A la memoria del Rusito Fortunato
La luz de la tarde bañaba toda la
plaza. Reflejaba el busto de Varela, acariciaba el barro,
los huellones de las bicicletas, y se perdía entre
los charcos de agua.
Todo estaba preparado para la fiesta. Las
calles se veían adornadas con los focos de colores
que se usan para los carnavales. Las mujeres del barrio
habían armado ramos de flores y guirnaldas que estaban
atados a los árboles. Y se decía que a la
noche tocarían los Mirasoles y bailaría "Katy,
la única". En la plaza se desplegaba toda la
infraestructura que el Chajá Farías había
movilizado. Mesas, sillas plegables, tablones, parrillas,
y los chorizos que colgaban de los fresnos que comenzaban
a brotar y que tenían los tallos recién blanqueados
con cal.
El club queda enfrente de la plaza. Un grupo
de impacientes aguardaba en la puerta del club la salida
de los jugadores. Yo con el abuelo y otros jubilados de
la Curtiembre, esperábamos, en la esquina de la plaza,
el colectivo de Coco Marino que el Chajá Farías
había prometido en el acto del 17 de octubre.
El viejo Irzú era uno de esos jubilados
y se acercó, a las chuequeadas, a saludar al abuelo.
Hablaron del tiempo, de lo rápido que se olvida todo;
y también del otro tiempo. El abuelo contó
que la lluvia del día anterior le había roto
unos almácigos de la quinta. Irzú se rió,
mostró una sonrisa irónica, y se refregó
las manos gruesas y deformes por los testículos.
Dijo que las pastillas para el corazón le producían
impotencia. Entonces se rió más fuerte, a
carcajadas. El abuelo se puso un poco colorado y quiso alejarse
de Irzú que estaba cargoso y le seguía hablando,
ahora, de fútbol. "Usted se debe acordar, porque
más o menos es de mi época, del último
equipo campeón - dijo Irzú -, yo jugaba de
cinco, Varela del 43, ¡qué equipo, Dios mío!
Juan José Verlini, El Flaco Salerno, y el uruguayo
Washington Pérez en el arco (que se atajó
cuatro penales en un partido). Era una aplanadora: jugábamos
ordenados tácticamente, y éramos solidarios,
no como ahora que son todos tecnócratas en sus puestos,
antes éramos artesanos del fútbol."
Luego, Irzú se alejó a saludar
a otros viejos y el abuelo quedó encogido y tenso,
parecía que las palabras del viejo le seguían
retumbando. En ese momento empezaron a salir los jugadores
con sus camperas negras y amarillas, y subieron al colectivo
del club que los llevaría al estadio municipal. Pude
ver las caras de varios, entre ellas: la del pibe Buzo que
esa tarde debutaba en el arco, la de Mortadela Quintana,
el cinco que habían traído de Chacarita, y
la de Venustiano Torres, el libero, que, según se
comentaba, esa tarde dejaba el fútbol.
"El partido es a las cuatro, pero no
es cualquier partido, Varela y Colón no es cualquier
partido, es el clásico, macho, y si el clásico
se juega en una final de campionato, más que nada
no es cualquier partido", le decía el vasco
Inzurralde, que estaba cargado de cajitas de vino y quería
irse para el estadio, a unos tipos que lo rodeaban en la
puerta del club.
Como el colectivo no venía, el abuelo
me tomó de un brazo y me llevó hacia el interior
de la sede. Cuando entramos a la cantina sentí una
frescura inconfundible y un olor a resina que venía
del gimnasio de box. Luego atravesamos una puerta pesada
y enseguida nos topamos con la salita de los premios. Una
vitrina cargada de trofeos y copas de todas las formas y
tamaños. Banderines colgados en las paredes. Y un
enorme cuadro encima de la vitrina con la foto del ultimo
equipo campeón: Varela del 43. Rápidamente
distinguí en esa foto la cara de Irzú, tenía
la piel más estirada y unos bigotes muy estrechos
que corrían sobre su labio superior, pero lo que
no había cambiado era la sonrisa de ironía.
Las demás caras eran irreconocibles. El papel de
la foto tenía manchas amarillas de humedad que deformaba
algunos rostros; pero me llamó la atención
que Irzú tapara a un jugador, al que sólo
se le veía una parte del pelo. Era la única
cara del equipo que no se veía.
Nos quedamos unos minutos en silencio mirando
las copas y los banderines. Una vez que salimos, vimos que
la plaza estaba desierta. Sólo el manco Greiz cuidaba
que los perros no se comieran los chorizos que colgaban
de los fresnos. El abuelo desconcertado desde la vereda
del club le preguntó si el colectivo había
pasado, y el manco meneando la cabeza dijo que sí.
Empezamos a caminar hacia el estadio municipal.
El abuelo no dijo una sola palabra pero noté que
estaba indignado. Cerca del sanatorio nos cruzamos con Perruelo
que se ofreció a llevarnos. Yo me resistí
un poco. Lo miré al abuelo con miedo. Le dije despacio:
"Es la final". El abuelo se enojó más
todavía y me metió en el Rastrojero de un
saque. Pero de todos modos cuando llegamos el partido ya
había comenzado.
Nos sentamos en el último tablón
de la popular. Desde allí podía ver las casas
que asomaban detrás de la platea y los campos que
se disolvían entre las nubes bajas del fondo. Detrás
nuestro, la Usina Eléctrica y la casa de los enanos
Soto.
Colón atacaba hacia el arco que da
a la Cerámica, Varela hacia el arco que da al centro.
El primer tiempo fue un trámite. Un espacio muerto
que debía transcurrir formalmente sin ningún
tipo de sobresaltos. Eso sí, igual Colón intentaba
de la mano de los utópicos, pero moría
en esos románticos intentos.
La cancha estaba repleta y embanderada con
todos los colores. El entusiasmo de las hinchadas se fue
aplacando lentamente con el desarrollo opaco del juego.
Por eso fue el vasco Inzurralde el primero que empezó
con su show. Todos sabían que el segundo tiempo iba
a ser el quit de la cuestión. Así decía
el vasco, el quit, y se paseaba por la popular vestido
con bombachas de gaucho bataraza, una camisa a cuadros arremangada,
y unos mocasines marrones, dejando una estela de perfume,
de tienda de barrio, empalagosa. El vasco tenía una
voz deformada por una de sus debilidades, el vino. La otra
debilidad eran las mujeres (feas) casadas. "Qué
gracia tiene si no", decía defendiéndose
mientras se pasaba la mano por el pelo canoso y bebía
vino en cajita.
El Chajá Farías estaba recostado
contra el alambrado, escuchando con una oreja el partido
que tenía frente a sus ojos y con la otra, a través
de una radio portátil, los de Buenos Aires. Tenía
los pies cruzados como si estuviera congelado en un paso
de tango. Escupía cáscaras de girasoles que
le pedía al hijo, y dejaba ver el reloj plateado
que asomaba debajo de la campera de cuero marrón.
Todos sabían que el Chajá estaba en la popular
por los votos, nada más que por eso. "Ché,
Chajá, la plata que te robá ¿te la
gastá con la enana ?". Gritaba el vasco con
sus ganas de querer incomodar a los demás. "Eso
lo hace para que lo vean", decían dos tipos
sentados al lado nuestro. Y tenían razón.
El Chajá se sonreía, y seguía concentrado
en los partidos. Irzú estaba cerca del corner, hablando
con otros hombres sobre el fútbol de antes, decía,
porque se escuchaba su vozarrón de a ratos, como
una bocanada de humo, que el fútbol de antes era
de artesanos, "ahora son todos tecnócratas,
yo soy un artesano del fútbol, lo digo con conocimiento
de causa, yo soy uno de los pocos en vida que quedan de
aquel equipo del 43". Quién sabe de dónde
sacó la palabra tecnócrata el viejo
Irzú. Debajo nuestro había un grupo de gordas
teñidas de rubio con mates, termos, y pasteles grasientos.
Y sus hijas, gorditas teñidas de rubio y mal pintadas,
que gritaban histéricas y suspiraban de la calentura
cada vez que se acercaba un jugador a hacer el lateral.
El abuelo miraba el partido y también
estaba atento a mis necesidades. Me compró una Coca
y un paquete de girasoles. Entonces me olvidé de
él, y me entregué de lleno al espectáculo
que rompía con la rutina.
Cuando la pelota salió disparada,
con un derechazo de Distéfano, el cuatro de Varela,
el partido volvió entonces a ser el centro de la
atención. El zapatazo cruzó la popular, salió
del estadio y terminó cayendo en el patio de los
enanos Soto. Eso provocó la reacción de todos,
no importaba ser de Colón o de Varela. Todas las
manos se agarraron la cabeza y gritaron al mismo tiempo:
¡Terremoto! Los enanos Soto al escuchar esta
palabra, o cualquier palabra que suene parecida a "terremoto",
pierden el control y reaccionan desesperadamente. Se arman
con piedras y palos. Atacan al emisor. Pueden morder y mutilar
a quien toman como víctima. Pronunciar esta palabra
se ha transformado en "imperativo categórico"
al verlos. Seguido al grito unánime hubo un hueco
general de silencio, y después se escuchó,
como todos los domingos, el alarido indescifrable, un sacudimiento
retardado de chapas y, más tarde, como desfasado,
dos cascotes filosos cayeron sobre el lateral de la popular,
en el mismo lugar de siempre.
Eso significaba que el partido iba a quedar
demorado. Pero como faltaban sólo unos minutos para
el término del primer tiempo, Freire, el referí,
mandó a los jugadores a los vestuarios y luego adicionaría
unos minutos en el segundo tiempo. El tema es el siguiente:
hay una cláusula, que aún hoy está
en vigencia, en la asociación del fútbol local,
del año 33, que dice: "El partido debe jugarse
a lo largo de los noventa minutos con el mismo balón
y ser dirigido por el mismo referí: ambos, balón
y referí, enviados desde Buenos Aires". La ausencia,
en esa época, en todo el pueblo, de un referí
capacitado para dirigir, y de pelotas que cumplieran con
las condiciones que exigía la asociación del
fútbol, habían sido los motivos por los cuales
se había redactado en el estatuto del fútbol
local esa regla (y una nota al pie que dice: esperar
al referí y al balón hasta media hora antes
del inicio de la jornada, en caso de demora del ferrocarril
o del comisionista Testa, quien trae un balón suplente,
desde la capital, se suspenderá la jornada y se pasará
al día próximo domingo, con horarios a confirmar).
En el entretiempo, alguien consiguió
una pelota similar y la hizo pasar como la verdadera. Pero
nadie se engañaba porque sabíamos bien que
si la pelota caía en propiedad de los enanos Soto
era imposible rescatarla, era una pelota perdida.
El segundo tiempo, que se inició después
de un entretiempo de más de media hora, eso fue lo
que tardaron en conseguir otra pelota, mostró a Colón
atacando más decidido. Colón necesitaba ganar,
porque al menos con el empate a Varela le alcanzaba para
volver a salir campeón después de tantos años
y entrar en la historia. El partido estaba estructurado
así: Colón intentando construir buen fútbol
en una final de campeonato, "eso es de utópicos,
románticos y soñadores", decía
el abuelo que estaba contento (a pesar de ser de Varela)
de que hubiese un equipo que intentara jugar al fútbol
y en una final. Pero esa ilusión chocaba contra la
pared que significaba Varela, y contra el silbido de la
platea (dominada por la gente de Colón), que pedía
a gritos que se dejaran de joder con los taquitos en el
área, y las gambetas. Querían lo efectivo,
el tiempo pasaba, querían un gol, salir campeones,
disfrutar en otro lado, no viendo buen fútbol, "a
quién le interesa eso", decía la gente
de Colón. A pesar de todo, solitarios, adelante,
eran los ataques del Oreja Dierro, que tenía las
orejas dobladas hacia afuera y siempre coloradas por el
roce del viento. Él era un viento, "se necesita
una moto para alcanzarlo", decía el vasco. Corría
con los pantaloncitos arremangados hasta bien entrada la
ingle, ahí donde la piel es eternamente blanca. En
esas piernas, que se inflaban cada vez que sacaba un centro,
se morían los ataques de Colón, cuando el
Oreja no podía gambetear a la opresora maquinaria
que Varela había construido en el medio campo, con
el Mortadela Quintana, el Toronja Rodríguez y el
Nene Suárez, y que la gente había legitimado
con su silencio.
El sol se acostaba lentamente detrás
de la Cerámica y proyectaba largas y geométricas
sombras sobre el campo de juego. La cancha no estaba tan
embarrada como se esperaba. Por la mañana habían
tirado aserrín y arena en los sectores más
anegados. Sobre el lateral que da a la popular y en el área,
la más pelada, que da al centro, en donde el pibe
Buzo atajaba en el segundo tiempo. Algunos, aún hoy,
dicen que el hecho de haber tanta arena fue el motivo. Supongo
que todo sucedió como una consecuencia del juego,
que nada de eso estaba arreglado. Lo cierto es que cuando
el segundo tiempo promediaba, una pelota que llegó
a los pies del Oreja Dierro, presentó la situación
propicia como para encarar al marcador, tirar la pelota
larga, ganarle en el pique y así meterse en el área.
Eso pasó. Una vez adentro, Distéfano salió
al cruce y el Oreja cayó estrepitosamente. Algunos
siguen diciendo que se patinó con la arena, que no
hubo full. Freire sin dudar cobró penal. La popular
de Varela enmudeció, y se congeló de la angustia.
La platea de Colón estaba exaltada y expectante.
Fue Pelé Lombardi (uno de los utópicos) quien
acomodó la pelota en el punto del penal. La tensión
era máxima. Tomó cuatro pasos de carrera y
dando saltos suaves, después de escuchar el silbato
de Freire, le entró a la pelota. El silbato retumbó
tan fuerte en medio del contenido silencio, como el grito
explosivo que se esperaba una vez pateado el penal. El grito
fue de Varela, porque las manos del pibe Buzo, que esa tarde
debutaba en el arco, se quedaron con la bala caliente, "y
con medio campionato", como gritó el vasco.
Esto provocó una total alteración. Irzú
comenzó a gritar : "¡sí, soy peronista,
y de Varela !, ¿y qué ?, ¿y qué
?" Y la vena en el cuello se le hinchaba, y volvía
a gritar "¡Viva Perón, carajo!."
La excitación se desparramó
por la platea, por la popular, por el banco de suplentes,
y por el campo de juego. Varela trataba de tirar otra vez
la pelota a lo de los enanos Soto. Querían que el
partido terminara. Colón después del penal
presionaba como una fiera herida. "Parecen japoneses
heridos", decía el vasco entre admirado y feliz,
creyendo que era ese el momento adecuado para reconocer
las cualidades del rival, cuando se le está por dar
el golpe de gracia. Todos estaban despertando de un gran
sueño, de un largo y profundo letargo.
Faltaba un minuto, incluido el tiempo que
Freire había adicionado. Una nube negra con la cara
de Judas pasó en ese momento por encima del estadio.
Una suave brisa del atardecer nos rozó la cara, y
nos estremeció el cuerpo. El preámbulo de
todo es un viento del atardecer que nos estremece el alma.
La hinchada de Varela pedía a gritos
la hora. La gente estaba trepada a los alambrados. Las gordas
y sus hijas gritaban histéricas. Toda la popular
de pie. Se empezó a escuchar suave, primitiva, una
voz que decía, "dale campeón", "dale
campeón". Pero cuando la pelota llegó
a los pies de Venustiano Torres, el mundo recién
empezó a quebrarse.
Tenía cuarenta y nueve años,
ocho hijos, medía un metro sesenta, fumaba cigarrillos
negros y era peón de albañil. "Parecés
un indio mapuche, negro", le decían los muchachos
del bar en donde pasaba noches enteras emborrachándose,
gastando la plata del día. Siempre en un rincón,
solo y en silencio, mirando cómo pasaban las historias
que otros, más mentirosos que él, contaban.
Con el cuerpo molido de tanto trabajar y recién lavado.
Cada vez que sonreía, del cansancio o porque le gustaba
sonreír, se le arrugaba la camisa verde, la que usaba
para el bar, la de salir. Torres sonreía y mostraba
así esos dos dientes, esos únicos dientes
que colgaban flojos y picados como si fuesen una muestra
de lo que había sido su rancia vida.
Yo recuerdo que lo miré, y me imaginé,
un segundo antes, la posible acción que, un segundo
después, Torres hizo realidad; y esa fatal coincidencia
anuló y suspendió la relación temporal
de los hechos. Tengo ese momento como aislado, sin un pasado
que lo sostenga. Está colgado en algún museo
de mi memoria. Lo tengo, a Torres, deteniendo la pelota
con el pecho, a veinte metros de espaldas a su arco. Creo
que no había ningún jugador de Colón
cerca que lo marcara, o si había no está en
esa imagen. Torres aparece solo, aislado, como en el bar,
como en todos lados. Entonces, se dio vuelta, entornó
sus ojos levemente como entrando en un estado de delirio.
Después de girar el cuerpo y de hamacarse sobre la
escuálida pierna izquierda, sacó el derechazo
que dejó seco y mudo al estadio. Sentí, entonces,
el ruido estremecido que venía de mi interior, y
se filtraba en medio de tanta consternación. La pelota
recorrió una curva imaginaria, surcó el aire
con fuego, y se metió mansa y sin aliento por encima
de la cabeza del pibe Buzo que estaba unos metros adelantado.
Era lo incomprensible. De inmediato miré al abuelo
que esbozó una sonrisa de turbación. Fue la
ruptura de toda estructura lógica: después
de eso, el caos o cualquier cosa.
Prevaleció el caos. El asalto al campo
de juego no demoró ni un minuto. La figura de Venustiano
Torres se disolvió entre hinchas y jugadores azorados.
Algunos, dijeron después en el bufé del club,
lo vieron retirarse custodiado por un cordón policial
(algunos todavía comentan que le vieron una sonrisa
en la boca). Pero yo lo perdí de vista apenas la
hinchada de Varela, armada con palos y piedras, derribó
el alambrado e invadió la cancha al gritó
de "¡nos robaron el partido: chorros, hijos de
puta !". Una ceguera y un espíritu de anarquía
los dominaba. La cosa se puso fulera cuando tomaron a un
juez de línea y le partieron la cara de un garrotazo.
El línea quedó tendido en un costado de la
cancha sangrando. Otro grupo clausuró la salida de
la popular. Por eso el vasco Inzurralde, el Chajá
Farías, las gordas teñidas y demás
personas, se trepaban a los árboles para poder saltar
el tapial que da a la calle.
Cuando la enfurecida hinchada de Varela se
apoderó de la platea, se escucharon los tiros que
sonaron secos y escuetos, quedando vacilantes en el aire.
Los tiros venían del grupo de Colón que resistía
a los ataques de la negrada y exigía que el
partido finalizará y se diera la vuelta. Esta facción
estaba liderada por el Soli Solimano. Pero los tiros que
hirieron a los hermanitos Aguirre, salieron de la mano de
Tito Krause. A uno de los pibes le pegó en un hombro.
Al otro en la rodilla, a partir de entonces, el pibe quedó
rengo.
La policía se había ido con
Torres. Cuando los tiros sonaron, la facción de Varela
se replegó, a pesar de ser más numerosa, hacia
la popular. Entonces, el grupo comenzó a debilitarse.
Nosotros salimos por una pequeña puerta
que había en la base de una de las torres de luz.
Caminamos en silencio. El abuelo sonreía forzadamente,
recordaba el gol, porque estoy seguro de que lo volvía
a ver, meneaba la cabeza, y, tal vez, estaría pensando
que él jamás hubiera tenido el coraje de hacer
algo semejante. Después me acariciaba el pelo y me
abrazaba. Caminamos por calles laterales, que parecían
abandonadas. Tuve ganas de decirle al abuelo que él
y Venustiano Torres eran la misma persona. Que él
y Venustiano Torres eran las dos caras de una misma persona.
Las dos caras del fracaso. Pero no se lo dije, no podía
decírselo. El abuelo era el olvido de aquel equipo
del 43. Esa cara tapada. Y Venustiano Torres se había
rebelado, precisamente, contra ese destino. La memoria devolvía,
cuando se hablaba de Varela del 43, sólo tres nombres:
Juan José Verlini, El Flaco Salerno y el arquero
uruguayo Washington Pérez. El nombre de Irzú
lo había agregado el tiempo. El mismo tiempo que
había borrado al abuelo. Pero el recuerdo se inventa.
Irzú había inventado, a fuerza de insistencia,
este recuerdo. Además su cara, aún viva, era
la más iluminada y favorecida en la foto. Más
tarde, cruzamos la plaza Varela, desolada, sólo los
perros desparramando y comiendo sobre el barro los chorizos
que habían sido preparados para la fiesta, que ya
no era posible. Mientras el sol desaparecía detrás
de los ranchos oscuros del zanjón, y transformaba
al atardecer del domingo en algo más insoportable.
Chivilcoy, 11 de octubre de 1998.
(*) Hernán Ronsino nació en Chivilcoy, Provincia
de Bs. As., en 1975. Es sociólogo, egresado de la
UBA, y escritor. Tiene un libro de cuentos inéditos,
y actualmente continúa trabajando en su producción
literaria.