Literatura

Después de la guerra (1)
por GABRIEL PARADUCHKA (*)
Traducción: Lucas Sarasibar

 

La llave con la que el anciano cerró la puerta de su departamento descansa dentro del buzón de chapa. Por un momento pensó en tirar la llave o en quebrarla dentro de la cerradura. Sin saber porqué, desechó esas posibilidades.
Ahora el viejo camina despacio hasta la estación de trenes mirando los árboles que rodean el sendero. Hojas muertas de tonos ocres cubren la hierba escarchada. El anciano recuerda que según el calendario dos días atrás comenzó el invierno. De su mano izquierda cuelga una pequeña maleta que contiene una muda de ropa, una máquina de afeitar, un cepillo de dientes, y un cuaderno de hojas blancas, amarillas en los extremos. En la tapa del cuaderno está escrito, con letra prolija, Después de la Guerra.
Se apagan las luces de la calle. La luminosidad del amanecer, matizada por algunas nubes, deja a la ciudad en penumbra.
La estación de trenes aparece en tonos grises junto a un intenso olor a café y tabaco. Los vagones tienen las puertas abiertas, y en una de ellas hay un guarda parado en el estribo que se peina y bosteza con espasmo. Varios pasajeros hablan con quienes pronto se despedirán. El expendedor de boletos, un joven de rasgos ordinarios, tiene los brazos cruzados sobre un periódico abierto en el mostrador que lee con gesto indolente. El anciano palpa con la mano los bolsillos del pantalón, extrae el billete que no enumera el asiento, y sube a uno de los vagones. Elige con cuidado el lugar en donde permanecerá ocho horas, y se sienta. Enciende un cigarrillo.
-Me permite su boleto -dice el guarda-. Correcto -susurra devolviéndoselo agujereado, luego de haberlo inspeccionado con rapidez.
En el andén una mujer abre su cartera de pana gris oscura y revuelve el interior con la mano libre. Muerde nerviosamente sus labios hasta que encuentra el boleto que no enumera el asiento. Sonríe y dirige los pasos al estribo.
El anciano mueve el filtro del cigarrillo con la yema del pulgar. Un aroma cítrico de perfume femenino avanza por el aire mezclándose con la bruma del tabaco. La mujer, resuelta, se acomoda justo frente a él. La comisura de su boca vacila una sonrisa.
-Buenos días -dice ella.
-Muy buenas -replica el anciano mientras juega con el cigarrillo y mira a través de la ventanilla a una niña despedirse de su padre.
-Disculpe la molestia -dice la mujer reclinándose levemente-, ¿sabría decirme cuánto dura el viaje?
-Ocho horas -dice él llevando su mirada a los ojos negros de la mujer-. Ocho si es que no sucede algún imprevisto. ¿Es la primera vez que toma este tren?
-Sí..., aunque muchas veces he estado en la estación, con el billete en la mano, a punto de subirme.
El viejo la mira sin sorpresa.
-Ha tenido miedo -afirma instintivamente.
La mujer se echa para atrás el mechón de pelo que cuelga sobre su frente, y niega con la cabeza.
-No creo que haya sido miedo. Simplemente no le encontraba sentido. Irme tan lejos, así, de repente... No lo sé, me resultaba precipitado. A fin de cuentas donde vamos tarde o temprano sucederán las mismas cosas que aquí, ¿no?
El viejo le sonríe, y regresa la mirada al andén. La niña está llorando, desconsolada, sobre el hombro de su madre que la lleva en brazos.
-¿Usted ha hecho este viaje muchas veces? -pregunta ella con interés.
-Demasiadas. Pero este es el último -dice con satisfacción-. No pienso volver.
-Es fácil decirlo...
-Y hacerlo también debería ser sencillo -dice interrumpiéndola-. Aquí sólo dejo un pequeño departamento y unos pocos muebles... Y si abandonara algo más, nunca podría compararse con la libertad que me espera al cabo de ocho horas de viaje.
-Es fácil decirlo -repite automáticamente la mujer-... Y es fácil hacerlo, sí, por algo yo también estoy arriba del tren... Lo importante es salir de aquí, ¿no? -dice mirando sus manos entrelazar los dedos, tensándolos y aflojándolos alternativamente.
-Aquí estaban mi familia y amigos -comenta el viejo-, pero todos murieron. Usted sabe, la guerra...
-Sí, claro. Mi padre y mi tío murieron también. Supongo que todos perdimos a alguien.
El viejo asiente y la mira. Piensa que ella podría ser su hija o su nieta, y recuerda a la hija que tuvo años atrás, antes de la guerra, antes de que el mundo perdiera su sentido para trocarlo por otro tan incomprensible para él como el primero.
-Hoy el periódico anuncia que habrá una nueva guerra -indica la mujer.
-Siempre habrá otra guerra. Estamos atrapados.
-Sí, eso parece -afirma esbozando una sonrisa.
La mujer se inclina hacia su zapato y procura inútilmente centrar la pequeña hebilla ladeada que le ocasiona un intenso dolor. Por la puerta que conecta los vagones entra el guarda y le pide su boleto. Lo escruta brevemente y lo agujerea. Ella sonríe con tristeza al recibir el billete.
Repentinamente, el cielo se cubre de nubes negras y comienza a llover con estrépito. Las pesadas gotas, al chocar contra el techo del vagón y el que cubre al andén, provocan un ruido ensordecedor.
La mujer recoge su cartera de pana gris, se incorpora, y le extiende la mano al anciano que no tarda en estrecharla. Ella dice algo que no se escucha a causa de la lluvia, y sale velozmente del vagón. El viejo la ve irse mientras enciende un cigarrillo. Comprende entonces que cuando llegue a destino se tomará el tren de regreso. Se felicita por haber dejado la llave dentro del buzón, y sus mejillas se sonrojan por la vergüenza.

(1) Cuento extraído del libro Cuentos inconclusos, aún sin traducción.
(*) Gabriel Paraduchka nace en Ucrania en 1970. Luego de incontables problemas políticos emigra a Viena, en donde se establece con su familia. En 1989 el escritor emigra a Barcelona, regresando todos los veranos a Viena. Hasta ahora a publicado su novela La insoslayable necedad, aún no traducida al castellano, pero sí al húngaro y al inglés; edita en 1994, Antología de jóvenes escritores, traducida al alemán. A partir de entonces publica en ruso dos libros de cuentos, Historias de Alcohol, y Cuentos Inconclusos, aún no traducidos a ningún idioma.

 



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