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Esa Forma tan largamente ausente.
LA CASA - EL NACIMIENTO.
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Primero los cimientos. Después un ladrillo
encima del otro. Luego una pared, sólida, se podría
decir, o mejor, es lo que se quisiera. Una pared, sólida,
que pueda sostener un techo. Pero antes, o al mismo tiempo,
las aberturas. Una pared ya es parte de una casa por el sólo
hecho de llamarse pared. Pared como columna, parte de un todo
mayor. Los huecos abiertos en esas paredes serán ventanas,
puertas. Si se quiere, ahora sí, el techo. Entonces podemos
ingresar, por la puerta principal, y ver las divisiones internas
de la Casa, porque ya podemos llamarla, si acordamos, por ejemplo,
Casa. Descubrimos en el interior: habitaciones, pero aún
nos encontramos con la ausencia del pasado, con la ausencia
del olor, del recuerdo, de los sentidos. Y esto se podría
explicar porque es una Casa nueva. De esta manera sabemos que
la Casa es nueva, y que cobijará en su interior a una
familia. Pero ahora salgo de la Casa, me alejo unos metros,
la miro con relativa distancia -es la mañana, apenas
hay una luz, suave, y restos de noche. La Casa en ese estado,
en el estado de nacimiento, está pintada: es una casita
celeste y blanca. Alrededor no hay más que pastos secos,
cardos, y los ojos brillosos de unas fieras que se escurren
entre los restos de oscuridad.
Alguien en ese estado de nacimiento dice que la
Casa nueva, pintada de celeste y blanco, debe ser - y es así
como lo dice, en ese tono, en ese tono de deber ser -
una Nación.
Aparecen los habitantes, en carretas, en caballos
viejos y cansados. Miran con ojos raros, extraños. Tienen
los cuerpos contraídos: la lucha todavía marca
los sueños. La sangre se huele, si uno recorre los arrabales.
Le gusta escribir la palabra arrabal a quien registra
este proceso de construcción de la Casa, que justamente
soy yo, sujeto que construye este texto y que por construir
este texto también está involucrado en la construcción
de la Casa.
Los futuros habitantes de la Casa ingresan, ya
el sol ha salido, y exalta los colores. El celeste y blanco.
Una vez que están adentro de la Casa nueva, recién
pintada, empiezan a llamarse entre sí, argentinos. En
los arrabales duermen, aunque se crea otra cosa, las fieras
de ojos brillosos y los cadáveres del pasado.
1
Una Casa es, antes que nada, un nombre. Una Casa
es, de esta manera, lo que comienza a definir una identidad,
como espacio de referencia, como matriz de pertenencia a un
lugar. Se fija, así, el territorio. Se trazan las fronteras:
la Casa nueva, pintada de celeste y blanco, por un lado; y,
por el otro, los arrabales, donde duermen las fieras y los cadáveres
del pasado y del futuro. La identidad de los que han llegado
y viven, ahora, en las habitaciones, está demarcada también
por las paredes de la Casa nueva. Y si una identidad, si un
nombre lo determina una Casa, entonces no es descabellado llamar
a la Casa nueva, pintada de celeste y blanco, la Casa Nacional.
2
Voy a tomar dos marcas, para entender el proceso
de construcción y destrucción de la Casa, pintada
de celeste y blanco -como se ve estoy adelantándome en
el proceso. Esas marcas serán dos textos (que se asemejan
al género literario cuento, y que los llamaremos así,
cuentos, para no complicarnos). Por un lado, una de las marcas
que voy a encontrar en esa zona desierta, que a mí me
gusta llamar y escribir arrabal, es El Matadero
de Esteban Echeverría. Y del otro lado de la Casa nueva,
cuando la casa se escriba con minúscula y no sea más
nueva, y ni tampoco se tenga la certeza de que esté pintada
de celeste y blanco, encontraré otra marca, otro texto
también llamado cuento, y que es El Niño Proletario
de Osvaldo Lamborghini. Estas marcas me permitirán
pivotear entre dos procesos que pienso son similares. Dos procesos
de ausencia de Casa Nacional, y en donde prevalece ese espacio
que a mí me gusta llamar y escribir arrabal (espacio
donde duermen las fieras y los cadáveres del pasado y
del futuro, espacio que no tiene límites y se confunde
todo el tiempo con el desierto, que bien podría llamarse
también, nada). Y tomo, justamente, esos dos textos como
marcas porque creo son los quiebres, los puntos de tragedia,
donde la Casa no existe aún o se agrieta, se transforma
en casa derruida, en tapera. Esto me lleva a pensar en la existencia
de dos arrabales. El arrabal 1, que es el espacio de la ausencia
de Casa, terreno sobre el cual se levantará la Casa Nacional;
y un arrabal 2, donde la Casa Nacional se vuelve casa -tapera.
Estos dos arrabales, son arrabales porque existe un centro,
una Casa Nacional.
La Máscara: "Ferdydurke quisiera
desenmascarar la gran inmadurez de la humanidad. El hombre,
según aquel libro lo describe, es un ser opaco y neutro,
que necesita llegar a expresarse mediante ciertas actitudes
y comportamientos, gracias a los cuales cobra externamente -
para los demás - mucho más contorno y precisión
que los que posee en su intimidad. De ahí una trágica
discordancia entre su inmadurez secreta y la máscara
que se pone al tratar con otros"(1). Esa máscara
resumiría una identidad para los otros. Si Gombrowicz
dice esto en forma genérica, podemos pensar que una nación,
como Forma, también es una Máscara y esconde una
tragedia discordante. Una nación moderna esconde al interior
una organización de clases. Ahora bien, puede que esa
tragedia discordante esté adormecida, acallada por la
existencia de la máscara, por la forma nacional, en nuestro
ejemplo, La Casa Nacional. Se nos impone, de esta manera, una
pregunta: ¿Qué sucede cuando esa Máscara deja
de acallar las discordancias, cuando las fracciones y desgarramientos
internos emergen, cuando no hay forma nacional, cuando no hay,
en nuestro caso, Casa Nacional? Esa podría ser, para
definirla, nuestra hipótesis de trabajo. Y la respuesta
sería: la violencia, la negación del otro (física
y culturalmente). Los dos cuentos elegidos son los puntos desnudos,
trágicos, que expresan el desprendimiento de la máscara,
la ausencia o desintegración de la máscara entendida
como forma nacional.
ARRABAL 1 - DONDE DUERMEN LAS FIERAS Y LOS CADÁVERES
SOLAMENTE DEL PASADO.
El Matadero.
Pensemos en el período que va desde 1810
a 1880. Setenta años de arrabal. Proceso de lucha interna
entre facciones contrapuestas. Incapacidad por definir un proyecto
común, de subsumir en un proyecto general a las facciones
internas, regionales.
Generación del 37 y Rosas: Esa lucha
interna, básicamente, se resume en el enfrentamiento
entre dos bandos. Unitarios y Federales. Hacia 1837, el proyecto
unitario había fracasado y Rosas era el amo absoluto.
"Es entonces cuando un grupo de jóvenes provenientes
de las élites letradas de Buenos Aires y el Interior
se proclaman destinados a tomar el relevo de la clase política
que ha guiado al país desde la revolución de Independencia
hasta la catastrófica tentativa de organización
unitaria". Esa élite letrada, marcada por una impronta
romántica, se denominará La Nueva Generación,
y tendrá un enemigo claramente demarcado. Los jóvenes
intelectuales, miembros de la Nueva Generación, plantean
darle una organización política al país,
una forma, que a lo largo de los cuarenta años, desde
la revolución, no se ha podido lograr. Esa forma tiene
que ver con un país liberal. Sin tiranos. Echeverría
desde el exilio confirma su convicción de que la coherencia
del antirosismo debe conseguirse en el reino de las ideas.
Esteban Echeverría, como miembro de la
Nueva Generación, y autor de entre otros El Dogma
Socialista y Ojeada retrospectiva, fue un activo
líder intelectual, que tuvo que exiliarse en Montevideo,
donde murió en 1849. Desde el exilio nunca dejó
de luchar contra Rosas. En 1871, veintidós años
después de la muerte de Esteban Echeverría, Juan
María Gutiérrez publica en la Revista del Río
de la Plata el cuento El Matadero. Mucho se ha dicho
sobre la fecha de la escritura del cuento. También mucho
se ha dicho sobre si realmente es un cuento. Dejé aclarado
más arriba que, para no entrar en esta polémica,
lo iba a llamar cuento. Se estima que el cuento fue escrito
alrededor de los años 1838 y 1840. Hay datos como las
inundaciones y la hambruna que hacen pensar en esos años.
Lo que se cuenta tiene un tono costumbrista, con una fuerte
marca política, y es sumamente
descriptivo. La parodia y la ironía lo atraviesan. Pero
también la violencia, como dato de esa realidad, como
marca del tono político que carga. La violencia expresada
más puntualmente en la violación y la sangre.
Hay algo interesante por remarcar, las acciones transcurren
en los arrabales de Buenos Aires, en la zona de los mataderos,
en los descampados. Y es ahí, en esa franja desierta,
sin forma, sin definición, donde se enfrentan las identidades
que luchan políticamente. No sólo transitan por
un territorio indefinido, vago, como es el arrabal, sino que
portan además las marcas de su identidad, como otros,
en el cuerpo. Son fácilmente reconocidos. Los unitarios,
intelectuales, y los federales, bárbaros. Así
son pintados desde la pluma de Echeverría, que seguramente
estaría identificado con el intelectual que es sorprendido
por el grupo de cuchilleros. Se iban a divertir con él,
y se les fue la mano. Esa es la justificación. Se divierten
sobre el cuerpo del otro, escriben la violencia en el cuerpo
del otro, violándolo, y en este marco de tensiones irresolubles,
la sangre vendrá como consecuencia inevitable. La sangre
es la muerte del otro.
El Matadero de esta manera no sólo
describe "el primitivismo político que caracteriza
a la confederación rosista y que revela en ella el fruto
de la victoria de la barbarie pastoril sobre la civilización
urbana"(2), sino también anticipa, en esta disputa,
la necesidad de construir una nación, y a partir de la
lucha explícita, y en esa lucha explícita (también
explícita en el lenguaje con que se narra) entre dos
facciones, nos revela la ausencia de todo tipo de arco de solidaridades
englobantes, o sea, de una nación.
El cuento en sí mismo es un punto trágico.
Un punto desnudo. No hay nada por encima de las fracciones particulares
que permita aplacar las diferencias, que los haga parte de un
todo común. La violencia, expresada en la violación
y en la sangre, de esta manera, habla de un período histórico
sin forma, sin consistencia ni marcos. Una zona indefinida,
que no es nada, donde hay desperdicios, restos: en esta zona
de desechos se apilan los cadáveres que la lucha se ha
cobrado, y habitan las fieras indomables, que se alimentan del
horror (que siempre huele a sangre).
LA CASA NACIONAL, PINTADA DE CELESTE Y BLANCO, CON UN SOL
EN EL TECHO: EN EL PAPEL DE MÁSCARA.
Entre El Matadero y El Niño Proletario,
pasando por Casa Tomada.
Estamos acordando algo, que en 1880 comienza a
edificarse, sobre ese arrabal teñido de sangre y muerte,
en principio, un Estado centralizado. Luego, con el tiempo,
una cultura nacional, un sentimiento de pertenencia. No quiero
caer en el error de suponer que en este período, que
identifico como el período de Casa Nacional, ubicado
entre 1871 y 1973, no hubo luchas, tensiones y conflictos. Por
el contrario, sí hubo luchas y enfrentamientos, pero
estas luchas se libran bajo una concepción de país
nacional, bajo un proyecto de construcción de nación
y no de destrucción. Hay, en el fondo, una idea que es
el motor: la existencia del progreso hacia un futuro más
próspero y con mayor unidad nacional. Todo está
por hacerse, se dice. Esa frase resume la idea. También
es cierto que esa noción se ha impuesto, ha logrado imponerse
como noción hegemónica Las luchas se libran bajo
el techo celeste y blanco, que ahora ya tiene un sol amarillo,
pintado en el techo.
El peronismo, en este proceso de construcción
de la identidad nacional, es fundamental. En una entrevista,
en el exilio, en Madrid, aparecida en el documental Perón
Sinfonía de un Sentimiento, de Leonardo Favio, Perón
dice: que entre Evita y él, estaban levantando las paredes
de una casa que iba a cobijar a todos los argentinos, una casa
grande para todos.
La incorporación de las masas populares
a esa casa, a las comodidades de esa casa, comenzó a
molestar a muchos, más que nada a la pequeña burguesía.
Casa Tomada de Julio Cortázar nos habla de ese
temor, esa lenta y progresiva invasión. El relato, envuelto
en un tono fantástico, dice sin decir aquello que la
historia está escribiendo. Descubrimos que el lenguaje
aquí no es directo, no es violentamente directo, o desnudo,
si se quiere, como sí lo es en El Matadero y en
El niño proletario. Cortázar escribe dejando
una penumbra, una zona no dicha, como una caja negra, y desde
ese espacio fantástico construye su lenguaje indirecto
donde el otro, en este cuento, no es nombrado. El relato
está escrito desde un nosotros claramente definido
como pequeña burguesía: Nos gustaba la casa
porque aparte de espaciosa y antigua ( hoy que las casas antiguas
sucumben a la más ventajosa liquidación de sus
materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el
abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia".(3)
En Casa Tomada sabemos que hay casa, sabemos
que se está construyendo una nación para todos,
que hay progreso y futuro, en definitiva, esperanza.
ARRABAL 2 - DONDE DUERMEN LAS FIERAS Y LOS CADÁVERES
DEL PASADO, QUE AHORA SE VUELVEN CADÁVERES DEL FUTURO.
El Niño Proletario
Me congratulo por eso de no ser obrero, de
no haber nacido en un hogar proletario.(4) El padre borracho
le pega al niño con una cadena de pegar. En la escuela,
que nunca termina, es diariamente humillado por sus compañeros.
En su hogar, ese antro repulsivo, asiste a la prostitución
de su madre. La maestra, en la escuela, a Stroppani lo bautiza
Estropeado. En mi escuela teníamos a uno, a un niño
proletario. Nosotros nos divertíamos en grande. La sociedad
burguesa se complace de torturar al niño proletario,
esa baba, esa larva criada en medio de la idiotez y del terror.
Ese es el clima y el lenguaje de El niño
proletario.
Hay una comunicación muy evidente entre
El matadero y El niño proletario. De algún
modo, y salvando las diferencias, al igual que El matadero,
comienza por describir un panorama, y luego, a partir de un
encuentro casual, en la calle, se plantea la tensión,
aflora el panorama político y social, desde un lenguaje
sumamente desnudo y descarnado. Ahorcarlo con un alambre
en la calle de tierra donde empieza el barrio precario de los
desocupados, es el destino final de Stroppani. El cadáver
tirado en el arrabal. El unitario, que había sido sorprendido
por los cuchilleros del matadero, había muerto también
en medio del barro como un animal. La violencia en el lenguaje
se expresa tal vez de manera más desnuda en El Niño
Proletario. Esta desnudez en el lenguaje lo diferencia de
Casa Tomada. Constantemente el otro, en el texto
de Lamborghini, es nombrado y puesto en lugares humillantes.
Porque la venganza llama al goce y el goce
a la venganza. Dictadura de 1976.
En 1973 aparece un libro llamado Sebregondi
Retrocede. Es una especie de novela. Su autor, Osvaldo Lamborghini.
Todo lo que escribe Lamborghini es una especie de. Escribe
lanzándose, buscando en el papel. Algunos textos son
tan automáticos, tan encontrados en el mismo proceso
de la escritura y luego dibujados sobre esa especie de tratado
con el inconsciente. Dentro de esa especie de novela llamada
Sebregondi Retrocede, hay un texto que yo, ya he determinado,
lo llamaré cuento. Dentro de ese cuento está la
síntesis de la Argentina moderna. Las relaciones capitalistas
de producción. Nos habla directamente, y nos habla así,
desnudo, potente, con horror, y xenofobia, desde un nosotros
llamado niños burgueses, porque justamente hay algo de
enfrentamiento inevitable, de encuentro incompatible entre dos
mundos. Y esa fisura tiene que ver con nuestra hipótesis.
En 1973 podemos comenzar a pensar en la crisis del modelo nacional,
si se quiere, de finales del siglo XIX. La tensión radicalizada
de la época, es la tensión desnuda y radicalizada
en el lenguaje de Lamborghini. Podemos decir, la Máscara
esta quebrada, llena de fisuras. Hay enemigos bien definidos.
Cada grupo particular tiene una noción de lo que debe
ser la nación. La lucha de clases en su estado más
exasperante. Cada uno quiere imponer su visión de nación,
como visión universal. El cuento de Lamborghini no sólo
muestra la violencia a través del lenguaje, sino que
también la violencia física: hay sangre (como
también lo demuestra El Matadero). En el modo
de contar hay violencia, también en lo que se cuenta.
Y hay poder, si tomamos en cuenta desde dónde se narra:
el poder de narrar lo tienen los niños burgueses. El
niño proletario no puede narrar, contar la historia.
En Casa Tomada los que cuentan son pequeños burgueses
asustados. No es casual que al niño proletario le cueste
aprender en la escuela. El niño tiene otra cultura. La
maestra lo llama Estropeado.
La aniquilación de Stroppani, el niño
proletario, es la aniquilación del sujeto trabajador.
Por eso, también, el cuento es anticipación. El
goce que se desata en los niños burgueses cuando atacan
al niño proletario nos hace pensar en el goce de los
torturadores de la dictadura. La violencia que contiene el asesinato
anticipa a la dictadura, y a la desaparición de la figura
del trabajador asalariado, porque a partir de la dictadura de
1976 se barren los cimientos de la casa celeste y blanca, y
se levantan otros, que hablan de la convivencia entre una casa-tapera
y una casa-global que no deja marcas ni huellas, que es fugaz,
y no tiene raíces.
Estamos entrando nuevamente en zona de descampado,
en zona de silencio, de mutismo, de miedo, de arrabal - desierto.
Las fieras del pasado parecen despertar, y los cadáveres
también del pasado, ahora, tienen rostros del futuro.
La sangre levanta a las fieras. El furioso sonido de las fieras.
Los cuerpos irritados de las fieras. Y el silencio que huele
a muerte.
Espacio sin límite conocido, sin accidente
notable, es la imagen del mar en la tierra.(5)
LA CASA-TAPERA Y LA CASA-GLOBAL: EL FINAL.
0
En los arrabales de la nación, la tragedia
aparece inevitablemente: la negación del otro, física
y culturalmente, porque hay un otro explícitamente
demarcado, portador de toda una serie peyorativa de atributos,
de bajeza y de humillación, y porque la contradicción
de cosmovisiones es intolerante. No hay nada más allá
de las contradicciones que pueda mediar, envolver, calmar, aplacar,
subordinar el choque. De esta manera, sólo la Nación,
como Máscara ( portadora de atributos generales, aquella
Forma de la universalidad, de la pureza, de la tolerancia, de
la Gloria), puede aplacar, subsumir la lucha, y volverla, si
se quiere, incomprensible.
A partir de 1976, y de manera más acentuada
desde 1991, sucede un proceso de desmantelamiento de aquella
Casa Nacional (con todo lo que ello supone para la estructura
social), y un proceso paralelo de construcción de un
tipo de casa mucho más precaria, que sólo es para
unos pocos. Si la Casa Nacional, como había dicho Perón,
era una Casa para todos, una casa integradora, la casa que llamaremos
virtual-global es una casa exclusiva, efímera, mediática,
sin raíces. Una casa que no tiene cimientos en un suelo.
Que flota, en la virtualidad, una casa con patrones culturales
homogéneos. Tomaremos por ejemplo el programa televisivo
Gran Hermano. El programa se plantea como un juego. El
juego tiene que ver con habitar la casa. En ese juego se plantea
una contradicción. Por un lado está la lógica
de la competencia, la lógica dominante porque hay que
eliminar participantes - eso está fijado en las reglas;
y por otro lado, la lógica de la convivencia, que supone
vínculos de solidaridad, subordinados en este caso por
la lógica dominante. Podríamos decir, con ciertos
recaudos y minimizando la fuerza de las generalizaciones, que
estos valores de integración, de inclusión de
sujetos, serían los de la Casa Nacional. Los valores
del individualismo necesariamente, si se quiere ganar, se recortan
exaltando de esta manera la competitividad y el egoísmo.
Estos valores expuestos a través de una pantalla de televisión
no hacen otra cosa que legitimar un discurso que tiene que ver
con la lógica de la expulsión de sujetos, con
la lógica del liberalismo global: y al mismo tiempo exasperan
una serie de tensiones o prejuicios. Este juego nace de la literatura.
En 1984 Orwell plantea la cuestión del Gran Hermano.
El Gran Hermano nos interesa, aquí, en la dimensión
cultural, como marca o símbolo, como proceso de desgarramiento
y perdida total de identidad. ¿Qué nos dice el Ojo del
Gran Hermano? ¿Ese Ojo puede ser también el Ojo del Capital
Financiero Internacional? Ese Ojo, el del Gran Hermano, controla
a los participantes de la Casa a lo largo de las 24 horas. El
Gran Hermano pone las reglas de juego. El fin es el dinero y
la fama. Los participantes no sólo venden una supuesta
fuerza de trabajo. El mercado, el capital, si se quiere, ahora
también exige la privacidad: los participantes venden
su privacidad, sus cuerpos. Las esferas de lo público
y lo privado se confunden, se superponen. El Ojo todo lo ve.
Entonces, ¿qué diferencia hay entre ese Ojo del Gran
Hermano, y el Ojo del Capital Financiero, que controla y opera
las 24 horas de los trescientos sesenta y cinco días
del año, que pone las reglas de juego, que persigue también
dinero? Se podría decir que el Gran Hermano es el Capital
Financiero Globalizado. Podríamos, siguiendo el razonamiento,
decir que la Casa Global Virtual reproduce y, al mismo tiempo,
legitima los patrones culturales del liberalismo global.
Junto con esta casa virtual-global, para unos
pocos, subsisten aun restos de la Casa Nacional, esos restos
pueden ser llamados casa-tapera. Restos de una sociedad que
creía en el ascenso: una sociedad unida, con visión
de futuro. En 1999, Fito Páez en su disco Abre
incluye un tema que se llama Casa Desaparecida. Allí
dice: y esa casa que dejaron escapando entre las balas era
el caldo del cultivo a la nostalgia. Fito Páez habla
de una casa desaparecida: la Argentina, como la casa de todos,
y esa casa de todos, como la casa desaparecida. Si tendremos,
como sociedad, nostalgia del pasado, esa nostalgia nos vendrá
del espacio histórico enmarcado entre los cuentos El
Matadero y El Niño Proletario: tendremos,
en definitiva, nostalgia de una Casa Nacional que hoy nadie
se atreve a construir.
Mientras tanto, el arrabal es inmenso
y nos acecha.
Notas:
(1) Witold Gombrowicz, La Seducción, Seix Barral, Barcelona,
1982.
(2) Tulio Halperin Donghi, Una Nación para el desierto argentino,
página 129, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1982.
(3) Julio Cortázar, Casa Tomada, en Bestiario,
Sudamericana, Buenos Aires, 1984.
(4) Osvaldo Lamborghini, El niño proletario, en Novelas
y cuentos, Ediciones del Serbal, Barcelona, 1988.
(5) Sarmiento, Facundo, Losada, Buenos Aires, 1974.
(*) Hernán Ronsino nació en Chivilcoy, Provincia
de Bs. As., en 1975. Es sociólogo, egresado de la UBA, y escritor.
Tiene un libro de cuentos inéditos, y actualmente continúa trabajando
en su producción literaria.
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