Cuando un escritor censura el uso de metáforas en filosofía
revela simplemente su desconocimiento de lo que es filosofía
y de lo que es metáfora. A ningún filósofo
se le ocurriría emitir tal censura (1). La metáfora
es un instrumento mental imprescindible, es una forma del
pensamiento científico. Lo que puede muy bien acaecer
es que el hombre de ciencia se equivoque al emplearla y donde
ha pensado algo en forma indirecta o metafórica crea
haber ejercido un pensamiento directo. Tales equivocaciones
son, claro está, censurables y exigen corrección;
pero ni más ni menos que cuando el físico se
trabuca al hacer un cálculo. Nadie en ese caso sostendrá
que la matemática debe excluirse de la física.
El error en el uso de un método no es una objeción
contra el método. La poesía es metáfora;
la ciencia usa de ella nada más. También podía
decirse: nada menos.
Pasa con esta fobia a la metáfora científica
como con las llamadas "cuestiones de palabra". Cuanto
más liviano es un intelecto, mayor propensión
muestra a calificar las discusiones de meras disputas verbales.
Y, sin embargo, nada es más raro que una auténtica
disputa de palabras. En rigor, sólo quien se halle
habituado a la ciencia gramatical es capaz de discutir sobre
palabras. Para los demás, la palabra no es sólo
un vocablo, sino una significación adjunta a él.
Cuando discutimos palabras nos es muy difícil no disputar
sobre significaciones. Éstos son los tradicionales
conceptos de que habla la vieja lógica. Y como el concepto,
a su vez, no es sino la intención mental hacia una
cosa, tendremos que las pretendidas disputas de palabras son,
en verdad, querellas sobre cosas. Acontece que, en ocasiones,
la diferencia entre dos significaciones o conceptos -por tanto,
entre dos cosas- es muy pequeña, y al hombre práctico
o romo no le interesa. Entonces se venga del otro interlocutor,
acusándole de logomaquia. Hay gente enferma de la vista
a quien interesaría que todos los gatos fuesen pardos.
Pero no faltarán nunca algunos hombres capaces de sentir
la suprema fruición de las menudas diferencias entre
los objetos; siempre habrá magníficos deportistas
de la sutileza, y cuando queramos oír ideas interesantes
acudiremos a ellos, a los disputadores de palabras.
Parejamente, el espíritu inapto o ineducado en la
meditación será incapaz, al leer un libro filosófico,
de tomar como sólo metáfora el pensamiento que
es sólo metafórico. Tomará in modo
recto lo que está dicho in modo obliquo
y atribuirá al autor un defecto que, en realidad, él
aporta. El pensamiento filosófico, más que ningún
otro, tiene que cambiar constantemente, finamente, del sentido
recto al oblicuo, en vez de anquilosarse en uno de los dos.
Cuenta Kierkegaard que un circo comenzó a arder. El
empresario, no teniendo persona más a mano, encargó
al payaso que comunicase la noticia al público. Pero
el público, al oír la trágica nueva de
labios del payaso, creyó que se trataba de una broma
más y no abandonó el recinto. El incendio cundió
y el público pereció, víctima de insuficiente
agilidad mental.
Dos usos de rango diferente tiene en la ciencia la metáfora.
Cuando el investigador descubre un fenómeno nuevo,
es decir, cuando forma un nuevo concepto, necesita darle un
nombre. Como una voz nueva no significaría nada para
los demás, tiene que recurrir al repertorio del lenguaje
usadero, donde cada voz se encuentra ya adscrita a una significación.
A fin de hacerse entender, elige la palabra cuyo usual sentido
tenga alguna semejanza con la nueva significación.
De esta manera el término adquiere la nueva significación
al través y por medio de la antigua, sin abandonarla.
Esto es la metáfora. Cuando el psicólogo descubre
que nuestras representaciones se combinan dice que se asocian,
esto es, que se comportan como los individuos humanos. A su
vez, el primero que llamó "sociedad" a una
reunión de hombres dio un nuevo sentido al vocablo
"socio", que significaba antes simplemente el que
o lo que sigue a otro, el secuaz, de sequor. (Una curiosa
corroboración histórica de la teoría
sobre el origen de la sociedad que apunto en mi España
invertebrada.) Platón llega al convencimiento de
que la verdadera realidad no es esta mudable que vemos, sino
otra inmutable que no vemos, pero que presumimos de forma
perfecta: la blancura insuperable, la suma justicia, etcétera.
Para designar estas cosas invisibles para nosotros, pero que
nuestro intelecto percibe, extrajo del lenguaje vulgar la
palabra "figura". Idea, como indicando que el intelecto
ve en un sentido más perfecto que los ojos.
Si fuéramos a apurar un poco el tema comenzaríamos
por sustituir el término "metáfora",
que puede inducir a error en su sentido habitual. Metáfora
es transposición de nombre. Pero es el caso que existen
muchas transposiciones de nombre, las cuales no son lo que
aludimos con el nombre de metáfora. He aquí
algunos ejemplos variamente notorios.
"Moneda" designa el objeto intermediario del tráfico
cuando consiste en un metal acuñado. Primitivamente,
"moneta" significó "la que amonesta,
la que avisa y previene". Era una invocación de
Juno. En Roma existía un templo a "Juno Moneta",
junto al cual había una oficina de cuño. El
objeto elaborado aquí atrajo sobre sí el epíteto
de Juno. Nadie, al usar la palabra moneda, piensa hoy en la
soberbia diosa.
"Candidato" era el hombre vestido de blanco. Cuando
en Roma un ciudadano optaba a alguna magistratura se presentaba
al cuerpo electoral cándidamente ataviado. Hoy es candidato
todo el que opta a un cargo, cualquiera que sea su indumentaria.
Es más: las solemnidades electorales de nuestro tiempo
propenden al traje negro.
"Declararse en huelga" se dice en francés:
Semettre en grève. ¿Por qué grève
significa huelga? El que usa tal palabra no lo sospecha,
ni le hace falta. La voz le designa di- rectamente la significación
huelga. Grève significó primariamente
en francés "ribera arenosa". El Ayuntamiento
de París fue construido junto al río. Ante él
se extendía una ribera arenosa, una grève, y
la plaza del Ayuntamiento se llamó place de la Grève.
A esta plaza acudían los vagos; luego, los obreros
sin trabajo que esperaban contrata. Faire grève
llegó a significar hallarse sin trabajo, y hoy denomina
el abandono deliberado del menester. Toda esta historia de
la palabra ha sido reconstituida por los filólogos,
pero no existe en la mente cuando la usa el obrero.
Son éstos, ejemplos de transposición sin metáfora.
En ellos una voz pasa de tener un sentido a tener otro, pero
con abandono del primero.
Cuando hablamos del "fondo del alma" la palabra
"fondo" nos significa ciertos fenómenos espirituales
ajenos al espacio y a lo corpóreo, donde no hay superficies
ni fondos.
Al denominar con la palabra "fondo" cierta porción
del alma nos damos cuenta que empleamos el vocablo no directamente,
sino por medio de su significación propia. Cuando decimos
"rojo" nos referimos, desde luego y sin intermediario
alguno, al color así llamado. En cambio, al decir del
alma que tiene "fondo" nos referimos primariamente
al fondo de un tonel o cosa parecida, y luego desvirtuando
esta primera significación, extirpando de ella toda
alusión al espacio corporal, la atribuimos a la psique.
Para que haya metáfora es preciso que nos demos cuenta
de esta duplicidad. Usamos un nombre impropiamente a sabiendas
de que es impropio.
Pero si es impropio, ¿por qué lo usamos? ¿Por
qué no preferir una denominación directa y propia?
Si ese llamado "fondo del alma" fuese cosa tan clara
ante nuestra mente como el color rojo, no hay duda que poseeríamos
un nombre directo y exclusivo para designarlo. Pero es el
caso que no sólo nos cuesta trabajo nombrarlo, sino
también pensarlo. Es una realidad escurridiza que se
escapa a nuestra tenaza intelectual. Aquí empezamos
a advertir el segundo uso, el más profundo y esencial
de la metáfora en el conocimiento. No sólo la
necesitamos para hacer, mediante un nombre, comprensible a
los demás nuestro pensamiento, sino que la necesitamos
inevitablemente para pensar nosotros mismos ciertos objetos
difíciles. Además de ser un medio de expresión,
es la metáfora un medio esencial de intelección.
Veamos por qué.
Decía Stuart Mill que si todas las cosas húmedas
fuesen frías y todas las frías húmedas,
de suerte que no se presentasen nunca las unas sin las otras,
es probable que todavía creyésemos ser ambas
una y misma cualidad. De igual modo, si nuestro mundo se compusiese
por entero de objetos azules y azul fuera cuanto cae bajo
nuestra mirada, nada nos sería tan difícil como
tener de lo azul conciencia clara y distinta. Como el perro
husmea mejor la pieza cuando ésta se mueve y al moverse
envía al aire la nubecilla de su olor, así la
percepción y el pensamiento captan mejor lo variable
que lo constante. Los que habitan junto a una catarata no
suelen oír su estruendo y, en cambio, si acaso cesa
el torrente perciben lo que menos pudiera creerse: el silencio.
Por eso Aristóteles define la sensación como
una facultad de percibir diferencias. Prende lo vario y mudadizo,
pero se embota y ciega ante lo estable y permanente. Por eso
Goethe, paradójicamente y en un espíritu kantiano,
dice que las cosas son diferencias que nosotros ponemos. El
silencio, que no es nada por sí, es algo real para
nosotros en cuanto es lo diferente, lo otro que el ruido.
Al callar súbitamente todo rumor en torno y hallarnos
náufragos en el silencio circundante nos sentimos turbados
como si algún grave personaje se inclinara, severo,
sobre nosotros para inspeccionarnos.
No son, pues, todos los objetos igualmente aptos para que
los pensemos, para que tengamos de ellos una idea aparte,
de perfil bien definido y claro. Nuestro espíritu tenderá,
en consecuencia, a apoyarse en los objetos fáciles
y asequibles para poder pensar los difíciles y esquivos.
Pues bien: la metáfora es un procedimiento intelectual
por cuyo medio conseguimos aprehender lo que se halla más
lejos de nuestra potencia conceptual. Con lo más próximo
y lo que mejor dominamos podemos alcanzar contacto mental
con lo remoto y más arisco. Es la metáfora un
suplemento a nuestro brazo intelectivo y representa, en lógica,
la caña de pescar o el fusil.
No se entienda por esto que merced a ella transponemos los
límites de lo pensable. Simplemente nos sirve para
hacer prácticamente asequible lo que se vislumbra en
el confín de nuestra capacidad. Sin ella, habría
en nuestro horizonte mental una zona brava que en principio
estaría sometida - a nuestra jurisdicción, pero
de hecho quedaría desconocida e indómita. Como
la metáfora ejerce en la ciencia un oficio suplente,
sólo se la ha atendido desde el punto de vista de la
poesía, donde su oficio es constituyente. Pero en estética
la metáfora interesa por su fulguración deliciosa
de belleza. De aquí que no se haya hecho constar debidamente
que la metáfora es una verdad, es un conocimiento de
realidades. Esto implica que en una de sus dimensiones la
poesía es investigación y descubre hechos tan
positivos como los habituales en la explotación científica.
En la Silva a la ciudad de Logroño describe
Lope de Vega un jardín:
Verás bañarse el aire en varias fuentes
cuyos resortes, siempre diferentes,
siempre parecen unos,
que en lanzas de cristal hieren al cielo,
en diluvios de aljófares el suelo,
o en más lentos cristales
discurrir crespos, suspenderse iguales.
Piensa Lope de Vega los surtidores de las fuentes como lanzas
de cristal. Pero es evidente que los surtidores de las fuentes
no son lanzas de cristal. Y, sin embargo, causa una deleitable
sorpresa que a los surtidores de las fuentes se les llame
lanzas de cristal.
Como dos instancias enemigas, la poesía aplaude lo
que la ciencia vitupera. Y el caso es que ambas tienen razón.
La una tomaría de la metáfora justamente lo
que la otra deja.
Un surtidor y una lanza de cristal son dos objetos concretos.
Concreto es todo objeto que puede ser percibido separadamente.
Por el contrario, un objeto abstracto sólo puede ser
percibido junto con algunos otros. Así, el color es
un objeto abstracto, porque siempre se le verá extendiéndose
por una superficie, grande o mínima, de esta o la otra
forma. Viceversa, la superficie sólo es visible si
tiene algún color. Color y superficie están,
pues, condenados a vivir siempre juntos; no se da nunca el
uno sin el otro, no existen separados, aunque son diferentes.
Nuestra mente, con algún esfuerzo, consigue producir
entre ellos una separación virtual; este esfuerzo se
llama abstracción. Se abstrae del uno para que quede
el otro virtualmente aislado y entonces se le diferencie bien
del primero.
Los objetos concretos son compuestos de objetos más
elementales y abstractos. Así, la lanza de cristal
contiene, entre otros muchos ingredientes, cierta forma y
cierto color; contiene un ímpetu para herir que le
llega de un brazo. Parejamente, del surtidor podemos abstraer
su forma, su color y un ímpetu ascendente que le llega
de la presión hidráulica. Si tomamos enteros
surtidor y lanza veremos que se diferencian en muchas cosas;
pero si tomamos sólo esos tres elementos abstractos
encontraremos que son idénticos. Forma, color y dinamicidad
son los mismos en el surtidor y en la lanza. Afirmar esto
es rigorosamente científico, es expresar un hecho real:
la identidad entre parte del surtidor y parte de la lanza.
Un astro y un número son cosas bien distintas. Sin
embargo, cuando Newton formula la ley de gravitación
diciendo que los cuerpos ponderan los unos hacia los otros
en razón directa de las masas e inversa del cuadrado
de las distancias, no hace sino descubrir la identidad parcial,
abstracta que existe entre las luminarias celestes y una serie
de números. Aquéllas se comportan entre sí
como éstos entre sí. El pitagórico que
apoyándose en ello concluyese: "Luego los astros
son números", habría añadido a Newton
lo mismo que Lope de Vega añade a la efectiva, aunque
parcial, identidad entre las lanzas de cristal y los surtidores
de las fuentes. La ley científica se limita a afirmar
la identidad entre las partes abstractas de dos cosas, la
metáfora poética insinúa la identificación
total de dos cosas concretas.
Esto muestra que las actividades intelectuales empleadas
en la ciencia son, poco más o menos, las mismas que
operan en poesía y en la acción vital. La diferencia
consiste no tanto en ellas como en el distinto régimen
y finalidad a que en cada uno de esos órdenes son sometidas.
Así acontece con el pensamiento metafórico.
Activo dondequiera, rinde en la ciencia un oficio distinto
y aun opuesto al que espera de él la poesía.
Ésta aprovecha la identidad parcial de dos cosas para
afirmar -falsamente- su identidad total. Tal exageración
de la identidad, más allá de su límite
verídico, es lo que la da un valor poético.
La metáfora empieza a irradiar belleza donde su porción
verdadera concluye. Pero, viceversa, no hay metáfora
poética sin un descubrimiento de identidades efectivas.
Analícese cualquiera de ellas y se encontrará
en su seno, sin vaguedad alguna, esa identidad positiva, diríamos
científica, entre elementos abstractos de dos cosas.
- Continúa
-
(1) Adviértase que cuando Aristóteles
lo hace contra Platón no es precisamente para atacar
las metáforas de éste, sino al contrario, para
hacer constar que ciertos conceptos suyos de pretensión
rigorosa, como la "participación", no son,
en realidad, más que metáforas.