Atravieso la ciudad borracho de prisa, soñando
horarios y vencimientos, copiando el frío y la
lluvia: el calor de los demás.
Imagino la ciudad en un colectivo. Tiempo de ocio
malcomiendo suprema de letras con fainá. Las aceitunas
van a la tarde - de la botella y sin espuma -, cuando
todos y las corbatas salen de trabajar.
Me gusta la ciudad, es un quilombo. Me gustan
las esquinas que no dicen nada, y las que todo esconden.
Basura, gritos, gatos y malos ratos. Y hay algunos que
no soportan lo distinto...
Cada día, en la ciudad, se construye un
crucigrama. Una grilla de amarguras y risas que van en
el mismo sentido. Semáforos y ascensores.
Silbando bajito y agradeciendo el tango, la luz
de los buenos aires compone su rosedal. Hay sendero para
todos: para el bizco, para el miope, y hasta para el que
no quiere ver.
A mi, algunas veces, el camino me bifurca. Me
ofrece postales en zapping que un tiempo cómplice
se encarga de aparear. Más oscuras que claras,
son relaciones apasionadas, insensatas, parejas ingratas,
empates a pura garra. Como mi amor por esta ciudad, que
hasta puede inventarle una playa, y bailar con el adoquín.
Pablo Garber
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