Filosofía

Las dos grandes metáforas
Por JOSÉ ORTEGA Y GASSET



Cuando un escritor censura el uso de metáforas en filosofía revela simplemente su desconocimiento de lo que es filosofía y de lo que es metáfora. A ningún filósofo se le ocurriría emitir tal censura (1). La metáfora es un instrumento mental imprescindible, es una forma del pensamiento científico. Lo que puede muy bien acaecer es que el hombre de ciencia se equivoque al emplearla y donde ha pensado algo en forma indirecta o metafórica crea haber ejercido un pensamiento directo. Tales equivocaciones son, claro está, censurables y exigen corrección; pero ni más ni menos que cuando el físico se trabuca al hacer un cálculo. Nadie en ese caso sostendrá que la matemática debe excluirse de la física. El error en el uso de un método no es una objeción contra el método. La poesía es metáfora; la ciencia usa de ella nada más. También podía decirse: nada menos.

Pasa con esta fobia a la metáfora científica como con las llamadas "cuestiones de palabra". Cuanto más liviano es un intelecto, mayor propensión muestra a calificar las discusiones de meras disputas verbales. Y, sin embargo, nada es más raro que una auténtica disputa de palabras. En rigor, sólo quien se halle habituado a la ciencia gramatical es capaz de discutir sobre palabras. Para los demás, la palabra no es sólo un vocablo, sino una significación adjunta a él. Cuando discutimos palabras nos es muy difícil no disputar sobre significaciones. Éstos son los tradicionales conceptos de que habla la vieja lógica. Y como el concepto, a su vez, no es sino la intención mental hacia una cosa, tendremos que las pretendidas disputas de palabras son, en verdad, querellas sobre cosas. Acontece que, en ocasiones, la diferencia entre dos significaciones o conceptos -por tanto, entre dos cosas- es muy pequeña, y al hombre práctico o romo no le interesa. Entonces se venga del otro interlocutor, acusándole de logomaquia. Hay gente enferma de la vista a quien interesaría que todos los gatos fuesen pardos. Pero no faltarán nunca algunos hombres capaces de sentir la suprema fruición de las menudas diferencias entre los objetos; siempre habrá magníficos deportistas de la sutileza, y cuando queramos oír ideas interesantes acudiremos a ellos, a los disputadores de palabras.

Parejamente, el espíritu inapto o ineducado en la meditación será incapaz, al leer un libro filosófico, de tomar como sólo metáfora el pensamiento que es sólo metafórico. Tomará in modo recto lo que está dicho in modo obliquo y atribuirá al autor un defecto que, en realidad, él aporta. El pensamiento filosófico, más que ningún otro, tiene que cambiar constantemente, finamente, del sentido recto al oblicuo, en vez de anquilosarse en uno de los dos. Cuenta Kierkegaard que un circo comenzó a arder. El empresario, no teniendo persona más a mano, encargó al payaso que comunicase la noticia al público. Pero el público, al oír la trágica nueva de labios del payaso, creyó que se trataba de una broma más y no abandonó el recinto. El incendio cundió y el público pereció, víctima de insuficiente agilidad mental.

Dos usos de rango diferente tiene en la ciencia la metáfora. Cuando el investigador descubre un fenómeno nuevo, es decir, cuando forma un nuevo concepto, necesita darle un nombre. Como una voz nueva no significaría nada para los demás, tiene que recurrir al repertorio del lenguaje usadero, donde cada voz se encuentra ya adscrita a una significación. A fin de hacerse entender, elige la palabra cuyo usual sentido tenga alguna semejanza con la nueva significación. De esta manera el término adquiere la nueva significación al través y por medio de la antigua, sin abandonarla. Esto es la metáfora. Cuando el psicólogo descubre que nuestras representaciones se combinan dice que se asocian, esto es, que se comportan como los individuos humanos. A su vez, el primero que llamó "sociedad" a una reunión de hombres dio un nuevo sentido al vocablo "socio", que significaba antes simplemente el que o lo que sigue a otro, el secuaz, de sequor. (Una curiosa corroboración histórica de la teoría sobre el origen de la sociedad que apunto en mi España invertebrada.) Platón llega al convencimiento de que la verdadera realidad no es esta mudable que vemos, sino otra inmutable que no vemos, pero que presumimos de forma perfecta: la blancura insuperable, la suma justicia, etcétera. Para designar estas cosas invisibles para nosotros, pero que nuestro intelecto percibe, extrajo del lenguaje vulgar la palabra "figura". Idea, como indicando que el intelecto ve en un sentido más perfecto que los ojos.

Si fuéramos a apurar un poco el tema comenzaríamos por sustituir el término "metáfora", que puede inducir a error en su sentido habitual. Metáfora es transposición de nombre. Pero es el caso que existen muchas transposiciones de nombre, las cuales no son lo que aludimos con el nombre de metáfora. He aquí algunos ejemplos variamente notorios.

"Moneda" designa el objeto intermediario del tráfico cuando consiste en un metal acuñado. Primitivamente, "moneta" significó "la que amonesta, la que avisa y previene". Era una invocación de Juno. En Roma existía un templo a "Juno Moneta", junto al cual había una oficina de cuño. El objeto elaborado aquí atrajo sobre sí el epíteto de Juno. Nadie, al usar la palabra moneda, piensa hoy en la soberbia diosa.

"Candidato" era el hombre vestido de blanco. Cuando en Roma un ciudadano optaba a alguna magistratura se presentaba al cuerpo electoral cándidamente ataviado. Hoy es candidato todo el que opta a un cargo, cualquiera que sea su indumentaria. Es más: las solemnidades electorales de nuestro tiempo propenden al traje negro.

"Declararse en huelga" se dice en francés: Semettre en grève. ¿Por qué grève significa huelga? El que usa tal palabra no lo sospecha, ni le hace falta. La voz le designa di- rectamente la significación huelga. Grève significó primariamente en francés "ribera arenosa". El Ayuntamiento de París fue construido junto al río. Ante él se extendía una ribera arenosa, una grève, y la plaza del Ayuntamiento se llamó place de la Grève. A esta plaza acudían los vagos; luego, los obreros sin trabajo que esperaban contrata. Faire grève llegó a significar hallarse sin trabajo, y hoy denomina el abandono deliberado del menester. Toda esta historia de la palabra ha sido reconstituida por los filólogos, pero no existe en la mente cuando la usa el obrero.

Son éstos, ejemplos de transposición sin metáfora. En ellos una voz pasa de tener un sentido a tener otro, pero con abandono del primero.

Cuando hablamos del "fondo del alma" la palabra "fondo" nos significa ciertos fenómenos espirituales ajenos al espacio y a lo corpóreo, donde no hay superficies ni fondos.

Al denominar con la palabra "fondo" cierta porción del alma nos damos cuenta que empleamos el vocablo no directamente, sino por medio de su significación propia. Cuando decimos "rojo" nos referimos, desde luego y sin intermediario alguno, al color así llamado. En cambio, al decir del alma que tiene "fondo" nos referimos primariamente al fondo de un tonel o cosa parecida, y luego desvirtuando esta primera significación, extirpando de ella toda alusión al espacio corporal, la atribuimos a la psique. Para que haya metáfora es preciso que nos demos cuenta de esta duplicidad. Usamos un nombre impropiamente a sabiendas de que es impropio.

Pero si es impropio, ¿por qué lo usamos? ¿Por qué no preferir una denominación directa y propia? Si ese llamado "fondo del alma" fuese cosa tan clara ante nuestra mente como el color rojo, no hay duda que poseeríamos un nombre directo y exclusivo para designarlo. Pero es el caso que no sólo nos cuesta trabajo nombrarlo, sino también pensarlo. Es una realidad escurridiza que se escapa a nuestra tenaza intelectual. Aquí empezamos a advertir el segundo uso, el más profundo y esencial de la metáfora en el conocimiento. No sólo la necesitamos para hacer, mediante un nombre, comprensible a los demás nuestro pensamiento, sino que la necesitamos inevitablemente para pensar nosotros mismos ciertos objetos difíciles. Además de ser un medio de expresión, es la metáfora un medio esencial de intelección. Veamos por qué.

Decía Stuart Mill que si todas las cosas húmedas fuesen frías y todas las frías húmedas, de suerte que no se presentasen nunca las unas sin las otras, es probable que todavía creyésemos ser ambas una y misma cualidad. De igual modo, si nuestro mundo se compusiese por entero de objetos azules y azul fuera cuanto cae bajo nuestra mirada, nada nos sería tan difícil como tener de lo azul conciencia clara y distinta. Como el perro husmea mejor la pieza cuando ésta se mueve y al moverse envía al aire la nubecilla de su olor, así la percepción y el pensamiento captan mejor lo variable que lo constante. Los que habitan junto a una catarata no suelen oír su estruendo y, en cambio, si acaso cesa el torrente perciben lo que menos pudiera creerse: el silencio.

Por eso Aristóteles define la sensación como una facultad de percibir diferencias. Prende lo vario y mudadizo, pero se embota y ciega ante lo estable y permanente. Por eso Goethe, paradójicamente y en un espíritu kantiano, dice que las cosas son diferencias que nosotros ponemos. El silencio, que no es nada por sí, es algo real para nosotros en cuanto es lo diferente, lo otro que el ruido. Al callar súbitamente todo rumor en torno y hallarnos náufragos en el silencio circundante nos sentimos turbados como si algún grave personaje se inclinara, severo, sobre nosotros para inspeccionarnos.

No son, pues, todos los objetos igualmente aptos para que los pensemos, para que tengamos de ellos una idea aparte, de perfil bien definido y claro. Nuestro espíritu tenderá, en consecuencia, a apoyarse en los objetos fáciles y asequibles para poder pensar los difíciles y esquivos.

Pues bien: la metáfora es un procedimiento intelectual por cuyo medio conseguimos aprehender lo que se halla más lejos de nuestra potencia conceptual. Con lo más próximo y lo que mejor dominamos podemos alcanzar contacto mental con lo remoto y más arisco. Es la metáfora un suplemento a nuestro brazo intelectivo y representa, en lógica, la caña de pescar o el fusil.

No se entienda por esto que merced a ella transponemos los límites de lo pensable. Simplemente nos sirve para hacer prácticamente asequible lo que se vislumbra en el confín de nuestra capacidad. Sin ella, habría en nuestro horizonte mental una zona brava que en principio estaría sometida - a nuestra jurisdicción, pero de hecho quedaría desconocida e indómita. Como la metáfora ejerce en la ciencia un oficio suplente, sólo se la ha atendido desde el punto de vista de la poesía, donde su oficio es constituyente. Pero en estética la metáfora interesa por su fulguración deliciosa de belleza. De aquí que no se haya hecho constar debidamente que la metáfora es una verdad, es un conocimiento de realidades. Esto implica que en una de sus dimensiones la poesía es investigación y descubre hechos tan positivos como los habituales en la explotación científica.


En la Silva a la ciudad de Logroño describe Lope de Vega un jardín:

Verás bañarse el aire en varias fuentes
cuyos resortes, siempre diferentes,
siempre parecen unos,
que en lanzas de cristal hieren al cielo,
en diluvios de aljófares el suelo,
o en más lentos cristales
discurrir crespos, suspenderse iguales.

Piensa Lope de Vega los surtidores de las fuentes como lanzas de cristal. Pero es evidente que los surtidores de las fuentes no son lanzas de cristal. Y, sin embargo, causa una deleitable sorpresa que a los surtidores de las fuentes se les llame lanzas de cristal.

Como dos instancias enemigas, la poesía aplaude lo que la ciencia vitupera. Y el caso es que ambas tienen razón. La una tomaría de la metáfora justamente lo que la otra deja.

Un surtidor y una lanza de cristal son dos objetos concretos. Concreto es todo objeto que puede ser percibido separadamente. Por el contrario, un objeto abstracto sólo puede ser percibido junto con algunos otros. Así, el color es un objeto abstracto, porque siempre se le verá extendiéndose por una superficie, grande o mínima, de esta o la otra forma. Viceversa, la superficie sólo es visible si tiene algún color. Color y superficie están, pues, condenados a vivir siempre juntos; no se da nunca el uno sin el otro, no existen separados, aunque son diferentes. Nuestra mente, con algún esfuerzo, consigue producir entre ellos una separación virtual; este esfuerzo se llama abstracción. Se abstrae del uno para que quede el otro virtualmente aislado y entonces se le diferencie bien del primero.

Los objetos concretos son compuestos de objetos más elementales y abstractos. Así, la lanza de cristal contiene, entre otros muchos ingredientes, cierta forma y cierto color; contiene un ímpetu para herir que le llega de un brazo. Parejamente, del surtidor podemos abstraer su forma, su color y un ímpetu ascendente que le llega de la presión hidráulica. Si tomamos enteros surtidor y lanza veremos que se diferencian en muchas cosas; pero si tomamos sólo esos tres elementos abstractos encontraremos que son idénticos. Forma, color y dinamicidad son los mismos en el surtidor y en la lanza. Afirmar esto es rigorosamente científico, es expresar un hecho real: la identidad entre parte del surtidor y parte de la lanza.

Un astro y un número son cosas bien distintas. Sin embargo, cuando Newton formula la ley de gravitación diciendo que los cuerpos ponderan los unos hacia los otros en razón directa de las masas e inversa del cuadrado de las distancias, no hace sino descubrir la identidad parcial, abstracta que existe entre las luminarias celestes y una serie de números. Aquéllas se comportan entre sí como éstos entre sí. El pitagórico que apoyándose en ello concluyese: "Luego los astros son números", habría añadido a Newton lo mismo que Lope de Vega añade a la efectiva, aunque parcial, identidad entre las lanzas de cristal y los surtidores de las fuentes. La ley científica se limita a afirmar la identidad entre las partes abstractas de dos cosas, la metáfora poética insinúa la identificación total de dos cosas concretas.

Esto muestra que las actividades intelectuales empleadas en la ciencia son, poco más o menos, las mismas que operan en poesía y en la acción vital. La diferencia consiste no tanto en ellas como en el distinto régimen y finalidad a que en cada uno de esos órdenes son sometidas. Así acontece con el pensamiento metafórico. Activo dondequiera, rinde en la ciencia un oficio distinto y aun opuesto al que espera de él la poesía. Ésta aprovecha la identidad parcial de dos cosas para afirmar -falsamente- su identidad total. Tal exageración de la identidad, más allá de su límite verídico, es lo que la da un valor poético. La metáfora empieza a irradiar belleza donde su porción verdadera concluye. Pero, viceversa, no hay metáfora poética sin un descubrimiento de identidades efectivas. Analícese cualquiera de ellas y se encontrará en su seno, sin vaguedad alguna, esa identidad positiva, diríamos científica, entre elementos abstractos de dos cosas.

- Continúa -


(1) Adviértase que cuando Aristóteles lo hace contra Platón no es precisamente para atacar las metáforas de éste, sino al contrario, para hacer constar que ciertos conceptos suyos de pretensión rigorosa, como la "participación", no son, en realidad, más que metáforas.




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