Literatura

RESEÑA (continuación)
por ENRIQUE G DE LA G (*)

 

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Hacer frente a la Infinitud (Marc-Alain Ouaknin)

¿Qué valor histórico tendría un libro narrativo escrito hoy sobre la Conquista de Tenochtitlán? La fantasía del historiador suple las carencias del archivo. Este mismo desfase cronológico se advierte en Homero con relación al sitio de Troya. Y es también el tiempo que separa a Moisés de la escritura de la Torah (o "Pentateuco": Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio). La palabra "Torah", en hebreo, significa "libros de Moisés"; "Pentateuco" proviene del griego: "cinco rollos" según las etimologías. Al parecer, Moisés fue el autor de historias orales que, en el siglo IX antes de nuestra era, algún amanuense habría transcrito. La similitud con Homero es cercana: los filólogos opinan que Homero sólo escribió las historias que constituían un tesoro oral común.

La Biblia judía o Tanakh terminó de escribirse hacia el siglo V antes de Cristo. Es la época de los profetas. La Tanakh está compuesta por siete libros: los cinco libros de la Torah más los Neviim (los libros proféticos) y los Khetouvim (libros hagiográficos). Ciertamente la Torah tiene más peso que el conjunto que conforma la Tanakh. Hacia el siglo II aC, los rabinos, que son los maestros autorizados para comentar la Torah, cayeron en la cuenta de que los textos bíblicos carecían de vocales. Quien tenga algunas nociones mínimas de hebreo sabrá que el alefato (el abecedario hebreo) carece en absoluto de vocales. Una vocal no es una letra, es sólo un punto que se coloca junto, encima o dentro de las consonantes. Al momento de aproximarse al texto, el lector pone las vocales (hasta cierto punto, arbitrariamente). Esto origina un problema. Por ejemplo si yo tengo, en castellano, las consonantes "cm", podría formar las palabras "cama", "cima", "coma", "come", "como", etcétera. Inclusive, podría inventar la palabra "icimi". Fincar una religión sobre un texto tan ambiguo es problemático. Los rabinos tardaron cuatro siglos en marcar todas las vocales. Cuando terminaron esta titánica labor, comenzaron otra: escribir el Talmud, una serie de textos que orientarían la interpretación de cada letra, de cada palabra y de cada expresión. Haciendo un símil, el Talmud es la Patrística judía.

El judío tiene un pánico terrible a la idolatría. ¿Qué es idolatrar? Reducir a Dios a una categoría finita, explica Ouaknin. Quien se relaciona con Dios-Infinito ora; quien hace de Dios un concepto finito peca. Así sin más. Pero, ¿cómo se descubre a Dios? Dios es un ser erótico, afirma sin sonrojos el rabino. Y los entrevistadores se cimbran, el tono se vuelve áspero. Es erótico, continúa, porque se juega a mostrarse y esconderse. El tablero donde se desarrolla este ajedrez es el Texto. No importa quién es o qué se entiende por Dios. Interesa en primer lugar cómo se manifiesta Dios a través del texto. Los precisos entrevistadores advierten un problema: ¿cómo se manifiesta Dios-Infinito a través de un Texto-Finito? Acaso los judíos no idolatran la Torah, preguntan confundidos. La respuesta es segura y tajante: no. Explica la dialéctica que surge: Dios-Infinito se finitiza en el texto; sólo una cantidad infinita de interpretaciones puede devolverle a Dios su carácter infinito. La interpretación usque ad infinitum procede de dos maneras: cada persona hace su propia interpretación; pero además, con cada lectura nace un nuevo texto. Así, Dios se expande infinitamente, y la idolatría queda salvada.

Existe, sin embargo, una directriz. Se le llama Cábala. Es un término que proviene del hebreo "qabala", que significa "recepción", una tradición que los hijos reciben de sus padres. La Cábala permite leer entre líneas, desentrañar el sentido oculto de un texto, ver lo no iluminado. Para ello hace falta recurrir a la "gematría", la medición de las palabras. El alefato está conformado por 27 letras. Estas letras se ordenan en tres grupos, el de las unidades, el de las decenas y el de las centenas. Cada letra, pues, tiene un valor: 1,2,3... ó 10, 20, 30... ó 100, 200, 300... según la posición que ocupen en el alefato. Los cabalistas permutan los valores numéricos (o cabalísticos) de cada palabra. Por ejemplo, la palabra "yehed" ("niño"), que suma 10+30+4=44. ¿De dónde proceden los niños? De sus padres, de la unión del padre y la madre. La Cábala (¿o las matemáticas?) no falla: "av" ("padre") tiene un valor de 3 (1+2), mientras que "em" ("madre") vale 41 (1+40). La suma del padre (3) y la madre (41) da 44, es decir, engendran un niño.

Con este planteamiento surge una nueva pregunta: ¿quién es Dios? Es sabido que el judaísmo promueve o cree o afirma el monoteísmo. Un solo Dios existente. Dios el incomensurable, el erótico que es visible/invisible, el que se esconde, el oculto y misterioso, el que liberó a su pueblo del faraón, el Dios del Antiguo Testamento. Un monoteísmo que, sin embargo, es más teórico, un monoteísmo filosófico. "El Dios de los filósofos" que denunciaba Pascal. Porque a ese Dios nadie le reza. Se parece más al "Noús Noetikós" aristotélico. Porque existe "el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob". Ouaknin destaca que "la percepción que Abraham tiene de Dios no es la de Isaac ni la de Jacob. (.) es por completo diferente la percepción que cada uno tiene". Hay un Dios por cada judío. Pero el rabino corrige a los entrevistadores franceses: "Mejor sería decir: el mismo Dios pero a medida de cada uno".

Se abre aquí un abismo inconmensurable: Dios-Infinito frente al hombre-carencia. Es una búsqueda infructuosa. No preocupa saber qué es Dios o quién es, ni su naturaleza ni justificar su existencia, a diferencia del cristianismo. Lo único que cuenta es que Dios se manifestó al hombre a través de un libro. En el principio era el Libro. Sin Texto desaparece el judaísmo. Por eso el judío "lee a estallidos", porque leer es ver a Dios, estar con Él, acariciarlo, rezarle. La vocación del judío es el estudio y la lectura. Dios se entrega a Moisés no como hombre (a diferencia del cristianismo) ni como Fuego en una zarza sino como texto: las tablas de la Ley. Dios "es" el Texto. Besar la Torah es besar a Dios; besar el Evangelio es un simple gesto hacia la Palabra de Dios. Ser lector es una manera de ser judío. Y de aquí arranca la explicación del mundo: el mundo fue creado por las letras. La naturaleza, como lo reconocieron Paracelso, el mismo Bacon, Raymundo Llull o el beato Duns Scoto y Galileo en el siglo XVII, es un gran libro. Más aún el nombre de la Torah es otro de los nombres de Dios. Un nombre extensísimo, un nombre de 300 mil letras. Sin la existencia del Libro no habría lugar para la idea de Dios.

¿No comete el judío el pecado de "textolatría"?, preguntan los entrevistadores. De ninguna manera, responde Ouaknin. Afirmar o negar que "Dios es", usar la expresión "el texto o la Torah dice..." es idolatría. Las letras deben permanecer inasibles, inasequibles. Objetivarlas es idolatrarlas. Por eso, otra vez, hace falta el infinito. Dios y la Torah son uno mismo. Oponerse a la Torah es negar a Dios. Es Dios el Escurridizo. Por eso la lectura es también difícil. Jamás termina la lectura ni la interpretación. Si terminaran, si se redujeran a las categorías de lo finito, se cometería el pecado de idolatría. Por eso el judaísmo se resiste a los dogmas, al magisterio, a versiones oficiales, a definiciones rígidas. Todo lo que implica encierro o inmovilidad es rechazado. Justo hay que abrir las letras, forzarlas, romperlas, tasajearlas. Leer a estallidos. ¡Que estalle la verdad! En este sentido el Talmud es iconoclasta: mata las "versiones" de Dios que la filosofía y la teología han sugerido.

El Talmud y la Torah son textos abiertos. Las letras y palabras son infinitas. Leerlas es un acto creador, regenerarlas, llevarlas a una zona de trascendencia. Ser lector es ponerse en esa zona. Sin libertad y sin imaginación es imposible acercarse. "La libertad de imaginar para imaginar la libertad...", concluye Ouaknin.

La interpretación del suceso es anterior al suceso mismo. Borges celebraba los poderes de la imaginación: ella puede alterar los hechos del pasado, la memoria no. Para el judío, la diferencia se centra en la memoria y la historia. Esta última se interesa por el suceso; por ello abandona su sentido. En cambio, la memoria recupera el relato verdadero del suceso. La memoria actualiza el pasado a través del relato. Aquello que alguna vez fue presente se hace presente de nuevo. El interés del pasado se reduce, por tanto, a la narración del suceso. Ouaknin lo ejemplifica con el diluvio: los recursos arqueológicos nos informan que hubo varios diluvios. ¡Y qué! A nosotros nos basta el pasaje del Génesis. No porque se intente penetrar en los designios divinos, sino porque Dios quiere decirnos algo a través de esas palabras, de cada letra. Allí encontramos la acción de Dios con los hombres.

El texto está vivo. Aunque el acontecimiento se haya dado hace muchos siglos, leer es regenerarlo. La lectura reactiva el pasado. "La Torah es, para nosotros, sobre todo un texto de fe que atañe a nuestra vida y nuestra muerte, un texto existencial", explica Ouaknin. La Revelación no tiene fecha para el creyente. Es actual, se rescribe con cada lectura. Para el historiador o el no judío se trata solamente de un libro que puede someterse a estudios filológicos.

Sin esta tensión entre sentidos, lecturas e interpretaciones el judaísmo moriría. No hay interés por encontrar a Dios como por buscarlo. Es una búsqueda interminable e inabarcable. El fin es buscar, no Dios. Gracias a los gritos, discusiones, ajetreos, inconformidades y discordancias entre los rabinos se mantiene viva la religión. En las escuelas, la efervescencia es permanente. Es otra manera de evocar el carácter inasible de Dios. Reflejo de ello también es el anonimato de Dios: carece de nombre. Se le nombra de numerosas maneras pero ninguno lo abarca. El tetragrama YHVE (Yahvé) jamás se pronuncia. Con ese nombre se reveló Dios a Moisés en la zarza. Estas cuatro consonantes están abiertas. Para hablarlas haría falta armonizarlas con vocales. Pero ello significaría reducir la palabra y limitar u objetivar a Dios, transgredir el mandamiento. Por eso no se pronuncia, tan sólo se contempla.

Esta vocación de lectores hace de los judíos unos estudiosos. Estudiar es orar. Relacionarse con Dios sin pasar por el Texto es imposible. No hay una fe que se anteponga a la Torah. Sólo allí existe y puede encontrarse la santidad. Se abandona el culto, se cruza el umbral de la cultura. Cultura a cambio de culto. "El estudio es la liturgia más alta", "una superoración". Pero siempre en comunidad. Si el estudio aísla se cae en idolatría. Porque sólo la formación les permite orar, es decir, alabar y pedir a Dios. Cuando uno reza se acerca a la divina trascendencia. Sólo con el respaldo de muchas horas de estudio es posible advertir la grandeza de las oraciones y los salmos. Sólo así llegan el bienestar y el consuelo. La práctica más alta de la Ley es el estudio. Estudiar es rezar, es cumplir, es santificar, es glorificar. Es estudio es anterior a todas las acciones excepto una: enterrar a los muertos. Sin embargo, el estudio no se contrapone a los deberes u obligaciones. Un amigo es un compañero de estudio.

Ante la pregunta de si es posible interpretar los mandamientos y preceptos, Ouaknin responde con un relato polaco del siglo XIX. Una mujer pobre, a quien le debían dinero, se encuentra con que le pagarán con un pavo. Lo recibe pero desconoce si es "kosher" (apto para el consumo según la Ley). Consulta al rabino. -Mi padre, el gran rabino Yankel, siempre ha dicho que no. Atribulada, la mujer no sabe qué hacer con el pavo. Él le ofrece la posibilidad de guardarlo en su corral. La pobre accede. Lo visita con frecuencia. Pero un día ya no hay pavo. -Rabi, rabi, ¿qué le ha pasado a mi pavo real? -¿Tu pavo? ¿Qué pavo? ¡Ah sí, tu pavo, me lo comí! -¿Qué? ¿Te lo comiste? Pero me dijiste que según tu padre, el gran rabino Yankel, el pavo real no es "kosher". -Es verdad, pero mi padre y yo nunca estuvimos de acuerdo en ese asunto del pavo real.

Los doctores Monsacré y Schlegel advierten que, sin culto, no hay religión. Piden al rabino Ouaknin que explique dónde queda el rito en esta confusa maraña de lecturas e interpretaciones personales. La clave, explica, está en articular el mito y el rito. Ambos convergen en el ritmo. Mitos son las historias que la Torah narra: la de Abraham, la de Isaac, la de José, todas en definitiva. Los mitos aparecen en los textos "narrativos" que se distinguen de los textos "prescriptivos", aquellos que reúnen los mandamientos de Dios, los preceptos, los textos jurídicos y las alianzas. Éstos son ritos. El rito y el mito se armonizan en el ritmo. Es decir, a partir de una historia se obtiene un precepto. Por ejemplo, el ángel hiere a Israel en el nervio ciático (Génesis 33, 33). Por eso, los judíos no lo comen. El rito (no comer el nervio ciático) es un recuerdo o gesto de aquel mito (el combate con el ángel).

A diferencia del cristiano, el judío entiende por rito no una ceremonia sino un acto práctico. El judaísmo es una religión de actos. Según Martin Buber aquí se encuentra la diferencia entre Occidente y Oriente: aquéllos se preocupan más por la fe, mientras que éstos procuran la acción. No una acción hueca o vacía, sin alma; el actuar siempre se orienta a lo divino. Sólo así puede surgir la Ley ritual. No se trata tampoco de un cumplir ciego, de una observación mecánica de la Ley. Ouaknin reconoce este peligro.

El Talmud enseña que Dios es ante todo ética y justicia. Los mandamientos que recibió Moisés en el Sinaí están agrupados en dos tablas. En la primera están los mandamientos que se refieren a la relación del hombre con Dios. En la otra, justo enfrente, los relativos al trato con los demás hombres. Allí nace la ética de los derechos humanos, ética que se articula en Dios. Otra dialéctica: yo-Dios-los demás.

Sobre el Mesías, Ouaknin afirma que es de carácter político. Del Mesías no habla la Torah sino Isaías. El Talmud también hace referencia a él en el tratado llamado Sanhedrín. Observa el entrevistado que en la escuela del rabino X el Mesías se llama X, y el rabino Y dice que Y es el Mesías. "Cada uno posee la capacidad de ser el Mesías, la "mesianidad" no pertenece a uno solo", reconoce. Por esto, el rabino Kook señaló que el Estado de Israel era el Mesías, porque permitió al pueblo judío recuperar su tierra y la autonomía política. ¿Y Jesús?, preguntan los entrevistadores. ¿Jesús no cumple con las características de Mesías? El Mesías es un suceso que vendrá al final de los tiempos. Ciertamente el Talmud habla de Jesús. El Talmud antiguo porque la Iglesia lo censuró y editó en 1123. Allí se reconoce o reconocía a Jesús como un maestro de la Michná. (Michná y Guemara son los dos libros que conforman el Talmud.) Jesús dotó de un sentido espiritual-teológico a la palabra Mesías; para los judíos, la única acepción es política. El mismo Maimónides lo explicó en la Edad Media: "el Mesías no es un hombre. Es un periodo en el que la humanidad vivirá según el ritmo de la palabra de Dios, de la palabra profética".

Se arriesga una pregunta: ¿dónde estuvo Dios durante la Shoa? Olvidar Auschwitz sería blasfemar, a juicio de Ouaknin. Pero la muerte de un niño en Auschwitz no es diferente de la muerte de un niño en Hiroshima. El testimonio y el perdón habrán de ser las banderas. Actuar al margen de la ética sería concederle a Hitler "victorias póstumas", copiando la expresión de Emil Fackenheim. Precisamente Dios destina al hombre a la bondad, la justicia, el amor, la benevolencia. Aquí radica el futuro de la historia, allí está el rostro de Dios. La responsabilidad está ahora en las manos del hombre.


Jesús el Hombre (Joseph Moingt)

El discurso de Joseph Moingt sigue el rumbo del tiempo. Se centra en Jesús porque Moingt es consciente de que el cristiano ama a Dios a través de la persona de Cristo. Jesús nació, vivió y murió judío. No tuvo jamás la intención de fundar una nueva religión: le interesaba exclusivamente renovar el judaísmo. De hecho, como explicó Ouaknin, por esos años se trabajaba en torno al Talmud y se inauguraba una nueva era: el rabinismo.

La vida de Jesús impresionó a los hombres de su época. A sus apóstoles en primer lugar. Pero aún más impresionó su resurrección. Hasta ese momento, y principalmente a partir de Pentecostés, los apóstoles supieron cómo reaccionar. Empieza, entonces, la nueva secta judía llamada cristianismo que, de pronto, se aleja de su rama principal. Elige algunos de sus principios, otros los rechaza y algunos más los revalora o contextualiza. Por ejemplo, la idea de que Jesús es Hijo de Dios. Sin la resurrección, los apóstoles jamás habrían afirmado la divinidad de Jesús. La ruptura definitiva se da hacia el año 50, cuando aparece la polémica en torno a la circuncisión. Puesto que el cristianismo es una religión no circunscrita a fronteras, la circuncisión (un signo de identidad judía) es prescindible.

La religión es como la historia: existieron los hechos de cierta manera que, a los hombres del futuro, les resulta imposible conocer. A lo más, cabe conjeturar el pasado. Lo mismo sucede con Jesús y aún con el cristianismo en su conjunto. ¿Una prueba de ello? Los Evangelios; son testimonios que en general coinciden pero en los que es posible descubrir (como en cualquier texto) la personalidad del autor. De hecho, los Evangelios fueron escritos varios años después de la muerte de Jesús en la cruz. Los Evangelios sinópticos (Mateo, Marcos, Lucas) se sitúan entre los años 70 y 80, mientras que a san Juan se le reconoce hacia el año 100.

¿El cristiano debe, por lo tanto, abandonar el estudio histórico a favor de la fe? Esa idea la sugirió el protestante Karl Barth. Pero Moingt está en desacuerdo porque la fe y la razón convergen necesariamente.

El cristianismo ha evolucionado, a grandes rasgos, de esta manera: san Pablo retomó la figura de Jesús, el Hombre, y la espiritualizó. Inventó algunas nociones abstractas, como "gracia". San Juan, más tarde, desafió la filosofía griega y el politeísmo extranjero en el primer versículo de su Evangelio: "en arjé en ho Lógos" ("en el principio era el Lógos", es decir, el Verbo o la Palabra). Se descubre que Dios habla a los hombres a través de otro Hombre. Jesús es, pues, la Palabra que los hombres oyen de Dios. Se empieza a trabajar la idea de la Trinidad. Dios Padre era una idea ya bastante aceptada y, si cabe la expresión, entendida. El Hijo es la Palabra. Y el Espíritu Santo es la presencia de Dios en todo, una fuerza que une, amor y simpatía que congrega, la categoría aristotélica llamada "relación". Ya desde el Antiguo Testamento se habla de que "el espíritu de Dios" se manifestaba como brisa, por ejemplo. Moingt niega que Jesús y el Espíritu Santo sean personas divinas.

Cuando se le pregunta sobre la Virgen, Moingt retrocede hasta el concilio de Éfeso, celebrado el año 430. Uno de los primeros esfuerzos cristianos fue mostrar o insistir en que Jesús era Dios. La idea caló profundamente. Hacia el siglo V hubo de ser necesaria la versión "contraria" y "complementaria" porque se olvidó que había sido también hombre. En este clima aparece Nestorio. Reconoce a la Virgen como madre de Jesús el hombre. Sobre ese hombre, el Hijo se posó. Pero Nestorio, con esta afirmación, niega que María sea Madre de Dios. Fue condenado. En el Concilio de Calcedonia (451) se definió que Cristo fue verdadero Dios y verdadero hombre. Para Moingt, la figura de la Virgen es, principalmente, fruto de la piedad popular.

La última de las preguntas al jesuita, y la última de todo el libro, es significativa: ¿Qué es Dios en una vida humana? ¿Para qué sirve, al cabo? Lo mismo, en otro tono, se le insinuó a Ouaknin cuando se tocó el tema de Auschwitz. Se trata, en definitiva, de la pregunta sobre la Providencia. Sin titubeos, Moingt asegura que Dios no es "útil". Hace falta desembarazarse de tal idea. "Es el ser gratuito por excelencia, que ni siquiera nos impone su presencia. Pero, cuando sentimos su presencia en nosotros, podemos experimentar la gratuidad, la alegría, la bondad". Cuando el hombre comprende que la existencia es un don gratuito, Dios se hace indispensable. La idea de Dios, o la fe en Él, permite al hombre soportar los dolores de la vida, las penurias, sentirse libre.

Frente a este planteamiento surgen dos preguntas: ¿qué es, entonces, la Santísima Trinidad? y ¿qué papel juega la Virgen María? La invención de la Trinidad "nació de la fe en la resurrección de Jesús, de la fe en que Dios lo arrancó de la muerte comunicándole su propio soplo de vida, concediéndole volver a vivir en Él mismo. En la comunicación del Espíritu Santo, que es, lo recuerdo, la presencia, el aliento, la fuerza de Dios, se manifestó un vínculo de Padre a Hijo, de Dios a Cristo, y de Cristo a los hombres convertidos en "hijos adoptivos" de Dios: ése es el sentido de la Trinidad", define Moingt.


Destrezas, aciertos e infortunios

Bottéro es preciso y ordenado. Llega a ser meticuloso. Su recorrido sigue el hilo de la historia. Sus juicios, en mi opinión, son los de un científico ajeno a la fe. Quizá alguna afirmación suya transmite un deje escéptico. Deja muy claro, en contra de la opinión actual, que la religión pertenece a un "registro" distinto a la política. La religión no es fruto ni un medio de la política. "Los que creen que la religión se organizó para asegurar un "poder" cualquiera no entienden nada de religión, jamás se lo han preguntado o nunca han comprendido lo que es". Bottéro suena tajante, y lo compara al amor: "Es como insinuar (¡y lo han hecho!) que el amor sólo se inventó para asegurar un poder..." El sentimiento religioso de Israel es, en palabras de los entrevistadores, "netamente distinto de una aspiración o de una necesidad de orden político".

Es paradójico que la entrevista termine con una especie de queja por parte de Bottéro. No comprende (él, que ha dedicado su vida al estudio de estas religiones) cómo un hombre es capaz de "crear" un sistema religioso. Termina por reconocer la injerencia del azar. ¿No estará la respuesta en su propia comparación entre religión y amor? ¿No es una respuesta de amor por parte del hombre frente a Dios?

Hay dos puntos de fundamental importancia para nosotros los no judíos que debieron haberse tocado en la entrevista al rabino Ouaknin. Son temas polémicos y, al parecer de muchos, morbosos. ¿Acaso la mentalidad judía no ha desplazado el lugar de Yahvé y lo ha sustituido por el dinero? Y el papel de las guerras y la violencia también quedó pendiente. Es cierto lo que Ouaknin explica sobre las tablas de la Ley y los derechos humanos. Pero, entonces, ¿por qué se perpetúan esas apasionadas y rencorosas luchas? Pareciera que la religión ha dejado de ocupar el lugar de antaño, como sucedió desde hace décadas (¿o siglos?) en Occidente.

En algunas ocasiones puede parecer que los juicios de Ouaknin provocan el enfado de los entrevistadores. Por ejemplo, como se mencionó en el lugar correspondiente, cuando afirma que Dios es erótico ("Hablar así me parece una provocación algo gratuita", exclama uno de los entrevistadores), o cuando se cae en la discusión sin término sobre el valor de las palabras y las interpretaciones, cuando se habla de la Cábala ("Cifras y letras... parece un juego", se ironiza), o cuando interrumpen la explicación para pedir al rabino que interprete un texto talmúdico.

El jesuita Moingt confunde, a mi juicio, religión con teología. El cristianismo es una religión que "termina de fundarse" con la Ascensión de Jesús. La Revelación pública, a su vez, con la muerte de san Juan. Pero, precisamente por esa riqueza que tanto sorprende a Monsacré, a Schlegel, al mismo Moingt, y a todos los que conocemos el cristianismo, es necesario que el cristianismo se descubra poco a poco durante el curso de la historia. Que la virginidad de María, por ejemplo, sea un dogma promulgado en el siglo V no significa que es una evolución del cristianismo como religión, sino de la teología cristiana. Dicho con otras palabras: a María no se le devolvió su virginidad a fuer de dogmas, bulas o lo que se quiera.

Otro punto que no se menciona en las 66 páginas son los milagros. Sí recurre Moingt a pocas parábolas de la predicación de Jesús, pero nunca se detiene a comentar el milagro que, sin duda, es una de las caras principales de Jesús. Le concede, también, poca importancia al papel de la Iglesia. ¿Qué respondería Moingt al "Tu es Petrus" fundacional? Como decía hace poco, sigue la línea cronológica de la teología, pero se deslinda de la cronología de la Iglesia. En este sentido, los entrevistadores evitan temas ambiguos como la Inquisición o la Evangelización de nuevas tierras.

La interpretación del cristianismo que nos ofrece Joseph Moingt no concuerda, en sus lineamientos generales, con la doctrina del Catecismo, donde aparece la enseñanza "oficial" de la Iglesia y su Magisterio. El tono con que dialoga es escéptico, a diferencia de Bottéro a quien encontramos como un inquieto anhelando aprender, y de Ouaknin, quien se muestra apasionado.

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(*) Enrique G de la G (Monterrey, México, 1979). Lector y escritor, estudió filosofía. Su tesis versa sobre el objeto de la metafísica aristotélica. Colabora en distintas revistas con ensayos, reseñas y entrevistas. Agradecido lector de Borges, Victor Hugo y Alfonso Reyes.


Para contactarse con Enrique G de la G: enriquegdelag@hotmail.com


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