Nabokov en 1923
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"En mayo de 1975, coincidiendo con la publicación
en Francia de Ada o el ardor, Vladimir Nabokov(*),
uno de los novelistas más famosos e importantes del
siglo XX, aceptó la invitación de Bernard Pivot,
y acudió al programa "Apostrophes", uno de
los más influyentes de la televisión francesa.
La presencia de Nabokov en el plató era un hecho doblemente
excepcional: por la calidad indiscutible del programa y porque
Nabokov muy raramente concedía entrevistas."
Nabokov, como siempre hacía al conceder una entrevista,
pactó la conversación por adelantado. Mientras
se realiza el encuentro, Nabokov tiene todas sus respuestas
escrupulosamente escritas en unas cuantas fichas.
-Buenas noches, señor Nabokov. Son las 21 horas
47 minutos y 47 segundos. Habitualmente, ¿qué
hace usted a esta hora?
-A esta hora suelo estar bajo el edredón, con tres
almohadas bajo la cabeza, un gorro de dormir, en mi modesto
dormitorio que también me sirve de estudio. La lámpara
de cabecera, muy fuerte, el faro de mis insomnios, todavía
arde pero será apagada dentro de un momento. Tengo
en la boca una pastilla de grosella, y en las manos una revista
de New York o de Londres. La dejo, apago la luz. La enciendo,
renegando en voz baja. Me meto un pañuelo en el bolsillo
del camisón, y da comienzo el debate interior: ¿tomar
o no tomar un somnífero? Qué deliciosa es la
decisión positiva.
-Pero, ¿qué horario hace usted en un día
normal?
-Tomemos un día de mediados de invierno. En verano
hay más variedad. Me levanto entre las seis y las siete,
y escribo con un lápiz bien afilado, de pie, ante el
atril, hasta las nueve. Después de un frugal desayuno,
mi mujer y yo leemos el correo, que siempre es muy voluminoso.
Después me baño, me afeito, me visto, paseamos
una hora por los floridos muelles de Montreux. Y después
del almuerzo y de una breve siesta, el segundo periodo de
trabajo hasta la cena. Éste es el programa típico.
-Cuando era más joven ¿ya hacía ese
horario, o tenía arranques de pasión, impulsos
que perturbaban sus días y sus noches?
-¡Ya lo creo! A los 26, a los 30 años, la energía,
el capricho, la inspiración me llevaban a escribir
hasta las 4 de la madrugada. Raras veces me levantaba antes
de las 12 y escribía todo el día tumbado en
un diván. La pluma y la posición horizontal
han dado paso al lápiz y la vertical austera. Se acabaron
los arranques. Pero, ¡cómo me gustaba el despertar
de los pájaros, el canto sonoro de los mirlos que parecían
aplaudir las últimas frases del capítulo que
acababa de componer!
-Ya sabíamos que escribir es la pasión de
su vida, pero, ¿concibe una segunda vida en la que
no escribiera?
-Concibo muy bien otra vida en la que yo no sería
novelista, inquilino feliz de una marfileña torre de
Babel, sino alguien igual de feliz de otra manera, que ya
he tanteado: un oscuro entomólogo que caza mariposas
en verano, en países fabulosos, y en invierno clasifica
sus descubrimientos en el laboratorio de un museo.
-¿Se siente usted más ruso, más americano,
o más bien suizo, ahora que vive allá?
-Le daré algunos detalles relativos al aspecto bastante
cosmopolita de mi vida. Soy de una antigua familia rusa de
San Petersburgo. Mi abuela paterna era de origen alemán,
pero nunca aprendí esa lengua, no puedo leerla sin
diccionario. Pasé los primeros veranos en el campo,
en nuestra finca cerca de Petersburgo. En otoño íbamos
al sur: Niza, Pau, Biarritz... Los inviernos en Petersburgo,
ahora Leningrado. Nuestra magnífica casa de granito
rosa sigue allí, en buen estado, al menos exteriormente,
porque a las tiranías les gusta la arquitectura del
pasado. La finca está situada en una llanura boscosa.
Por la flora se parece al noroeste de América: bosques
de álamos, oscuros abetos, muchos abedules y unas espléndidas
turberas, multitud de flores y mariposas más o menos
árticas. Esta fase totalmente feliz duró hasta
el golpe de Estado bolchevique. Unos campesinos, en un exceso
de celo quemaron el castillo y requisaron la casa. En abril
de 1919, tres familias Nabokov, la de mi padre y la de sus
dos hermanos tuvieron que abandonar Rusia vía Sebastopol,
vieja fortaleza del infortunio. El ejército rojo procedente
del norte invadía Crimea, donde mi padre era ministro
de justicia en el gobierno provincial, durante el breve periodo
liberal antes del terror leninista. Aquel mismo año,
en octubre de 1919, yo empezaba los estudios de Cambridge.
-¿Cuál es su lengua preferida: el ruso,
el inglés o el francés?
-En la lengua de mis antepasados me siento perfectamente
cómodo, pero no lamentaré jamás mi metamorfosis
americana. El francés, o mejor dicho, mi francés,
que es una cosa muy especial, no se doblega tan bien al suplicio
de mi imaginación. Su sintaxis me impide ciertas libertades
que me tomo con las otras dos lenguas. Ni que decir tiene
que adoro el ruso, pero el inglés lo supera como instrumento
de trabajo. Lo supera en riqueza, en riqueza de matices, en
prosa delirante y en precisión política. Una
procesión de niñeras e institutrices inglesas
viene a mi encuentro cuando vuelvo a mi pasado.
-¿Eso es una cita?
-Es una cita. Lo he sacado de una traducción muy buena...
A los tres años hablaba mejor el inglés que
el ruso, pero hay un periodo entre los 10 y los 20 años
en que aunque leía a muchos autores ingleses, Welles,
Kipling, Shakespeare, la revista The Boys on Paper, por citar
sólo obras cumbres, hablaba muy poco en inglés.
Aprendía el francés a los 6 años. La
institutriz, Mademoiselle Cecil Miotton, estuvo con nosotros
hasta 1915. Empezamos con EL Cid y Los miserables. Pero los
tesoros estaban en la biblioteca de mi padre. A los 12 años
ya conocía a todos los poetas benditos de Francia.
"Recuerdo, recuerdo, ¿qué quieres de mí?
/ El otoño hacía volar al tordo a través
de aire átono / el bosque amarillento donde la brisa
desentona" . Y, es curioso, en tierna edad, yo ya comprendía
que Verlaine no habría debido usar una rima tan incestuosa
átona-desentona, tienen la misma raíz. Éste
es el calendario de mis tres lenguas.
(...)
-El exilio, porque usted es exiliado, por doloroso que
sea, ¿no es para los creadores como usted algo estimulante,
una posibilidad de enriquecimiento para el espíritu,
la sensibilidad creadora?
-Le explicaré cómo ocurrió. Después
de pasar los exámenes de Cambridge, muy fáciles,
de literatura rusa y francesa (había elegido bien)
tenía el título de diplomado en letras que no
me sirvió de nada en mis intentos de ganarme la vida
sin escribir libros, de modo que me puse a escribir relatos,
novelas, en ruso, para los diarios y revistas de emigrados
en Berlín y en París, los dos centros de expatriación.
-¿En qué años más o menos?
-Viví en Berlín y en París entre el
22 y el 39.
-De acuerdo.
-1922 y 1939.
-Ya.
-Soy pedante con las fechas -risas-.
Sigo... Cuando pienso en aquellos años de exilio me
veo a mí y a miles de rusos blancos llevando una vida
extraña pero nada desagradable en la indigencia material
y el lujo intelectual, entre aborígenes más
o menos ilusorios, franceses o alemanes con quienes mis compatriotas
no tenían el menor contacto. Pero de vez en cuando
aquel mundo espectral donde exhibíamos nuestras heridas
y placeres era presa de temibles convulsiones que nos mostraban
quién era el cautivo desencarnado y quién era
el amo. Eso ocurría cuando teníamos que prorrogar
unos diabólicos carnés de identidad, u obtener,
cosa que tardaba semanas, un visado para ir de Paris a Praga,
o de Berlín a Berna. Los emigrados ya no eran ciudadanos
rusos, y la Sociedad de Naciones les daba un pasaporte llamado
Nansen, un papelote que se rasgaba cada vez que lo desplegabas.
Las autoridades, los cónsules británicos o belgas
parecían creer que poco importaba lo miserable que
fuera un Estado, pongamos la Rusia soviética: cualquier
fugitivo de ese Estado era más despreciable por el
hecho de existir fuera de una administración nacional.
¡Pero no todos nos resignábamos a ser bastardos
o fantasmas! Pasábamos de Menton a San Remo, por ejemplo,
tan tranquilos, por senderos de montaña, conocidos
por cazadores de mariposas y poetas despistados. La historia
de mi vida, pues, se parece menos a una biografía que
a una bibliografía: 10 novelas en ruso entre los 25
y los 40 años, y 8 novelas en inglés entre los
40 y ahora. En 1940 salí de Europa para ir a América
y hacer de profesor de literatura rusa. De pronto me descubro
una incapacidad total de hablar en público. Por tanto,
decido escribir por adelantado más de cien conferencias
anuales.
(...)
-Quisiera hacerle una pregunta que quizá juzgue
algo íntima: ¿por qué vive en Suiza,
en un hotel, en Montreux? ¿Por qué no en los
Estados Unidos? Rechaza los Estados Unidos, la vida americana?
¿Rechaza la propiedad privada, o bien, eterno emigrado,
se niega a quedarse en un lugar?
-¿Por qué el hotel suizo? Suiza es un país
encantador, y la vida de hotel facilita mucho las cosas. Echo
de menos América, y espero regresar para pasar allí
al menos otros veinte años. La vida tranquila de una
ciudad universitaria en América no presentaría
grandes diferencias con Montreux, donde las calles son más
ruidosas que en la provincia americana. Además, como
no soy lo bastante rico, como nadie es lo bastante rico, para
revivir totalmente mi infancia, no vale la pena instalarse
para siempre. Porque es imposible recuperar el sabor del chocolate
con leche suizo de 1910. Ya no existe. (...) Mi mujer
y yo pensamos en una villa en Francia o Italia, pero el espectro
de la huelgas de correo muestra todo su horror. La gente de
profesión sedentaria, las ostras tranquilas, aferradas
al nácar natal, no se dan cuenta de cómo un
correo regular y seguro como el suizo alivia la vida de un
autor, aunque la ofrenda de una mañana normal consista
sólo en algunas cartas comerciales y dos o tres peticiones
de autógrafos. Y la vista del lago desde el balcón,
el lago Leman, ese lago que vale toda la plata líquida
a la que se parece; es una mala metáfora.
(Sonrisas)
-Además del exilio y el extrañamiento, ¿cuáles
son los temas principales de su obra?
-Además del extrañamiento, yo me siento forastero
siempre y en todo lugar, es mi estado, es mi trabajo, mi vida.
Me siento en casa entre recuerdos muy personales que no tienen
relación alguna con una Rusia geográfica, nacional,
física, política. Los críticos emigrados
en París, y mis maestros en Petersburgo tenían
razón, por una vez, al quejarse de que no fuera lo
bastante ruso. Es así.
Y en cuanto al tema de mis libros, ¡hay de todo!
-¡Usted me esquiva!
-Sí
-¿Para usted, una novela no es ante todo una buena
historia?
-Eso es, una excelente historia. Pero mis mejores novelas
no tienen una, sino más historias que se entrelazan
en cierta manera. Pálido Fuego posee ese contrapunto,
y Ada también. Me gusta ver el tema principal irradiando
a través de la novela y desarrollándose en pequeños
temas secundarios. A veces es una digresión que se
convierte en drama en un rincón del relato. O bien
las metáforas de un discurso elevado se unen para formar
una nueva historia.
-¿Las historias que se inventan los novelistas
(y pienso en un novelista llamado Vladimir Nabokov) las historias
inventadas son más interesantes que las de la vida?
-Entendámonos: la historia verdadera de una vida también
ha tenido que ser contada por alguien, y si es una autobiografía
escrita con pluma pudibunda por un personaje sin talento puede
parecer muy sosa al lado de una invención maravillosa
como el Ulises de Joyce.
-¿Es su libro favorito?
-Sí, mi gran modelo.
-"Nabokov es Lolita", es la ecuación
de siempre. ¿No acaba molestándole el éxito
de Lolita, tan considerable que se puede pensar que usted
es el padre de una única niña algo perversa?
Nabokov en 1971
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-Lolita no es una niña perversa. Es una pobre niña
que corrompen, y cuyos sentidos nunca se llegan a despertar
bajo las caricias del inmundo señor Humbert, a quien
una vez pregunta: "¿Siempre viviremos así
haciendo toda clase de porquerías en camas de hotel?"
Pero respondiendo a su pregunta: Su éxito no me molesta.
Yo no soy Conan Doyle quién, por esnobismo o pura estupidez,
prefería ser conocido como autor de una historia de
África (risas), que imaginaba muy superior a
su Sherlok Holmes. Y es muy interesante plantearse como hacen
ustedes los periodistas, el problema de la tonta degradación
que el personaje de la nínfula que yo inventé
en 1955 ha sufrido entre el gran público. No sólo
la perversidad de la pobre criatura fue grotescamente exagerada
sino el aspecto físico, la edad, todo fue modificado
por ilustraciones en publicaciones extranjeras. Muchachas
de 20 años o más, pavas, gatas callejeras, modelos
baratas, o simples delincuentes de largas piernas, son llamadas
nínfulas o "Lolitas" en revistas italianas,
francesas, alemanas, etc. Y las cubiertas de las traducciones
turcas o árabes. El colmo de la estupidez. Representan
a una joven de contornos opulentos, como se decía antes,
con melena rubia, imaginada por idiotas que jamás leyeron
el libro. En realidad, Lolita es una niña de 12 años
mientras que Mr. Humbert es un hombre maduro, y el abismo
entre su edad y la de la niña produce el vacío
entre ellos; entre ese vacío, ese vértigo, la
seducción, atracción de un peligro mortal. En
segundo lugar, la imaginación del triste sátiro,
convierte en criatura mágica a aquella colegiala americana
tan trivial y normal en su género como el poeta frustrado
Humbert lo es en el suyo. Fuera de la mirada maníaca
de Mr. Humbert no hay nínfula. Lolita, la nínfula,
sólo existe a través de la obsesión que
destruye a Humbert. Éste es un aspecto esencial de
un libro singular que ha sido falseado por una popularidad
artificiosa.
(...)
-No sé por qué me gustan tanto los espejos
y los espejismos. Sé que a los diez años me
apasionaban los trucos de magia. La magia a domicilio con
sus instrumentos: el sombrero de doble fondo, la varita con
la estrella, el juego de cartas que entre los dedos se metamorfosea
en cabeza de cerdo. (Pivot ríe) Sí, sí.
Todo eso te llegaba en una gran caja de los almacenes Peto,
calle de la caravana, cerca del Circo Cíniselli, en
San Petersburgo. Dentro venía un manual de magia que
enseñaba cómo hacer desaparecer o cambiar una
moneda entre los dedos. Yo intentaba hacer esos trucos delante
de un espejo, tal como aconsejaba el manual: "Ponte delante
de un espejo". Y mi carita, pálida y seria, reflejada
en el espejo, me aburría. Me ponía un antifaz
negro que me daba mejor cara; pero nunca llegaba a igualar
al famoso mago Mister Merlín , a quien solían
invitar a las fiestas infantiles y de quien yo intentaba en
vano imitar el parloteo, frívolo y engañoso,
que mi manual quería que yo recitara para eclipsar
mis juegos de manos. Parloteo frívolo y engañoso:
he aquí una definición engañosa y frívola
de mis obras literarias... Pero esos estudios de escamoteo
no duraron mucho. "Trágico" es un término
muy fuerte, pero hay algo trágico en el incidente que
me hizo abandonar esa pasión, relegar la caja al cuarto
trastero con los juguetes difuntos y los títeres rotos.
Una tarde de Pascua, en la última fiesta infantil del
año, no pude evitar mirar por la ranura de una puerta
para ver cómo iban los preparativos que hacía
el señor Merlín para su número de salón.
Le vi que entreabría un secreter para meter tranquilamente,
abiertamente, una flor de papel. Y la familiaridad de aquel
gesto era innoble comparada con el hechizo de su arte. Yo
entendía de ello, sabía qué ocultaba
el frac ajado de un mago, y qué pueden hacer los magos.
Ese vínculo profesional, vínculo de mala fe,
me llevó a revelar a una primita mía, Mara Jevuska,
en qué escondrijo hallaría la rosa que Merlín
escamotearía en uno de sus trucos. En el momento crítico,
la pequeña traidora, blanca y de pelo negro, señaló
con el dedo el secreter, gritando: "¡Mi primo ha
visto dónde la ha metido!" Yo era muy joven, pero
ya distinguía o creí distinguir la expresión
atroz que contrajo las facciones del pobre mago. Cuento este
incidente para satisfacer a mis críticos perspicaces
que declaran que en mis novelas el espejo y el drama andan
muy lejos. Porque debo añadir: cuando abrieron el cajón
que los niños señalaban entre burlas... la flor
no estaba.
(Risas)
-¡Estaba sobre la silla de mi vecina! ¡Encantadora
combinación, gloria del ajedrez!
-Es una historia muy bonita, preciosa.
Si bien se mira, hay bastante erotismo en su obra.
-Hay bastante erotismo en la obra de cualquier novelista
de quien se pueda hablar sin reírse. Lo que llaman
"erotismo" es uno de los arabescos del arte de la
novela.
-Lo que sorprende, sobre todo en Ada, es el gusto por
el detalle: cada objeto en su sitio, la referencia exacta;
todo es muy minucioso en sus libros, usted es un perfeccionista,
y un aficionado a las mariposas; en Ada hallamos muchas veces
su gusto por ellas.
-Excepto algunas mariposas suizas en Ada, me inventé
las especies, pero no los géneros. Es un detalle simpático,
¿verdad? Sostengo que es la primera vez que alguien
se inventa mariposas científicamente posibles en una
novela. Se me podría responder: usted satisface al
sabio y abusa de la ignorancia del lector sobre las mariposas,
pues si se hubiese inventado un nuevo tipo de perro o de gato
para los señores del castillo, la superchería
hubiera irritado al lector, que habría tenido que imaginarse
un cuadrúpedo bastante mitológico cada vez que
Ada recoge al animal en brazos. Lástima que no haya
intentado inventarme cuadrúpedos. Lo siento. Pero me
inventé un árbol nuevo para el jardín
del castillo. Algo es algo.
-Usted ha escrito este libro maravilloso, La Defensa,
¿es un buen jugador de ajedrez? Y hablando de ajedrez,
¿qué piensa de Fischer?
-Yo era un jugador de ajedrez bastante bueno. No un "Gross
Meister" (literalmente Grueso Maestro) como dicen los
alemanes. Pero era un buen jugador de círculo, capaz
de tender una trampa a un campeón aturdido. Lo que
siempre me ha gustado en el ajedrez son las trampas, los trucos
ocultos. Por eso abandoné las partidas y me dediqué
a la composición de problemas. No dudo que hay un vínculo
íntimo entre algunos espejismos de mi prosa y el tejido
brillante y oscuro a un tiempo de los problemas de ajedrez,
enigmas mágicos, cada uno de los cuales es fruto de
mil y una noches de insomnio. Me gusta componer los problemas
llamados "suicidas" en los que las blancas obligan
a las negras a ganar. Sí, Fischer es un ser extraño
pero no tiene nada de anormal que un jugador de ajedrez no
sea normal, que sea así. Hubo el caso del gran Rubinstein,
a principios de siglo. Del manicomio donde solía vivir
una ambulancia lo llevaba cada día a la sala del café
donde se celebraba el torneo y después lo devolvía
a su casilla negra, después del juego. No le gustaba
ver a su adversario, pero una silla vacía más
allá de su tablero todavía le irritaba más.
Entonces ponían un espejo y el veía su reflejo
o quizá al auténtico Rubinstein.
-Fischer es un caso de psicoanálisis.
-No, no, es un gran jugador de ajedrez que tiene pequeñas
manías.
-Me ha parecido entender que no aprecia a Freud.
-No es exacto. Aprecio mucho a Freud como autor cómico.
Las explicaciones que da sobre las emociones de sus pacientes
y sus sueños son de un burlesco increíble, pero
hay que leerlo en la lengua original. No entiendo cómo
se le puede tomar en serio. No hablemos más de eso.
-Los escritores políticos tampoco son sus autores
de cabecera.
-Muchas veces me preguntan quién me gusta y quién
no, entre los novelistas, comprometidos o no, de mi siglo
maravilloso. Primero, no aprecio al escritor que no ve las
maravillas de este siglo, las pequeñas cosas, la ropa
masculina informal, el cuarto de baño que substituye
al lavabo inmundo. Las grandes cosas como la sublime libertad
de pensamiento en nuestro doble occidente. ¡Y la luna!
Recuerdo con qué escalofrío delicioso, envidia
y angustia, miraba yo en la televisión los primeros
pasos flotantes del hombre sobre el talco de nuestro satélite
y cómo despreciaba a quienes decían que no valí
la pena gastar tantos dólares para pisar el polvo de
un mundo muerto. Detesto pues a los divulgadores comprometidos,
a los escritores sin misterio, a los infelices que se alimentan
con los elixires del charlatán vienés. Aquellos
que aprecio saben que sólo el verbo es el valor real
de la obra maestra. Principio tan viejo como verdadero, y
eso no ocurre a menudo. No es preciso dar nombres, nos reconocemos
por un lenguaje de signos, a través de los signos del
lenguaje, o bien, al contrario, todo nos irrita en el estilo
de un contemporáneo detestable, incluso sus puntos
suspensivos.
-Me han dicho que no le gusta Faulkner. Cuesta creerlo.
-¡No! No soporto la literatura regional, el folklore
artificial.
-Una última pregunta, señor Nabokov, ¿puedo
decir que usted, para resumir un poco, tiene la cultura del
sabio y además la ironía del pintor?
-Hay un rinconcito en la taxonomía entomológica
que yo conocía muy bien, era el maestro, en los años
40, en el museo de Harvard. La ironía del pintor, eso
no. La ironía es el método de discusión
que usaba Sócrates para confundir a los sofistas; la
inventó él y a mí Sócrates, entre
otros, me cae muy mal. Por extensión, la ironía
es una risa amarga. Mi risa es un chisporroteo bonachón
que viene del vientre tanto del cerebro.
(1) Extraído de la serie de videos de Los Monográficos
de Apostrophes, editados por Trasbals, ya distribuidos
en España, y próximamente en América.
(*) Vladimir Nabokov nació en San Petersburgo en 1899
y murió en Montreaux, Suiza, en 1977. Pertenecía
a una antigua familia que tuvo que exilarse en 1919. Escribió
primero en ruso y después en inglés. El éxito
internacional le llegó gracias al escándalo
que provocó su novela Lolita. Otros libros importantes
de Nabokov son: Pnin, Pálido Fuego, Ada
o el ardor y Habla, memoria. Así también
sus Cursos de literatura europea, Curso de literatura
rusa y Opiniones Contundentes.