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La ciencia usa al revés el instrumento metafórico.
Parte de la identidad total entre dos concretos, a sabiendas
de que es falsa, para quedarse luego sólo con la porción
verídica que ella incluye. Así, el psicólogo
que habla del "fondo del alma" sabe muy bien que
el alma no es un tonel con fondo; pero quiere sugerirnos la
existencia de un estrato psíquico que representa en
la estructura del alma el mismo papel que el fondo de un recipiente.
Al contrario que la poesía, la metáfora científica
va del más al menos. Afirma primero la identidad total,
y luego la niega, dejando sólo un resto. Es curioso
que en etapas muy antiguas del pensamiento la expresión
verbal de la metáfora presenta al desnudo esta doble
operación de afirmar primero y luego negar. Cuando
el poeta védico quiere decir "firme como una roca"
se expresa así: Sa parvato na acyutas -ille, firmus,
non rupes. Es firme, pero no de roca. Del mismo modo,
el cantor dedica a Dios su himno non suavem cibum,
que es dulce, pero no un manjar. La ribera avanza mugiendo,
"pero no es un toro"; el rey es bueno, "pero
no es un padre".
Hay en el héroe cierta calidad espiritual que vemos
confusamente mezclada con otros muchos ingredientes, formando
su figura total y concreta. Necesitamos un gran esfuerzo para
acotarla del resto y pensarla aparte y por sí. A este
fin empleamos con el poeta védico la metáfora
de la roca. La firmeza de la roca nos es un abstracto ya bien
conocido y habitual; en él hallamos algo común
con la cualidad del héroe. Fundimos la roca con el
héroe y luego, dejando en éste la firmeza, restamos
la roca.
Para pensar algo por separado necesitamos un signo mental
que recoja nuestro esfuerzo de abstracción y lo fije
dándole un cuerpo, una sede cómoda. Los nombres,
las figuras escritas son los depósitos de estas fatigosas
separaciones hechas por nuestro intelecto. Cuando el objeto
que intentamos pensar es muy insólito tenemos que apoyarnos
en signos ya habituales y, combinándolos, dibujar el
nuevo perfil.
Nuestra escritura es más práctica que la china,
porque se funda en un principio mecánico. Tiene un
signo para cada letra; pero como cada letra aislada no tiene
significación, no expresa un pensamiento, nuestra escritura,
en rigor, carece de sentido. La china, en cambio, designa
directamente las ideas y está más próxima
a la fluencia intelectual. Escribir o leer en chino es pensar,
y viceversa, pensar es casi escribir o leer. Por eso los caracteres
sínicos reflejan más exactamente que los nuestros
el proceso mental. Así, cuando se quiso pensar por
separado la tristeza, se encontró el chino con que
carecía de signo para ella. Entonces reunió
dos ideogramas: uno, que significaba "otoño",
y otro, que se lee "corazón". La tristeza
quedó así pensada y escrita como "otoño
del corazón". Hace no muchos años hizo
su ingreso en la mente de los celestes la idea de república.
En el viejo Signario no existía figura para fijar tan
insólita idea. Durante cincuenta siglos los chinos
han vivido bajo monarquías patriarcales. Fue preciso,
pues, combinar varios caracteres, y así, "república"
se escribe con tres signos, que significan "dulzura-discusión-gobierno".
La república es para los chinos un gobierno de mano
suave que se funda en la discusión.
La metáfora viene a ser uno de estos ideogramas combinados
que nos permite dar una existencia separada a los objetos
abstractos menos asequibles. De aquí que su uso sea
tanto más ineludible cuanto más nos alejemos
de las cosas que manejamos en el ordinario tráfico
de la vida.
No conviene olvidar que la mente humana se ha ido haciendo
poco a poco, según el orden de las urgencias biológicas.
Primeramente fue preciso que el hombre adquiriese cierto dominio
mínimo sobre las cosas corporales. Las ideas sensibles
de los cuerpos concretos fueron las primeras en fijarse y
convertirse en hábitos. Ellas constituyen el repertorio
más antiguo, más firme y cómodo de nuestras
reacciones intelectuales. En ellas recaemos siempre que el
pensamiento afloja sus resortes y quiere descansar. Disociar
del cuerpo viviente su porción psíquica supone
ya un esfuerzo de abstracción que todavía no
se ha fijado por completo en nuestros hábitos mentales.
El filósofo y el psicólogo tienen que hacerse
un oficio de conquistar la destreza en la percepción
de lo psíquico. El espíritu, psique o como quiera
llamarse al conjunto de los fenómenos de conciencia,
se da siempre fundido con el cuerpo y al querer pensarlo aparte
se ha tendido siempre a corporizarlo. Milenios de esfuerzo
ha costado al hombre aislar esa pura intimidad psíquica
que dentro de sí mismo sentía o presumía
alojada en el interior de los otros cuerpos vivos. La formación
de los pronombres personales relata la historia de ese esfuerzo
y manifiesta cómo se ha ido formando la idea del "yo"
en un lento reflujo desde lo más externo hacia lo interno.
En lugar de "yo" se dice primero "mi carne",
"mi cuerpo", "mi corazón", "mi
pecho". Todavía nosotros, al pronunciar con algún
énfasis "yo", apoyamos la mano sobre el esternón
en un gesto que es el residuo de la vetusta noción
corporal del sujeto. El hombre empieza a conocerse por las
cosas que le pertenecen. El pronombre posesivo precede al
personal. La idea de "lo mío" es anterior
a la del "yo". Más tarde el acento se transfiere
de "nuestras" cosas a nuestra persona social. La
figura que hacemos en la sociedad, que es lo más externo
de nuestra personalidad, toma la representación de
nuestro verdadero ser. En japonés no existe el "yo"
ni el "tú". El que habla dirá de sí:
"El insignificante", "el necio", y en
vez de "tú" hablará de "el honorable
cuerpo", "la alteza", etc. Se refiere a sí
mismo en tercera persona, como si fuese una cosa que halla
en el mundo, y la etiqueta de la situación se encarga
de interpretar quién de los interlocutores es el Insignificante
y quién el Honorable Cuerpo. En el lenguaje de los
Hupa (Norteamérica) el pronombre "él"
es distinto cuando se refiere a un miembro adulto de la tribu
y cuando alude a un niño o a un viejo. Cabe, pues,
decir que los títulos sociales -como nuestros "excelencia",
"ilustrísima", "eminencia"- han
sido anteriores al simple yo y tú.
No es, pues, extraño que el léxico posea muy
pocas voces que designen originariamente hechos psíquicos.
Casi toda la terminología que hoy usa el psicólogo
es pura metáfora: una palabra con significación
corporal ha sido habilitada para expresar secundariamente
fenómenos del alma.
Pero nuestra persona íntima, que hallamos abstrayendo
de nuestro cuerpo, es, a su vez, un concreto relativo. Aún
hay objetos más abstractos, más abstrusos para
pensar los cuales es todavía más forzoso el
instrumento metafórico.
Concebir un objeto clara y distintamente es pensarlo por
separado, con el rayo mental, de todo el resto. Por esta razón
concebimos mejor lo variable que lo permanente. El cambio
disloca la realidad compleja, haciendo que sus elementos aparezcan
e