Prescindamos de la muy prolija comparación de la vida
solitaria con la activa. En cuanto a la elevada frase que
encubre la ambición y la avaricia, y que reza : "No
hemos nacido para nosotros mismos, sino para los demás",
miremos resueltamente a algunos de los que están en
la danza y veamos si, por el contrario, los oficios, cargos
y demás agitaciones del mundo no se buscan más
bien por provecho particular. Los malos medios que hoy se
usan para medrar muestra bien que el fin no es respetable.
Vayamos, pues, a la ambición. Ella es la que nos hace
amar la soledad, pues ¿qué rehuye tanto como a la sociedad?
¿Qué busca tanto como sus fracasos los dioses? En todas
las cosas puede hallarse bien y mal. No obstante, si aciertan
Bías diciendo que "Lo peor es lo que más abunda",
y la Santa Escritura afirmando que "Entre mil no se halla
uno bueno"
Escasos son los buenos; difícilmente
se hallarían tantos como la puertas de Tebas o las
bocas del Nilo (1).
El contagio, estando entre la multitud,
es por demás peligroso. Menester es, si se vive entre
la gente, odiar a los viciosos o imitarlos. Ambas cosas son
arriesgadas: imitarlos, por lo muy viciosos que son, y odiarlos,
porque todos no son iguales. Los mercaderes que se embarcan
hacen bien en procurar que sus compañeros de viaje
no sean disolutos, blasfemos y malvados, y no yerran juzgando
aciaga semejante sociedad. Bías dijo jocosamente, cuando,
en un gran peligro y temporal, quienes iban con él
impetraron ayuda a los dioses: "Callad, no vaya a ser que
se sepa en el cielo que vais aquí conmigo". Alburquerque,
virrey de Manuel de Portugal en la India, hallándose
en el mar en un extremo peligroso, puso sobre sus hombros
a un muchachito para que, en el riesgo, le sirviese la inocencia
del rapaz para salvaguardia y recomendación ante el
favor divino. El sabio puede vivir contento, e incluso solo,
aun si está en la turbamulta de un palacio; mas si
ha de elegir huirá, como la doctrina aconseja, hasta
de ver palacio alguno. No sólo debe deshacerse de los
vicios, sino rechazar los de otros. Carondas castigaba como
malos a los que frecuentaban malas compañías.
Nada haya la vez tan disociable y tan sociable como el hombre,
y de ello lo primero se debe a vicios y lo otro a la naturaleza.
No creo que Antístenes acertara contestando así
a quien le reprochaba su trato con los perversos: "Los médicos
viven bien entre los enfermos". Verdad es que los médicos
sirven para la salud de los dolientes, pero ellos se perjudican
con el contagio, vista continua y práctica de las enfermedades.
Yo creo que el fin de todos es vivir
descansadamente y a gusto, pero entiendo que no siempre buscamos
bien el camino. A menudo se piensa haber abandonado los negocios
cuando no se ha hecho más que cambiarlos, porque no
hay a veces menos tormento en el gobierno de una familia que
en el de un Estado entero. No por ser las ocupaciones domésticas
menos importantes dejan de ser igualmente importunas. Y por
ende, con deshacernos de la Corte y sus tratos no nos deshacemos
de las principales torturas de nuestra vida.
La razón y la prudencia y
no esos bellos lugares,
Que los mares dominan, son los que
curan nuestro disgusto. (2)
La ambición, la avaricia, la
irresolución, el miedo y las concupiscencias no nos
abandonan porque cambiemos de país:
A nuestra grupa cabalga nuestro
pesar. (3)
En efecto: esos males nos siguen con
frecuencia incluso hasta el claustro y las escuelas de filosofía;
y ni desiertos, ni cavadas rocas, ni ayunos nos libran de
ellos.
Queda el dardo mortal prendido al
flanco. (4)
Díjose a Sócrates que
cierta persona no se había enmendado en un viaje que
hiciera. "Lo creo -repuso el filósofo -. ¿Acaso no
se había llevado a sí mismo consigo?"
¿Por qué buscar ajenas tierras
caldeadas por otro sol? ¿Basta exilarse de la patria para
huir de uno mismo? (5)
Si primero no se descarga el alma del
peso que la oprime, el traslado no hará más
que empeorar las molestias que el peso causa, de igual modo
que en un barco estorba menos la carga cuando está
bien acomodada y fija. Empeórase al enfermo si se le
hace cambiar de postura; lo malo es peor removerlo; y los
palos clavados en tierra se hunden y afirman más a
mayor zarandeo y golpeamiento. No basta alejarse de las gentes
ni cambiar de lugar, sino que hay que quitarse las condiciones
vulgares que tenemos en nosotros, secuestrándonos,
por decirlo así, a nosotros mismos para encontrarnos
de nuevo.
Dices que has roto tus vínculos.
Mas el perro que tras largos forcejeos se suelta, arrastra
consigo parte de su larga cadena.(6)
Siempre llevamos nuestros hierros con
nosotros mismos. Nunca hallamos libertad entera, porque volvemos
la vista a lo que hemos dejado, de ello tenemos el ánimo
lleno:
Si no tenemos purificado el ánimo,
¿cuántos combates internos no hemos de sostener, y
cuántos peligros no hemos de vencer? ¿Qué cuidados.
temores e inquietudes no desgarran al hombre que es presa
de sus pasiones? ¿Qué estragos no producen en el alma
el orgullo, la disolución, el arrebato, el lujo, la
desidia? (7)
Nuestro mal está en el alma y
no puede evadirse de ella.
In culpa est animus' qui se non effugit
unquam (8)
Por eso hemos de recogernos en nuestra
alma; que tal es la verdadera soledad y la que cabe gozar
incluso en medio de las ciudades y las Cortes regias, si bien
en el aislamiento se goza mejor. Mas, si resolvemos vivir
solos y sin compañía, hagamos que nuestro contento
dependa de nosotros mismos, desatemos los lazos que nos unen
a los demás y adquiramos el poder de vivir conscientemente
solos y a nuestra manera.
Escapó Estilpón de la
ruina de su ciudad, donde perdió mujer, hijos y fortuna;
y viéndole en tan grande aflicción de su patria,
y sin traza alguna de horror, le preguntó Demetrio
Poliorcetes si no había sufrido daños, a lo
que contestó el otro que, gracias a Dios, nada que
fuera suyo había perdido. Por lo mismo decía
jocosamente el filósofo Antístenes que el hombre
debiera proveerse de mercancías que flotasen en el
agua y se salvaran con él en caso de naufragio. En
verdad la persona de entendimiento, no ha perdido nada mientras
no se pierde a sí mismo. Cuando los bárbaros
arruinaron la ciudad de Nola, Paulino, obispo de la misma,
habiéndolo perdido todo y estando cautivo, oró
así a Dios: "Guárdame, Señor, de
sentir esta perdida, porque bien sabes que nada mío
ha sido afectado". Y, en efecto, los tesoros que le enriquecían
y los bienes que le hacían bueno seguían en
su persona. Por eso conviene elegir riquezas que puedan librarse
de daño y ocultarlas en lugares donde nadie las descubra
y por nadie sino por nosotros mismos puedan ser delatadas.
Quien pueda debe tener mujer, hijos y bienes, pero sin aficionarse
tanto a ellos que su felicidad de ellos sólo dependa.
Siempre conviene tener una estancia, secreta y propia, en
la que establezcamos nuestra verdadera libertad y nuestra
principal soledad y retiro. Allí es donde debemos ordinariamente
platicar con nosotros mismos, haciendo ese lugar tan privado
que ningún conocimiento ni amistad extraña penetre.
Y allí hemos de discurrir y regocijarnos, sin mujer,
sin hijos, sin bienes, sin pompas, sin criados; y de ese modo,
cuando perdamos todo eso no nos será novedad pasarnos
sin ello. Tenemos un alma que puede replegarse sobre sí
misma y a sí propia hacerse compañía,
poseyendo medios propios de asaltar y defenderse, de recibir
y de dar. En semejante soledad no debemos temer sufrir una
ociosidad enojosa:
Sé en la soledad tu propio
mundo (9)
La virtud se contenta consigo sola,
sin disciplinas, palabras ni afectos. De nuestras acciones
acostumbradas no hay entre mil una que nos concierna. Aquel
que vemos, con la cara contraída, escalando las ruinas
de una muralla, furioso y fuera de sí, frente a tantos
arcabuzazos; y aquel otro cubierto de cicatrices, frío
y hambre, ¿acaso se hallan en esa extremidad por sí
mismos? No, sino por alguien a quien quizá no conocieron
nunca y que no se inquieta de nada de lo que ellos hacen,
estando sumido entre tanto en ocio y deleites. Y ese que divisamos,
todo legañoso y mugriento, salir a medianoche de sus
estudios, ¿pensaís que estudia para hacerse hombre
de bien y para vivir con más sabiduría
y satisfacción? Nada de eso. Antes
se ocupa en enseñar a la posteridad la medida de los
versos de Plauto o la verdadera ortografía de un vocablo
latino, así le cueste la vida. ¿Quién no cambia
con gusto la salud, el reposo y la vida por la reputación
y la gloria, que es la más inútil, vana y falsa
moneda que usamos? Por si nuestra muerte no nos asusta bastante,
aun nos cargamos con el miedo de las de nuestra mujer, hijos
y sirvientes; y por si nuestros asuntos no nos dan bastantes
enojos, todavía nos metemos en los de nuestros amigos.
¿Es posible que el hombre entre en
ánimo de amar a otras cosas más que a sí
mismo? (10)
Paréceme la soledad. más
propia para aquellos que dieron al mundo sus años más
activos y floridos, a ejemplo de Tales. Luego de vivir bastante
para los demás, vivamos para nosotros y a nosotros
refiramos, cómodamente, nuestros pensamientos e intenciones.
No es cosa liviana el mero hecho de retirarse, que esto de
por sí harto nos afana sin necesidad de a ello mezclar
otros empeños. Pues Dios nos da lugar de disponer nuestro
retiro, preparémonos a él, hagamos el equipaje,
despidámonos pronto y apartémonos de las violentas
turbaciones que nos ligan por todas partes y nos alejan de
nosotros mismos.
Es preciso desvinculamos de esas tan
fuertes obligaciones y, aunque amando tal o cual cosa, no
debemos comprometernos más que con nosotros mismos.
Bien está que haya otros seres afectos a nuestras personas,
pero no tanto que no podamos desprendernos de ellos sin arrancarnos
la piel. La cosa mejor del mundo consiste en saber ser uno
mismo lo que es. Cuando nada podemos aportar a la sociedad
es hora de apartarnos de ella. Quien no pueda prestar, no
pida prestado. Si nos faltan las fuerzas, retirémonos
de refriegas y encerrémonos en nosotros mismos. Quien
pueda confundir en sí los oficios de la amistad y la
compañía, que lo haga. Quien se torne inútil,
pesado e importuno a los otros, procure no ser lo mismo consigo
mismo. Haláguese, y sobre todo domínese, respetando
y temiendo su razón y conciencia, de tal modo que pueda,
sin vergüenza, presentarse ante ella. Es cosa rara
encontrar quien se respete suficientemente a sí mismo
(Quintiliano, X, 7). Sócrates dice que los jóvenes
deben hacerse instruir; los hombres ejercitarse en obrar bien;
los viejos retirarse de toda ocupación civil y militar,
viviendo a su discreción, sin obligación a ningún
deber cierto. Hay caracteres más propios que otros
para esos preceptos del retiro. Los de inteligencia blanda
y floja y afección y voluntad delicadas (y yo, por
natural condición y discurso, soy de éstos),
se someten mejor a tal consejo que las almas activas y ocupadas
que lo abarcan todo, se empeñan en todo, se apasionan
de todo, se ofrecen, se presentan y se dan en todas las ocasiones.
Hemos de servirnos de las ventajas accidentales y externas
a nosotros mientras nos son gratas, pero sin convertirlas
en nuestro principal fundamento, porque esto ni la razón
ni la naturaleza lo quieren. ¿Por qué, contra razón
y natura, hemos de trabajar de continuo en bien de la potencia
ajena? Por otra parte, anticipar los accidentes de la fortuna
y privarse de las comodidades que tenemos a mano, como algunos
han hecho por devoción y ciertos filósofos por
discurso; servirse uno mismo; acostarse en el suelo; sacarse
los ojos; arrojar las propias riquezas al río; buscar
el dolor; y todo ello a fin de, con el tormento de esta vida,
adquirir la bienaventuranza en otra (lo que viene a ser como
ponerse en el más bajo peldaño de la escalera,
por temor a mayor caída), es efecto de un exceso de
virtud. Las naturalezas más recias y fuertes saben
hacer su modestia gloriosa y ejemplar:
Cuando no puedo tener cosa mejor,
sé contentarme con poco y
alabo la apacible mediocridad:
y si mi suerte próspera,
digo que no son sabios y felices
sino aquellos cuyas rentas se fundan
en buenas tierras. (11)
Con esto bástame, sin ir más
allá. Tengo suficiente, durante el favor de la fortuna,
con prepararme a su disfavor; y con representarme, cuando
estoy bien, un porvenir malo, y aun tan malo como pueda idearlo
la imaginación. De igual modo, en plena paz, fingimos
y nos habituamos a la guerra en torneos y justas. No estimo
más a Arcesilao, el menos austero de los filósofos,
porque hubiera usado vajillas de plata y oro, pues que la
condición de su fortuna se lo permitía; pero,
viéndole usarlas moderada y liberalmente, aprecióle
más que si no las hubiese tenido. Veo hasta qué
límites va la necesidad natural, y cuando miro que
el mendigo que pide a mi puerta está a veces más
alegre y sano que yo, póngame en su lugar y trato de
ajustar mi alma a su medida. Por tanto, aunque piense tener
la enfermedad, la pobreza, el desprecio y la muerte a mis
talones, resuelvo no espantarme de aquello de lo que uno menos
que yo no se espanta, y no su pongo que la pequeñez
del entendimiento pueda más que el vigor del mismo,
o que los efectos del discurso no logren igualar a los de
la costumbre. y sabiendo cuán poco importan las accesorias
comodidades, no dejo de rogar a Dios, con todo mi ahínco,
que me haga contento de mí mismo y de los bienes dimanados
de mí. Conozco jóvenes gallardos que guardan
en sus cofres píldoras con que precaverse del futuro
reuma, al que temen menos desde que piensan poseer el remedio
a mano. Así debe hacerse, y también, si a peor
dolencia se está sometido, acaparar medicamentos que
adormezcan y calmen la parte afectada.
La ocupación que en una vida
de retiro debe elegirse no ha de ser trabajosa ni enojosa,
pues de lo contrario nulo sería ir a buscar en ella
descanso. Lo que se escoja dependerá del gusto particular
de cada uno. El mío no se acomoda a cosas manuales,
mas quienes las amen deben practicarlas con moderación:
Procuren dominar las cosas y no ser
dominados por ellas (12)
No siendo así, los oficios manuales
degeneran en serviles, como dice Salustio. Hay actividades,
entre esas, más excusables, como la jardinería,
que Jenofonte atribuye a Ciro. Cabe encontrar un medio entre
el cuidado mecánico, bajo y vil, a que algunos hombres
se entregan, y la profunda y extrema indiferencia, que todo
lo deja caer en abandono, que en otros se ve.
Acudían los corderoS a comer
las mieses de Demócrii tras el ánimo de éste,
desprendiéndose de su cuerpo, flotaba en el espacio.
(13)
Oigamos el consejo que Plinio el
Joven da a Cornelio Rufo, su amigo, a propósito
de la soledad: "Te aconsejo que en ese ubérrimo y fecundo
retiro en que estás cedas a tus gentes el bajo y abyecto
cuidado de las cosas manuales y te dediques al estudio de
las letras, para obtener algo que sea enteramente tuyo". Así
entendía él la fama, y semejante al suyo es
el sentir de Cicerón, que dice querer emplear su soledad
y descanso de la cosa pública para adquirir con sus
escritos vida inmortal.
Vuestro saber
no es nada si se ignora que lo tenéis
(14)
Parece razonable, ya que se trata de
retirarse del mundo, que uno mire fuera de él. Mas
los otros primeros que dije sólo lo hacen a medias;
éstos arreglan bien los casos para cuando no estarán
ya en él; el fruto de su designio pretenden aún,
ausentes, sacarlo del mundo, incurriendo así en una
ridícula contradicción.
Más sana es la idea de quienes,
por devoción, buscan la soledad y llenan su ánimo
de la certeza de las promesas divinas en la otra vida. Éstos
buscan a Dios, objeto infinito en bondad y potencia. El alma
tiene así con qué saciar sus deseos en plena
libertad. Las aflicciones y dolores les aprovechan y los emplean
en adquirir una salud y goce eternos; la muerte es el paso
a un estado perfecto; la aspereza de sus reglas se suaviza,
con la costumbre; y los apetitos carnales se embotan y adormecen
al no ser satisfechos, ya que nada los estimula más
que el uso y ejercicio. Este fin de una vida dichosa e inmortal
merece en verdad el abandono de las comodidades y dulzuras
de esta vida nuestra; y quien puede envolver su alma en el
ardor de esa viva fe y esperanza, de modo real y constante,
se forma en la soledad una existencia voluptuosa y deliciosa
que rebasa toda otra clase de vida. Mas, fuera de esto, digo
que ni el fin ni el medio del consejo que trato me contentan,
porque seguirlo es siempre caer de fiebre en calentura. La
ocupación literaria es tan penosa como otra cualquiera
y por lo tanto enemiga de la salud, a la que debe darse principal
consideración. y no hay que dejarse engañar
del placer que el escribir procura, porque es el mismo placer
que pierde al avariento, al voluptuoso y al ambicioso. Los
sabios nos enseñan a guardarnos de la traición
de nuestros apetitos, ya discernir los placeres verdaderos
y enteros de los que están mezclados de dolor. Porque
dicen que los placeres, en su mayor parte, nos halagan y besan
para estrangularnos, como los ladrones que los egipcios llamaban
filetas. Si el dolor de cabeza viniese antes de beber,
no nos embriagaríamos, pero la voluptuosidad, para
burlarnos, se adelanta a sus consecuencias. Gratos son los
libros, mas si nos cuestan la salud y la alegría, que
son las cosas que más valen, dejémoslos, pues
yo soy de los que opinan que el fruto de las letras no contrapesa
esa pérdida. Así como quienes llevan largo tiempo
adolecidos de alguna indisposición se ajustan al régimen
que les marca el médico, así quien se retira,
disgustado de la vida común, debe formar su retiro
según las reglas de la razón, ordenándolo
y disponiéndolo con premeditación y discurso.
Ha de despedirse de todo trabajo, so cualquier aspecto que
se le presente, huir de las pasiones que quitan la tranquilidad
corporal y elegir el ca- mino más apropiado a sus inclinaciones,
o sea:
Unusquísque sua noverít
íre vía (15)
En las tareas manuales, en el estudio,
la caza y cualquier otro ejercicio, ha de llegarse a los límites
extremos del placer y no pasar más adelante en cuanto
empiece a mezclarse pena al agrado. No hemos de atarearnos
y ocuparnos más que lo preciso para mantenernos y para
garantizarnos de los inconvenientes que produce una ociosidad
laxa y embotada. Hay ciencias estériles y espinosas,
forjadas en su mayor parte para el vulgo; y éstas deben
dejarse a quienes están al servicio del mundo. Por
mi parte sólo gusto de los libros placenteros y fáciles,
que me halagan, o de los que me consuelan y me dan reglas
para mi vida y mi muerte.
Mientras silencioso paseo por los
bosques,
Ocupándome de cuanto es digno
del bueno (16)
Pueden los sabios crearse un reposo
espiritual completo, pues que poseen un alma fuerte y vigorosa;
mas yo, que la tepgo común, debo ayudarme con las comodidades
corporales. Como la edad me ha quitado las que más
alegraban mi fantasía, he aguzado mi apetito, acostumbrándolo
a las que son más adecuadas a mis años presentes.
Debemos conservar, con uñas y dientes, el uso de los
placeres de la vida, que los años nos arrancan uno
tras otro.
Gocemos, que sólo nuestros
son los días que nos consagramos al placer.
Pronto serás ceniza, sombra
y recuerdo. (17)
El fin de la gloria que Plinio y Cicerón
nos proponen está muy lejos de mis cálculos.
La ambición es lo más opuesto al retiro, porque
la gloria y el reposo no caben en el mismo lugar. Así,
veo que quienes de tal modo hablan, sólo tienen los
miembros fuera de la multitud, mientras su alma e intención
continúan en ella, y más que nunca
¿No trabajas, viejo sin seso, más
que para divertir los ajenos ocios?
Sólo han retrocedido para saltar
mejor y, con más vivo movimiento, hacer más
brechas en la turba. Si queréis verlo, comparemos los
criterios de dos filósofos, de sectas muy diferentes,
cuando escribían a sus respectivos amigos Ido meneo
y Lucilio, persuadiéndoles de que dejasen los asuntos
públicos y se retiraran a soledad. Éstas eran
sus palabras : Habéis vivido hasta ahora flotando y
nadando: venid a morir a puerto. Disteis lo demás de
vuestra vida a la luz: dad esta parte a la sombra. Imposible
es dejar las ocupaciones si no dejáis su fruto: y por
lo tanto deshaceros de toda preocupación de nombre
y gloria, no vaya a ser que el fulgor de vuestras pasadas
acciones os alumbre en exceso y os siga hasta vuestro retiro.
Dejad con las otras voluptuosidades la que dimana de la aprobación
ajena, y no os inquietéis de vuestra capacidad y ciencia,
que no perderá su efecto porque la uséis mejor.
Acordaos de aquel a quien preguntaron por qué se afanaba
tanto en un arte que sólo podía llegar a conocimiento
de pocas gentes, y respondió: "Me basta con pocas,
con una y hasta con ninguna". Tenía razón.
Cada uno con un compañero halla bastante espectáculo
mutuo, y aun uno solo se basta si es compañero para
sí. Por tanto, que el pueblo os sea uno, y vosotros
solos el pueblo. Vana ambición es querer sacar gloria
del retiro y la holganza, y mejor sería hacer como
los animales, que borran sus huellas a la entrada de su cubil.
Ya no habéis de buscar que el mundo hable de vosotros,
sino ver cómo os conviene hablaros a vosotros mismos.
Retiraos en vuestro interior, mas preparaos primero a recibiros,
porque sería locura que a vosotros mismos os fiaseis
si no os supieseis gobernar. Cabe fracasar en la soledad como
en la compañía. Hasta que no hayáis avanzado
tanto que no oséis claudicar, y hasta que no tengáis
respeto y vergüenza de vosotros mismos, llenaos el
ánimo de imágenes honestas (Cic., Tusc.
Q., II, 22) y guardad en la memoria a Catón, Focio
y Arístides. Porque en presencia de éstos, hasta
los locos ocultarían sus faltas. Hacedles, pues, reguladores
de todas vuestras intenciones. Si éstas se desvían,
el respeto de aquellos hombres os pondrá en vereda
y os hará contentaros con vosotros mismos, no pedir
cosa alguna más que a vosotros, y afincar y detener
vuestra alma, en ciertas y limitadas meditaciones apropiadas
para complacerla. Y en comprendiendo los verdaderos bienes,
que se gozan a medida que se entienden, contentaos con ellos,
sin deseo de prolongar vuestra vida y nombre.
Tal es el consejo de la auténtica
y sincera filosofía, no de una filosofía ostentosa
y parlera, como la de los dos primeros que cité.
(*) Michel Eyquem de Montaigne nace en 1533 en el castillo
de Montaigne, Périgord, y muere en Burdeos en 1592.
Hijo de unos ricos comerciantes que, gracias a su dinero,
se habían convertido en nobles, recibió una
educación humanista -hablaba latín a muy temprana
edad- y estudió derecho, entrando posteriormente en
la magistratura. Fue consejero del Parlamento de Perigueux
y el de Burdeos, cargo este último al que renunció
en 1570 para dedicarse al estudio y a la escritura, aunque
continuaría con actividades de índole política,
como, por ejemplo, la alcaldía de Burdeos (1581 y 1583).
Su obra maestra son sus ensayos, comenzados en 1571 y cuya
edición definitiva en tres volúmenes, preparada
por Mlle. De Gournay y Pierre de Brach, data de 1595. Sin
plan ni método, oscilando entre cierto epicureismo
y escepticismo que le era propio, Montaigne lleva a cabo en
esta obra una serie de lúcidas reflexiones acerca de
cuanto lee u observa, empezando por sus propias motivaciones,
que han tenido una enorme influencia en el pensamiento universal
y que le confirieron un lugar de honor en la historia de las
letras por su contribución fundamental al género
ensayístico. A través de sus ensayos va decantando
un ideal de vida conforme a la naturaleza que implica la eliminación
de la inquietud producida por la ambición. Estas normas
constituyen el ideal moral de Montaigne y no tienen otro sentido
que el de contribuir a la felicidad individual, que es la
única felicidad efectiva y concreta frente a las pretendidas
grandezas y engañosas abstracciones. En su obra se
reflejan los caracteres del subjetivismo y del humanismo renacentista
del s. XVI, unidos a un escepticismo que nace del descubrimiento
de la insignificancia de los seres humanos, que se estiman
superiores al resto de las cosas y olvidan los vínculos
que les unen a la naturaleza. Escribió también
un Diario de Viaje que no vio la luz hasta 1774.
Notas