Literatura

El poder de la literatura
por ENRIQUE G DE LA G (*)

Literatura y política
Mario Vargas Llosa
Ariel
México 2001
108 pp.

Hace pocos años el ITESM instauró la Cátedra Alfonso Reyes en la que, a juicio de Rafael Rangel Sostmann, el rector, "nuestra comunidad académica y estudiantil lleva a cabo un provechoso diálogo con el pensamiento visionario de reconocidas personalidades en orden a la construcción del futuro". Entre las reconocidas personalidades que se han presentado en la Cátedra están Fernando Savater, Luis Villoro, Juan Goytisolo, Ernesto Sábato, Ikram Antaki, Carlos Fuentes, José Saramago, Friedrich Katz, David Brading, Miguel León Portilla, Enrique Florescano, Umberto Eco.

En abril del año 2000 tocó el turno al doctor Mario Vargas Llosa. Su conferencia versó sobre las relaciones, aproximaciones, discrepancias, hostilidades, caricias que la literatura y la política han sostenido a lo largo de su existencia.

Don Alfonso Reyes jamás perdió de vista que la literatura debe llegar a todos los hombres, no sólo a los especialistas. Escribía pues para todos. Hay una paradoja a observar: escribir es una actividad de soledad, como leer. El escritor exige silencio, concentración, retiro, espacio-tiempo para trabajar; el lector precisa la tranquilidad sin la cual resulta imposible leer (bien). Allí está como prueba la Revolución Cultural China. Se intentó abolir la individualidad a todos los niveles, incluso el literario, "y se les incitó a escribir inmersos en actividades colectivas sometiendo permanentemente aquello que escribían a una participación de los demás. El resultado fue, simplemente, la desaparición de la literatura, el estreñimiento, el silencio de esa voz secreta, íntima, distinta que aparece en el texto literario".

Otra diferencia "que impide la confusión entre literatura y política" es el tiempo. La política necesariamente se mueve en el hic et nunc, en el aquí y el ahora, a diferencia de la literatura que "no puede estar en ningún caso confinada dentro de la actualidad". Las letras contenidas en las dimensiones espaciotemporales son efímeras, como la nota periodística. La política en cambio "es el ahora y el aquí y tiene que ver fundamentalmente con la problemática que nos rodea, que nos acosa, que nos angustia o que, de alguna manera, nos exalta o nos motiva para actuar". La política se califica por sus resultados prácticos, la literatura no. Una es cuantificable, La comedia humana no.

A diferencia de hoy, durante los 50 y 60 fue fortísimo el vínculo de asociación que mantuvieron la literatura y la política. Se hablaba de compromiso porque "escribir era actuar: a través de los cuentos, de las novelas, de los poemas, uno ejercía su condición de ciudadano, de miembro de una comunidad que tiene la obligación social y cívica de participar en el debate y la solución de los problemas de su sociedad". En aquel entonces, la pluma y el papel, las letras, no sólo eran la materialización de la vocación de escritor, era también el ejercicio de las obligaciones ciudadanas y sociales, era el continuado esfuerzo por mejorar el mundo, era justificar la propia vocación. Había confianza -"ideas ingenuas, como se vio después" - en que escribir poemas, novelas, obras de teatro o ensayos literarios constituían un auténtico combate al clima de dictaduras, de escasa democracia, de injusticia, explotación, desigualdad y desequilibrio social. Las voces de Marcel, Maulnieu, Mauriac, Greene, Sartre, Camus, Merleau-Ponty proclamaban "que la literatura es un instrumento formidable de transformación, de resistencia a la injusticia, de lucha contra la explotación, contra la adversidad. Por medio de la literatura uno puede abrir la conciencia de sus contemporáneos, hacerles ver aquello que, precisamente por vivir en sociedades tan profundamente injustas y manipuladas por poderes corrompidos y dictatoriales, no alcanzan a percibir: los mecanismos que están detrás de las injusticias, de la explotación, de la violencia convertida en poder". Pero llegó la Quinta República, y Sartre se vino abajo, "llegó en un momento de su vida, hasta a descreer de todo aquello que había defendido en su juventud y en lo que nos había hecho creer a nosotros, sus discípulos, y a sus lectores por todo el mundo". Sartre llegó a sentenciar que la literatura ne fais pas le pois: "Entiendo que un escritor africano renuncie a hacer literatura para luchar de una manera más efectiva por una revolución, por un cambio social que permita algún día a su país darse el lujo de tener una literatura".

Sartre representa el péndulo de opiniones: del compromiso a la desconfianza del escéptico. Vargas Llosa sugiere encontrar el punto intermedio.

Algunos, escritores y lectores por igual, creen que la literatura es un artículo exclusivamente de entretenimiento. Es una opinión que Vargas Llosa no comparte porque "si la literatura sólo es eso y sólo propone eso, está condenada a empobrecerse e incluso a desaparecer". Existen entretenimientos "más espectaculares y menos exigentes" que los del libro. Leer es un esfuerzo, el continuo ejercicio de descodificar las palabras.

La literatura ofrece algo más, "la sensación de que nos acercamos a algo desconocido, a una dimensión de la experiencia humana que hasta ese momento apenas adivinábamos y que ahí, gracias a esa obra literaria, se nos presenta como una realidad que podemos abarcar y comprender". Se trata de ese déja vu literario: "yo ya había experimentado esto mismo", y la piel se estremece. Así, por ejemplo, lo reconoce Jean Paul Belmondo en la película de Claude Lelouch, Les Misérables, o Alexander Solhenitzin a propósito de unos versos de Shalámov: "Sentí, sencillamente, que esos versos hablaban de mí, ¡de mi secreto! -y Shalámov era copartícipe".

Vargas Llosa no habla de Belmondo ni de Solhenitzin, utiliza La guerra y la paz de Tolstoi para ilustrar sus argumentos. Allí se describen las guerras napoleónicas, las avanzadas de los franceses, el sitio y la heroica resistencia "y cómo estos episodios épicos repercutieron en la vida de los individuos, de todos, de los grandes, de los poderosos, pero también de los anónimos, de los siervos, de los campesinos. Y a través de estas experiencias, tan ajenas geográfica y temporalmente para un lector de nuestros días, empezamos de pronto a aprender muchas cosas sobre nosotros mismos y nuestro derredor, y a descubrir lo que son esas complejas estructuras de relación entre el poder político y la ciudadanía, entre el poder político y el poder militar, y la función que juegan en esa sociedad el pensamiento, las ideas; cómo ese mundo abstracto, invisible, inmaterial está, sin embargo, impregnando todo aquello que ocurre y cómo, en función de eso, ciertos valores aparecen, tan convicentes, tan necesarios y otros, por el contrario, como meros embeleco, como fraudes. No podemos, cuando terminamos esa experiencia, decir: "La literatura es sólo un entretenimiento, es sólo un juego del espíritu, un malabarismo, un espectáculo". Es evidente que la experiencia de leer La guerra y la paz o novelas equivalentes produce un cambio en nosotros, no solamente como lectores sino como seres humanos, como ciudadanos. Algo que no sabíamos ha llegado hasta nosotros gracias a esa experiencia. Y, si ha sido así, si esa experiencia ha enriquecido nuestra sensibilidad, nuestra conciencia, nos ha hecho más capaces, por lo menos, de comprender aquello que ocurre en torno, en el mundo social del que formamos parte, entonces esa literatura es algo más que entretenimiento; a través de nuestra conducta de lectores afectados por esa experiencia se convierte en una forma de acción".

La literatura fina sirve pues no sólo como entretenimiento, no es simplemente la historia, el dominio del lenguaje, el uso de las formas, el talento, las figuras o recursos literarios lo que entra en juego. Está presente, con una presencia eminente, el cambio que se produce en el lector: como individuo amante de las bellas letras pero también como ciudadano.

¿De qué nos advierte la literatura en el plano social? Continúa Vargas Llosa: "el efecto político más visible de la literatura es el de despertar en nosotros una conciencia respecto de las deficiencias del mundo que nos rodea para satisfacer nuestras expectativas, nuestras ambiciones, nuestros deseos, y eso es político, esa es una manera de formar ciudadanos alertas y críticos sobre lo que ocurre en derredor". La justificación del poder es precisamente ésa, hacer creer que la realidad funciona, que es limpia, pura, redonda, clara, sistemática. Sabemos que no. La literatura se erige como "el mejor antídoto que ha creado la civilización frente al conformismo que revela aquella convicción, porque nos demuestra que la vida está mal hecha, que no es verdad que vayamos para mejor". ¿Cómo nos demuestra esto? Ofreciéndonos mundos hermosos con los que contrastar, explicándonos los actos desde sus motivaciones, sentimientos, raíces intelectuales. Cotejar es la inevitable consecuencia. "Y la conclusión de ese cotejo es la pequeñez de nuestro mundo comparado con ese otro tan grande, tan rico del que acabamos de salir. Y qué feo, mediocre y sórdido es este mundo nuestro comparado con ese donde todo parecía tan bello, incluso los peores aspectos de la condición humana".

Vargas Llosa continúa por los polvosos caminos de la novela. Echa mano de Flaubert, Balzac y Faulkner, contrasta con la poesía de san Juan de la Cruz, Góngora y Quevedo, y con los "textos absolutamente perfectos de principio a fin" de Borges. Así como en la novela se trata del amor, ya sea haciéndola comparecer o, si ausente, porque se siente su vacío silencioso, así la política aparece -debe aparecer- en la literatura. Este es el poder de la literatura.


(*) Enrique G de la G (San Pedro Garza García, México, 1979). Lector y escritor, estudió filosofía. Su tesis versa sobre el objeto de la metafísica aristotélica. Colabora en distintas revistas con ensayos, reseñas y entrevistas. Agradecido lector de Borges, Victor Hugo y Alfonso Reyes.


Para contactarse con Enrique G de la G: enriquegdelag@hotmail.com


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