Filosofía

Las dos grandes metáforas (continuación)
Por JOSÉ ORTEGA Y GASSET

- Volver -

La ciencia usa al revés el instrumento metafórico. Parte de la identidad total entre dos concretos, a sabiendas de que es falsa, para quedarse luego sólo con la porción verídica que ella incluye. Así, el psicólogo que habla del "fondo del alma" sabe muy bien que el alma no es un tonel con fondo; pero quiere sugerirnos la existencia de un estrato psíquico que representa en la estructura del alma el mismo papel que el fondo de un recipiente. Al contrario que la poesía, la metáfora científica va del más al menos. Afirma primero la identidad total, y luego la niega, dejando sólo un resto. Es curioso que en etapas muy antiguas del pensamiento la expresión verbal de la metáfora presenta al desnudo esta doble operación de afirmar primero y luego negar. Cuando el poeta védico quiere decir "firme como una roca" se expresa así: Sa parvato na acyutas -ille, firmus, non rupes. Es firme, pero no de roca. Del mismo modo, el cantor dedica a Dios su himno non suavem cibum, que es dulce, pero no un manjar. La ribera avanza mugiendo, "pero no es un toro"; el rey es bueno, "pero no es un padre".

Hay en el héroe cierta calidad espiritual que vemos confusamente mezclada con otros muchos ingredientes, formando su figura total y concreta. Necesitamos un gran esfuerzo para acotarla del resto y pensarla aparte y por sí. A este fin empleamos con el poeta védico la metáfora de la roca. La firmeza de la roca nos es un abstracto ya bien conocido y habitual; en él hallamos algo común con la cualidad del héroe. Fundimos la roca con el héroe y luego, dejando en éste la firmeza, restamos la roca.

Para pensar algo por separado necesitamos un signo mental que recoja nuestro esfuerzo de abstracción y lo fije dándole un cuerpo, una sede cómoda. Los nombres, las figuras escritas son los depósitos de estas fatigosas separaciones hechas por nuestro intelecto. Cuando el objeto que intentamos pensar es muy insólito tenemos que apoyarnos en signos ya habituales y, combinándolos, dibujar el nuevo perfil.

Nuestra escritura es más práctica que la china, porque se funda en un principio mecánico. Tiene un signo para cada letra; pero como cada letra aislada no tiene significación, no expresa un pensamiento, nuestra escritura, en rigor, carece de sentido. La china, en cambio, designa directamente las ideas y está más próxima a la fluencia intelectual. Escribir o leer en chino es pensar, y viceversa, pensar es casi escribir o leer. Por eso los caracteres sínicos reflejan más exactamente que los nuestros el proceso mental. Así, cuando se quiso pensar por separado la tristeza, se encontró el chino con que carecía de signo para ella. Entonces reunió dos ideogramas: uno, que significaba "otoño", y otro, que se lee "corazón". La tristeza quedó así pensada y escrita como "otoño del corazón". Hace no muchos años hizo su ingreso en la mente de los celestes la idea de república. En el viejo Signario no existía figura para fijar tan insólita idea. Durante cincuenta siglos los chinos han vivido bajo monarquías patriarcales. Fue preciso, pues, combinar varios caracteres, y así, "república" se escribe con tres signos, que significan "dulzura-discusión-gobierno". La república es para los chinos un gobierno de mano suave que se funda en la discusión.

La metáfora viene a ser uno de estos ideogramas combinados que nos permite dar una existencia separada a los objetos abstractos menos asequibles. De aquí que su uso sea tanto más ineludible cuanto más nos alejemos de las cosas que manejamos en el ordinario tráfico de la vida.

No conviene olvidar que la mente humana se ha ido haciendo poco a poco, según el orden de las urgencias biológicas. Primeramente fue preciso que el hombre adquiriese cierto dominio mínimo sobre las cosas corporales. Las ideas sensibles de los cuerpos concretos fueron las primeras en fijarse y convertirse en hábitos. Ellas constituyen el repertorio más antiguo, más firme y cómodo de nuestras reacciones intelectuales. En ellas recaemos siempre que el pensamiento afloja sus resortes y quiere descansar. Disociar del cuerpo viviente su porción psíquica supone ya un esfuerzo de abstracción que todavía no se ha fijado por completo en nuestros hábitos mentales. El filósofo y el psicólogo tienen que hacerse un oficio de conquistar la destreza en la percepción de lo psíquico. El espíritu, psique o como quiera llamarse al conjunto de los fenómenos de conciencia, se da siempre fundido con el cuerpo y al querer pensarlo aparte se ha tendido siempre a corporizarlo. Milenios de esfuerzo ha costado al hombre aislar esa pura intimidad psíquica que dentro de sí mismo sentía o presumía alojada en el interior de los otros cuerpos vivos. La formación de los pronombres personales relata la historia de ese esfuerzo y manifiesta cómo se ha ido formando la idea del "yo" en un lento reflujo desde lo más externo hacia lo interno. En lugar de "yo" se dice primero "mi carne", "mi cuerpo", "mi corazón", "mi pecho". Todavía nosotros, al pronunciar con algún énfasis "yo", apoyamos la mano sobre el esternón en un gesto que es el residuo de la vetusta noción corporal del sujeto. El hombre empieza a conocerse por las cosas que le pertenecen. El pronombre posesivo precede al personal. La idea de "lo mío" es anterior a la del "yo". Más tarde el acento se transfiere de "nuestras" cosas a nuestra persona social. La figura que hacemos en la sociedad, que es lo más externo de nuestra personalidad, toma la representación de nuestro verdadero ser. En japonés no existe el "yo" ni el "tú". El que habla dirá de sí: "El insignificante", "el necio", y en vez de "tú" hablará de "el honorable cuerpo", "la alteza", etc. Se refiere a sí mismo en tercera persona, como si fuese una cosa que halla en el mundo, y la etiqueta de la situación se encarga de interpretar quién de los interlocutores es el Insignificante y quién el Honorable Cuerpo. En el lenguaje de los Hupa (Norteamérica) el pronombre "él" es distinto cuando se refiere a un miembro adulto de la tribu y cuando alude a un niño o a un viejo. Cabe, pues, decir que los títulos sociales -como nuestros "excelencia", "ilustrísima", "eminencia"- han sido anteriores al simple yo y tú.

No es, pues, extraño que el léxico posea muy pocas voces que designen originariamente hechos psíquicos. Casi toda la terminología que hoy usa el psicólogo es pura metáfora: una palabra con significación corporal ha sido habilitada para expresar secundariamente fenómenos del alma.

Pero nuestra persona íntima, que hallamos abstrayendo de nuestro cuerpo, es, a su vez, un concreto relativo. Aún hay objetos más abstractos, más abstrusos para pensar los cuales es todavía más forzoso el instrumento metafórico.

Concebir un objeto clara y distintamente es pensarlo por separado, con el rayo mental, de todo el resto. Por esta razón concebimos mejor lo variable que lo permanente. El cambio disloca la realidad compleja, haciendo que sus elementos aparezcan e