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Ejercicios de Estilo (1) por RAYMOND QUENEAU (*) Traducción: Antonio Fernández Ferrer
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Enfocarte.com agradece profundamente a Antonio Fernández Ferrer y a la editorial Catedra por su amable autorización de esta publicación.
En efecto, fue acordándome de Bach muy conscientemente como escribí Ejercicios de Estilo, y muy en especial de esa sesión de la sala Pleyel; pero, ¿era, seguro, antes de la guerra? En cualquier caso, fue mayo del 42 cuando compuse los doce primeros (que, además, han quedado como los doce primeros del libro); pensaba limitarme a eso y titulé este modesto intento Dodecaedro, porque, como es sabido, ese bello poliedro tiene doce caras. El director de una revista muy distinguida que aparecía entonces en zona llamada libre mayo del 42 y que me había pedido un «texto», me devolvió el Dodecaedro con aire consternado, incluso diría con tristeza, como si hubiese querido jugarle una mala pasada. Aquello no me impidió continuar; en agosto del 42, en noviembre del 42, en julio del 44, una docena más se añadió a Dodecaedro. En febrero de 1945, La Terre n'est pas une vallée de larmes, publicación surrealista y belga dirigida por Marcel Mariën, publicó nueve de ellos con el título Ejercicios de Estilo; una nota decía: «El autor piensa, de este modo, "tratar el mismo asunto". -un incidente real, por lo demás, y trivial- de un centenar de maneras diferentes. Seguramente esos cien capítulos idénticos en cuanto al tema no dejarán de provocar, leídos en hilera (sic), algún efecto en el lector.» Esta nota la había redactado yo, por supuesto. En el transcurso de 1945, escribí otros dieciocho que aparecieron en diciembre del mismo año en Fontaine. En resumidas cuentas, en tres años, había redactado menos de cincuenta; todo el resto fue liquidado durante el verano de 1946 en Isle-sur-Sorgue. Me detuve en los noventa y nueve, juzgando satisfactoria la cantidad; ni tanto ni tan calvo: el ideal griego, vaya." Raymond Queneau, 1963
En el S, a una hora de tráfico. Un tipo
de unos veintiséis años, sombrero de fieltro con
cordón en lugar de cinta, cuello muy largo como si se
lo hubiesen estirado. La gente baja. El tipo en cuestión
se enfada con un vecino. Le reprocha que lo empuje cada vez
que pasa alguien. Tono llorón que se las da de duro.
Al ver un sitio libre, se precipita sobre él.
Una mañana a mediodía, junto al
parque Monceau, en la plataforma trasera de un autobús
casi completo de la línea S (en la actualidad el 84),
observé a un personaje con el cuello bastante largo que
llevaba un sombrero de fieltro rodeado de un cordón trenzado
en lugar de cinta. Este individuo interpeló, de golpe
y porrazo, a su vecino, pretendiendo que le pisoteaba adrede
cada vez que subían o bajaban viajeros. Pero abandonó
rápidamente la discusión para lanzarse sobre un
sitio que había quedado libre.
No sé muy bien dónde ocurría
aquello... ¿en una iglesia, en un cubo de la basura,
en un osario? ¿Quizás en un autobús? Había
allí... pero, ¿qué había allí?
¿Huevos, alfombras, rábanos? ¿Esqueletos?
Sí, pero con su carne aún alrededor, y vivos.
Sí, me parece que era eso. Gente en un autobús.
Pero había uno (¿o dos?) que se hacía notar,
no sé muy bien por qué. ¿Por su megalomanía?
¿Por su adiposidad? ¿Por su melancolía?
No, mejor... más exactamente... por su juventud, adornada
con un largo... ¿narigón? ¿mentón?
¿pulgar? No: cuello; y por un sombrero extraño,
extraño, extraño. Se puso a pelear -sí,
eso es-, sin duda con otro viajero (¿hombre o mujer?,
¿niño o viejo?) Luego eso se acabó, concluyó
acabándose de alguna forma, probablemente con la huida
de uno de los dos adversarios.
Te deberías añadir un botón en el abrigo, le dice su amigo. Me lo encontré en medio de la plaza de Roma, después de haberlo dejado cundo se precipitaba con avidez sobre un asiento. Acababa de protestar por el empujón de otro viajero que, según él, le atropellaba cada vez que bajaba alguien. Este descarnado joven era portador de un sombrero ridículo. Eso ocurrió en la plataforma de un S completo aquel mediodía.
No estaba descontento con mi vestimenta, precisamente
hoy. Estrenaba un sombrero nuevo, bastante chulo, y un abrigo
que me parecía pero que muy bien. Me encuentro a X delante
de la estación de Saint-Lazare, el cual intenta aguarme
la fiesta tratando de demostrarme que el abrigo es muy escotado
y que debería añadirle un botón más.
Aunque, menos mal que no se ha atrevido a meterse con mi gorro.
Había hoy en el autobús, a mi lado, en la plataforma, uno de esos mocosos de los que no abundan afortunadamente porque si no, acabaría por matar a uno. Aquél, un muchacho de unos veintiséis o treinta años, me irritaba especialmente, no tanto a causa de su largo cuello de pavo desplumado como por la clase de cinta de su sombrero, cinta reducida a una especie de cordón de color morado. ¡Jo!, ¡el cabrón! ¡Cómo me cargaba! Como a esa hora había mucha gente en nuestro la autobús, aprovechaba los empujones de costumbre a las subidas o bajadas para hincarle el codo en las costillas. Acabó por largarse cobardemente antes de que o me decidiera a pisotearle un poco los pinreles para jorobarlo. También le hubiera dicho, para fastidiarlo, que a su abrigo demasiado escotado le faltaba un botón.
Propaganda editorial En su nueva novela, tratada con el talento que le caracteriza, el célebre novelista X, a quien debemos ya tantas obras maestras, se ha esmerado en presentar únicamente personajes muy matizados que se mueven en una atmósfera comprensible para todos, grandes y chicos. La intriga gira, pues, en torno al encuentro en un autobús del héroe de esta historia con un personaje bastante enigmático que se pelea con el primero que llega. En el episodio final, se ve a ese misterioso individuo escuchando con la mayor atención los consejos de un amigo, modelo de elegancia. El conjunto produce una sensación encantadora que el novelista X ha cincelado con notable fortuna.
Yo, no sé qué quieren de mí.
Pues sí, he cogido el S hacia mediodía. ¿Que
si había gente? A esa hora, por supuesto. ¿Un
joven con sombrero de fieltro? Es muy posible. Aunque yo no
miro descaradamente a la gente. Me importa un pito ¿Una
especie de galón trenzado? ¿Alrededor del sombrero?
Comprendo, una curiosidad como otra cualquiera, pero, desde
luego, no me fijo en eso. Un galón trenzado... ¿y
se habría peleado con otro señor? Cosas que pasan.
Eran los aledaños de un julio meridiano.
El sol reinaba con todo su esplendor sobre el horizonte de múltiples
ubres. El asfalto palpitaba dulcemente, exhalando ese tierno
aroma de alquitrán que origina en los cancerosos ideas
a la par pueriles y corrosivas sobre el origen de sus dolencias.
Un autobús, de librea verde y blanca, blasonado con una
enigmática S, vino a recoger, junto al parque Monceau,
un pequeño pero agraciado lote de viajeros candidatos
a los húmedos confines de la disolución sudorípara.
En la plataforma trasera de esta obra maestra de la industria
automovilística francesa contemporánea, donde
se amontonaban los transbordados como sardinas en lata, un pillastre
que frisaba la treintena y que llevaba, entre un cuello de una
longitud cuasi serpentina y un sombrero cercado por un cordoncillo,
una cabeza tan sin gracia como plúmbea, alzó la
voz para lamentarse, con amargura no fingida y que parecía
emanar de un frasco de genciana, o de cualquier otro líquido
de propiedades semejantes, de un fenómeno consistente
en empujones reiterados que, según él, tenían
como causante a un cousuario presente hic et nunc de la S. T.
C. R. P. y le dio a su lamento el tono agrio de un viejo vicario
que se hace pellizcar el trasero en un mingitorio y que, por
excepción, no le apetece en absoluto tal delicadeza y
no entra por uvas. Pero, al descubrir un sitio libre, se lanza
en pos de él.
Sólo las grandes ciudades pueden presentar
a la espiritualidad fenomenológica las esencialidades
de las coincidencias temporales e improbabilísticas.
El filósofo que sube a veces en la inexistencialidad
fútil y utilitaria de un autobús S puede percibir
en él con la lucidez de su ojo pineal las apariencias
fugitivas y decoloradas de una conciencia profana afligida por
el largo cuello de la vanidad y por la trenza sombreril de la
ignorancia. Esta materia sin verdadera entelequia se lanza a
veces con el imperativo categórico de su impulso vital
y recriminatorio contra la irrealidad neoberkeleyana de un mecanismo
corporal inapesadumbrado de conciencia. Esta actitud moral arrastra
al más incosciente de los dos hacia una espacialidad
vacía donde se descompone en sus átomos elementales
y ganchudos.
En un ómnibus, una mañana, hacia
mediodía, me fue dado asistir a la pequeña tragicomedia
siguiente. Un petimetre, aquejado de un largo cuello, y, cosa
extraña con un cordoncillo alrededor del bombín
(moda que hace furor, pero que yo repruebo), pretextando de
pronto una gran prisa, interpeló a su vecino con una
arrogancia que disimulaba mal un carácter probablemente
pusilánime y lo acusó de pisotearle de forma sistemática
sus escarpines de charol cada vez que subían o bajaban
damas o caballeros dirigiéndose a la puerta de Champerret.
Pero el gomoso no aguardó en absoluto una contestación
que sin duda le hubiese llevado al campo del honor y trepó
raudo a la imperial donde le esperaba un sitio libre, pues uno
de los ocupantes de nuestro vehículo acababa de posar
su pie sobre el blando asfalto de la calzada de la plaza Pereire.
Tras una espera repugnante bajo un sol inaguantable,
acabé subiendo en un autobús inmundo infestado por una pandilla de imbéciles. El más imbécil
de estos imbéciles era un granuja con el gañote
desmedido que exhibía un güito grotesco con un cordón
en lugar de cinta. Este chuleta se puso a gruñir porque
un viejo chocho le pisoteaba los pinreles con un furor senil;
pero enseguida se arrugó largándose a un sitio
vado todavía húmedo del sudor de las nalgas
de su anterior ocupante.
Por la mañana (y no por Ana la maña)
viajaba en la plataforma (pero no formaba en la vieja plata)
del autobús (no confundir con el alto obús), y
como estaba llena (no me como esta ballena) la masa chocaba
(y no la más achochada). Entonces un jovencito (y no
cito un joven) extravagante (no vago estragante) se dirigió
(aunque no digirió) a un sujeto (pero no atado) pacífico
(no Atlántico) enojándose (no desojándose)
porque éste (no Oeste) le pisaba el pie (no le pispaba
el bies).
(1) Ediciones Catedra, S.A.,1999. (*) Raymond Queneau (El Havre,1903-París, 1976) fue licenciado en filosofía, escribió poesía, novela y ensayo. De 1924 a 1929 su obra se encuadra en el movimiento surrealista; posteriormente pasó por un periodo de preocupaciones de orden existencial y, por último, fundaría un lenguaje nuevo y original, que recuerda un poco al de Joyce, del que forman parte la fantasía, el humor, el argot y el inagotable caudal de interpretaciones al que conduce la polisemia lingüística. En 1938 comenzó a colaborar en la Encyclopédie de la Pléiade, cuya edición coordinó durante 20 años (1955-1975), y en 1951 fue elegido miembro de la Academia Goncourt. Entre su obra destacan: Le grama (1933), en la que aparece ya la preocupación lingüística que sería determinante en toda su obra, Ché"ne et chien (Roble y perro, 1937), escrita en verso y de trasfondo autobiográfico, Pierrot, amigo mío (1942), con el que rinde homenaje a la retórica clásica, Los hijos del viejo limón (1938), Siempre somos demasiado buenos con las mujeres (1947), Zazie en el metro (1959), que un año más tarde fue llevada a la pantalla por L. Malle, El diario íntimo de Sally Mara (1962) y El vuelo de Ícaro (1975); y entre sus libros de poesía: Bucólicas (1947), Pequeña cosmogonía portátil (1949-1950), de carácter paródico, la recopilación Cien mil millones de poemas (1961) y Moral elemental (1975). Pero la fama literaria de Queneau se debe, sobre todo, a su obra experimental Ejercicios de estilo (1947). Fue fundador, junto a otras iniciativas, del grupo OLIPO ("Taller de Literatura Potencial"). No es fácil encontrar en nuestro ámbito cultural escritores de talante tan sugestivo.
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