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La llave con la que el
anciano cerró la puerta de su departamento descansa dentro
del buzón de chapa. Por un momento pensó en tirar
la llave o en quebrarla dentro de la cerradura. Sin saber
porqué, desechó esas posibilidades.
Ahora el viejo camina despacio hasta la estación de trenes
mirando los árboles que rodean el sendero. Hojas muertas de
tonos ocres cubren la hierba escarchada. El anciano recuerda que
según el calendario dos días atrás
comenzó el invierno. De su mano izquierda cuelga una
pequeña maleta que contiene una muda de ropa, una
máquina de afeitar, un cepillo de dientes, y un cuaderno de
hojas blancas, amarillas en los extremos. En la tapa del cuaderno
está escrito, con letra prolija, Después de la
Guerra.
Se apagan las luces de la calle. La luminosidad del amanecer, matizada
por algunas nubes, deja a la ciudad en penumbra.
La estación de trenes aparece en tonos grises junto a un
intenso olor a café y tabaco. Los vagones tienen las puertas
abiertas, y en una de ellas hay un guarda parado en el estribo que se
peina y bosteza con espasmo. Varios pasajeros hablan con quienes pronto
se despedirán. El expendedor de boletos, un joven de rasgos
ordinarios, tiene los brazos cruzados sobre un periódico
abierto en el mostrador que lee con gesto indolente. El anciano palpa
con la mano los bolsillos del pantalón, extrae el billete
que no enumera el asiento, y sube a uno de los vagones. Elige con
cuidado el lugar en donde permanecerá ocho horas, y se
sienta. Enciende un cigarrillo.
-Me permite su boleto -dice el guarda-. Correcto -susurra
devolviéndoselo agujereado, luego de haberlo inspeccionado
con rapidez.
En el andén una mujer abre su cartera de pana gris oscura y
revuelve el interior con la mano libre. Muerde nerviosamente sus labios
hasta que encuentra el boleto que no enumera el asiento.
Sonríe y dirige los pasos al estribo.
El anciano mueve el filtro del cigarrillo con la yema del pulgar. Un
aroma cítrico de perfume femenino avanza por el aire
mezclándose con la bruma del tabaco. La mujer, resuelta, se
acomoda justo frente a él. La comisura de su boca vacila una
sonrisa.
-Buenos días -dice ella.
-Muy buenas -replica el anciano mientras juega con el cigarrillo y mira
a través de la ventanilla a una niña despedirse
de su padre.
-Disculpe la molestia -dice la mujer reclinándose
levemente-, ¿sabría decirme cuánto
dura el viaje?
-Ocho horas -dice él llevando su mirada a los ojos negros de
la mujer-. Ocho si es que no sucede algún imprevisto.
¿Es la primera vez que toma este tren?
-Sí..., aunque muchas veces he estado en la
estación, con el billete en la mano, a punto de subirme.
El viejo la mira sin sorpresa.
-Ha tenido miedo -afirma instintivamente.
La mujer se echa para atrás el mechón de pelo que
cuelga sobre su frente, y niega con la cabeza.
-No creo que haya sido miedo. Simplemente no le encontraba sentido.
Irme tan lejos, así, de repente... No lo sé, me
resultaba precipitado. A fin de cuentas donde vamos tarde o temprano
sucederán las mismas cosas que aquí,
¿no?
El viejo le sonríe, y regresa la mirada al andén.
La niña está llorando, desconsolada, sobre el
hombro de su madre que la lleva en brazos.
-¿Usted ha hecho este viaje muchas veces? -pregunta ella con
interés.
-Demasiadas. Pero este es el último -dice con
satisfacción-. No pienso volver.
-Es fácil decirlo...
-Y hacerlo también debería ser sencillo -dice
interrumpiéndola-. Aquí sólo dejo un
pequeño departamento y unos pocos muebles... Y si abandonara
algo más, nunca podría compararse con la libertad
que me espera al cabo de ocho horas de viaje.
-Es fácil decirlo -repite automáticamente la
mujer-... Y es fácil hacerlo, sí, por algo yo
también estoy arriba del tren... Lo importante es salir de
aquí, ¿no? -dice mirando sus manos entrelazar los
dedos, tensándolos y aflojándolos
alternativamente.
-Aquí estaban mi familia y amigos -comenta el viejo-, pero
todos murieron. Usted sabe, la guerra...
-Sí, claro. Mi padre y mi tío murieron
también. Supongo que todos perdimos a alguien.
El viejo asiente y la mira. Piensa que ella podría ser su
hija o su nieta, y recuerda a la hija que tuvo años
atrás, antes de la guerra, antes de que el mundo perdiera su
sentido para trocarlo por otro tan incomprensible para él
como el primero.
-Hoy el periódico anuncia que habrá una nueva
guerra -indica la mujer.
-Siempre habrá otra guerra. Estamos atrapados.
-Sí, eso parece -afirma esbozando una sonrisa.
La mujer se inclina hacia su zapato y procura inútilmente
centrar la pequeña hebilla ladeada que le ocasiona un
intenso dolor. Por la puerta que conecta los vagones entra el guarda y
le pide su boleto. Lo escruta brevemente y lo agujerea. Ella
sonríe con tristeza al recibir el billete.
Repentinamente, el cielo se cubre de nubes negras y comienza a llover
con estrépito. Las pesadas gotas, al chocar contra el techo
del vagón y el que cubre al andén, provocan un
ruido ensordecedor.
La mujer recoge su cartera de pana gris, se incorpora, y le extiende la
mano al anciano que no tarda en estrecharla. Ella dice algo que no se
escucha a causa de la lluvia, y sale velozmente del vagón.
El viejo la ve irse mientras enciende un cigarrillo. Comprende entonces
que cuando llegue a destino se tomará el tren de regreso. Se
felicita por haber dejado la llave dentro del buzón, y sus
mejillas se sonrojan por la vergüenza.
(1) Cuento
extraído del libro Cuentos inconclusos,
aún sin traducción.
(*) Gabriel Paraduchka nace en Ucrania en 1970. Luego de incontables
problemas políticos emigra a Viena, en donde se establece
con su familia. En 1989 el escritor emigra a Barcelona, regresando
todos los veranos a Viena. Hasta ahora a publicado su novela La
insoslayable necedad, aún no traducida al
castellano, pero sí al húngaro y al
inglés; edita en 1994, Antología de
jóvenes escritores, traducida al
alemán. A partir de entonces publica en ruso dos libros de
cuentos, Historias de Alcohol, y Cuentos
Inconclusos, aún no traducidos a ningún
idioma.
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