Literatura

RESEÑA
por ENRIQUE G DE LA G (*)

Carlos Fuentes
Instinto de Inez
Alfaguara, México, 2001, 145 pp.

 

1. Fausto, Berlioz y Gabriel Atlan-Ferrara

Carlos Fuentes


El siglo XVI acogió a un practicante de medicina, a un estudioso de la alquimia y la astrología. Así lo recuerdan las leyendas, y también recuerdan que después de viajar por Alemania aprendió magia negra. Según los rumores de aquellos años fue asesinado (¿en 1540?). Johannes Faust había pactado con el demonio en vida.

La primera versión literaria en torno a la figura y la historia del Dr. Fausto se la debemos a J. Spies. En su Historia von Doctor J. Faustus asegura que, tras el pacto maléfico, Fausto se rodeó de riquezas, sabiduría y placeres. El libro de Spies se tradujo a (casi) todas las lenguas europeas. Fue Marlowe el segundo en contar la historia: The Tragical History of the Life and Death of Doctor Faustus, un siglo después de la muerte del personaje histórico. La obra de Marlowe, escrita para teatro, volvió a Alemania e inspiró nuevas versiones. Pero fue Goethe quien realmente la convirtió en un tema clásico.

La primera parte del Fausto goethiano apareció en 1808. Goethe tuvo la (shakespeariana) ocurrencia de incluir la historia amorosa entre Fausto y Margarita, idilio que se trenza con los secreteos entre Fausto y Mefistófeles. La segunda parte fue publicada póstumamente en 1832.

Exhausto, comido por la desesperación, no lejos del suicidio, habiendo recurrido incluso a la magia negra, Fausto, el doctor Johannes Faustus, aún no encuentra el auténtico y definitivo saber. Al volver de un paseo descubre que un perro lo ha seguido. En su estudio, el animal se convierte en Mefistófeles. Acuerdan que Mefistófeles servirá y proveerá a Fausto con todo lo que él exija, a cambio de que Fausto pierda su alma a cada momento, a cambio de la tristeza, en definitiva.

Fausto se enamora de Margarita desde el primer encuentro. Mefistófeles introduce al doctor en la habitación de Margarita y ella, loca de amor, ignora las moral y se entrega a Fausto. Valentín, hermano de Margarita, se encela y reta al amante, quien le mata. Fausto y Mefistófeles huyen del pueblo: la sangre clama desde el suelo.

Mientras tanto, Margarita es acusada de asesinar a su madre: las dosis de soporíficos con los que encubría sus amoríos terminan por matar a la señora. Ahora espera en la cárcel su ejecución. Fausto, advertido en sueños, monta un negro caballo y galopa hacia el pueblo. Margarita se vuelve loca pero su locura no le impide reconocer y atemorizarse frente a Mefistófeles, a quien ahuyenta implorando a Dios.

Mientras Fausto desciende a los abismos, Margarita es entregada.

Después de Goethe, Hector Berlioz (1803-1869) retomó el tema de Fausto: La condenación de Fausto. Según Berlioz, su Condenación no es una ópera, se trata de una "leyenda dramática", "une légende dramatique", como gustaba llamarla. La acción se desarrolla no tanto en el escenario como en la música. Destacan la sexta escena en el sótano de Auerbach, la undécima escena en la recámara de Margarita, la duodécima y el canto de Margarita "Meine Ruh ist hin".

La primera parte de la "légende dramatique" de Berlioz se separa del Fausto goethiano. Se sitúa en un ambiente castrense. Sólo así Berlioz pudo incorporar la "Marcha Rákóczy" a su obra. Berlioz se refleja más a sí mismo que a Fausto.

La segunda parte está más apegada, por decirlo así, a Goethe. Con una notable excepción: no aparece el pacto entre Mefistófeles y el doctor. Simplemente Mefistófeles le ofrece a Fausto la posibilidad de entretenerse, y él acepta. Por eso, en la tercera parte, el enamoramiento entre Margarita y Fausto es, todo, obra de la magia.

En un canto de Mefistófeles (escena 17) se revela el pacto. Margarita será entregada y Fausto arruinado. La música que acompaña a Fausto en su descenso a los infiernos habla por sí misma, es extraordinaria. Un coro de demonios lo reciben en el infierno: Has! Irimirukarabrao! Has! Has! Has!

(Posteriormente, Richard Wagner compuso una overtura con este mismo tema, Franz Liszt una sinfonía, y Charles Gounod una ópera.)

Y ahora, fechada en Cartagena de Indias en enero del año 2000, Carlos Fuentes presenta una reescritura del Fausto: Instinto de Inez. La novela, breve, menos de 150 páginas, está situada, en el conjunto de las obras de Fuentes, en el inciso o apartado que él mismo titula "El mal del tiempo" ("que son duelos con las horas, duelos con la vida misma"), después de Aura, Cumpleaños, Una familia lejana y Constancia.

Instinto de Inez es el amorío no consumado espiritualmente, consumado carnalmente, entre Inés Rosensweig y Gabriel Atlan-Ferrara. Gabriel se enamora de Inés, Inés de un joven y apuesto rubio, "hermano", "camarada" de Gabriel. Ménage à trois.

Nacho Solares le preguntó a Fuentes por qué la relación entre Fausto y Gabriel Atlan-Ferrara. Habla el autor: «Porque Fausto le vende el alma al Diablo para recobrar su juventud, y vivimos en una sociedad donde todo mundo quiere ser joven. Por el contrario -por poner un ejemplo personal- mis abuelas, desde que fueron viudas, siempre se vistieron de negro, de falda larga; así pasaron los años treinta, cuarenta y cincuenta, y seguían de falda larga, velo, bonete negro: señales de respeto y de luto. Hoy andarían en quets haciendo gimnasia, jogging, y bailando en las discotecas. Actualmente el pacto fáustico se ha vuelto ridículo, lo han ridiculizado la sociedad de consumo y la edad moderna. Todo está lleno de faustos y pseudofaustos que ya no saben que tienen várices en las piernas, y las muestran. El instinto de no perder la juventud -o recobrarla-, que es la esencia del pacto fáustico, lo lleva a venderle el alma al Diablo con tal de conseguir la juventud, el vigor sexual, físico, con tal de volver a amar, de reiniciar su vida, pero nunca -y creo que es el gran error de Fausto- de enmendar sus errores. A veces pensamos "si pudiera vivir mi vida otra vez, qué errores evitaría, qué cosas haría que no pude hacer". Esto no se le ocurre a Fausto. Él se contenta con su juventud y ésta es la gran trampa que le tiende el Diablo: "¿Quieres ser joven?, muy bien, pero te vas a condenar. Si quisieras ser otro no te pasaría nada, te salvarías de mis garras."»

Berlioz inspiró a Fuentes: «Hay pasajes enteros en los que traté de capturar el ritmo de La condenación de Fausto. Esas disonancias extraordinarias que él produce por primera vez en la música y que luego encontramos, cien años después, en Stravinsky. Una disonancia misteriosa que rompe el orden del mundo y nos hace dudar de su estabilidad y de su lógica. También hay cierta sinuosidad rítmica muy propia de las óperas y de las obras sinfónicas de Berlioz que me influyó enormemente. Escribí la novela escuchando todo el tiempo a Berlioz.»


2. Inés Rosenzweig pasa a llamarse Inez Prada

Instinto de Inez

Fuentes dedicó su novela, así puede leerse en la primera página: "A la memoria de mi adorado hijo, Carlos Fuentes Lemus (1973-1999)". Y la primera línea reza: "-No tendremos nada que decir sobre nuestra propia muerte".

La novela, una trenza de numerosas hebras que, dialécticamente, paradójicamente, se alejan y aproximan: Gabriel a los 93 años, a los 33, a los 93 otra vez, Inés a los 20, Inez a los 47, Inez en una foto con el traje de Margarita para siempre, el ensayo estudiantil, la obra en México, Europa y la eternidad, un sello de cristal en su trípode, hecho añicos por una gorda alemana, recibiendo las caricias de Gabriel, la naturaleza muere para que la ciudad viva, el mar contenido por las rocas y la playa que, a su vez, son talladas por el agua, la muerte sólo se vislumbra desde la vida pero ningún vivo sabe qué es, la luna delimita los contornos de los edificios, refugio de vida, por las noches al tiempo que es el faro de la Luftwaffe, la música es una de las formas del silencio, el menos molesto de los ruidos, Fuentes escribe para resucitar o rememorar a su hijo, incapaz de leer a su padre, la mujer Inés rechaza al hombre y la mujer Inez domina al mismo hombre, primero el matriarcado seguido por el patriarcado y esperando una resurrección femenina (tú dirás, tú sabrás, tú caminarás), los capítulos dedicados a Gabriel, a Inez, a La condenación, y los capítulos prehistóricos, alucinantes, casi musicales, que se leen no con la razón sino con la intuición, con el instinto.

Gabriel es músico, se enamora de Inés, mexicana, de cabello acerezado. Pelirroja. La lleva esa misma tarde a la playa, pretende acostarse con ella. Es rechazado. Gabriel persigue el amor de Inez, amor negado. Inés sueña con el amor de un joven desconocido a quien ha visto sólo una vez, antes de que desaparezca, en una fotografía. Se entrega a Gabriel para poseer al joven de la foto. Cuando lo hace, éste desaparece.

Durante años, la persecución continúa, los reencuentros y desasosiegos. Inez, finalmente desaparece también, en la puesta en escena de La condenación. Son tres los momentos: el primer encuentro en el ensayo estudiantil y que se prolonga en la playa; en un departamento de la calle Mazatlán y en el Palacio de Bellas Artes; el último, en La City, encuentro que no terminará, será interrumpido para siempre.

Cosme Santos es un mexicano tradicional. Inez se casa con él sin amor, por comodidad, por hacer algo, por evitar el aburrimiento, por no se sabe qué, porque sí, por seguridad, se "veía" bien. Luego engordó. En realidad el matrimonio no duró "ni un minuto (...) No me importaba. Pero no me estorbaba. Mientras él mismo se restó importancia y no se metió en mi vida, lo toleré. Cuando decidió volverse importante para mí, pobrecito, lo abandoné". Se divorcia, Inés lo divorcia: ella la dominadora. La mujer busca, logra, consigue, alcanza el poder. Dominar la hembra al varón.

En la naturaleza no es así. Son los renos machos quienes se encabritan y se destrozan las cornamentas por las hembras. Y luego ellas se dejan querer. ¿Por qué ese afán por querer insertarlo todo en dos únicas categorías, blanco y negro? ¿Dónde quedan los millones de colores intermedios? Conocemos por contrastes: el vivo sabe que existe la muerte pero no sabe qué es, el muerto no sabe que está muerto pero conoce la muerte. El hombre para conocerse precisa de la mujer. Gabriel no logra descifrarse, ama, sabe que ama, pero no entiende su amor. Es necesaria la presencia de Inés primero, Inez después, para que al menos alguien logre entender lo que le sucede. Porque Gabriel sabe que jamás logrará penetrar ese rincón cuya llave es la intuición femenina, el instinto.

Al final, como en las primeras páginas, Gabriel practica la conciencia social. Ya no precisa una amante (o el anhelo, el deseo, de la amante), le basta una sirviente, Dicke o Frau Ulrike.

Fuentes ha dejado algunas páginas que refieren "un grito primigenio". La lectura debe hacerse desde la intuición, es una metáfora. El ambiente remite al encuentro primero del hombre y la mujer, a la primera procreación y el primer crío. Páginas de lirismo musical. Fuentes quiso escribir con imágenes la música de Berlioz.


3. A mi juicio

La novela, salvo los primeros dos capítulos y el último, no me ató al sillón. Así de claro. Las páginas metafóricas, extensas, de rápida lectura eso sí, de ambiente selvático, y hasta tarzanesco, me parecieron sosas. Están escritas para satisfacer el oído, creo: inténtense leer en voz alta, como la poesía, no sólo con los ojos como asombrosamente leía san Ambrosio (según consta en las Confesiones agustinianas).

Fuentes utiliza palabras groseras o vulgares que desentonan con los caracteres de los personajes: músicos, cantantes de ópera, gente que ha viajado, cultos, que hablan de Ingres y de Milton el ciego. No me imagino a von Karajan, por poner un ejemplo, usando palabrejas al cortejar a una muchacha.

Otro punto, emparentado con la antropología: el amor de Gabriel e Inez no despega (porque no se quiso o porque no se pudo, da igual) del plano erótico-sensual-sexual-carnal-corporal. Bien: elemento indispensable, pero no exclusivo. De ahí la ausencia de relaciones materno o paterno - filiales, por ejemplo, o de un auténtico interés por el crecimiento (digámoslo mal pero rápido: en los valores) de la otra persona: normalmente, cuando yo amo a mi mujer deseo que se haga mejor persona. Pero en Instinto de Inez no es así, todo está expuesto desde un plano instintivo.

Tengo también el presentimiento -quiero ser cauteloso, tal vez sea una interpretación un tanto forzada- de que el inicio del capítulo segundo (pp. 27 a 29) son un intento "a lo Blake" por referir pesimistamente las maravillas que Carlos Argentino Daneri vio en el aleph de Borges ("vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide..."): "griten, griten de terror, griten como un huracán, giman como un bosque profundo, que las rocas caigan y los torrentes se precipiten, griten de miedo porque en este instante ven pasar por el aire los caballos negros, las campanas se apagan..."

Fuentes es pesimista, y a mí ya me cansó el pesimismo (literario, universal). La modernidad fue una mierda, de acuerdo, pero ¿es la posmodernidad la solución? No lo creo. La sociedad del bienestar, el narcisismo que detesta Lipovetsky, el hedonismo a la carta, el cibersex, más noticieros que verdaderas noticias, relativismo, subjetivismo, atomización, personalismo exacerbado... Fuentes lo sabe, lo reconoce, lee el mundo y nuestra sociedad. No es tonto. Nos sentimos culpables, «en Instinto de Inez hay una relación de culpa, y en consecuencia de castigo, hacia el padre, hacia los hermanos que compiten por el poder, hacia las viudas que se atreven a salir de su casa cuando el cadáver de su marido todavía no está enterrado. Son todas formas de la culpa».

Hace falta una catársis, superar la culpa, deshacernos de ella. La historia ha optado por la posmodernidad, Fuentes por la música y el canto: «Por eso imagino el origen de la música y del canto como una posibilidad de superar la culpa; de exclamar el dolor, de dar libertad al cuerpo, de encaminar la voz hacia la comunicación con el otro. En Instinto de Inez esa intención se resume en dos palabras: "ayúdame a amar".» Música y canto, dos caras de la posmodernidad. El amor, lugar común. ¿No hace falta algo más sólido, más consistente? ¿Tiene Carlos Fuentes miedo de invocar a Dios? ¿"Ayúdame a amar" no es acaso el más cristiano de los deseos, Dios no es amor, la teología no afirma que estamos "diseñados" para amar?

Fuentes intenta llegar a una mística del amor pero teme el camino cristiano y cae estrepitosamente en "la muerte de los peces-niños asesinados por sus propios padres".


(*) Enrique G de la G (San Pedro Garza García, México, 1979). Lector y escritor, estudió filosofía. Su tesis versa sobre el objeto de la metafísica aristotélica. Colabora en distintas revistas con ensayos, reseñas y entrevistas. Agradecido lector de Borges, Victor Hugo y Alfonso Reyes.


Para contactarse con Enrique G de la G: enriquegdelag@hotmail.com


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