Literatura

RESEÑA
por ENRIQUE G DE LA G (*)

La historia más bella de Dios
¿Quién es el Dios de la Biblia?
Anagrama / Colección Argumentos, Barcelona, 1998, 168 pp.
Jean Botteró, Marc-Alain Ouaknin, Joseph Moingt


A Piu y Pilar, por la inquietud religiosa.
Y a Jonathan V., por ser judío, amigo y paisano.
Nombres, nombres, nombres


Rudyard Kipling escribió La más bella historia del mundo (The Finest Story of the World, una de las narraciones que componen el libro Many Inventions) hacia 1893. Casi cien años después, en 1997, las Éditions du Seuil publicaron La más bella historia de Dios (La plus belle histoire de Dieu). Óscar Luis Molina nos regala la traducción. Más que un libro formal, se trata de tres entrevistas que los profesores Hélène Monsacré y Jean-Louis Schlegel hicieron a un historiador de las religiones del primitivo oriente medio, a un rabino y a un teólogo de la Compañía de Jesús. Franceses los cinco. El interés principal es rastrear el hilo que va desde Moisés hasta el Vaticano.

Las entrevistas están transcritas y editadas elegantemente. Schlegel y Monsacré, con tino, reúnen grupos de cuatro o cinco preguntas y las engloban con ágiles subtítulos que facilitan la lectura, a manera de breves capitulitos.

Ya antes, Monsacré había entrevistado a Jean-Pierre Vernant (ex director del Centre Louis Gernet) con el propósito de escudriñar la obra de Ignace Meyerson, el sociólogo francés, quien fuera amigo del mismo Louis Gernet. Monsacré, estudiosa de Homero, publicó también un estudio sobre Las armas de Aquiles, una lectura de la Ilíada a partir de los héroes, las mujeres y el sufrimiento. Es precisamente Pierre Vidal-Naquet, el sucesor de Vernant, quien prologa el libro.

Jean-Louis Schlegel tiene un camino ya más largo. Ha traducido al francés a Habermas; publicó una colección de entrevistas a Robert Barbault, Dominique Bourg y Nicolas Hulot, conversaciones que giraron en torno a la sociología; prologó un libro de Giancarlo Zizola que trata acerca de Los Papas del siglo XX; ha participado en las "Jornadas mundiales de la juventud". Actualmente es director literario de las Éditions du Seuil, redactor en jefe de la revista Esprit y profesor de "Sociología de las religiones". Es también conocido por su título Religiones a la carta.

Estos fueron, pues, los curiosos que se dieron a la tarea de entrevistar, al alimón, a los tres "hombres de religión". Las conversaciones están ordenadas según la cronología de los temas: al frente, Jean Bottéro, el estudioso de las religiones del medio oriente más primitivo; después aparece Marc-Alain Ouaknin, el rabino que explica el judaísmo; por último, Joseph Moingt, jesuita que habla sobre catolicismo. Es evidente que ellos conocen las opiniones de quienes les han precedido. ¿Los compiladores ofrecieron un borrador a los otros entrevistados? No se sabe, nada se dice al respecto. Da la impresión de que los cinco estaban reunidos al mismo tiempo.

Jean Bottéro es autor de un extenso repertorio bibliográfico. Las entrevistas a Hélène Monsacré le llevaron a publicar el libro Babilonia y la Biblia. Colaboró notablemente en las excavaciones arqueológicas en Mari (1952-53) y en Uruk-Warka (1958-1964). Escribió también El nacimiento de Dios: la Biblia y la historia (un estudio hermenéutico sobre historia de las religiones), La Epopeya de Gilgamesh, Érase una vez Mesopotamia, Escritura, razonamiento y religión en Mesopotamia y Grecia, La religión de la antigua Mesopotamia, Textos culinarios mesopotámicos. En 1958 fue nombrado director de la Escuela Práctica de Altos Estudios. Es biblista y asiriólogo.

Ouaknin es un rabino cuarentón. Con largas barbas, una calvicie inmadura y sonrisa titubeante. Nació en París. Conoce el Talmud y los Evangelios, la historia de la filosofía, el pensamiento judío contemporáneo y la Cábala; ha estudiado la Torah y a Martín Buber, cita a Isaías con la misma confianza con que denuncia Auschwitz. En colaboración con el fotógrafo Jaziz Hamani publicó Los símbolos del judaísmo, un estudio de la cultura judía a partir de imágenes. Es autor de Los misterios del alfabeto (sobre los orígenes de la escritura), Los misterios de la Cábala, una compilación de Historias de la tradición judía, Abraham, Abraham (que me recuerda los títulos de Faulkner Absalón, Absalón o ¡Desciende, Moisés, desciende!), un ensayo sobre Levinas, una especie de manual para Leer el Talmud, entre otros.

Y finalmente Joseph Moingt, el jesuita francés. Trabajó en un libro que describe La transmisión de la fe a través del tiempo y la tradición y las costumbres, y otro sobre El hombre que venía de Dios, Jesús de Nazareth. Desde hace más de treinta años es director de Recherches de science religieuse, revista de teología.


Elogios a Moisés (Jean Bottéro)

Fue Moisés un gran revolucionario, un pilar del judeo-cristianismo, una pincelada fundamental en occidente. Él "inventó" el monoteísmo. Antes de Moisés no puede hablarse propiamente de monoteísmo. Más aún: es el primero en imaginar un Dios que exige (o se satisface con) un cierto comportamiento ético. El Dios de Moisés no pide sacrificios sino obediencia y fidelidad.

Un recuerdo histórico señala que durante el siglo XVIII grandes concentraciones de nómadas se movilizaron a lo largo del Éufrates. Quizá Abraham, habitante de Ur, en Caldea, fuera uno de ellos quien, jornada tras jornada, llegó y se estableció en Israel. Esto no está recogido en la Biblia sino hasta el siglo V en el "Código sacerdotal". Se cree que Abraham fue monoteísta porque este libro se escribió en tierras hebreas, en Palestina. Como fue Abraham el primero en establecerse en ella, los judíos creyeron que Yahvé la había "prometido desde siempre". Pero esto no fue así.

Antes de Moisés ningún israelita, ni siquiera Abraham, conocía a Yahvé. Eran politeístas y antropomorfistas. Su religión nos es bastante desconocida pero los historiadores suponen que estuvo muy influída por los pueblos semitas y por Mesopotamia. Incluso se ha sugerido la posibilidad de que Yahvé sea solamente un nuevo nombre que Moisés aplicara a uno de los dioses ya existentes. Pero el cambio no fue instantáneo sino gradual, como todos (o la mayoría) de los grandes cambios en la historia. Apareció un fenómeno que ha sido llamado "henoteísmo", una de las caras del politeísmo: se discrimina el conjunto de los dioses excepto uno. Así sucedió con el pueblo judío: del politeísmo al henoteísmo al monoteísmo. Y Bottéro señala el momento preciso, en el siglo VII a.C., en que Israel entró de manera "oficial" al monoteísmo: "Sólo Yahvé es Dios; no hay dioses aparte de Él" (Deuteronomio 4, 35). Este es el nacimiento del monoteísmo. (Bottéro insiste en un punto: el "Bien" de Platón o el "Acto Puro" de Aristóteles no son una divinidad en el sentido religioso del término, sino entidades intelectuales o nociones para explicar razonablemente el mundo.)

Hacia el siglo XIII antes de nuestra era, cientos de pastores nómadas viajaron desde Palestina hasta Egipto en busca de mejores tierras. La hambruna había durado varias décadas. Fueron tratados con dureza, casi esclavizados. De entre esas gentes surgió un líder, Moisés. Después de haberse refugiado algún tiempo en las montañas del Madián y de haber reflexionado sobre la posible existencia de Yahvé, se volvió a Egipto para rescatar a su pueblo. Asentó así las bases del futuro monoteísmo. Para los pueblos orientales, el nombre es la cosa misma traducida a fonemas. La palabra "Yahvé" es la tercera persona del masculino singular en tiempo presente del verbo "ser" o "existir". Así, Yahvé significaría "Él existe" o "Él es", con un matiz: la acción se prolonga hacia el futuro sin fin. Es posible que este nombre tenga un origen mesopotámico. En la tierra del Tigris y el Éufrates existía un dios llamado Ea. Quienes no eran semitas o sumerios lo llamaban Enki. En ocasiones, el nombre de Ea se escribía Aya o Ayya y quizá también Ya. Es posible que ese nombre derivara en Yaou y, más tarde, en Yahvé. El mismo Bottéro reconoce que estas "consideraciones y conjeturas [son] extremadamente frágiles".

Moisés, pues, enarboló el proyecto de llevar el pueblo hebreo de regreso a su tierra. El proyecto era doble: patriótico y religioso. Sólo el Dios que él presentaba era capaz de ofrecer la ayuda necesaria. Después de grandes dificultades, Moisés libera a su pueblo. En el Sinaí (que no está en la península que actualmente se llama Sinaí sino en alguno de los montes del Madián) pacta una alianza con Yahvé. Moisés despoja a este nuevo Dios de todo rostro humano. Y a partir de la Alianza, Dios posee una "voluntad moral". Sólo se puede honrar, adorar y servir a Dios si se respeta una determinada moral que Él mismo delinea. Pero, ¿el Dios de Moisés no se manifiesta con sentimientos humanos? No del todo, responde el historiador. Se trata más bien de metáforas. Esos sentimientos se suponen a partir de nuestra propia imagen. Sucede lo que en poesía: nosotros trasladamos al océano la furia humana pero, por sí mismo, el océano carece de sentimientos.

En la Biblia, como en todas las narraciones que describen los orígenes de los pueblos, se mezcla la historia con la fantasía. Ciertamente, los hebreos vivieron en Egipto, presos del faraón. Pero que hayan cruzado el Mar Rojo a pie es una de esas leyendas que Bottéro señala. Han sido, en cambio, poemas maravillosos. Los Mandamientos son menos una ley que una lista de las obligaciones que el pueblo había contraído con Dios al sellar la alianza. Esta alianza se había pactado con el pueblo, no con cada persona. Moisés muere sin pisar la Tierra Prometida. Un trozo de su misión estaba cumplida. Faltaba, sin embargo, asentar al pueblo en la nueva tierra. Allí se encontraron con los cananeos. Aprender a vivir en la libertad y en un sitio estable, después de Egipto y los años en el desierto, fue ingrato. Envidiaban los dioses cananeos, aprendieron a trabajar la tierra, comenzaron a marcarse las clases sociales, nació el interés privado. Es la época del rey David cuyo glorioso reinado fue un voto de confianza por parte de Yahvé. La paz duró poco: en tiempos de Salomón se divide el reino en dos, el reino de Israel y el reino de Judá. Los asirios, por su parte, ya en el siglo VIII antes de nuestros días, comenzaron a guerrear en su contra. Un grupo de creyentes levantó su voz: los profetas. Su discurso no era de "predicción" como de "predicación". Denunciaban los pecados del pueblo y advertían que la paz (política) no vendría hasta que no se diera pleno cumplimiento a los deseos (éticos) de Yahvé. Porque no eran los habitantes de Asiria quienes atacaban a su pueblo: era Dios quien lo castigaba echando mano de ellos.

Nabucodonosor sitia y saquea Israel en el año 587 antes de nuestra era. Muchos hebreos mueren. La élite es exilada en Babilonia. Supieron todos que era un justo castigo de Yahvé. Se formaron dos grupos: el primero, en torno al "segundo Isaías", pretendía abrir la religión a todos los pueblos del mundo; el otro era cerrado y su figura más representativa fue Ezequiel. En el año 539 Ciro el Grande arrasó Babilonia. Un año más tarde, los hebreos recuperan la libertad. Yahvé había perdonado a su pueblo. Sin embargo, Ezequiel pudo más. Era sacerdote y pertenecía al clero del Templo de Jerusalén. Los "tradicionalistas" afirmaban que el único pueblo elegido por Yahvé era el suyo. Nadie más tenía derecho a conocerlo. Es cuando nace el judaísmo: se "cierran" las puertas del Templo, se desconfía de los incircuncisos, explota el afán religioso.

A este proceso se sumó Jeremías, otro de los personajes del Exilio. Él advirtió que era posible relacionarse personalmente con Dios. A partir de ahora, cada uno responderá personalmente ante Dios de su propio actuar. Ya no hay pueblo sino individuos. Las obras buenas le valen a cada uno el favor de Yahvé; y las malas Su castigo. Tras la muerte sólo se esperaba un adormecimiento perpetuo. Era, pues, necesario que Yahvé recompensara o castigara en esta tierra. No había ningún "después". Empiezan entonces las controversias sobre el Bien y el Mal, se codifican los primeros preceptos morales y se observa cuidadosamente cada ley y cada obligación. Hasta que Dios llega a ser sustituido por la Ley (y la Torah). Fue Esdras, sacerdote y letrado, el primero que puso por escrito la Ley. La relación con Dios quedaba "filtrada" por el texto de la Ley (o la Torah).


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Para contactarse con Enrique G de la G: enriquegdelag@hotmail.com


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