Nodo excéntrico
Se establece esa relación de centro escena
que es el actor. Su corporeidad, en la estructura, compone
su relación simbólica sobre la «puesta en escena». Habíamos
dicho que compone su figura geométrica en el espacio escénico.
Esa plasticidad en torno al espacio se figura conforme a
un juego con el silencio y, hasta ahora hemos dicho, lo
determina instrumentando su cuerpo. Cada vez que la acción
viene dada por su interpretación del texto: cómo estructura
su lugar actoral sobre el escenario. El emplazamiento del
actor se logra a través de una conceptualización del espacio:
los principios estéticos impondrán a la escena las formas
que determinen lo que el actor, y el complemento de sus
actores, hayan concebido estéticamente. Es cuando el espacio
no es una «forma» regular o, si quieren, convencional. Por
el contrario, crearán irrumpiendo con la realidad y estableciendo
la imagen de sus intereses. De allí saldrá su alteridad
del espacio y del tiempo. Las expresiones narrativas -de
la historia dramática de los personajes- no quieren hacer
de la realidad un traslado directo y, menos aún, un compendio
de esa naturaleza. Plantea, el actor, finalmente, un cambio
con el espacio: la respiración de su desplazamiento. Para
decirlo de manera ilustrativa, responde a ese juego alterable
del espacio.
El espacio no es lineal ni circular. Línea
y círculo se complementan en la figura. Lo mismo que arriba
y abajo. El espacio se (re)creará con la respiración del
actor. Respiración que se impulsa desde la pasión creadora
del histrión. En nada, reiteramos, tiene que ver con la
respiración natural del cuerpo. Me refiero, a una respiración
que, si se me permite el término, expira el actor. Es decir,
hay un proceso de abstracción el cual le ayuda a impulsar
su plasticidad -lo que otros llaman interpretación- que
expone tanto la estructura textual como corporal de la escena.
Al expirar ostenta una idea abstracta de cualquier giro
emocional que bien o mal haya tomado el actor. Esa abstracción
no tendría ningún objeto si no define el espacio y su corporeidad.
El actor, entonces, se vale de su rol protagónico en el
escenario. Sólo así sabremos que el actor inicia las figuras
de esta puesta en escena. Toda la abstracción sobre el escenario
la construye a través de los ritmos de aquélla respiración.
Para él, la respiración envuelve el proceso creador hacia
un fin común: el espectador. Ya que el espectador se halla
ante un resultado final y no querrá sino que lo satisfagan.
Para el espectador estará bien si el actor ha sabido «dejarle
un mensaje», si lo habrá emocionado o habrá entendido cómo
recibir las sensaciones del espectáculo. Para el actor el
público ya no está cerca o lejos, sólo se integra en la
plasticidad de su expresión.
En Atonín Artaud ello obtuvo su mayor
representante.
Cuerpo de Artaud
El cuerpo del actor y el espectador rompe
con cualquier línea divisora hasta el punto que se integran
a un acto. Y las sensaciones intervienen en forma directa
y rápida que no le da tiempo al espectador de crear una
calzada divisora entre el espacio del espectador y el espacio
del actor. Ambos se fusionan en una apariencia impredecible
y violenta. El silencio, en el teatro de Artaud, consiste
en agredir, hasta donde llegue la conciencia del actor,
la moral de los espectadores, por lo que se involucra el
contexto social. Pero no en el sentido épico, por el contrario,
en una estructura cultural de las sensaciones. A todas las
sensaciones que moralmente el espectador posee ocultas.
Sus sensaciones responden, para Artaud, a elementos muy
recónditos de una sociedad determinada: una sociedad moral,
la cual guarda para sí pasiones prescritas, dentro de una
escala de valores de una sociedad burguesa de posguerra.
Cuando Artaud nos propone hallar esas expresiones, que violentan
contra esa escala de valores, nos encontramos con una postura
estética y no estrictamente transgresora del hecho cultural,
porque el actor debe responder, por la vía del arte, a los
niveles de agresividad que impone nuestra sociedad: cómo
debemos concebir ese espacio teatral y cómo el actor se
figura en la puesta en escena para darle frente. Terminamos
por concebir una violencia del espacio. Elementos que se
alinean desde el texto hacia el actor.
El ritmo del actor, ante ésta y otras exigencias,
nos facilita recientes formas expresivas. El ritmo funciona
de acuerdo con las sensaciones que determina el actor. Hasta
aquí la instrumentación de esa respiración dependía de su
visión estética, pero de la misma manera debe saber cómo
implicarla sobre el público, sobre su entorno.
Forma geométrica del actor
Con su visión estética el actor sabrá qué
puede expresar sobre el espacio. Aportará una visión inesperada:
él devuelve, en forma de símbolo, los iconos de su sociedad.
Pero cuidado: en forma simbólica no épica, volvemos a decirlo,
ofrece un arquetipo abstracto de sus sensaciones, de su
sociedad. La línea que va ha adquirir es, por lo general,
una ruptura con lo usado, con el espacio.
Luego que la respiración del actor es el
instrumento de esas sensaciones, el producto estético deviene
de cómo ha intelectualizado aquél espacio. Es, como deseo
decir, su forma geométrica. El espacio es inspirado. Esa
inspiración le confiere de modo intuitivo su organización
espacial. Conque, cualquier conformación expresiva -incluyendo
los movimientos del actor- se componen en lo que veremos
más tarde como su escena lograda. Desde luego, no es nada
nuevo: se halla en las formas del arte contemporáneo: ninguna
realidad es inalterable y unívoca. La palabra busca significar
nuevas experiencias, anhela significar en sí misma. De alguna
manera descubrirá un lenguaje que se identifique con sus
emociones. Cuando el actor figura su expresión está coincidiendo
con el lugar que ocupará en el escenario, si no, con nuevos
contenidos en la palabra que aporten otro lenguaje. En tanto
que para nosotros la palabra es constante búsqueda del silencio,
éste, será el breve instante con el que podemos implementar
un nuevo significado para el escenario. De aquí en adelante
es cuestión de creatividad. En esta inapelable búsqueda
con el lenguaje, no estamos seguros de lo que encontremos:
es la búsqueda misma lo que nos interesa. La palabra se
contiene del silencio para afirmarse: imponemos una nueva
codificación en la medida en que el enredo es mayor: a nuevos
significantes, nuevos significados. Allí la palabra se enfrenta
a sí misma. En vista de que se contiene sobre sí, entenderemos
que el silencio es su máxima expresión. Y el actor se halla
en medio de todo esto. Él tendrá que dar con el silencio.
Los impulsos del actor trazan las características
expresivas de su silencio. Determina la palabra, el acierto
con el silencio. Por consecuencia la naturaleza de esa expresión
estará definida conforme a lo que vemos: la palabra es vista.
Cada desplazamiento del actor lee la apariencia de su espacio.
Tan pronto que el ritmo sea la condición corporal para decirnos,
en un momento dado, cómo debemos ver la palabra sobre el
escenario. Como decía ahora, la respiración, en tanto es
instrumento del ritmo, contiene a la palabra, porque de
allí el actor instrumenta todas las formas de su expresión:
el movimiento, la dicción, la expresión corporal y el sentido
del espacio físico.
La respiración le permite alcanzar aquél
proceso intuitivo: la imagen creada en escena la necesitamos
ver en el actor como una extensión del desenfreno y del
caos que todos queremos mirar sobre el escenario. Desde
luego, esto es una manera particular de acceder al texto.
Nada excluyente.
El actor se encuentra con su respiración
-lo que en el poeta es su voz. Puede confrontarla, identificarla
y asimilarla hasta que se transfiere en técnica. Reconoce
su respiración como una estructura poética: compone su realidad
sensible y corporal. En ese instante, creado por la respiración,
se involucra una serie de contenidos que darán forma a su
expresión. Y tal vez esas fisuras intuitivas, decíamos,
contengan un lenguaje que se traduce en aquél espacio del
escenario. En principio, a mi modo de ver, nada está culminado..
Es el mismo proceso del ensayo lo que determinará finalmente
cuánto verá el espectador de palabra escenificada. En sí,
de texto escenificado.
Los ritmos del actor varían según el método
que aplique. Ahora método es una manera artificial o técnica
y no el proceso en sí mismo. El método es abstracción y
como tal debe definirse en su contexto teatral. Porque sencillamente
él se vale técnicamente de uno u otro método, a objeto de
aplicarlo como mejor le venga en gana. Es cuando debe hacer
abstracción de los métodos adquiridos: instrumentar su ejecución
por medio de un método, si se quiere, sentido y emocional
que lo hace ser un método abstracto. Cuando apreciamos este
proceso de abstracción, pueda que empecemos a darle el lugar
correcto al actor. Decía entonces que el ritmo adquiere,
acuñando el término, cierta arritmia propia del jazz, una
música que en particular establece sus ritmos a partir de
la improvisación musical y el mestizaje sonoro. Se impone
la intuición y lo impredecible. Aquí lo mejor, el hecho
impredecible. Los espacios son abiertos o cerrados, dependiendo
de que así lo quiera el actor, el hecho se define por sí
solo. Ahora que el actor interpreta del texto su personaje.
Quiero decir que ese encuentro del actor no tiene una línea
psicológica. La psicología aplicada aprecia métodos que
aquí no están planteados. El hecho psicológico requiere
de un arreglo científico. Y, sin querer desacreditar, la
arritmia, en tanto lo aplique el actor no es racional. Los
ritmos, cuando el actor domina su técnica, se valen del
hecho irracional o intuitivo y espiritual. Y es hora de
dejar claro que lo espiritual no se ajusta al concepto religioso
del vocablo, por el contrario, es de carácter intelectual,
si se quiere antropológico: a ello me refería cuando indicaba
la importancia de intelectualizar las emociones.
(1) Poética para el actor, Colección
Piedra sobre Piedra, Latin American Writers Institute. Eugenio
María de Hostos Community College of CUNY
(*) JUAN MANUEL MARTINS,
escritor y dramaturgo venezolano, es director de la Editorial
Ediciones Estival (Maracay-Venezuela).
Ha escrito y dirigido entre otras las siguientes obras:
Terciopelo negro, A la mitad de la iguana,
Tres cabezas muerden mejor que una, Preludio
en tres autoestimas o la vida con Edith Piaf. Entre
sus publicaciones se encuentran: Deseos de casa,
Editorial la Liebre libre; Teatro y Literatura,
Editorial La Liebre libre (Recopilación de ensayos de poetas
como Eliot, Pessoa, O. Paz y Oscar Wilde en torno al teatro);
Poética para el actor, editorial The Latino
Press de Nueva York.
Colaborador de la página literaria Contenido del Periodiquito.
Ha publicado diferentes artículos en la prensa regional,
y extranjera. Colaborador en diferentes programas de mano
de actividades culturales de la región.