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"El único momento en que sé
que algo es verdad ocurre mientras estoy escribiendo."
Jean Malaquais
Cuenta la hija de Ricardo Garibay, el otro gran autodidacta
de las letras mexicanas después de Rulfo, que jamás
en su colegio comprendieron el oficio de su padre. "-Sí,
Mónica, tu papá es escritor, ¿pero en qué
trabaja?" Este tormento la persiguió durante sus
años infantiles. Y se quejaba: "Nada que yo dijera
la convencía [a su maestra] de que lo que mi padre hacía
era una profesión. Ricardo Garibay "no iba a una
oficina a trabajar, no tenía jefes ni horarios, no llevaba
un sueldo mensual a la casa, ni hablaba de días de asueto.
Todo lo que requería para ganarse la vida era un escritorio,
papel y pluma".
¿Cuáles son los elementos indispensables
para convertirse en escritor? O mejor aún, ¿cuál
es el ambiente óptimo para que un escritor cree su obra?
¿Son suficientes, como para Garibay, el papel, la pluma
y el escritorio? Los reporteros de la revista The Paris Review
sintieron esta curiosidad y prácticamente en todas sus
entrevistas tocaron el punto. Como denominador común
aparece un clima de comodidad. Nada nuevo: para ejercer el trabajo
que sea hacen falta ciertas condiciones materiales que lo favorezcan.
Ya Aristóteles observaba que sin ciertos privilegios
económicos (materiales, en definitiva) era imposible
ser feliz.
Cada escritor se va haciendo de costumbres y tradiciones
¡y hasta manías! que, con el tiempo, llegan a ser
fundamentales en el proceso creativo. Algunas llegan a ser francamente
divertidas. He aquí un recorrido por el modus operandi
de algunos literatos. Creo conveniente, sin embargo, apostillar
un punto inobjetable. Vuelvo a Garibay: "Se escribe como
se es. O sea, se escribe desde el temperamento y el carácter.
Un hombre suave, suavemente habrá de escribir; y lo contrario
un hombre aristoso. Y tanto, que si alguien huracanado escribe
con tersura es que la tiene en el alma, y el huracán
como mera fachada; y será más fácil conocerlo
por su estilo que por su conducta o lo que jure de sí".
O por el gesto con que esgrime la pluma o por los mazazos con
los que golpea su máquina de escribir, añado yo.
En Simpatías y diferencias don Alfonso
Reyes, entre otras cosas, cuenta una anécdota que le
ocurrió el último día del año 1923.
En un paréntesis casi desapercibido grita -no sé
si con enfado o quejoso- que sus familiares erróneamente
aseguran que él, don Alfonso, se pasa la vida sentado.
¡Error!, exclama. Y luego se revela: "Yo escribo
de pie, paseando constantemente, y considero esta costumbre
como la mejor herencia paterna". Pude ver, en la Capilla
Alfonsina, el gordo bolígrafo negro que usó por
años. En más de una foto, los dedos cortos y redondeados
del escritor lo sostienen con respeto. Al leer esto no pude
evitar un recuerdo, el del padre Escrivá de Balaguer,
ahora beato, uno de los clásicos modernos de la literatura
espiritual cristiana. Él también escribía
de pie. Pero ninguna herencia paterna le motivaba; aseguraba
que lo hacía a manera de mortificación.
Hemingway también escribía de pie.
Sé que jamás lo hacía sin mocasines. Tan
pronto como se asomaba el sol, Hemingway se vestía, engalanaba
sus pies con los zapatos aquellos, afilaba varios lápices
y retomaba el trabajo del día previo. Su máquina
de escribir estaba empotrada en un estante repleto de libros,
notas y papeles. El mueble estaba entre la ventana y la cama.
Todo apretujado, todo desordenado, todo exuberante y pomposamente
sencillo. Apenas cabía la máquina entre las repisas
y los libros y los periódicos. Usaba un tablero para
sostener papeles, los lápices de rigor (cinco o seis,
quizá siete, no veinte como aseguró Thorton Wilder).
Hemingway jamás suspendía su trabajo sin saber
exactamente dónde debía recomenzar al día
siguiente. Enamorado, sólo enamorado puede uno escribir
las mejores páginas, recomendaba.
Es conocido que William Faulkner pedía
whisky: "Los instrumentos que necesito para mi oficio son
papel, tabaco, comida y un poco de whisky". El lugar debe
ser tranquilo y la mañana es la mejor parte del día
para trabajar. El ambiente debe ser de paz, soledad y placer,
un placer que no sea una molestia económica, de lo contrario
uno se distrae. Al igual que Hemingway, Faulkner reconoce que
la libertad económica es fundamental. Y cuenta cómo
el mejor empleo de su vida fue el de administrador de un burdel:
silencio, mujeres, dinero y comida, trabajo mínimo, respeto,
licores, un techo.
Otros autores que han combinado el binomio techo-café
son J.K. Rowling y Ralph Ellison. Ellison por gusto, Rowling
por necesidad. Hoy es famosa (y un artículo de moda)
la historia de cómo tras el abandono de su esposo, Rowling
visitaba una taberna donde el consumo de un sencillo café
le brindaba fuego para su hija y, a ella, la tranquilidad para
pensar y escribir. Allí imaginó y redactó
las historias de Harry Potter.
Julio Cortázar tuvo el ánimo de
escribir en cafés. Así trabajó Rayuela.
Después, con los años y la edad, prefirió
lugares tranquilos y con calma. Siempre sin música, bastaba
la calma: "un hotel, a veces un avión, la casa de
un amigo, o aquí, en casa". Pero Cortázar
no corregía. Escribía en los sueños y,
al despertar, transcribía. Es como el jazz, insiste.
Uno puede pedirle al músico que toque algo de jazz, pero
ni él mismo sabe exactamente por dónde irá.
García Márquez también necesita
lugares silenciosos pero, primordialmente, lugares familiares.
Es incapaz por ejemplo de escribir en los hoteles. "Eso
me crea problemas porque cuando viajo no puedo trabajar".
Además le son necesarias la lucidez y la salud. Y recuerda
que ni Hemingway ni Faulkner (ni nadie) fueron capaces de escribir
en estado de ebriedad. ¿Será posible? Sin el opio,
Coleridge no habría recibido en sueños el poema
Kubla Kahn. La historia es famosa: atacado por una enfermedad,
al parecer migraña, el médico receta al poeta
opio. Bajo la influencia de la droga tuvo un sueño donde,
además de ver un palacio que se construía al ritmo
de una música, escuchó una voz que recitaba un
poema. Coleridge, al despertar, vertió ese poema. En
la línea 70 estaba cuando un vecino de la granja de Porlock
le interrumpió. Dos horas. Luego Coleridge fue incapaz
de recordar el resto. Es fama que su amigo y discípulo
Thomas de Quincey escribía con opio. Yo no podría
asegurar que Baudelaire lo utilizara también. Presumo
que algo de ello se esconde detrás de Los paraísos
artificiales.
Y cuentan que Dickens se apasionaba tanto con
sus personajes que no era raro oír risas o sollozos,
según el caso, mientras escribía. Sospecho que
cualquier desconocido que le viera pensaría que se trataba
de un borracho.
Alberto Moravia no precisaba de apuntes para escribir
sus novelas. Se sentaba y escribía lo que brotara en
ese momento, sin notas, sin premeditaciones ni artilugios. Trabajaba
todos los días, "entre las nueve y las doce, todas
las mañanas y, por cierto, nunca he escrito una sola
línea en la tarde o en la noche".
Este rasgo de trabajar por las mañanas
es bastante común. Coinciden en él Angus Wilson
y Aldous Huxley. Wilson, de joven, trabajó en un museo.
Después de la I Guerra Mundial se retiró al campo,
aunque seguía trabajando en Londres. Para matar el tiempo
comenzó a escribir cuentos porque "era algo que
podía terminar, realizar completamente, en un fin de
semana". Wilson, el Wilson ya maduro, ya escritor profesional,
trabajaba con irregularidad y siempre se detuvo ante el agotamiento.
Huxley en cambio fue más sistemático: "Trabajo
con regularidad. Siempre por la mañana, y después
un poco más antes de cenar. No soy de los que trabajan
por la noche. Por la noche prefiero leer. Generalmente trabajo
cuatro o cinco horas al día". A pesar de estas diferencias
descubrimos otra semejanza con Wilson: "No paro hasta que
me canso, hasta que me siento decaer".
Alguien que se cansaba rápidamente era
T.S. Elliot. Nunca escribió más de tres horas
continuas, de diez a una. De hecho, tres de los Four Quartets
fueron escritos "a ratos". Después pulía
lo escrito. En ocasiones, T.S. Elliot escribía con lápiz,
otras veces a máquina. Su esposa generalmente le ayudaba
a mecanografiar.
Mary McCarthy escribía todo a máquina,
desde las nueve hasta las siete de la tarde, si las cosas salían
bien. Procuraba no salir de casa para comer.
Los hábitos de Henry Miller cambiaron conforme
pasó el tiempo. De joven, "muy al principio",
"solía trabajar después de la medianoche
hasta el amanecer". Después, ya en París,
"descubrí que era mucho mejor trabajar por la mañana".
Dos o tres horas, como T.S. Elliot. Miller escribía a
máquina, corregía con pluma y volvía a
teclear el texto porque "en cierto modo la máquina
obra como un estímulo; es una cuestión de cooperación".
Algo similar reconocía James Thurber: el
acto creador "para mí es sobre todo cuestión
de pulir. Es parte de un intento constante de mi parte para
hacer que la versión final parezca escrita sin esfuerzo".
Sólo el séptimo borrador era aceptable; el primero
parecía escrito "por una criada". Sus textos
medían originalmente 240 mil palabras. Gastaba dos mil
horas de trabajo para reducirlas a sólo 20 mil. Jamás
usó apuntes, al contrario, mofábase de ellos.
El método de Octavio Paz distingue prosa
y poesía. "Se puede escribir poesía en cualquier
momento, en cualquier parte. A veces compongo mentalmente un
poema en el ómnibus o caminando por la calle. El ritmo
de la caminata me ayuda a acomodar los versos". La prosa
es muy distinta: "Hay que escribirla en un sitio tranquilo
y aislado", y agrega, "aunque sea en el baño.
Pero por encima de todo es esencial tener uno o dos diccionarios
a mano. El teléfono es el demonio del escritor. Y el
diccionario es su ángel guardián". Paz escribía
a mano dos o tres veces su texto. Los dictaba a una grabadora,
su secretaria los mecanografiaba y él volvía a
los papeles para corregir. "En el caso de la poesía,
escribo y reescribo constantemente". Jamás mantuvo
un horario fijo para escribir. De joven lo hacía cuando
podía, en sus horas libres, en las horas que sus múltiples
empleos ("era bastante pobre") le dejaban libres.
El poeta que sí era capaz de escribir poesía
a máquina era George Barker. (También Neruda,
durante una época hasta que se rompió el dedo;
luego descubrió que la poesía escrita a mano era
"más natural".) En Londres, Barker le pedía
su máquina a Lawrence Durell: "Yo pensaba que le
estaba escribiendo cartas a su familia. Pero no, estaba escribiendo
versos". Es, a su jucio, "la única asombrosa
excepción a la regla".
Al argentino Adolfo Bioy Casares la máquina
le ocasionó dolores en la espalda o la cintura. La dejó
a un lado y continuó con la costumbre de escribir a mano.
Sólo cuando escribía a la par con Borges, Bioy
tomaba la máquina y tecleaba lo que ya habían
discutido y trabajado oralmente. Bioy lograba conjuntar el tenis
con las mujeres, los libros y sus textos. Era un verdadero activista.
Cuando Borges aún podía ver escribía en
cuadernos (de cuadros muchas veces) con tinta azul. No tenía
escrúpulos por interrumpir sus líneas y comenzar
un dibujo. Sus manuscritos están repletos de tigres y
rostros, dibujos de buen trazo. Más tarde, ya ciego,
Borges trabajaba sus textos (no sólo la poesía
como Paz, también la prosa) mentalmente. Los corregía.
Y cuando estaban en su versión definitiva, los dictaba
a su madre. Quince días los dejaba descansar, como Milton,
quien definía en su cabeza todos los versos de The
Lost Paradise, y al volver a casa dictaba a sus hijas.
Vargas Llosa escribe a mano, transcribe y corrige.
Trabaja en sus novelas de lunes a sábado, los domingos
saca notas para revistas y periódicos. Las manos de Vargas
Llosa se cansan a las dos horas. Se le acalambran. Entonces
comienza a transcribir en la máquina su manuscrito.
Dos escritores que prefieren la pluma sobre la
máquina, Carlos Fuentes y Pablo Neruda. Fuentes se reconoce
"un escrito matinal: a las ocho y media ya estoy escribiendo
en manuscrito y sigo hasta las doce y media, cuando me voy a
nadar. Después vuelvo, almuerzo y leo a la tarde hasta
que me voy a hacer mi caminata para la escritura del otro día".
Fuentes, como Milton o Borges, émulo de paseantes como
Thorton Wilder o Kant, escribe sus libros en la mente. Seis
o siete páginas en cada recorrido que, durante sus días
de Princeton, tocó siempre tres puntos imprescindibles:
las casa de Einstein, de Thomas Mann y la de Hermann Broch.
Neruda se sentía forzado "por una
necesidad interna" a escribir. Escribía constantemente,
enfermizo escribidor, en el auto, de pie o a escondidas, "escribo
donde puedo y cuando puedo, pero siempre estoy escribiendo".
Neruda, la pluma compulsiva. Podríamos decir que era
hiperactivo, como Bioy Casares. Le molestaba -le resultaba imposible-
permanecer todo el día frente a su escritorio. Él
necesitaba y disfrutaba participar en el movimiento de la vida
(y la política). "Me la paso yendo y viniendo, pero
escribo intensamente siempre que puedo y en el lugar donde esté".
Luego la idea o la expresión, en un principio plena,
cesa. El fin de la inspiración, que le dejaba satisfecho
o exhausto o calmo o vacío. Cuando la inspiración
le abandonaba, Neruda era incapaz de continuar.
Llegamos así a otro momento clave, el de
la inspiración. Mucho se ha escrito y aún más
se dirá. No es éste el lugar adecuado para retomar
el asunto. Dejémoslo.
Quisiera terminar con una confesión. ¿Cuáles
son las costumbres del autor de estas páginas? Yo leo
acostado y descalzo (me han dicho que Hemingway leía
también sin zapatos). Mis costumbres como escritor no
son extravagantes: uso pluma -en ocasiones, pluma fuente, por
lo general "plumín" o "puntofino"-,
necesito tranquilidad pero no aburrimiento o monotonía.
Me permito poner, como fondo, música. Acostado, boca
abajo, el cuaderno sobre la almohada; otras veces, sentado con
la mano izquierda sujetando mi cabeza y el codo sobre el escritorio.
No es raro que al escribir me acompañen algunas botanas
o bebidas, muchas veces será sólo agua. Transcribo
en la computadora y corrijo sobre lo impreso. En definitiva,
cuando escribo necesito entretener algún sentido. Sin
embargo, cuando pienso en Hitler, Ezra Pound, Rubin Carter,
Tomás Moro, Gramsci, san Pablo o Cervantes, me figuro
que son frivolidades: ellos escribieron en una espantosa cárcel,
un lugar donde jamás querría vivir y donde jamás
escribiría una línea que pudiera valer la pena.
Ya Yeats subrayó que este es un "oficio solitario
y sedentario", pero yo no soportaría tanto.
(*) Enrique G de la G (San Pedro Garza García, México, 1979).
Lector y escritor, estudió filosofía. Su tesis versa sobre el
objeto de la metafísica aristotélica. Colabora en distintas
revistas con ensayos, reseñas y entrevistas. Agradecido lector
de Borges, Victor Hugo y Alfonso Reyes.
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