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a Cuadernos (1957-1972)-
Cuando se ha salido del círculo de errores y de ilusiones
en el interior del cual se desarrollan los actos, tomar posición
es casi imposible. Se necesita un mínimo de estupidez
para todo, para afirmar e incluso para negar.
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Todo lo que me opone al mundo me es consustancial. La experiencia
me ha enseñado pocas cosas. Mis decepciones me han
precedido siempre.
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Para poder vislumbrar lo esencial no debe ejercerse ningún
oficio. Hay que permanecer tumbado todo el día, y gemir...
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Existe un placer innegable en saber que lo que se hace no
posee ninguna base real, que da lo mismo realizar un acto
que no realizarlo. Sin embargo, en nuestros gestos cotidianos
contemporizamos con la Vacuidad, es decir, alternativamente
ya veces al mismo tiempo, consideramos este mundo como real
e irreal. Mezclamos verdades puras con verdades sórdidas,
y esa amalgama, vergüenza del pensador, es la revancha
del ser normal.
***
No son los males violentos los que nos marcan, sino los males
sordos, los insistentes, los tolerables, aquellos qué
forman parte de nuestra rutina y nos minan meticulosamente
como el Tiempo.
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Imposible asistir más de un cuarto de hora sin impaciencia
a la desesperación de alguien.
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La amistad sólo resulta interesante y profunda en
la juventud. Es evidente que con la edad lo que más
se teme es que nuestros amigos nos sobrevivan.
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Podemos imaginarlo todo, predecirlo todo, salvo hasta dónde
podemos hundirnos.
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Lo que aún me apega a las cosas es una sed heredada
de antepasados que llevaron la curiosidad de existir hasta
la ignominia.
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Cuánto debían detestarse los trogloditas en
la oscuridad y la pestilencia de las cavernas. Es normal que
los pintores que malvivían en ellas no hayan querido
inmortalizar el rostro de sus semejantes y hayan preferido
el de los animales.
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«Habiendo renunciado a la santidad...» -¡Pensar que he sido
capaz de escribir semejante enormidad! Debo sin embargo tener
alguna excusa y espero hallarla aún.
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Fuera de la música, todo, incluso la soledad y el
éxtasis, es mentira. Ella es justamente ambos, pero
mejorados.
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Podemos estar orgullosos de lo que hemos hecho, pero deberíamos
estarlo mucho más de lo que no hemos hecho. Ese orgullo
está por inventar.
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Tras una tarde con él quedaba extenuado, pues la necesidad
de controlarme, de evitar la menor alusión susceptible
de herirle (y todo le hería), me dejaba al final sin
fuerzas, insatisfecho tanto de él como de mí
mismo. Siempre acababa reprochándome haberle dado la
razón en todo por escrúpulos llevados hasta
la bajeza, me despreciaba por no haber reacciona- do, por
no haber explotado, en lugar de haberme impuesto tan extenuante
ejercicio de delicadeza.
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Nunca se dice de un perro o de una rata que es mortal.
¿Con qué derecho se ha arrogado el hombre ese privilegio?
Después de todo, la muerte no es un descubrimiento
suyo. ¡Qué fatuidad creerse su beneficiario exclusivo!
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A medida que perdemos la memoria los elogios que se nos han
prodigado se borran, contrariamente a los reproches. y ello
es justo: los primeros raramente se merecen, mientras que
los segundos nos revelan aspectos de nosotros mismos que ignorábamos.
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Si yo hubiera nacido budista, lo sería aún;
pero nací cristiano y dejé de serIo en la adolescencia,
en una época en que mucho más que hoy hubiera
podido exagerar, de haberla conocido, la blasfemia que Goethe
escribió el mismo año de su muerte en una carta
a Zelter: "La cruz es la imagen más odiosa que
existe bajo el cielo".
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Lo esencial surge con frecuencia al final de las conversaciones.
Las grandes verdades se dicen en los vestíbulos.
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Lo caduco en Proust son sus futilidades cargadas de
un vértigo prolijo, el regusto a estilo simbolista,
la acumulación de efectos, la saturación poética.
Es como si Saint-Simon hubiera sufrido la influencia de las
Preciosas. Nadie le leería hoy.
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Una carta digna de ese nombre sólo puede escribirse
bajo el efecto de la admiración o de la indignación,
de la exageración en suma. De ahí que una carta
sensata sea una carta inexistente.
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Quien esté considerado por sus amigos como alguien
«extraordinario», no debe dar pruebas de lo contrario. Que
evite dejar trazas y sobre todo que no escriba, si desea ser
algún día para todos lo que fue para algunos
solamente.
***
Cambiar de idioma, para un escritor, es como escribir una
carta de amor con un diccionario.
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«Creo que tú has llegado a detestar tanto lo que piensan
los demás como lo que tú mismo piensas», me
dijo aquella amiga poco después de vernos tras una
larga separación. Más tarde, en el momento de
despedirnos, me citó un apólogo chino del que
podía deducirse que nada iguala el olvido de sí
mismo. Ella, el ser más presente, el más
rebosante de «yo» que pueda imaginarse, ¿por qué especie
de malentendido preconiza ahora la renuncia hasta el punto
de creer que ofrece el ejemplo perfecto?
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Incorrecto hasta lo intolerable, mezquino, desastrado, insolente,
sutil, intrigante y calumniador, captaba los menores matices
de todo, gritaba feliz ante una exageración o una broma...
Todo en él era atrayente y repulsivo. Un canalla al
que se echa de menos.
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Nuestra misión es realizar la mentira que encarnamos,
lograr no ser más que una ilusión agotada.
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La lucidez: martirio permanente, inimaginable proeza.
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Sólo la música puede crear una complicidad indestructible
entre dos seres. Una pasión es perecedera, se degrada
como todo aquello que participa de la vida; mientras que la
música pertenece a un orden superior a la vida y, por
supuesto, a la muerte.
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Si no poseo el gusto del misterio es porque todo me parece
inexplicable, o mejor dicho, porque lo inexplicable es mi
único sustento y estoy harto de él.
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X. me reprocha que me comporte como un espectador, que no
participe en nada, que lo nuevo me repugne. -"Pero si
yo no quiero cambiar nada", le respondo. Sin embargo,
no ha comprendido el sentido de mi respuesta: me cree modesto.
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Se ha señalado con razón que la jerga filosófica
cambia tan rápidamente como el argot. ¿Las razones?
La primera es demasiado artificial, el segundo demasiado vivo.
Dos excesos desastrosos.
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Tras quince años de soledad absoluta, San Serafín
de Sarow recibía a quienes le visitaban exclamando:
«¡Oh, qué alegría!»
¿Quién, que no haya dejado nunca de codearse con sus
semejantes, sería lo suficientemente extravagante para
saludarles así?
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Es preciso encontrarse en estado de receptividad, es decir,
de debilidad física, para que las palabras nos lleguen,
penetren en nosotros y comiencen en nuestro interior una especie
de carrera.
***
Deicida es el insulto más halagador que se
le puede dirigir a un Individuo o a un pueblo.
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El orgasmo es un paroxismo; la desesperación, otro.
El primero dura un instante; el segundo una vida.
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Aquella mujer tenía un perfil de Cleopatra. Siete
años después hubiera podido pedir limosna en
una esquina. -Experiencia que debiera curarnos en el acto
y para siempre de toda idolatría, de todo deseo de
buscar lo insondable en unos ojos, en una sonrisa o
en una voz.
***
Seamos razonables: nadie puede estar completamente de vuelta
de todo, y puesto que no existe una decepción universal,
tampoco podría existir un conocimiento universal.
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Todo lo que no es desgarrador es superfluo -en música
por lo menos.
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Brahms representa, según Nietzsche, die Melancholie
des Unvermogens, la melancolía de la impotencia.
Semejante juicio, escrito el mismo año de su crisis,
empaña como siempre el esplendor de su hundimiento.
***
No haber hecho nunca nada y morir sin embargo extenuado
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Esos transeúntes idiotizados... -¿Pero cómo
hemos podido caer tan bajo? ¿y cómo imaginar un espectáculo
así en la Antigüedad, en Atenas por ejemplo? Basta
un minuto de lucidez aguda en medio de esos condenados para
que todas las ilusiones se derrumben.
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Cuanto más se detesta a los hombres, más maduro
se está para Dios, para un diálogo con nadie.
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La fatiga extrema lleva tan lejos como el éxtasis,
con la diferencia de que con ella se desciende hasta
los límites del conocimiento.
***
Igual que la aparición del Crucificado dividió
la historia en dos, esta noche acaba de dividir en dos mi
vida...
***
Todo parece miserable e inútil en cuanto la música
enmudece. Se comprende así que pueda ser odiada y se
sientan tentaciones de considerar su absoluto como un fraude.
Porque cuando se la ama demasiado hay que reaccionar
contra ella como sea. Nadie percibió su peligro mejor
que Tolstoi, pues sabía que podía dominarlo
completamente. De ahí que comenzara a execrarla por
miedo de convertirse en juguete suyo.
***
La renuncia es la única variedad de acción
no envilecedora.
***
¿Es imaginable un ciudadano que no posea un alma de asesino?
***
Apreciar solamente el pensamiento indefinido que no llega
a la palabra y el pensamiento instantáneo que vive
sólo gracias a ella. La divagación y la boutade.
***
Un joven alemán me pide en la calle un franco. Converso
con él y me cuenta que ha recorrido medio mundo y que
ha estado en la India, país del que admira a los mendigos,
a quienes se jacta de imitar. Sin embargo, no se pertenece
impunemente a una nación didáctica. Le observé
pedir: parecía haber recibido cursos de mendicidad.
***
La naturaleza, buscando una fórmula que pudiera satisfacer
a todo el mundo, escogió finalmente la muerte, la cual,
como era de esperar, no ha satisfecho a nadie.
***
Hay en Heráclito un lado Delfos y un lado manual escolar,
una mezcla de ideas fulminantes y de rudimentos; fue un inspirado
y un preceptor. Es una lástima que no hiciera abstracción
de la ciencia, que no siempre pensara fuera de ella.
***
He condenado con tanta frecuencia toda forma de acto, que
manifestarme, de cualquier manera que sea, me parece una impostura,
por no decir una traición. -Sin embargo continúa
usted respiran- do. -Sí, hago como todo el mundo. Pero...
***
iQué juicio sobre los seres vivos si es verdad,
como alguien ha sostenido, que lo que perece nunca ha existido!
***
Mientras me exponía sus proyectos, le escuchaba sin
poder olvidar que no le quedaban más que unos días
de vida. Qué locura la suya de hablar de futuro, de
su futuro. Pero, ya en la calle, ¿ cómo no pensar que
a fin de cuentas la diferencia no es tan grande entre un mortal
y un moribundo ? Lo absurdo de hacer proyectos es sólo
un poco más evidente en el segundo caso.
***
Quedamos siempre anticuados por lo que admiramos. En cuanto
citamos a alguien que no sea Homero o Shakespeare, corremos
el riesgo de parecer pasados de moda o tocados de la cabeza.
***
Como máximo, podemos imaginar a Dios hablando francés.
Jamás al Cristo. Sus palabras pierden su encanto y
su vigor en una lengua tan inadecuada para lo ingenuo o lo
sublime.
***
¡Interrogarse sobre el hombre durante tantos años!
Imposible exagerar más el gusto por lo malsano.
***
¿La rabia proviene de Dios o del Diablo ? -De los dos. ¿Cómo
explicar si no que sueñe con galaxias para pulverizarlas
y no pueda consolarse de tener únicamente a su alcance
este pobre, este miserable planeta?
***
¿Para qué nos agitamos tanto? Para volver a ser lo
que éramos antes de ser.
***
X., que ha fracasado en todo, se lamenta de no haber tenido
un destino. -Todo lo contrario, le digo. La serie de tus fracasos
es tan notable que parece revelar un designio providencial.
***
La mujer fue importante mientras simuló pudor y reserva.
iQué deficiencia demuestra empeñándose
en dejar de jugar el juego! Ahora ya no vale nada, pues se
asemeja a nosotros. Así desaparece una de las últimas
mentiras que hacían tolerable la existencia.
***
Amar al prójimo es algo inconcebible. ¿Acaso se le
pide a un virus que ame a otro virus?
***
Los únicos acontecimientos importantes de una vida
son las rupturas. Ellas son también lo último
que se borra de nuestra memoria.
***
Cuando supe que era totalmente impermeable a Dostoievsky
y a la Música, me negué, a pesar de sus grandes
méritos, a conocerlo. Prefiero conversar con un retrasado
mental sensible a cualquiera de los dos.
***
El hecho de que la vida no tenga ningún sentido es
una razón para vivir, la única en realidad.
***
Habiendo vivido día tras día en compañía
del Suicidio, sería injusto e ingrato que lo denigrara
ahora. ¿Existe algo más sano, más natural ?
Lo que no lo es, es el apetito rabioso de existir, tara grave,
tara por excelencia, mi tara...
(*) Extraído del libro Ese maldito yo, publicado
por Tusquets Editores en su colección "Marginales".
(1) Emil Michel Cioran nace en Rasinari, Rumania, en 1911,
y muere en París, en 1995. Profesor de la Universidad
de Bucarest, es una de las figuras más destacadas de
su país, que abandonó en 1937 para establecerse
en París. Su pensamiento, incluido en el campo existencialista
y presentado por voluntad de su autor en forma fragmentaria
y asistemática, es para muchos una incansable reflexión
sobre el vacío y la desesperación, aunque para
otros, incluido el propio Cioran, constituye una exaltación
vital y casi salvaje. Su obra está escrita originalmente
en francés, salvo un primer libro en rumano: En
las cimas de las desesperación (1934). Obras: Breviario
de podredumbre (1949), La tentación de existir
(1956), Historia y Utopía (1960), La caída
en el tiempo (1964), Del inconveniente de haber nacido
(1973), El aciago Demiurgo (1974), Desgarradura
(1979), Adiós a la filosofía y otros textos
(1982) -textos seleccionados por Fernando Savater-, Contra
la Historia (1983), Ensayo sobre el pensamiento reaccionario
(1985), y este año Tusquets Editores ha publicado Cuadernos
1957-1972, selección de treinta y cuatro cuadernos
manuscritos que dejó Cioran a su muerte, escritos desde
el 26 de junio de 1957 hasta finales de 1972.
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