nuez;
pero en aquel entonces, poco a poco, hubiera podido roer de
lado a lado el cerrojo de la puerta. No lo hice. ¿Qué
hubiera conseguido con ello? Apenas hubiese asomado la cabeza
me hubieran cazado de nuevo y encerrado en una jaula peor; o
bien hubiera podido huir hacia los otros animales, hacia las
boas gigantes, por ejemplo, que estaban justo frente a mí,
para exhalar en su abrazo el último suspiro; o, de haber
logrado deslizarme hasta el puente superior y saltado por sobre
la borda, me hubiera mecido un momento sobre el océano
y luego me habría ahogado. Todos éstos, actos
suicidas. No razonaba tan humanamente entonces, pero bajo la
influencia de mi medio ambiente actué como si hubiese
razonado.
No razonaba pero sí observaba, con toda
calma, a esos hombres que veía ir y venir. Siempre las
mismas caras, los mismos gestos; a menudo me parecían
ser un solo hombre. Pero ese hombre, o esos hombres, se movían
en libertad. Un alto designio comenzó a alborear en mí.
Nadie me prometía que, de llegar a ser lo que ellos eran,
las rejas me serían levantadas. No se hacen tales promesas
para esperanzas que parecen irrealizables; pero si llegan a
realizarse, aparecen estas promesas después, justamente
allí donde antes se las había buscado inútilmente.
Ahora bien, nada había en esos hombres que de por sí
me atrajera especialmente. Si fuera partidario de esa libertad
a la cual me referí, hubiera preferido sin duda el océano
a esa salida que veía reflejarse en la turbia mirada
de aquellos hombres. Había venido observándolos,
de todas maneras, ya mucho antes de haber pensado en estas cosas,
y, desde luego, sólo estas observaciones acumuladas me
encaminaron en aquella determinada dirección.
¡Era tan fácil imitar a la gente!
A los pocos días ya pude escupir. Nos escupimos entonces
mutuamente a la cara, con la diferencia de que yo me lamía
luego hasta dejarla limpia y ellos no. Pronto fumé en
pipa como un viejo, y cuando además metía el pulgar
en el hornillo de la pipa, todo el entrepuente se revolcaba
de risa. Pero durante mucho tiempo no noté diferencia
alguna entre la pipa cargada y la vacía.
Pero nada me resultó tan difícil
como la botella de caña. Me martirizaba el olor y, a
pesar de mis buenas intenciones pasaron semanas antes de que
lograra vencer esa repulsión. Lo insólito es que
la gente tomó más en serio esas pujas internas
que cualquier otra cosa que se relacionara conmigo. En mis recuerdos
tampoco distingo a esa gente, pero había uno que venía
siempre, solo o acompañado, de día, de noche,
a las horas más diversas, y deteniéndose ante
mí con la botella vacía me daba lecciones. No
me comprendía: quería dilucidar el enigma de mi
ser. Descorchaba lentamente la botella, luego me miraba para
saber si yo había entendido. Confieso que yo lo miraba
siempre con una atención desmedida y precipitada. Ningún
maestro de hombre encontrará en el mundo entero mejor
aprendiz de hombre. Cuando había descorchado la botella
se la llevaba a la boca; yo seguía con los ojos todo
el movimiento.
Asentía satisfecho conmigo, y apoyaba la
botella en sus labios. Yo, maravillado con mi paulatina comprensión,
chillaba rascándome a lo largo, a lo ancho, donde fuera.
Él, alborozado, empinaba la botella y bebía un
sorbo. Yo, impaciente y desesperado por imitarle, me ensuciaba
en la jaula, lo que de nuevo lo divertía mucho. Después
apartaba de sí la botella con ademán ampuloso
y volvía a acercarla a sus labios de igual manera; luego,
echado hacia atrás en un gesto exageradamente didáctico,
la vaciaba de un trago. Yo, agotado por el excesivo deseo, no
podía seguirlo y permanecía colgado débilmente
de la reja mientras él, dando con esto por terminada
la lección teórica, se frotaba, con amplia sonrisa,
la barriga.
Recién entonces comenzaba el ejercicio
práctico. ¿No me había dejado ya el teórico
demasiado fatigado? Sí, exhausto, pero esto era parte
de mi destino. Sin embargo, tomaba lo mejor que podía
la botella que me alcanzaban; la descorchaba temblando; el lograrlo
me iba dando nuevas fuerzas; levantaba la botella de manera
similar a la del modelo; la llevaba a mis labios y... la arrojaba
con asco; con asco, aunque estaba vacía y sólo
el olor la llenaba; con asco la arrojaba al suelo. Para dolor
de mi instructor, para mayor dolor mío; ni a él
ni a mí mismo lograba reconciliar con el hecho de que,
después de arrojar la botella, no me olvidara de frotarme
a la perfección la barriga, ostentando al mismo tiempo
una amplia sonrisa.
Así transcurría la lección
con demasiada frecuencia, y en honor de mi instructor quiero
dejar constancia de que no se enojaba conmigo, pero sí
que de vez en cuando me tocaba el pelaje con la pipa encendida
hasta que comenzaba a arder lentamente, en cualquier lugar donde
yo difícilmente alcanzaba; entonces lo apagaba él
mismo con su mano enorme y buena. No se enojaba conmigo, pues
aceptaba que, desde el mismo bando, ambos luchábamos
contra la condición simiesca, y que era a mí a
quien le tocaba la peor parte.
Y a pesar de todo, qué triunfo luego,
tanto para él como para mí, cuando cierta noche,
ante una gran rueda de espectadores -quizás estaban de
tertulia, sonaba un fonógrafo, un oficial circulaba entre
los tripulantes-, cuando esa noche, sin que nadie se diera cuenta,
tomé una botella de caña que alguien, en un descuido,
había olvidado junto a mi jaula, y ante la creciente
sorpresa de la reunión, la descorché con toda
corrección, la acerqué a mis labios y, sin vacilar,
sin muecas, como un bebedor empedernido, revoloteando los ojos
con el gaznate palpitante, la vacié totalmente. Arrojé
la botella, no ya como un desesperado, sino como un artista,
pero me olvidé, eso sí, de frotarme la barriga.
En cambio, como no podía hacer otra cosa, como algo me
empujaba a ello, como los sentidos me hervían, por todo
ello, en fin, empecé a gritar: "¡Hola!",
con voz humana. Ese grito me hizo irrumpir de un salto en la
comunidad de los hombres, y su eco: "¡Escuchen, habla!"
lo sentí como un beso en mi sudoroso cuerpo.
Repito: no me cautivaba imitar a los humanos;
los imitaba porque buscaba una salida; no por otro motivo. Con
ese triunfo, sin embargo, poco había conseguido, pues
inmediatamente la voz volvió a fallarme. Recién
después de unos meses volví a recuperarla. La
repugnancia hacia la botella de caña reapareció
con más fuerza aún, pero, indudablemente, yo había
encontrado de una vez por todas mi camino.
Cuando en Hamburgo me entregaron al primer adiestrador,
pronto me di cuenta que ante mí se abrían dos
posibilidades: el jardín zoológico o el music
hall. No dudé. Me dije: pon todo tu empeño en
ingresar al music hall: allí está la salida. El
jardín zoológico no es más que una nueva
jaula; quien allí entra no vuelve a salir .
Y aprendí, estimados señores. ¡Ah,
sí, cuando hay que aprender se aprende; se aprende cuando
se trata de encontrar una salida! ¡Se aprende de manera
despiadada! Se controla uno a sí mismo con la fusta,
flagelándose a la menor debilidad. La condición
simiesca salió con violencia fuera de mí; se alejó
de mí dando tumbos. Por ello mi primer adiestrador casi
se transformó en un mono y tuvo que abandonar pronto
las lecciones para ser internado en un sanatorio. Afortunadamente,
salió de allí al poco tiempo.
Consumí, sin embargo, a muchos instructores.
Sí, hasta a varios juntos. Cuando ya me sentí
más seguro de mi capacidad, cuando el público
percibió mis avances, cuando mi futuro comenzó
a sonreírme, yo mismo elegí mis profesores. Los
hice sentar en cinco habitaciones sucesivas y aprendí
con todos a la vez, corriendo sin cesar de un cuarto a otro.
iQué progresos! ¡Qué irrupción,
desde todos los ámbitos, de los rayos del saber en el
cerebro que se aviva! ¿Por qué negarlo? Esto me
hacía feliz. Pero tampoco puedo negar que no lo sobreestimaba,
ya entonces, ¡y cuánto menos lo sobreestimo ahora!
Con un esfuerzo que hasta hoy no se ha repetido sobre la tierra,
alcancé la cultura media de un europeo. Esto en sí
mismo probablemente no significaría nada, pero es algo,
sin embargo, en tanto me ayudó a dejar la jaula y a procurarme
esta salida especial; esta salida humana. Hay un excelente giro
alemán: "escurrirse entre los matorrales".
Esto fue lo que yo hice: "me escurrí entre los matorrales".
No me quedaba otro camino, por supuesto: siempre que no había
que elegir la libertad.
Si de un vistazo examino mi evolución
y lo que fue su objetivo hasta ahora, ni me arrepiento de ella,
ni me doy por satisfecho. Con las manos en los bolsillos del
pantalón, con la botella de vino sobre la mesa, recostado
o sentado a medias en la mecedora, miro por la ventana. Si llegan
visitas, las recibo correctamente. Mi empresario está
sentado en la antecámara: si toco el timbre, se presenta
y escucha lo que tengo que decirle. Por las noches casi siempre
hay función y obtengo éxitos ya apenas superables.
Y si al salir de los banquetes, de las sociedades científicas
o de las agradables reuniones entre amigos, llego a casa a altas
horas de la noche, allí me espera una pequeña
y semiamaestrada chimpancé, con quien, a la manera simiesca,
lo paso muy bien. De día no quiero verla pues tiene en
la mirada esa demencia del animal alterado por el adiestramiento;
eso únicamente yo lo percibo, y no puedo soportarlo.
De todos modos, en síntesis, he logrado
lo que me había propuesto lograr. Y no se diga que el
esfuerzo no valía la pena. Sin embargo, no es la opinión
de los hombres lo que me interesa; yo sólo quiero difundir
conocimientos, sólo estoy informando. También
a vosotros, excelentísimos señores académicos,
sólo os he informado.
(*) Franz Kafka nació en Praga en 1883, y murió
en el sanatorio de Kierling, cerca de Viena, en 1924. De familia
judía, se adhirió al sionismo y proyectó
un viaje a Palestina que no llegó a realizar. En la Universidad
de Praga estudió derecho, y en 1906 obtuvo el doctorado
en dicha especialidad. Hasta 1908 trabajó en la carrera
judicial. Posteriormente se empleó en una compañía
de seguros, trabajo en el que permaneció hasta 1917,
fecha en que la tuberculosis le obligó a ausencias intermitentes,
hasta que en 1922 tuvo que abandonar definitivamente el trabajo.
Desde 1908 hasta 1913 viajó por Italia, Francia, Alemania,
y Austria.
Sus obras manifiestan con lucidez y maestría la perversidad
de la burocracia, las limitaciones de la comunicación
humana, y, en suma, el absurdo de la existencia y su supuesto
orden, organización, y sentido.
Obras: Consideraciones (1913), La metamorfosis
(1916), La sentencia (1916), La colonia penitenciaria
(1919), Un médico Rural (1919), libro de relatos,
Carta al padre (1919), Un artista del Hambre (1924).
Escribió tres novelas inacabadas, El Proceso (1925),
El Castillo (1926), y América (1927). Se
suman a su producción La muralla China (1931)
y Diario 1910-23 (1927). Póstumamente se publicaron
las cartas escritas a su traductora checa Milena Jasenka: Cartas
a Milena.
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